Discurso de los lacedemonios a los atenienses pidiendo la paz y
respuesta de estos. Terminada la tregua comienza de nuevo la guerra.
«Varones atenienses, aquí nos han enviado los lacedemonios para tratar
con vosotros sobre aquella su gente de guerra que está cercada,
teniendo por cierto, que lo que redundare en su provecho en este caso
también redundará en vuestra honra. Y para esto no usaremos más largas
razones de las que tenemos de costumbre: porque nuestra usanza es no
decir muchas palabras cuando no hay gran materia para ello. Pero si el
caso lo requiere y el tiempo da lugar, hablamos un poco más largo, a
saber: cuando es necesario mostrar por palabras lo que conviene hacer
por obra. Os rogamos, que si fuéremos un poco largos en hablar no lo
toméis a mala parte, ni menos penséis que por recomendaros buen consejo
sobre lo que al presente habéis de consultar, os queremos enseñar
lo que debéis hacer, como si os tuviésemos en reputación de hombres
tardíos e ignorantes.
»Para venir al hecho, en vuestra mano está sacar gran provecho de
esta buena ventura que os ocurre al tener a los nuestros en vuestro
poder, porque adquiriréis gran gloria y honra, no haciendo lo que hacen
muchos, que no tienen experiencia del bien y del mal; porque estos,
cuando les sucede alguna prosperidad de repente, ponen pensamientos
en cosas muy altas, esperando que la fortuna les ha de ser siempre
favorable. Pero los que muchas veces han experimentado la variedad y
mudanza de los casos humanos, pesan más la razón y la justicia y no se
fían tanto en las prosperidades repentinas; lo cual es muy conveniente
a vuestra ciudad y a la nuestra, por la larga experiencia que tienen de
las cosas; y puesto que lo entendéis muy bien, lo veis mejor en el caso
presente.
»Nosotros, que ahora tenemos el principal mando y autoridad en toda
Grecia, venimos aquí ante vosotros para pediros lo que poco antes
estaba en nuestra mano otorgar a nuestra voluntad. Ni tampoco hemos
venido en esta desventura por falta de gente de guerra, ni por soberbia
de nuestras fuerzas y poder, sino por lo que suele suceder en todos los
casos humanos, que nos engañaron nuestros pensamientos, como a todos
sucede en las cosas que dependen de la fortuna. Por eso no conviene que
por la súbita prosperidad y por acrecentamiento de las fuerzas y poder
que tenéis al presente penséis que os ha de durar para siempre esta
fortuna, que todos los hombres sabios y cuerdos tienen por cierto no
haber cosa tan incierta como la prosperidad, por lo cual siempre son
más constantes, y están más enseñados a sufrir las adversidades.
»Ninguno piense que está en su mano hacer la guerra cuando bien les
pareciere, sino cuando la fortuna le guía y se lo permite; y los que no
se engríen ni ensoberbecen por prosperidades que les ocurran, yerran
pocas veces, porque la mayor felicidad no apaga en ellos el temor y
recelo. Si vosotros lo hacéis así, ciertamente os irá bien de ello; y
por el contrario, si rechazáis nuestras ofertas y después os sobreviene
alguna desgracia, como puede ocurrir cualquier día, no penséis en
guardar lo que al presente habéis ganado, pudiendo ahora, si queréis,
sin peligro ni daño alguno dejar perpetua memoria de vuestro poder y
de vuestra prudencia, pues veis que los lacedemonios os convidan a
conciertos y término de la guerra, ofreciéndoos paz y alianza y toda
clase de amistad y benevolencia para lo venidero, en recompensa de las
cuales cosas, os demandan tan solamente los suyos que tenéis en la
isla, pareciéndoles que esto es útil y provechoso a ambas partes, a
vosotros para evitar por este medio el peligro que podría ocurrir si
ellos se salvasen por alguna aventura, y si son presos, el de incurrir
en perpetua enemistad, que no se apagaría tan fácilmente. Porque cuando
una de las partes que hace la guerra es obligada por la otra más
poderosa, que ha llevado lo mejor de la batalla, a jurar y prometer
algún concierto en ventaja del contrario, no es el convenio tan firme
y valedero como cuando el victorioso, estando en su mano otorgar el
concierto que quisiese al contrario, lo hace más bueno o razonable que
esperaba del vencedor el vencido, que quien ve la honra y cortesía que
le han hecho, no procurará contravenir a su promesa, como no haría si
fuese forzado, antes trabajará por guardar y cumplir lo que prometió, y
tendrá vergüenza de faltar a ello.
»De esta bondad y cortesía usan los hombres grandes y magnánimos para
con los que son más poderosos adversarios, antes que con los que lo
son menores o iguales. Por ser cosa natural perdonar fácilmente al que
se rinde de buen grado, y perseguir a los rebeldes y obstinados con
peligro de nuestras personas, aunque antes no pensáramos hacerlo.
»En cuanto al caso presente, será cosa buena y honrosa para ambas
partes hacer una buena paz y amistad, tal cual jamás fue hecha en
tiempo alguno, antes que recibamos de vosotros algún mal o injuria sin
remedio, que nos fuerce a teneros siempre odio y rencor, así en común
como en particular; y antes que perdáis la posibilidad que tenéis
ahora de agradarnos en las cosas que os pedimos. Por tanto, mientras
que el fin de la guerra está en duda, hagamos conciertos amigables para
que vosotros con vuestra gran gloria y nuestra benevolencia perpetua,
y nosotros con una pérdida mediana y tolerable, evitemos la vergüenza
y deshonra. Escogiendo ahora el camino de la paz en vez de la guerra,
pondremos fin a los grandes males y trabajos de toda Grecia, de los
cuales todos echarán la culpa a vosotros, y os harán cargo de ellos
si rehusáis nuestra demanda, pues hasta ahora los griegos hacen la
guerra sin saber quién ha sido el promovedor de ella, mas cuando fuere
hecho este concierto, que por su mayor parte está en vuestra mano,
todos darán a vosotros solos las gracias. Sabiendo que está en vuestra
mano convertir ahora a los lacedemonios en vuestros amigos y perpetuos
aliados, haciéndoles antes bien que mal, mirad cuántos bienes podrán
seguir de ello, pues todos los otros griegos, que como sabéis son
inferiores a nosotros y a vosotros en dignidad, cuando supieren que
otorgáis la paz, la aprobarán y ratificarán, y la habrán por buena.»
De esta manera hablaron los lacedemonios pensando que los atenienses
tenían codicia de paz si hubieran podido alcanzarla de ellos antes, y
por esto aceptarían de buena gana las condiciones de ella, y les darían
los suyos que estaban cercados dentro de la isla. Pero los atenienses,
considerando que, cercados aquellos, podían hacer más ventajoso
convenio con los lacedemonios, querían sacar mejor partido de lo que
les ofrecían, mayormente por persuasión de Cleón, hijo de Cleéneto, que
entonces tenía gran autoridad en el pueblo, y era muy querido de todos.
Por parecer de este respondieron a los embajadores que ante todas cosas
convenía entregasen los que estaban en la isla con todas sus armas y
fuesen traídos presos a Atenas. Y hecho esto, cuando los lacedemonios
devolviesen a los atenienses las villas de Nisea, Pegas y Trecén, y
toda la tierra de Acaya que no habían perdido por guerra, sino por
el postrer convenio con ellos, siendo obligados por la adversidad a
dárselas, les podrían dar los suyos con más justa causa, y hacer algún
buen concierto a voluntad de ambas partes.
A esta respuesta no contradijeron los lacedemonios en cosa alguna, pero
pidieron que se designaran algunas personas notables para discutir con
ellas el hecho, y que después se hiciese lo que acordaran ser justicia
y razón. A esto se opuso Cleón, diciendo que debían entender, que ni
entonces, ni antes traían buena causa, pues no querían discutir delante
de todo el pueblo, sino hablar aparte en presencia de pocos, por lo
cual él era de opinión, que si tenían alguna cosa que alegar que fuese
justa y razonable, la dijesen delante de todos. Los embajadores de los
lacedemonios rehusaron hacerlo porque sabían que no les era lícito
ni conveniente hablar delante de todo el pueblo, y también porque
haciéndolo así, podría ser que, por tener en cuenta la necesidad y el
peligro en que estaban los suyos, otorgasen alguna cosa injusta, y
sabían muy bien que al llegar a noticia de sus aliados serían culpados,
y, por tanto, conociendo que no podían alcanzar de los atenienses cosa
buena ni razonable, partieron de Atenas sin concluir nada. Al volver
con los suyos espiraron las treguas, y pidiendo los lacedemonios
les devolviesen las naves que habían dado al convenirlas con los
atenienses, lo rehusaron estos, diciendo que los lacedemonios habían
contravenido al convenio, queriendo hacer algunas entradas en los
fuertes, y culpándoles de otras cosas fuera de toda razón. Quejáronse
los lacedemonios, demostrando que esto era contra la fe que les habían
dado los atenienses, pero no pudieron alcanzar cosa buena de ellos, por
lo cual, de una parte y de otra se aprestaron a la guerra, determinando
emplear todas sus fuerzas y poder en esta empresa de Pilos, donde los
atenienses tenían dos naves de guarda ordinaria en torno de la isla,
que andaban costeándola de día y de noche, menos cuando hacía gran
viento. Además les enviaron otras veinte naves de refresco, de manera
que reunieron setenta.
De la otra parte los peloponesios tenían plantado su campo en tierra
firme, y hacían sus acometidas a menudo a los fuertes y parapetos del
lugar, espiando de continuo para ver si de alguna manera podían salvar
a los que estaban en la isla.