Demóstenes, capitán de los atenienses, parte de Léucade con su armada
para combatir a los etolios y es vencido. -- Varios hechos de guerra de
los atenienses en Sicilia.
En este mismo verano, al tiempo que los atenienses estaban en Melos,
treinta de sus naves que recorrían la costa del Peloponeso arribaron
junto a Eiómeno, en la región de Léucade, y allí en una emboscada
mataron y prendieron algunos de los hombres de guerra que estaban de
guarnición. Después con toda la armada fueron sobre Léucade, llevando
en su compañía a todos los acarnanios, excepto los eníadas, y a los
zacintos y cefalenios. Con su armada iban también quince naves de
los corcirenses, y con tan gran poder, robaban y talaban todas las
tierras de Léucade, así las que están dentro del estrecho como fuera,
y hasta el templo de Apolo, que estaba junto a la ciudad. Mas los
ciudadanos de Léucade, a pesar de los daños que sufría su tierra, no
osaron salir fuera de su ciudad. Viendo esto los acarnanios pidieron
con grande instancia a Demóstenes, capitán de los atenienses, que
los sitiara esperando ganar la ciudad fácilmente y verse así libres y
seguros en adelante de estos leucadios, que eran sus antiguos enemigos.
Mas Demóstenes, que a la sazón daba más crédito a los mesenios,
fue persuadido por estos de que dejase la empresa de Léucade, y la
emprendiera contra los etolios, teniendo para ello tan buena armada y
tan gran poder, así porque estos etolios eran enemigos capitales de
los de Naupacto, como porque decían que, siendo vencidos, fácilmente
someterían después todo lo restante de Epiro al señorío y obediencia de
los atenienses. Y aunque los etolios fuesen muchos y buenos guerreros,
parecía a los mesenios que podrían ser vencidos y conquistados pronto
porque sus ciudades y villas, no cercadas de murallas, estaban muy
distantes entre sí, no pudiendo socorrerse fácilmente, y porque los
moradores se encontraban mal armados y a la ligera.
Eran de parecer que primeramente fuesen atacados los apodotos, y
tras ellos los ofioneos y los euritanes, que son la mayor parte de
los etolios, y eran campesinos, salvajes, fieros y bárbaros en sus
costumbres y lenguaje, llamándoseles omófagos, que quiere decir
comedores de carne cruda. Vencidos estos, creían que fácilmente
sujetarían a todos los demás. Este consejo pareció muy bien a
Demóstenes, así por el crédito que daba a los mesenios, como porque
creía que, teniendo consigo los epirotas y los etolios, podía muy bien,
sin otra armada de los atenienses, ir por tierra a hacer la guerra a
los beocios, tomando el camino de los locros ozolas y citiones, y por
la parte de Doria, que está a la mano siniestra del monte Parnaso,
descendiendo de allí a la tierra de los focenses que confinan con
Beocia. Esperaba inducir a estos focenses a que le diesen paso por su
tierra y ayuda, por la antigua amistad que tenían con los atenienses, y
si no, obligarles a hacerlo por fuerza.
Decidido a ejecutar esta empresa, mandó retirar toda su armada que
estaba sobre Léucade, y se fue por mar hasta Solio contra la voluntad
de los acarnanios, a quienes había comunicado su designio; y viendo
que no lo aprobaban, antes les pesaba y se enojaban con él porque
no había perseverado en el cerco de Léucade, partió sin ellos con
lo restante de la armada, donde iban solamente los cefalenios y los
mesenios, y con trescientos marinos atenienses que tenía en sus naves,
pues los quince navíos de los corcirenses se habían apartado ya de la
armada. Partió del puerto de Eneón en la Lócride. Estos locros estaban
confederados con los ozolas y obligados, por tanto, a servir y ayudar
a los atenienses con todas sus fuerzas cuando hiciesen la guerra a las
tierras mediterráneas. El socorro les venía muy a propósito para dicha
empresa, porque los ozolas eran vecinos de los etolios, se armaban como
ellos y sabían la tierra y la forma que tenían de pelear.
Partido Demóstenes con su armada, arribó al puerto y templo de
Júpiter en Nemea, donde se dice que fue muerto el poeta Hesíodo por
los naturales, de quienes nada temía, porque le profetizó el oráculo
que moriría en Nemea, y él entendió la ciudad de Nemea, siendo aquel
lugar el templo de Júpiter que tenía por sobrenombre Nemea. Demóstenes
partió de este lugar al alba con toda su armada para entrar en Etolia,
y el primer día tomó la ciudad de Potidania por fuerza; el segundo, la
de Crocilio, y el tercero la de Tiquio, donde descansó algunos días,
y de allí envió los efectos que había tomado a la ciudad de Eupalio
en Lócride. Proponíase, después de sojuzgar todo lo restante de esta
provincia a su vuelta de Naupacto, ir a conquistar los ofioneos si no
se entregaban. Mas los etolios, avisados de su venida, determinaron
salir al encuentro, y al entrar por sus tierras se reunieron los
vecinos y comarcanos, y principalmente los ofioneos que habitan al cabo
junto al golfo llamado Melíaco, y los bomieos y los calieos.
Mientras estos pueblos se juntaban, los mesenios, perseverando en
el parecer que habían dado a Demóstenes de que los etolios serían
fácilmente vencidos, le aconsejaron que partiese de allí lo más pronto
posible, y podría ganar las ciudades y villas de toda aquella tierra
antes que los enemigos acabaran de reunirse. Demóstenes siguió este
consejo confiado en su buena fortuna, porque hasta entonces ninguna
cosa le había salido mal. Sin esperar el socorro de los locros, que
le era bien necesario por ser ballesteros experimentados en tirar,
y, armados a la ligera, fue sobre Egitio y la tomó sin resistencia,
porque los habitantes la abandonaron, retirándose a los montes
alrededor de la ciudad, situada en un cerro a ochenta estadios distante
de la mar[79]. Ya todos los etolios habían llegado, alojándose en
diversos lugares de las montañas, y todos a una vinieron a dar sobre
los atenienses y sus aliados por todas partes con muchos tiros de
dardo y de piedra. Cuando estos revolvían sobre ellos se guarecían en
las breñas, y cuando se retiraban los seguían. Duró gran rato esta
escaramuza, en la cual los atenienses llevaban la peor parte, así
cuando acometían a los contrarios como cuando se defendían de ellos,
aunque mientras los suyos tuvieron abundancia de dardos se defendieron
muy bien. Los etolios, armados a la ligera, cuando veían ir hacia
ellos los flecheros contrarios, se retiraban; pero muerto el capitán
de los flecheros, los que quedaban, muy cansados y apremiados por los
enemigos, volvieron las espaldas y se pusieron en huida, y lo mismo
hicieron los atenienses que allí quedaban con sus aliados y compañeros.
Huyendo todos sin orden, metíanse entre las peñas, rocas y sitios sin
salida, no teniendo quien los guiase, porque el mesenio Cromón, que
era su caudillo y guía, había muerto en la batalla. Por esta causa
hubo muchos muertos en la retirada, pues los etolios, todos armados a
la ligera, los seguían al alcance y los herían y mataban sin peligro,
teniéndolos atajados y tomados los pasos, de modo que no sabían por
donde huir. Algunos que se habían guarecido en las selvas y bosques,
sin caminos y senderos, pensaron salvarse, mas los etolios incendiaron
los bosques y fueron todos quemados. No había especie de muerte y de
huida que no se viese entonces en el ejército de los atenienses, y con
gran dificultad escaparon muy pocos vivos de la batalla, salvándose en
Eneón, que está en Lócride, de donde habían partido. Murieron de los
aliados gran número, y de los atenienses ciento veinte hombres de los
mejores guerreros de todo el ejército, entre ellos Procles, uno de los
capitanes.
Pasada esta derrota, los atenienses vencidos reconocieron la victoria
a los contrarios, y recibieron sus muertos para darles sepultura,
volviendo a Naupacto y desde allí a Atenas.
Demóstenes, su caudillo y capitán, se quedó en los lugares cercanos a
Naupacto por temor a los atenienses a causa de esta derrota.
En este mismo tiempo, los atenienses que andaban por la costa de
Sicilia navegando, aportaron en Lócride, saltaron a tierra y tuvieron
un encuentro con los locros, siendo estos vencidos en un paso que
guardaban, tomándoles la villa de Peripoleon, situada junto al río
Álece.