I.

Hechos de guerra ocurridos entre atenienses y lacedemonios. Los

peloponesios sitian Pilos. Ajústase una tregua entre los dos

ejércitos.

Llegado el verano, al principio del estío[80], cuando las mieses

comienzan a espigar, diez naves de los siracusanos y otras diez de

los locros tomaron la ciudad de Mesena en Sicilia por tratos con

los habitantes, que los habían llamado en su favor, y porque los

siracusanos veían que esta ciudad era muy a propósito a los atenienses

para tener entrada en Sicilia, temiendo que por medio de ella cobrasen

más fuerzas, y desde allí los acometiesen. Los locros ayudaron a

esta empresa para poder combatir por dos partes a los de Regio, sus

enemigos, según lo hicieron poco después, y también porque no pudiesen

los atenienses dar por ella socorro a los de Mesena. Impulsáronle

también algunos ciudadanos de Regio, desterrados de su ciudad y

acogidos a Locros, porque en Regio hubo mucho tiempo grandes divisiones

que les impidieron defenderse de los locros, que estimando el momento

oportuno fueron entonces a acometerles, y después de talar y robar la

tierra se retiraron a su provincia por tierra, porque las naves en que

fueron habían ido a Mesena a unirse con las otras que habían de estar

allí para hacer la guerra.

En esta misma sazón, antes que los trigos estuviesen granados, los

peloponesios entraron otra vez en tierra de Atenas, mandados por Agis,

hijo de Arquidamo, rey de Lacedemonia, y la robaron y talaron como

de costumbre. Por su parte los atenienses enviaron cuarenta barcos

para socorro en Sicilia, a las órdenes de Eurimedonte y de Sófocles,

con los otros capitanes que allá estaban, entre ellos Pitodoro, y les

mandaron que en el camino de pasada diesen socorro a los corcirenses

contra sus desterrados, que se habían acogido a los montes, y desde

allí les hacían la guerra; y asimismo contra las sesenta naves que

los peloponesios enviaron contra los de Corcira, esperando poderla

tomar por hambre, a causa de que ya había en ella gran falta de

vituallas. También mandaron a Demóstenes, que después de la toma de

Acarnania se había quedado en Atenas sin cargo y deseaba tener alguno,

que se aprovechara si quería de estas cuarenta naves en la costa del

Peloponeso.

Llegó la armada de los atenienses a la costa de Laconia, navegando

adelante, por saber que las diez naves de los peloponesios habían

ya aportado al golfo de Corcira, y fueron de diversos pareceres sus

jefes, porque Eurimedonte y Sófocles opinaban ir derechamente a

Corcira, y Demóstenes decía que primero debían ir a tomar a Pilos,

y tomada esta villa pasar a Corcira; viendo que los dos capitanes

perseveraban en su opinión les mandó que así se hiciese. Estando en

este debate sobrevino una tempestad que les obligó a ir a Pilos.

Entonces Demóstenes les mostró que era necesario cercar la villa de un

muro, diciendo que esta era la principal causa por que había ido con

ellos, siendo cosa fácil de hacer, porque allí había mucha piedra y

materiales para acabar pronto la obra, y el sitio del lugar era fuerte,

teniendo mucha tierra desierta, porque desde allí a Esparta había más

de cuatrocientos estadios. Estaba el lugar de Pilos en tierra de los

mesenios, y la llamaban entonces los lacedemonios Corifasio. A estas

razones le respondieron que en torno del Peloponeso había otros muchos

promontorios y cabos desiertos, los cuales si quería también ocupar

sería para gastar en esto todo el dinero de la ciudad de Atenas. Él les

replicó que aquel lugar era de más importancia que los otros, porque

tenía muy buen puerto, y además los mesenios, sus aliados, que otra

vez lo habían ocupado, volviendo allí podrían hacer gran mal a los

lacedemonios a causa de la comunidad de la lengua, y guardarían el

lugar con toda fidelidad.

Viendo Demóstenes que no podía persuadir ni a los soldados en general,

ni a los capitanes en particular, con los cuales había debatido la cosa

aparte, no habló más de ello. Mientras estaban allí ociosos esperando

que amansase la mar, ocurrió a los soldados de su propia voluntad

ir a cercar el lugar con un muro, y porque no tenían picos y otras

herramientas para labrar las piedras, las tomaban como las hallaban,

toscas, las ponían unas sobre otras según cuadraban mejor, y las

pegaban con tierra y lodo. No teniendo cuezos ni otros instrumentos

para llevar la tierra y lodo, la traían encima de las espaldas yendo

cabizbajos, y para que mejor se pudiese tener, ponían las manos juntas

a la espalda. Usaron, pues, de la mayor industria y diligencia que

pudieron por fortificar el lugar por los lados que podía ser tomado

antes que le pudiesen enviar socorro, porque por algunas otras partes

era inexpugnable.

Sucedió también que los lacedemonios celebraban una fiesta solemne en

la ciudad cuando fueron advertidos del caso, por lo cual no hicieron

mucha cuenta de ello, pareciéndoles que, terminada la fiesta, cuando

fuesen a Pilos huirían los enemigos y si se defendían podrían cogerlos

sin peligro. Por otra parte les detuvo también la idea de que tenían

aún su armada en la costa de Atenas. Los atenienses tuvieron, pues,

tiempo para fortificar el lugar por la parte de tierra. Cuando hubieron

trabajado seis días en la obra, dejaron allí a Demóstenes con cinco

barcos y con los otros navegaron hacia Corcira y Sicilia.

Entretanto los peloponesios, que estaban en la costa de Ática, sabida

la toma de Pilos volvieron de prisa a su tierra, así por parecer a los

lacedemonios y a Agis, su rey, que tenían la guerra dentro de casa

estando los enemigos en Pilos, como porque habían entrado muy temprano

en la tierra de Ática, antes que el trigo estuviese en sazón, y tenían

gran falta de vituallas. Además las tempestades y malos tiempos habían

sido mientras allí estuvieron, más grandes que la estación requería,

por lo cual los hombres de guerra estaban muy fatigados. De aquí que si

en otros años no habían estado mucho tiempo en aquella tierra, en este

no estuvieron más de quince días.

En esta sazón, Simónides, capitán de los atenienses, reuniendo algunas

de sus gentes de guerra de guarnición en Tracia, y gran número de sus

aliados extranjeros, tomó por trato secreto la ciudad de Eyón en tierra

de Tracia, Colonia de Mende, aunque entonces enemigo. Advertidos de

ello los calcídeos y los botieos, fueron en socorro de la ciudad, y le

echaron de ella con gran pérdida de su gente.

De regreso de Ática los peloponesios, los espartanos[81] y sus vecinos

se juntaron para ir a recobrar el lugar de Pilos, pero los otros

peloponesios no fueron tan pronto, porque acababan de llegar de tierra

de Atenas. Por edicto se mandó en todo el Peloponeso que cada cual

debiese enviar socorro a Pilos, y a las sesenta naves que estaban en

torno de Corcira que fuesen a la parte de Pilos, las cuales pasando por

el estrecho de Léucade hicieron tan rápido viaje que arribaron a Pilos

antes que las de los atenienses que estaban en Zacinto lo pudiesen

sentir, y por la parte de tierra la infantería de los peloponesios

estaba ya dispuesta antes de que llegasen estos barcos a Pilos.

Demóstenes había despachado dos buques con orden a Eurimedonte y a los

otros capitanes atenienses que estaban en Zacinto, de que viniesen a

socorrerle, mostrándoles el gran peligro en que estaba, los cuales al

recibir la noticia se pusieron en camino para ayudarle.

Antes que los capitanes atenienses llegaran, los peloponesios se

prepararon para combatir el lugar por mar y tierra esperando poderle

tomar fácilmente, así porque el muro estaba recién hecho como porque

tenía muy poca gente de guarda, pero sospechando que la armada de los

atenienses acudiese en socorro, determinaron, si no podían tomar el

lugar antes que viniesen, cerrar la entrada del puerto para que las

naves atenienses no pudieran entrar, pareciéndoles fácil de hacer,

porque frente al cerro donde estaba situada Pilos había una isleta

llamada Esfactería que se extendía a lo largo del puerto, haciéndole

más fuerte y seguro y las entradas del mar estrechas, de manera que por

parte de la villa donde los atenienses habían hecho los muros no podían

entrar más que dos naves de frente, y de la otra parte ocho o nueve.

La isla era toda estéril y por esto inhabitable, y casi inaccesible,

y tenía quince estadios de contorno. Para impedir la entrada del

puerto, pusieron en orden las naves que les parecieron bastantes para

ocuparle todas de frente, con las proas fuera del puerto y lo demás

hacia dentro. Además, temiendo que los atenienses desembarcaran gente

en la isleta, pusieron una parte de la suya en ella, y la otra quedó

en tierra firme a fin que los enemigos no pudiesen desembarcar ni

en tierra ni en la isla, pues no era posible socorrer el lugar por

otro lado, porque el mar no tenía en los demás fondo para abordar

seguramente. Creyeron por tanto que sin combate y sin exponerse a

peligro tomarían aquella plaza en breve tiempo, mayormente estando mal

provista de vituallas y de gente. Ordenaron para defender la isleta

desembarcar cierto número de soldados de todas las compañías, renovando

la guardia diariamente y los últimos enviados fueron cuatrocientos

veinte mandados por Epitadas, hijo de Molobro.

Viendo Demóstenes que los peloponesios se disponían a atacar la plaza

por mar y tierra con la infantería, se puso en defensa, y primeramente

hizo retirar a tierra las naves que quedaron a sus órdenes, las cercó

con empalizada y armó los marineros con escudos harto ruines hechos

de prisa, la mayor parte de sauce, porque en un lugar desierto como

aquel no se podían hallar armas, y las que tenían a la sazón las

había ganado en una nave de corsarios y en otra de los mesenios, que

cogieron por acaso con cuarenta hombres de Mesena. Puesta una parte

de su gente, armados y desarmados, en guarda de los lugares que le

parecían más seguros, por ser naturalmente inexpugnables, y la otra,

que era la mayor, para defensa de la plaza que había fortificado hacia

tierra, les mandó que si la infantería de los contrarios les acometiese

se defendieran y los rechazasen, y él, con sesenta soldados de los

mejores y mejor armados, y algún número de ballesteros, salió fuera

de la plaza y se fue por la parte de mar, por donde presumía que los

enemigos intentarían desembarcar y pasar por las rocas, peñas y lugares

difíciles para batir el muro por donde era más débil, pues no había

procurado hacerlo muy fuerte por aquel lado, pensando que nunca los

enemigos serían más poderosos que él por mar, y sabiendo también que

si tenían ventaja para desembarcar por aquel lado, tomarían la plaza.

Salió, pues, con los hombres que arriba dijimos, y poniéndolos en orden

de batalla lo mejor que pudo, les arengó de este modo:

«Varones atenienses, y vosotros mis compañeros, en esta afrenta ninguno

se atreva por mostrarse sabio y prudente a considerar todas las

dificultades y peligros en que al presente estamos. Conviene acometer

a nuestros enemigos con gran ánimo y osadía para poderlos lanzar y

escapar de sus manos, porque en los hechos de necesidad como este en

que nos vemos, no se busca la razón por que se hace la cosa, sino que

conviene aventurarse de pronto y arriesgar las personas. Aunque, a

la verdad, yo veo en este caso muchas cosas favorables a nosotros si

queremos estar firmes y no dejar el provecho que tenemos entre las

manos por temor a la multitud de enemigos, porque pienso que una

parte de esta plaza es inaccesible si la queremos defender; pero si la

desamparamos, por difícil que sea de ganar, la tomarán.

»Los enemigos serán más duros de combatir si les acometemos cuando

estén fuera de sus naves, porque viendo que ya no pueden volver atrás

sin gran peligro, pelearán mejor. Mientras estuvieren en sus barcos

será más fácil resistirles, y si saltan en tierra, aunque sean muchos,

tampoco son de temer, pues la plaza es muy difícil de tomar, y el lugar

donde les será forzoso pelear muy estrecho y pequeño, por donde, si

bajan a tierra, el gran número de gente que traen no les servirá de

nada a causa de la estrechura del sitio, y si se quedan en sus naves

tendrán que pelear en mar, donde hay muchas dificultades para ellos y

podemos contrapesar nuestra falta de gente con estos inconvenientes que

ellos tienen.

»Os ruego, pues, que traigáis a vuestra memoria que sois atenienses de

nación, y por eso muy ejercitados en las cosas de mar y en desembarcos,

y que el que no cede al temor de la mar ni de otro navío que se le

acerca, tampoco le moverá de su estancia la fuerza de sus enemigos ni

se apartará de la ordenanza. Estad firmes y quedos en estas rocas y

peñas que tenéis por parapetos, y defendeos valerosamente de vuestros

enemigos para guardar la plaza y con ella vuestras personas.»

Animados los atenienses con estas breves razones de Demóstenes, se

apercibieron para pelear cada cual por su persona. De la otra parte los

lacedemonios que estaban en tierra, empezaron a combatir los muros,

y los que venían en las naves, que eran cuarenta y tres, al mando de

Trasimélidas, hijo del espartano Cratesicles, acudieron a combatir

la estancia donde estaba Demóstenes con sus gentes. Los atenienses

se defendieron valerosamente en ambas partes. Por la de mar, los

peloponesios venían con pocas naves unas tras otras, porque no podían

entrar muchas a la vez, y llegaron al sitio donde estaba Demóstenes con

su gente para lanzarlos de allí si podían. Brásidas, que era capitán

de una de las naves, viendo la dificultad de llegar para abordar, y

que por ello los patrones de los barcos no osarían acercarse a tierra,

temiendo que se rompiesen los cascos, gritó diciendo: «Gran vergüenza

es para vosotros querer salvar los barcos viendo delante a los enemigos

cercando y fortaleciendo la tierra con muros», y les mandó que remasen

hacia tierra y saliesen de sus navíos a dar sobre los enemigos, y que

no les pesase a los confederados aventurarse a perder sus naves por

prestar servicio a los lacedemonios que tanto bien les habían hecho,

sino que antes abordasen con ellas por cualquier parte que pudiesen,

saltaran en tierra y ganasen la plaza. Diciendo estas palabras Brásidas

obligó al patrón de su galera a que remase hacia tierra; mas peleando

desde el puente de un navío, fue herido por los atenienses en muchas

partes de su cuerpo y cayó muerto en la mar; después las ondas le

llevaron a tierra, cogiendo el cadáver los atenienses y colgándole en

el trofeo que levantaron por esta victoria.

Los otros lacedemonios hubieran querido saltar en tierra, mas temían

el peligro, así por la dificultad del lugar como por la gran defensa

que hacían los atenienses, que peleaban sin temor de mal ni daño

alguno, y fue tal la fortuna de ambas partes, que los atenienses

impedían a los lacedemonios entrar en su tierra, a saber: en la misma

de Laconia, y los lacedemonios se esforzaban por descender en su propia

tierra, entonces en poder de sus enemigos, aunque en aquella sazón los

lacedemonios tenían fama de ser los más poderosos y ejercitados en

combatir por tierra, y los atenienses en pelear por mar.

Duró este combate todo aquel día, y una parte del día siguiente,

aunque no fue continuado sino en diversas veces. El tercer día los

peloponesios enviaron parte de su armada a Asina para traer leña y

materiales, y hacer un bastión frente al muro que habían hecho los

atenienses junto al puerto para batirle con aparatos, aunque estaba muy

alto, porque se podía combatir por todas partes. Llegó entretanto la

armada de los atenienses en número de setenta naves, con las que fueron

de Naupacto en ayuda, y cuatro de Quíos, y viendo la isla y la tierra

cercada por la infantería de los enemigos, y que sus navíos estaban

en el puerto sin hacer señal de salir, dudaron de lo que harían. Al

fin determinaron echar áncoras cerca de la desierta isla inmediata, y

allí estuvieron aquel día. Al siguiente salieron a alta mar con todas

sus naves, puestas en orden de batalla, para combatir con los enemigos

si quisiesen salir del puerto, o acometerles dentro del puerto si no

salían; pero ni salieron, ni les cerraron la entrada del puerto, como

determinaron al principio, sino que, permaneciendo en tierra, armaron

de gente sus navíos, que estaban a orillas del mar, y se apercibieron

para combatir con los que entrasen en el puerto, el cual era harto

grande. Viendo esto los atenienses fueron derechamente contra ellos por

las dos entradas del puerto, y embistieron a las naves que estaban más

adelante en la mar, desbaratándolas y poniéndolas en huida, y porque el

lugar era estrecho, destrozaron muchas, y tomaron cinco, una con toda

la gente que había dentro. Luego dieron tras las otras que se habían

retirado hacia tierra, de las cuales destrozaron algunas que estaban

desarmadas, y las ataron a las suyas, a la vista de los peloponesios, a

quienes pesó en gran manera; y temiendo que los que estaban en la isla

fuesen presos, acudieron a socorrerlos, metiéndose a pie, armados como

estaban, en la mar, y agarrándose a los navíos contrarios con tan gran

corazón, que le parecía a cada cual que todo se perdiese por falta de

él, si no iba. Había gran tumulto y alboroto de ambas partes, mudada

la forma de pelear contra toda manera acostumbrada en el mar, porque

los lacedemonios, por el temor de perder su gente, combatían en torno

de las naves como en tierra, y los atenienses, por el deseo de llevar

hasta el fin la victoria, peleaban también desde sus navíos del mismo

modo. Después de largo combate, con muertos y heridos de ambas partes,

se retiraron unos y otros, y los lacedemonios salvaron todas sus naves

vacías, excepto las cinco que fueron tomadas al principio. Ya en su

campo respectivo, los atenienses otorgaron a los contrarios sus muertos

para sepultarlos, y después levantaron trofeo en señal de victoria.

Esto hecho, cercaron con su armada toda la isla donde estaban los

cuatrocientos veinte lacedemonios que suponían ya vencidos y cautivos.

Por su parte los peloponesios, que de todos lados habían acudido al

socorro de Pilos, tenían la villa cercada por tierra.

Cuando las nuevas de esta batalla y pérdida llegaron a Esparta, acordó

el Consejo que los gobernadores y oficiales de justicia de la ciudad

fuesen al real para ver por sus propios ojos lo ocurrido, y proveer lo

que se debía hacer en adelante, según tienen por costumbre hacer cuando

les sucede alguna gran pérdida. Visto todo, y considerando que no había

medio de socorrer a los que estaban en la isla, y que corrían peligro

de ser presos o muertos de hambre o por fuerza de armas, opinaron pedir

una tregua a los caudillos de los atenienses, durante la cual pudiesen

enviar a Atenas a tratar de paz y concordia, y esperando por este medio

cobrar los suyos. La tregua fue acordada por los atenienses con estas

condiciones: que los lacedemonios les diesen todas las naves con que

habían venido a combatir a Pilos, y las que allí se habían juntado

de toda la tierra de Lacedemonia, que no hiciesen daño alguno en los

muros y reparos que habían hecho en Pilos; que a los lacedemonios se

les permitiera llevar por mar todos los días a los que estaban en la

isla cercada cierta cantidad de pan y vino y carne, tanto por cada

hombre libre, y la mitad para los esclavos, a vista de los atenienses,

sin que les fuese lícito pasar ningún navío a escondidas; que los

atenienses tuviesen sus guardas en torno de la isla, para que ninguno

pudiese salir, con tal de no intentar, ni innovar cosa alguna contra el

campo de los peloponesios por mar ni por tierra, y en caso que de una

parte u otra hubiese alguna contravención, por grande o pequeña que

fuese, las treguas se entendiesen rotas, debiendo durar lo más hasta

que los embajadores lacedemonios volvieran de Atenas, a los cuales los

atenienses habían de llevar y traer en uno de sus barcos. Acabada la

tregua, los atenienses deberían restituir a los lacedemonios las naves

que les habían dado, en la misma forma y manera que las recibiesen. Así

se convino la tregua, y para su ejecución, los lacedemonios entregaron

a los atenienses cerca de sesenta naves, siendo después enviados los

embajadores a Atenas, que hablaron en el Senado de la manera siguiente:

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 68 / 90 题