VIII.

Los sicilianos, por consejo de Hermócrates, ajustan la paz entre sí y

despiden a los atenienses.

En este mismo verano[92], en Sicilia fueron hechas treguas primeramente

entre Camarina y Gela, y poco después todas las ciudades de la isla

enviaron embajadores para hacer convenios, y después de muchos y

contrarios pareceres porque cada uno defendía su interés particular,

quejándose de los agravios que había recibido de los otros, levantose

Hermócrates, hijo de Hermón, siracusano, que era el que más les

aconsejaba lo que convenía al bien de todos, y les hizo este

razonamiento:

«Varones sicilianos: Yo soy natural de una ciudad de Sicilia, que ni

es de las menores ni de las más trabajadas por guerras; por ello, lo

que os quiero decir no es porque deba tener más miedo a la guerra que

los otros, sino para representaros lo que me parece cumple al bien de

toda esta tierra. Mostrar cuán triste cosa es la guerra y los males

que acarrea consigo, no es fácil expresarlo con palabras, por muy

largo razonamiento que se hiciese. Ninguno por ignorancia o falta de

entendimiento es obligado a emprenderla, ni tampoco veo que haya quien

renuncie a hacerla, si piensa ganar en ella, por temor del mal que le

pueda venir. Mas sucede muchas veces a los que la emprenden parecerles

alcanzar más provecho que daño, y los que más consideran los peligros

e inconvenientes, quieren mejor aventurarse que perder cosa alguna de

los bienes que poseen. Como ni unos ni otros pueden alcanzar lo que

desean sino con el tiempo, me parece que las amonestaciones para la paz

son útiles y provechosas a todos, y más a nosotros en este momento si

somos cuerdos, que si antes de ahora cada cual ha emprendido la guerra

por procurar su provecho, ahora, que todos estamos metidos y revueltos

en guerras civiles, debemos intentar volver a la paz; y si por esta vía

no pudiere cobrar cada cual lo suyo, emprenderemos de nuevo la guerra

si bien nos pareciere. Bueno es que entendamos, si somos cuerdos, que

este concurso no se hace por conocer y determinar nuestras cuestiones

particulares, sino para consultar en común si podremos entregar

toda Sicilia a los atenienses, los cuales, a mi parecer, nos traman

asechanzas y procuran sujetarnos a todos. Pensad que ellos mismos son,

con su conducta, mejores consejeros de nuestra paz y amistad que mis

palabras y amonestaciones, porque tienen ejército más poderoso que

todos los otros griegos, el cual pasa a su salvo por mar en muy pocas

naves cuando saben nuestras faltas, que están esperando y acechando

continuamente, y aunque vienen so color de amistad y alianza, son en

verdad nuestros enemigos, y solo atienden a su interés y provecho.

»Si escogemos la guerra en vez de la paz, y llamamos en nuestra ayuda

a esos atenienses, que aun no siendo llamados vienen a hacernos la

guerra, cuando nos vieren trabajados con disensiones civiles y gastadas

nuestras haciendas, pensarán que todos estos males redundan en provecho

y aumento de su señorío, y estimándonos débiles, vendrán con más

fuerzas a ponernos bajo su mando. Por ello, si somos cautos, mejor

será a todos nosotros llamarlos amigos y confederados para invadir las

tierras ajenas que para destruir las nuestras, sufriendo los peligros y

daños consiguientes.

»Debemos considerar que las sediciones y diferencias de las ciudades

de Sicilia, no solamente son dañosas para las mismas ciudades, sino

también para Sicilia y para todos nosotros los moradores de ella,

porque mientras pelean unas con otras nos traman asechanzas nuestros

enemigos. Teniendo todo esto en cuenta, debemos reconciliarnos y todos

trabajar por salvar y libertar nuestra tierra de Sicilia, sin pensar

en que algunos de nosotros son descendientes de los dorios, enemigos

de los atenienses, y que los calcídeos, por el antiguo parentesco que

tienen con los jonios, les son buenos amigos, porque los atenienses no

emprendieron esta guerra por amistad con alguna parcialidad de nuestros

bandos, sino solo por la codicia de nuestros bienes y haciendas. Bien

se conoce en lo pronto que han acudido en ayuda de los que entre

nosotros somos calcídeos de nación, aunque nunca recibieron beneficios

de ellos ni con ellos tuvieron amistad. No censuro a los atenienses

porque procuran aumentar su señorío; mas son dignos de vituperio los

que están prontos a obedecer y someterse a ellos, porque tan natural es

querer mandar a los que se quieren someter como guardarse y recatarse

de los que le quieren acometer. Ninguno de nosotros desconoce esto, y

el que no crea que el temor común determinará común remedio, se engaña

en gran manera. Puestos todos de acuerdo, fácilmente quedaremos libres

de este temor, pues los atenienses no nos acometen desde su tierra,

sino desde la nuestra, es decir, desde la tierra de los que los llaman

en su ayuda. Por esta razón me parece que no podremos apagar una guerra

con otra guerra, sino con una paz general y común todas nuestras

discordias y diferencias sin dificultad alguna, y llamados por nosotros

con justa causa, viniendo con mala intención, se volverán sin hacer

nada.

»Cuanto os digo respecto a los atenienses, todos los que os quisieren

aconsejar bien lo hallarán bueno; y en lo que toca a la paz, lo cual

todos los hombres sensatos estiman por la mejor cosa del mundo, ¿por

qué razón no la estableceremos entre nosotros? A todos nos conviene la

tranquilidad; usar de nuestros bienes en sosiego, y gozar de la paz sin

daño ni peligro de nuestras honras y dignidades, y de los otros bienes

que se pueden nombrar y contar en largo razonamiento en lugar de los

males que, por el contrario, podríamos tener con la guerra.

»Considerando, pues, varones sicilianos, todas estas cosas, no

menospreciéis mis palabras, sino que amonestados por ellas cada cual

procure mirar por su salud, y si alguno hay que espera alcanzar cosa

alguna por la guerra, con razón o sin ella, mire bien no se engañe,

pues sabido es que muchos, cuidando vengar sus particulares injurias, o

esperando aumentar sus bienes y haciendas confiados en sus fuerzas, les

sucedió todo al contrario, perdiendo unos la vida y otros la hacienda.

Ni la venganza consigue siempre su objeto, aunque se haga con justa

causa, ni las fuerzas y la esperanza son estables ni seguras, antes

muchas veces la temeridad y locura tienen mejor efecto que la razón,

y aunque sea cosa en que las gentes las más veces se engañen, todavía

cuando sale bien la juzgan por muy buena. Pero cuando tienen tanto

temor los que acometen como los acometidos, cada cual se recata más, y

es lo que debemos hacer al presente, tanto por miedo a las cosas por

venir, que pueden ser inciertas, como por el temor a los atenienses,

que nos parecen terribles y espantosos, mirando por nuestras cosas

para el tiempo venidero. Suponiendo cada cual de nosotros que lo que

había pensado hacer se lo impiden estos dos inconvenientes, procuremos

despedir a los enemigos de nuestra tierra. Para hacer mejor esto, ante

todo debemos concluir entre nosotros una paz perpetua, o a lo menos

unas treguas muy largas, remitiendo nuestras discordias y diferencias a

otro tiempo.

»Tened por cierto, si queréis dar crédito a mis razones, que cada cual

de nosotros, por esta vía, poseerá su ciudad en libertad, mediante lo

cual estará en nuestra mano dar a quien nos haga bien o mal el pago

merecido. Si no me quisiereis creer, y sí escuchar a los extraños, los

victoriosos se verán obligados a ser amigos de sus mayores enemigos y

contrarios de aquellos que en manera alguna deberían serlo.

»Como os dije al principio, soy natural de la ciudad más grande y más

poderosa de Sicilia, y que antes hace la guerra para acometer a otras

que para defenderse, soy[93] el que os aconseja que nos pongamos

todos de acuerdo, temiendo los peligros venideros: que no procuremos

hacer mal cada cual a su adversario, porque lo hacemos mayor a

nosotros mismos, y que no seamos tan locos por nuestras diferencias

particulares, que pensemos ser señores de nuestro propio parecer y de

la fortuna, a la cual no podemos mandar, sino que la venzamos con la

razón. Hagamos esto nosotros mismos sin esperar sufrir a los enemigos,

porque no es vergüenza a un dorio ser vencido por otro dorio, ni un

calcídeo por otro calcídeo, pues todos somos vecinos y comarcanos,

habitantes de una misma tierra y de una misma isla y todos sicilianos.

Haremos la guerra cuando fuere menester, y nos concertaremos cuando

nos convenga, y si somos cuerdos, de consuno echaremos a los extraños

de nuestra tierra. Cuando fuéremos injuriados en particular nos

defenderemos en general, pues a todos nos amenaza el peligro, y en

adelante no cuidaremos de llamar aliados extraños para que vengan

a reconciliarnos, ni a arreglar nuestras diferencias. Obrando así,

haremos dos grandes bienes a Sicilia: uno de presente y otro venidero,

librándola ahora de los atenienses y de la guerra civil, y poseyéndola

en lo porvenir libre y menos sujeta a las tramas, asechanzas y

traiciones que está ahora.»

De esta manera habló Hermócrates, por cuyas razones persuadidos los

sicilianos hicieron conciertos de paz entre sí con condición de que

cada cual conservase lo que poseía entonces, excepto la ciudad de

Morgantina, que acordaron fuese restituida por los siracusanos a los de

Camarina, dándoles cierta suma de dinero por ello.

Hecho esto, los sicilianos aliados de los atenienses, que les habían

llamado en su ayuda, declararon a los capitanes de estos que habían

ajustado la paz, y los atenienses volvieron a Atenas.

Pesó tanto a los atenienses este suceso que castigaron a los

capitanes, desterrando a Pitodoro y Sófocles, y condenando a

Eurimedonte a que pagase cierta cantidad por sospecha de que, por

su culpa, no dominaron toda la isla de Sicilia, y que, por dádivas,

habían sido sobornados e inducidos a volverse. Tanto confiaban entonces

los atenienses en su próspera fortuna, que ninguna cosa tenían por

imposible, antes creían poder realizar las cosas difíciles como

las fáciles con pequeña armada, como con grande. Esta presunción y

arrogancia las causaba el buen éxito en muchas cosas sin motivo ni

razón que lo justificasen.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 75 / 90 题