Los atenienses ayudan a entrar en Corcira a los desterrados y después
los matan.
Al mismo tiempo que pasaban estas cosas, Eurimedonte y Sófocles,
capitanes de los atenienses, partieron con su armada para ir a
Sicilia y descendieron en tierra de Corcira. Estando allí salieron
al campo juntamente con los ciudadanos contra los desterrados que,
habiéndose hecho fuertes en el monte de Istone, ocuparon todas las
inmediaciones de la ciudad y hacían gran daño a los que estaban
dentro. Acometiéndoles, les ganaron los parapetos que habían hecho,
obligándoles a huir y a retirarse a un lugar más alto de la montaña,
donde, puestos en gran aprieto, se rindieron con condición de entregar
todos los extranjeros que habían ido en su ayuda a la voluntad de los
atenienses y corcirenses, y que los naturales de la ciudad estuviesen
en guarda hasta tanto que los atenienses conociesen de su causa y
determinasen lo que querían hacer de ellos, y si entretanto se hallase
que un solo hombre de ellos contraviniera a este convenio o quisiese
huir, dejara de aplicarse a todos en general. En cumplimiento de este
contrato fueron llevados a la isla de Ptiquia. Pero sospechando los
principales de Corcira que los atenienses por piedad no los mandasen
matar como ellos deseaban, inventaron este engaño. Primeramente
enviaron a la isla algunos amigos de los desterrados que allí estaban,
los cuales les hicieron entender que los atenienses tenían determinado
entregarlos a los corcirenses, por lo cual harían bien en procurar
salvarse prometiéndoles navíos para ello. Con este consejo acordaron
escaparse y embarcados ya fueron presos por los mismos corcirenses.
Roto de esta manera el contrato arriba dicho, los capitanes atenienses
entregaron los presos a la voluntad de los corcirenses, aunque primero
fueron advertidos del engaño, mas lo hicieron, porque debiendo partir
de allí para Sicilia, pesábales que otras personas tuviesen la honra de
llevar a Atenas a los que ellos habían vencido. Puestos los prisioneros
en manos de los de la ciudad de Corcira fueron todos metidos en un
gran edificio, y después los mandaron sacar fuera de veinte en veinte
atados y pasar por medio de dos hileras de hombres armados. Al pasar
por la calle, antes que llegasen donde estaban los hombres armados, los
que tenían algún odio particular contra alguno de ellos, le picaban y
punzaban, y asimismo los verdugos que los llevaban los herían cuando
no se apresuraban; finalmente, al llegar adonde estaban los armados
puestos en orden, fueron muertos y hechos piezas por estos, y de esta
manera en tres veces, de veinte en veinte, mataron sesenta antes que
los otros que quedaban dentro de la prisión en el edificio supiesen
nada, porque pensaban que les mandaban salir de allí para llevarlos a
otra prisión; pero al avisarles lo que sucedía comenzaron a dar gritos
y a llamar a los atenienses, diciendo que querían ser muertos por estos
si así era su voluntad, y que no dejarían a otras personas entrar en
la prisión donde estaban mientras tuviesen aliento. Viendo esto los
corcirenses no quisieron romper la puerta de la prisión, sino que
subieron encima del edificio y quitaron la techumbre por todas partes,
y después, con tejas y piedras tiraban a los que estaban dentro y los
mataban, a pesar que los prisioneros se escondían lo más que podían,
y muchos se mataban con sus propias manos, unos con las flechas que
les tiraban sus contrarios metiéndoselas por la garganta, y los otros
ahogándose con los lienzos de sus lechos y con las cuerdas que hacían
de sus vestidos, de suerte que entre aquel día y la noche siguiente
fueron todos muertos. Al otro día por la mañana llevaron sus cuerpos
en carretas fuera de la ciudad, y todas sus mujeres que se hallaban
con ellos dentro de la prisión, fueron hechas siervas y esclavas. Así
acabaron los desterrados por haberse rebelado en la ciudad de Corcira,
y tuvieron fin aquellos bandos y rebeliones habidas por causa de esta
guerra de que al presente hablamos, porque de las rebeliones anteriores
no quedaba raíz ninguna de que se pudiese tener sospecha por entonces.