Victorias y prosperidades de los atenienses en aquella época, sobre
todo en la isla de Citera.
Después de estas cosas, los atenienses arribaron en Sicilia con su
armada, y, unidos a sus aliados, comenzaron la guerra contra sus
enemigos comunes. En este mismo verano los atenienses y los acarnanios
que estaban en Naupacto tomaron por traición la ciudad de Anactorio,
situada a la entrada del golfo de Ambracia, que es de los corintios, la
cual habitaron después los acarnanios, expulsando a todos los corintios
que en ella moraban. Y en esto pasó el verano.
Al principio del invierno[89], Arístides, hijo de Arquipo, uno de
los capitanes de la armada de los atenienses enviada a cobrar de los
aliados la suma de dinero que habían de dar para ayuda de la guerra,
encontró en el mar un barco, junto al puerto de Eyón, en la costa de
Estrimonia, y en él venía un persa que el rey Artajerjes enviaba a los
lacedemonios, llamado por nombre Artafernes, al que prendió con las
cartas que traía, y llevádole a Atenas, donde fueron estas traducidas
de lengua persa al griego. Entre otras cosas, contenían que el rey se
maravillaba mucho de los lacedemonios, y no sabía la causa porque le
habían enviado varios mensajes discordantes, y que si le querían hablar
claramente, le enviasen personas con Artafernes, su embajador, que le
diesen a entender su voluntad.
Algunos días después los atenienses enviaron a Artafernes a Éfeso con
embajadores para el rey Artajerjes, su señor; pero al llegar tuvieron
nueva de la muerte de este rey, y volvieron a Atenas.
En este mismo invierno los de Quíos fueron obligados por los atenienses
a derrocar un muro que habían hecho de nuevo en torno de su ciudad, por
sospechar estos que quisiesen tramar algunas novedades o revueltas,
aunque los de Quíos se disculpaban buenamente, ofreciéndoles dar
seguridad bastante de que no innovarían cosa alguna contra los
atenienses.
Pasó el invierno, que fue el fin del séptimo año de la guerra que
escribió Tucídides. Al comienzo del verano siguiente, cerca de la nueva
luna, hubo eclipse de sol, y en este mismo mes en toda Grecia un gran
temblor de tierra. Los desterrados de Mitilene y de la isla de Lesbos,
con gran número de gente de la tierra firme donde se habían acogido y
de los del Peloponeso, tomaron por fuerza la ciudad de Retio, aunque
pocos días después la devolvieron, sin hacer en ella daño, por 2000
estateros de moneda de Focea que les dieron; de allí se fueron a la
ciudad de Antandro, la cual tomaron por traición, valiéndose de algunos
que estaban dentro e intentaban libertar las otras ciudades llamadas
acteas[90], que en otro tiempo habían sido habitadas por los mitilenios
y a la sazón las poseían los atenienses. La causa principal de querer
tomar la ciudad de Antandro era porque les parecía muy a propósito para
hacer naves, a causa de la mucha madera que en ella hay y en el monte
Ida, que está cercano, y también porque desde allí podían hacer la
guerra muy sin peligro a los de la próxima isla de Lesbos, y asimismo
tomar y destruir los lugares de los eolios, que estaban en tierra
firme.
En este mismo verano los atenienses enviaron sesenta naves, y en ellas
2000 hombres de a pie y algunos de a caballo y los aliados milesios
y de otros pueblos, a las órdenes de Nicias, hijo de Nicérato; de
Nicóstrato, hijo de Diítrefes, y de Autocles, hijo de Tolmeo, para
hacer la guerra a los de Citera. Es Citera una isla frente a Laconia,
de la parte de Malea, habitada por lacedemonios, los cuales enviaban
allí cada año sus gobernadores, y tenían en ella gente de guarnición
para guardarla, pues la apreciaban mucho, por ser feria y mercado para
las mercaderías que venían por mar de Egipto y de Libia, y también
porque impedía robar la costa de Laconia, por su situación entre el mar
de Sicilia y el de Creta.
Al arribar los atenienses a esta isla con diez naves y 2000 milesios,
tomaron una ciudad a la orilla del mar, llamada Escandea. La armada
restante fue por la costa hacia donde está la ciudad de Malea, y se
dirigió a una ciudad principal, que está junto al mar, llamada Citera,
donde halló a los citereos todos en armas esperándoles fuera de la
población. Acometiéronles, y después de defenderse gran rato, les
hicieron retirarse a la parte más alta de la ciudad, rindiéndose en
seguida a Nicias y a los otros capitanes atenienses, con condición de
que les salvasen las vidas. Antes de entregarse, algunos conferenciaron
con Nicias para ordenar las cosas que habían de hacer a fin de que el
convenio se ejecutase más pronto y seguramente.
Ganada la ciudad, los atenienses trasladaron todos los griegos a
habitar en otra parte, porque eran lacedemonios, y también porque la
isla estaba frente a la costa de Laconia.
Después de tomar la ciudad de Escandea, que es puerto de mar, y de
poner guarnición en Citera, navegaron hacia Asina y Helos y otros
lugares marítimos, donde saltaron en tierra e hicieron mucho daño
durante siete días.
Los lacedemonios, viendo que los atenienses tenían a Citera, y
temiendo les acometiesen desde allí, no quisieron enviar gruesa armada
a parte alguna contra sus enemigos, sino que repartieron su gente
de guerra en diversos lugares de su tierra que les pareció tener
más necesidad de defensa, y también porque algunos de estos no se
rebelasen considerando la gran pérdida de su gente en la isla junto
a Pilos, la pérdida de Pilos y de Citera, y la guerra que les habían
movido por todas partes, cogiéndoles desprovistos. Para esto tomaron
a sueldo, contra su costumbre, 300 hombres de a caballo y cierto
número de flecheros; y si en algún tiempo fueron perezosos en hacer la
guerra, entonces lo fueron mucho más, excepto en aprestos marítimos,
mayormente teniendo que guerrear con los atenienses, que ninguna cosa
les parecía difícil sino lo que no querían emprender. Tenían además en
cuenta muchos sucesos que les habían sido contrarios por desgracia y
contra toda razón, temiendo sufrir alguna otra desventura como la de
Pilos. Por esto no osaban acometer ninguna empresa, creyendo que la
fortuna les era totalmente contraria y que todas aquellas les serían
desdichadas, idea producida por no estar acostumbrados a sufrir adversa
fortuna. Dejaban, pues, a los atenienses robar y destruir los lugares
marítimos de sus tierras, sin moverse ni enviar socorro, dejando la
defensa a los que habían puesto de guarnición, y juzgándose por más
débiles y flacos que los atenienses, así en gente de guerra como en el
arte y práctica de la mar. Pero una compañía de su gente que estaban de
guarnición en Cotirta y en Afroditia, viendo una banda de los enemigos
armados a la ligera desordenados, dieron contra ella y mataron algunos,
aunque después fueron estos socorridos por soldados de armas gruesas, y
cogieron bastantes de los contrarios, quitándoles las armas.
Los atenienses, después de levantar trofeo en señal de victoria en
Citera, navegaron para Epidauro Limera, y destruyeron y robaron los
lugares de la costa de los epidaurios. De allí partieron a Tirea,
en la región llamada Cinuria, que divide la tierra de Laconia de la
de Argos. A Tirea la dieron a poblar y cultivar los lacedemonios
a los eginetas echados de su tierra, así por los beneficios que
habían recibido de ellos cuando los terremotos, como también porque,
siendo súbditos de los atenienses, siempre tuvieron el partido de los
lacedemonios.
Al saber los eginetas que los atenienses habían arribado a su
puerto, desampararon el muro que habían hecho por parte de la mar, y
retiráronse a lo alto de la villa, que dista cerca de diez estadios,
y con ellos una compañía de lacedemonios que les habían enviado para
guarda de la ciudad y para que les ayudasen a hacer aquel muro. Esta
compañía nunca quiso entrar en la ciudad, aunque se lo rogaron mucho
los eginetas, por parecerle que correría gran peligro si se encerraba
en ella. Viendo que no eran bastantes para resistir a los enemigos, se
retiraron a los lugares más altos, y allí estuvieron. Al poco rato los
atenienses fueron con todo su poder a entrar en la ciudad de Tirea,
la tomaron sin resistencia y la saquearon y quemaron, prendiendo a
todos los eginetas que hallaron vivos, entre ellos a Tántalo, hijo de
Patrocles, que los lacedemonios habían enviado por gobernador, aunque
estaba muy mal herido, y los metieron en sus naves para llevarlos a
Atenas. También llevaron con ellos algunos prisioneros que habían hecho
en Citera, los cuales después fueron desterrados a las islas. A los
ciudadanos que quedaron en Citera les impusieron un tributo de cuatro
talentos por año[91]; pero a los eginetas, por el odio antiguo que
los atenienses les tenían, los mandaron matar a todos, y a Tántalo le
pusieron en prisión con los otros lacedemonios cogidos en la isla.