XII.

Parcialidades y bandos que aparecen en Corcira y en las demás ciudades

griegas por causa de la guerra y de los daños que ocasionaba.

Esta sedición y guerra civil pasó tan adelante como arriba hemos

contado. Y por haber sido la primera en aquellas partes, parecía

mayor y más cruel, aunque después reinó casi en todas las ciudades

de Grecia, porque la mayor parte de los del pueblo eran del partido

de los atenienses, y los grandes y principales seguían el de los

lacedemonios. Tales parcialidades y sediciones no las hubo antes de

la guerra; mas después de comenzada, no cesaban de llamar en su ayuda

los contendientes a los de su bando para hacer mal a los otros, porque

los que buscaban novedades, tomaban de ello pretexto y ocasión paro

hacerlo. Esto produjo muy grandes males en las ciudades, y ocurrirán

siempre mientras hubiere hombres inclinados a ello, mayores, menores,

de varia manera, según que fueren los casos y mudanzas de las cosas; lo

cual no sucede en tiempo de paz, porque entonces los hombres atienden

más al bien de la república que al suyo particular, y nadie les obliga

a estas enemistades. Mas la guerra, porque acarrea consigo la falta

y necesidad de las provisiones y vituallas, y quita la abundancia de

todas las cosas necesarias para la vida y mantenimiento cotidiano,

haciéndose señora de todo por fuerza, fácilmente atrae la mala voluntad

de muchos, a que sigan el estado y condición del tiempo de presente.

Por estas causas fueron en aquel tiempo turbados los estados y

gobiernos de las ciudades de Grecia con sediciones y discordias

civiles, pues sabido que en un lugar se había hecho alguna demasía o

insolencia por unos, otros se disponían a otra mucho peor, o por hacer

alguna cosa de nuevo, o por mostrarse más diligentes e ingeniosos que

los primeros, o más osados y atrevidos para vengarse, y todos estos

males se excusaban nombrándolos con nuevos e impropios nombres, porque

a la temeridad y osadía llamaban magnanimidad y esfuerzo, de manera que

los temerarios y atrevidos eran tenidos por amigos y por defensores

de los amigos; a la tardanza y madurez llamaban temor honesto, y a

la templanza y modestia cobardía y pusilanimidad encubierta; la ira

e indignación arrebatada, nombrábanla osadía varonil; la consulta,

prudencia y consejo, pereza y flojedad. El que se mostraba más furioso

y arrebatado para emprender la cosa, era tenido por más fiel amigo, y

el que la contradecía, por sospechoso. El que llevaba a ejecución sus

tramas y asechanzas, era reputado por sabio y astuto, y mucho más aquel

que prevenía las de su enemigo, o conseguía que ninguno se apartase

de su bando, ni tuviese temor a los contrarios. Finalmente, el más

dispuesto para hacer daño a otro, era muy elogiado, y mucho más el que

para hacerlo inducía a otro que no pensaba en tal cosa.

Esta formación de bandos era mayor entre extraños que entre parientes

y deudos, porque aquellos estaban más dispuestos a cualquier empresa

sin excusa alguna, y porque estas juntas y consejos no se hacían por

la autoridad de las leyes ni por el bien de la república, sino por

codicia y contra todo derecho y razón. La fe y lealtad que se guardaba

entre ellos no era por ley divina y religión que tuviesen, sino por

mantener este crimen en la república y tener compañeros de sus delitos.

Si alguno del bando contrario decía una razón buena, no la querían

aceptar como tal, ni como de ánimo noble y generoso, si no les parecía

que redundaba en su provecho. Más querían vengarse que dejar de ser

ultrajados. Si hacían algún concierto con juramento solemne, duraba

hasta tanto que una de las partes fuese más poderosa que la otra;

pero la primera ocasión la aprovechaba por serle más segura y porque

le parecía gran prudencia vencer al otro por astucia y malicia, y

también porque es cosa cierta que antes los malos (cuyo número es

infinito) son llamados industriosos que los inocentes y sencillos

buenos, y comúnmente los hombres se afrentan de ser tenidos por simples

e inocentes, y se glorifican de que les llamen malos y atrevidos.

Todo esto nace de la codicia de honras, que enciende el fuego de las

parcialidades, porque los que eran cabeza de bandos en las ciudades

daban color honesto a su partido: los que favorecían al común, que

llaman democracia, defendían que todos fuesen iguales en la república,

y los del partido de los grandes, que llaman aristocracia, decían que

era justo que los más buenos y principales rigiesen y fuesen preferidos

a los menores. Cada cual, pues, contendía por favorecer a la república

de palabra, mas en la obra todo el fin de su debate y contienda era

inventar unos males contra otros, por fuerza o por manera de venganza

y castigo, no mirando al bien común ni a la justicia, sino al deleite

y placer de ver los unos el mal de los otros, ora fuesen injustamente

condenados, ora violentamente oprimidos.

Siempre estaban dispuestos a ejecutar en el acto su mala voluntad sin

respeto a la religión y acatamiento a los dioses en cosa que hiciesen

o contratasen, el que con palabras dulces y fraudulentas podía engañar

a otro, era más temido y estimado. Si alguno había que quería ser

neutral, lo mataban, o porque no querían ser de su bando, o por envidia

de verle en reposo y exento de los males que los otros tenían. De

manera que por estas sediciones y bandos toda Grecia sufrió males

innumerables, y los buenos y virtuosos, que por la mayor parte suelen

ser generosos de ánimo, eran perseguidos, burlados y escarnecidos.

Tenían por cosa excelente prevenir los consejos y empresas de otros

con traición y perfidia, y si alguna vez se reconciliaban, ni había

seguridad en palabra que daban, ni temor al juramento que hacían, antes

por la desconfianza que tenían unos de otros, más miraban por sí para

no sufrir mal, que daban fe a las palabras de su contrario. El consejo

de los ruines valía más que el de los buenos y cuerdos, por ser más

temerario e insensato y decidía para acometer cualquier empresa. Los

prudentes y discretos, por la poca cuenta que hacían de los otros,

confiando en que por su ingenio y destreza mejor proveerían las cosas

de lejos que aquellos, queriéndolas ejecutar antes por consejo y arte

que por fuerza, muchas veces sufrían atropello de los más bajos y viles.

Ejemplos tales de osadía y temeridad se vieron en Corcira, porque

los vencedores ejecutaban las cosas más por fuerza e ingenio que

por derecho y razón, tomando venganza de los castigos injustos que

habían impuesto los grandes a ellos y a sus amigos. Eso mismo hacían

los pobres que querían enriquecerse y los que codiciaban los bienes

ajenos, pensando alcanzarlos por vías ilícitas, una de las principales

causas de estos males. Los que no se movían por avaricia, sino por

ignorancia, mostraban más ira, pensando que les era lícito todo lo que

hacían furiosos y sin freno, porque esta manera de vivir turbulenta

y desordenada vencía todas las leyes y fueros, y la naturaleza del

hombre, que antes estaba acostumbrada a obedecerlas, daba a entender

que las quería violar voluntariamente, pues mostrándose más débil que

la ira del vulgo, y más poderosa que las leyes, era enemiga de los que

tenían bienes y hacienda, prefiriendo la venganza a la justicia y el

robo a la inocencia; y por envidia a los poderosos y deseo de venganza,

violaba las leyes, en las cuales todos deben esperar su salvación, sin

reservarse otro medio para ayudarse en los peligros.

Todos estos males ocurrieron en Corcira antes que en las otras ciudades

de Grecia, cuando Eurimedonte estaba allí con su armada. Al ausentarse

esta, los que habían huido de la ciudad, que serían unos quinientos,

tomaron los fuertes que estaban en tierra firme, recobraron todas

sus tierras e hicieron muchas entradas en la isla, robando y talando

la tierra y causando muchos daños, por los que la ciudad sufrió gran

falta de víveres. Después enviaron sus embajadores a los lacedemonios

y a los corintios, pidiéndoles ayuda para tomar la ciudad; mas viendo

que no se la daban, reunieron algunos barcos y soldados extranjeros,

hasta seiscientos, con los cuales pasaron a la isla. Al saltar en

tierra quemaron todos sus navíos, para no tener esperanza de volver, y

ocuparon la montaña de Istone, donde se hicieron fuertes, dominando en

la tierra y haciendo mucho daño a los que estaban en la ciudad.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 60 / 90 题