Los sicilianos, por consejo de Hermócrates, ajustan la paz entre sí y
despiden a los atenienses.
En este mismo verano[92], en Sicilia fueron hechas treguas primeramente
entre Camarina y Gela, y poco después todas las ciudades de la isla
enviaron embajadores para hacer convenios, y después de muchos y
contrarios pareceres porque cada uno defendía su interés particular,
quejándose de los agravios que había recibido de los otros, levantose
Hermócrates, hijo de Hermón, siracusano, que era el que más les
aconsejaba lo que convenía al bien de todos, y les hizo este
razonamiento:
«Varones sicilianos: Yo soy natural de una ciudad de Sicilia, que ni
es de las menores ni de las más trabajadas por guerras; por ello, lo
que os quiero decir no es porque deba tener más miedo a la guerra que
los otros, sino para representaros lo que me parece cumple al bien de
toda esta tierra. Mostrar cuán triste cosa es la guerra y los males
que acarrea consigo, no es fácil expresarlo con palabras, por muy
largo razonamiento que se hiciese. Ninguno por ignorancia o falta de
entendimiento es obligado a emprenderla, ni tampoco veo que haya quien
renuncie a hacerla, si piensa ganar en ella, por temor del mal que le
pueda venir. Mas sucede muchas veces a los que la emprenden parecerles
alcanzar más provecho que daño, y los que más consideran los peligros
e inconvenientes, quieren mejor aventurarse que perder cosa alguna de
los bienes que poseen. Como ni unos ni otros pueden alcanzar lo que
desean sino con el tiempo, me parece que las amonestaciones para la paz
son útiles y provechosas a todos, y más a nosotros en este momento si
somos cuerdos, que si antes de ahora cada cual ha emprendido la guerra
por procurar su provecho, ahora, que todos estamos metidos y revueltos
en guerras civiles, debemos intentar volver a la paz; y si por esta vía
no pudiere cobrar cada cual lo suyo, emprenderemos de nuevo la guerra
si bien nos pareciere. Bueno es que entendamos, si somos cuerdos, que
este concurso no se hace por conocer y determinar nuestras cuestiones
particulares, sino para consultar en común si podremos entregar
toda Sicilia a los atenienses, los cuales, a mi parecer, nos traman
asechanzas y procuran sujetarnos a todos. Pensad que ellos mismos son,
con su conducta, mejores consejeros de nuestra paz y amistad que mis
palabras y amonestaciones, porque tienen ejército más poderoso que
todos los otros griegos, el cual pasa a su salvo por mar en muy pocas
naves cuando saben nuestras faltas, que están esperando y acechando
continuamente, y aunque vienen so color de amistad y alianza, son en
verdad nuestros enemigos, y solo atienden a su interés y provecho.
»Si escogemos la guerra en vez de la paz, y llamamos en nuestra ayuda
a esos atenienses, que aun no siendo llamados vienen a hacernos la
guerra, cuando nos vieren trabajados con disensiones civiles y gastadas
nuestras haciendas, pensarán que todos estos males redundan en provecho
y aumento de su señorío, y estimándonos débiles, vendrán con más
fuerzas a ponernos bajo su mando. Por ello, si somos cautos, mejor
será a todos nosotros llamarlos amigos y confederados para invadir las
tierras ajenas que para destruir las nuestras, sufriendo los peligros y
daños consiguientes.
»Debemos considerar que las sediciones y diferencias de las ciudades
de Sicilia, no solamente son dañosas para las mismas ciudades, sino
también para Sicilia y para todos nosotros los moradores de ella,
porque mientras pelean unas con otras nos traman asechanzas nuestros
enemigos. Teniendo todo esto en cuenta, debemos reconciliarnos y todos
trabajar por salvar y libertar nuestra tierra de Sicilia, sin pensar
en que algunos de nosotros son descendientes de los dorios, enemigos
de los atenienses, y que los calcídeos, por el antiguo parentesco que
tienen con los jonios, les son buenos amigos, porque los atenienses no
emprendieron esta guerra por amistad con alguna parcialidad de nuestros
bandos, sino solo por la codicia de nuestros bienes y haciendas. Bien
se conoce en lo pronto que han acudido en ayuda de los que entre
nosotros somos calcídeos de nación, aunque nunca recibieron beneficios
de ellos ni con ellos tuvieron amistad. No censuro a los atenienses
porque procuran aumentar su señorío; mas son dignos de vituperio los
que están prontos a obedecer y someterse a ellos, porque tan natural es
querer mandar a los que se quieren someter como guardarse y recatarse
de los que le quieren acometer. Ninguno de nosotros desconoce esto, y
el que no crea que el temor común determinará común remedio, se engaña
en gran manera. Puestos todos de acuerdo, fácilmente quedaremos libres
de este temor, pues los atenienses no nos acometen desde su tierra,
sino desde la nuestra, es decir, desde la tierra de los que los llaman
en su ayuda. Por esta razón me parece que no podremos apagar una guerra
con otra guerra, sino con una paz general y común todas nuestras
discordias y diferencias sin dificultad alguna, y llamados por nosotros
con justa causa, viniendo con mala intención, se volverán sin hacer
nada.
»Cuanto os digo respecto a los atenienses, todos los que os quisieren
aconsejar bien lo hallarán bueno; y en lo que toca a la paz, lo cual
todos los hombres sensatos estiman por la mejor cosa del mundo, ¿por
qué razón no la estableceremos entre nosotros? A todos nos conviene la
tranquilidad; usar de nuestros bienes en sosiego, y gozar de la paz sin
daño ni peligro de nuestras honras y dignidades, y de los otros bienes
que se pueden nombrar y contar en largo razonamiento en lugar de los
males que, por el contrario, podríamos tener con la guerra.
»Considerando, pues, varones sicilianos, todas estas cosas, no
menospreciéis mis palabras, sino que amonestados por ellas cada cual
procure mirar por su salud, y si alguno hay que espera alcanzar cosa
alguna por la guerra, con razón o sin ella, mire bien no se engañe,
pues sabido es que muchos, cuidando vengar sus particulares injurias, o
esperando aumentar sus bienes y haciendas confiados en sus fuerzas, les
sucedió todo al contrario, perdiendo unos la vida y otros la hacienda.
Ni la venganza consigue siempre su objeto, aunque se haga con justa
causa, ni las fuerzas y la esperanza son estables ni seguras, antes
muchas veces la temeridad y locura tienen mejor efecto que la razón,
y aunque sea cosa en que las gentes las más veces se engañen, todavía
cuando sale bien la juzgan por muy buena. Pero cuando tienen tanto
temor los que acometen como los acometidos, cada cual se recata más, y
es lo que debemos hacer al presente, tanto por miedo a las cosas por
venir, que pueden ser inciertas, como por el temor a los atenienses,
que nos parecen terribles y espantosos, mirando por nuestras cosas
para el tiempo venidero. Suponiendo cada cual de nosotros que lo que
había pensado hacer se lo impiden estos dos inconvenientes, procuremos
despedir a los enemigos de nuestra tierra. Para hacer mejor esto, ante
todo debemos concluir entre nosotros una paz perpetua, o a lo menos
unas treguas muy largas, remitiendo nuestras discordias y diferencias a
otro tiempo.
»Tened por cierto, si queréis dar crédito a mis razones, que cada cual
de nosotros, por esta vía, poseerá su ciudad en libertad, mediante lo
cual estará en nuestra mano dar a quien nos haga bien o mal el pago
merecido. Si no me quisiereis creer, y sí escuchar a los extraños, los
victoriosos se verán obligados a ser amigos de sus mayores enemigos y
contrarios de aquellos que en manera alguna deberían serlo.
»Como os dije al principio, soy natural de la ciudad más grande y más
poderosa de Sicilia, y que antes hace la guerra para acometer a otras
que para defenderse, soy[93] el que os aconseja que nos pongamos
todos de acuerdo, temiendo los peligros venideros: que no procuremos
hacer mal cada cual a su adversario, porque lo hacemos mayor a
nosotros mismos, y que no seamos tan locos por nuestras diferencias
particulares, que pensemos ser señores de nuestro propio parecer y de
la fortuna, a la cual no podemos mandar, sino que la venzamos con la
razón. Hagamos esto nosotros mismos sin esperar sufrir a los enemigos,
porque no es vergüenza a un dorio ser vencido por otro dorio, ni un
calcídeo por otro calcídeo, pues todos somos vecinos y comarcanos,
habitantes de una misma tierra y de una misma isla y todos sicilianos.
Haremos la guerra cuando fuere menester, y nos concertaremos cuando
nos convenga, y si somos cuerdos, de consuno echaremos a los extraños
de nuestra tierra. Cuando fuéremos injuriados en particular nos
defenderemos en general, pues a todos nos amenaza el peligro, y en
adelante no cuidaremos de llamar aliados extraños para que vengan
a reconciliarnos, ni a arreglar nuestras diferencias. Obrando así,
haremos dos grandes bienes a Sicilia: uno de presente y otro venidero,
librándola ahora de los atenienses y de la guerra civil, y poseyéndola
en lo porvenir libre y menos sujeta a las tramas, asechanzas y
traiciones que está ahora.»
De esta manera habló Hermócrates, por cuyas razones persuadidos los
sicilianos hicieron conciertos de paz entre sí con condición de que
cada cual conservase lo que poseía entonces, excepto la ciudad de
Morgantina, que acordaron fuese restituida por los siracusanos a los de
Camarina, dándoles cierta suma de dinero por ello.
Hecho esto, los sicilianos aliados de los atenienses, que les habían
llamado en su ayuda, declararon a los capitanes de estos que habían
ajustado la paz, y los atenienses volvieron a Atenas.
Pesó tanto a los atenienses este suceso que castigaron a los
capitanes, desterrando a Pitodoro y Sófocles, y condenando a
Eurimedonte a que pagase cierta cantidad por sospecha de que, por
su culpa, no dominaron toda la isla de Sicilia, y que, por dádivas,
habían sido sobornados e inducidos a volverse. Tanto confiaban entonces
los atenienses en su próspera fortuna, que ninguna cosa tenían por
imposible, antes creían poder realizar las cosas difíciles como
las fáciles con pequeña armada, como con grande. Esta presunción y
arrogancia las causaba el buen éxito en muchas cosas sin motivo ni
razón que lo justificasen.