Parcialidades y bandos que aparecen en Corcira y en las demás ciudades
griegas por causa de la guerra y de los daños que ocasionaba.
Esta sedición y guerra civil pasó tan adelante como arriba hemos
contado. Y por haber sido la primera en aquellas partes, parecía
mayor y más cruel, aunque después reinó casi en todas las ciudades
de Grecia, porque la mayor parte de los del pueblo eran del partido
de los atenienses, y los grandes y principales seguían el de los
lacedemonios. Tales parcialidades y sediciones no las hubo antes de
la guerra; mas después de comenzada, no cesaban de llamar en su ayuda
los contendientes a los de su bando para hacer mal a los otros, porque
los que buscaban novedades, tomaban de ello pretexto y ocasión paro
hacerlo. Esto produjo muy grandes males en las ciudades, y ocurrirán
siempre mientras hubiere hombres inclinados a ello, mayores, menores,
de varia manera, según que fueren los casos y mudanzas de las cosas; lo
cual no sucede en tiempo de paz, porque entonces los hombres atienden
más al bien de la república que al suyo particular, y nadie les obliga
a estas enemistades. Mas la guerra, porque acarrea consigo la falta
y necesidad de las provisiones y vituallas, y quita la abundancia de
todas las cosas necesarias para la vida y mantenimiento cotidiano,
haciéndose señora de todo por fuerza, fácilmente atrae la mala voluntad
de muchos, a que sigan el estado y condición del tiempo de presente.
Por estas causas fueron en aquel tiempo turbados los estados y
gobiernos de las ciudades de Grecia con sediciones y discordias
civiles, pues sabido que en un lugar se había hecho alguna demasía o
insolencia por unos, otros se disponían a otra mucho peor, o por hacer
alguna cosa de nuevo, o por mostrarse más diligentes e ingeniosos que
los primeros, o más osados y atrevidos para vengarse, y todos estos
males se excusaban nombrándolos con nuevos e impropios nombres, porque
a la temeridad y osadía llamaban magnanimidad y esfuerzo, de manera que
los temerarios y atrevidos eran tenidos por amigos y por defensores
de los amigos; a la tardanza y madurez llamaban temor honesto, y a
la templanza y modestia cobardía y pusilanimidad encubierta; la ira
e indignación arrebatada, nombrábanla osadía varonil; la consulta,
prudencia y consejo, pereza y flojedad. El que se mostraba más furioso
y arrebatado para emprender la cosa, era tenido por más fiel amigo, y
el que la contradecía, por sospechoso. El que llevaba a ejecución sus
tramas y asechanzas, era reputado por sabio y astuto, y mucho más aquel
que prevenía las de su enemigo, o conseguía que ninguno se apartase
de su bando, ni tuviese temor a los contrarios. Finalmente, el más
dispuesto para hacer daño a otro, era muy elogiado, y mucho más el que
para hacerlo inducía a otro que no pensaba en tal cosa.
Esta formación de bandos era mayor entre extraños que entre parientes
y deudos, porque aquellos estaban más dispuestos a cualquier empresa
sin excusa alguna, y porque estas juntas y consejos no se hacían por
la autoridad de las leyes ni por el bien de la república, sino por
codicia y contra todo derecho y razón. La fe y lealtad que se guardaba
entre ellos no era por ley divina y religión que tuviesen, sino por
mantener este crimen en la república y tener compañeros de sus delitos.
Si alguno del bando contrario decía una razón buena, no la querían
aceptar como tal, ni como de ánimo noble y generoso, si no les parecía
que redundaba en su provecho. Más querían vengarse que dejar de ser
ultrajados. Si hacían algún concierto con juramento solemne, duraba
hasta tanto que una de las partes fuese más poderosa que la otra;
pero la primera ocasión la aprovechaba por serle más segura y porque
le parecía gran prudencia vencer al otro por astucia y malicia, y
también porque es cosa cierta que antes los malos (cuyo número es
infinito) son llamados industriosos que los inocentes y sencillos
buenos, y comúnmente los hombres se afrentan de ser tenidos por simples
e inocentes, y se glorifican de que les llamen malos y atrevidos.
Todo esto nace de la codicia de honras, que enciende el fuego de las
parcialidades, porque los que eran cabeza de bandos en las ciudades
daban color honesto a su partido: los que favorecían al común, que
llaman democracia, defendían que todos fuesen iguales en la república,
y los del partido de los grandes, que llaman aristocracia, decían que
era justo que los más buenos y principales rigiesen y fuesen preferidos
a los menores. Cada cual, pues, contendía por favorecer a la república
de palabra, mas en la obra todo el fin de su debate y contienda era
inventar unos males contra otros, por fuerza o por manera de venganza
y castigo, no mirando al bien común ni a la justicia, sino al deleite
y placer de ver los unos el mal de los otros, ora fuesen injustamente
condenados, ora violentamente oprimidos.
Siempre estaban dispuestos a ejecutar en el acto su mala voluntad sin
respeto a la religión y acatamiento a los dioses en cosa que hiciesen
o contratasen, el que con palabras dulces y fraudulentas podía engañar
a otro, era más temido y estimado. Si alguno había que quería ser
neutral, lo mataban, o porque no querían ser de su bando, o por envidia
de verle en reposo y exento de los males que los otros tenían. De
manera que por estas sediciones y bandos toda Grecia sufrió males
innumerables, y los buenos y virtuosos, que por la mayor parte suelen
ser generosos de ánimo, eran perseguidos, burlados y escarnecidos.
Tenían por cosa excelente prevenir los consejos y empresas de otros
con traición y perfidia, y si alguna vez se reconciliaban, ni había
seguridad en palabra que daban, ni temor al juramento que hacían, antes
por la desconfianza que tenían unos de otros, más miraban por sí para
no sufrir mal, que daban fe a las palabras de su contrario. El consejo
de los ruines valía más que el de los buenos y cuerdos, por ser más
temerario e insensato y decidía para acometer cualquier empresa. Los
prudentes y discretos, por la poca cuenta que hacían de los otros,
confiando en que por su ingenio y destreza mejor proveerían las cosas
de lejos que aquellos, queriéndolas ejecutar antes por consejo y arte
que por fuerza, muchas veces sufrían atropello de los más bajos y viles.
Ejemplos tales de osadía y temeridad se vieron en Corcira, porque
los vencedores ejecutaban las cosas más por fuerza e ingenio que
por derecho y razón, tomando venganza de los castigos injustos que
habían impuesto los grandes a ellos y a sus amigos. Eso mismo hacían
los pobres que querían enriquecerse y los que codiciaban los bienes
ajenos, pensando alcanzarlos por vías ilícitas, una de las principales
causas de estos males. Los que no se movían por avaricia, sino por
ignorancia, mostraban más ira, pensando que les era lícito todo lo que
hacían furiosos y sin freno, porque esta manera de vivir turbulenta
y desordenada vencía todas las leyes y fueros, y la naturaleza del
hombre, que antes estaba acostumbrada a obedecerlas, daba a entender
que las quería violar voluntariamente, pues mostrándose más débil que
la ira del vulgo, y más poderosa que las leyes, era enemiga de los que
tenían bienes y hacienda, prefiriendo la venganza a la justicia y el
robo a la inocencia; y por envidia a los poderosos y deseo de venganza,
violaba las leyes, en las cuales todos deben esperar su salvación, sin
reservarse otro medio para ayudarse en los peligros.
Todos estos males ocurrieron en Corcira antes que en las otras ciudades
de Grecia, cuando Eurimedonte estaba allí con su armada. Al ausentarse
esta, los que habían huido de la ciudad, que serían unos quinientos,
tomaron los fuertes que estaban en tierra firme, recobraron todas
sus tierras e hicieron muchas entradas en la isla, robando y talando
la tierra y causando muchos daños, por los que la ciudad sufrió gran
falta de víveres. Después enviaron sus embajadores a los lacedemonios
y a los corintios, pidiéndoles ayuda para tomar la ciudad; mas viendo
que no se la daban, reunieron algunos barcos y soldados extranjeros,
hasta seiscientos, con los cuales pasaron a la isla. Al saltar en
tierra quemaron todos sus navíos, para no tener esperanza de volver, y
ocuparon la montaña de Istone, donde se hicieron fuertes, dominando en
la tierra y haciendo mucho daño a los que estaban en la ciudad.