Victoria naval que los peloponesios alcanzan contra los atenienses y
corcirenses por las discordias que los últimos tenían entre sí.
Entretanto las cuarenta naves que los peloponesios habían enviado en
socorro a los de la isla de Lesbos, al saber que la armada de los
atenienses venía contra ellos, quisieron retirarse a toda prisa, y los
vientos les llevaron a la isla de Creta. No pudiendo seguir su rumbo,
fueron a dar a la costa del Peloponeso, donde se encontraron con trece
barcos de los leucadios y de los ambraciotes junto al puerto de Cilene,
de los que era capitán Brásidas, hijo de Télide, y por consejero tenía
a Álcidas, el cual a la sazón llegó allí porque los lacedemonios,
viendo que habían errado el tiro en la empresa de Lesbos, determinaron
reparar y rehacer su armada y enviarla a Corcira.
Sabiendo que había divisiones en la ciudad y que los atenienses solo
tenían doce naves en aquella parte surtas en el puerto de Naupacto,
mandaron a Brásidas y Álcidas que se apoderasen de Corcira antes que
pudiese ser socorrida por los atenienses, y esperaban buen éxito por la
discordia que había entre los corcirenses.
Causa de estas disensiones fue que los corcirenses, cogidos por los
corintios en la batalla naval que se dio junto a Epidamno, fueron
puestos en libertad y enviados a sus casas so color de ir a traer su
rescate, por el cual habían respondido sus amigos en Corinto, y que
montaban a más de ochenta talentos. Mas a la verdad, era para que
influyeran con los otros corcirenses, atrayéndolos a la obediencia de
los corintios y apartándolos de la alianza con los atenienses. Sucedió
que en este mismo tiempo aportaron dos navíos a Corcira, uno de los
corintios y otro de los atenienses, y ambos conducían embajadores para
tratar con los corcirenses, los cuales dieron audiencia a unos y otros,
y al fin respondieron que querían quedar por amigos y confederados de
los atenienses, según los pactos y convenios que tenían con ellos, y
que también deseaban ser amigos de los lacedemonios, como lo habían
sido antes. Esta respuesta fue acordada por consejo de Pitias, varón
de grande autoridad y mando en la ciudad, y que pocos días antes se
había hecho ciudadano de Atenas. Los ciudadanos que procuraban lo
contrario, le llevaron a juicio acusándole de que quería poner la
ciudad en dependencia de los atenienses, pero al fin fue absuelto de
esta demanda, y después él acusó a cinco de sus adversarios, los más
ricos de todos, de que habían cortado y arrancado los maderos del
cerco de los templos de Júpiter y de Alcínoo, por lo que incurrían en
pena de una fiatera[73] por cada palo, que era una multa considerable.
Siendo condenados, se acogieron a sagrado hasta que les fuese perdonada
o rebajada la pena, aunque Pitias se oponía con todas sus fuerzas y
aconsejaba a los ciudadanos la aplicasen con todo rigor. Viéndose
tan perseguidos por quien tenía tan gran poder y autoridad en el
Senado, y sabiendo que, mientras viviese, todos seguirían el partido
de los atenienses, se juntaron con otros muchos y entraron en el
Senado con sus dagas debajo de las ropas, y allí mataron a Pitias
y a otros senadores y particulares, hasta sesenta, salvándose los
demás partidarios de Pitias, que fueron muy pocos, en el barco de los
atenienses que aún estaba en el puerto. Después de hacer los conjurados
esta mala hazaña, reunieron al pueblo y le dijeron que lo hecho había
sido por el bien de la ciudad para que no cayese en servidumbre de los
atenienses, y que en lo demás les parecía que debían ser neutrales y
responder a ambas partes que no entrasen en su puerto sino en son de
paz y como amigos, y solo con un navío, pues los que entraran con más
número, serían reputados por enemigos. Leído y publicado este decreto,
el pueblo le aprobó y confirmó, y enviaron sus mensajeros a los
atenienses para darles a entender que les había sido necesario obrar
así. También lo hicieron para amonestar a los corcirenses que se habían
acogido a ellos, que no procurasen nuevas tramas en daño de la ciudad.
Pero al llegar a Atenas estos mensajeros, fueron presos como hombres
sediciosos que procuraban novedades, y juntamente con ellos los otros
que habían persuadido y sobornado para que fuesen de su bando, y a
todos los llevaron a Egina y metieron en prisión.
Entretanto, los grandes y los principales de Corcira que seguían el
partido de los corintios, al llegar el barco de estos y en él sus
embajadores, juntamente con ellos acometieron a sus conciudadanos
y aunque estos se defendieron durante algunas horas, al fin fueron
vencidos y obligados a retirarse durante la noche a la fortaleza y más
altos y fuertes lugares de la ciudad donde se parapetaron, y después se
apoderaron del puerto de Hilaico. Los victoriosos ganaron la plaza del
mercado de la ciudad, en torno de la cual los más de ellos tenían sus
casas, y también tomaron el puerto que cae a la parte de tierra, a la
bajada del mercado. Al día siguiente tuvieron una escaramuza a tiros
de dardos y pedradas. Ambas partes enviaron a buscar en los campos a
los siervos y esclavos para que viniesen a socorrerles, prometiéndoles
la libertad, y ellos escogieron ayudar al pueblo contra los grandes;
pero en favor de estos llegaron ochocientos infantes por la parte de
tierra firme, y con ellos volvieron a la batalla por tercera vez, en
la cual los de la comunidad vencieron a los grandes por estar en lugar
más ventajoso, porque eran muchos más en número y porque las mujeres,
que estaban de su parte, les dieron grande ayuda, sosteniendo el furor
e ímpetu de los contrarios con mayor esfuerzo y osadía que requería su
condición natural, y tirándoles tejas y piedras desde las casas.
Al acercarse la noche, los grandes, que iban de vencida, temiendo que
el pueblo, con ímpetu y grita, fuese a ganar el puerto y las naves
que tenían en él, y tras esto los matasen a todos, pusieron fuego
a las casas que estaban en el mercado y alrededor de él, así a las
que eran suyas como de los otros, para estorbar que pudiesen pasar
de allí, ocasionando que se quemasen muchos bienes y mercaderías muy
ricas y de gran precio. De venir el viento de parte de la ciudad se
hubiese quemado toda. Con este fuego cesó el combate aquella noche
y estuvieron todos en armas cada cual en guarda de su estancia. Mas
la nave de los corintios, sabiendo que el pueblo había alcanzado la
victoria, desplegó velas y se fue secretamente, y lo mismo hicieron
muchos de los que habían acudido de tierra firme en favor de los
grandes, volviéndose a sus casas.
Al día siguiente Nicóstrato, hijo de Diítrefes, capitán de los
atenienses, arribó al puerto de Corcira con doce barcos y quinientos
hombres mesenios que venían de Naupacto en socorro de los del pueblo;
y para restablecer la paz y concordia les indujo a que fuesen amigos,
y que tan solo castigaran a diez de los que habían sido la causa de la
sedición y alboroto, aunque estos no esperaron la ejecución del juicio,
sino que huyeron y se escaparon. En lo demás procuró que todos quedasen
en la ciudad como antes, y que de común acuerdo aprobasen la alianza
que tenían con los atenienses, es decir, que fuesen amigos de sus
amigos, y enemigos de sus enemigos.
Ajustado este convenio, los gobernadores de la ciudad trataron con
Nicóstrato, que les dejase allí cinco de sus barcos de guerra para
impedir que los del bando contrario se rebelasen, y que en las otras
naves embarcase todos los que ellos le señalasen de los contrarios, y
los llevase consigo a fin de que no pudiesen organizar algún motín.
Accedió Nicóstrato; mas al hacer la lista de los que habían de ser
embarcados, temiendo estos ser llevados presos a Atenas, se acogieron
al templo de Cástor y Pólux; y por más que Nicóstrato les amonestaba
que viniesen con él sin miedo, no les pudo persuadir. Los del pueblo
fueron a sus casas, y les tomaron las armas que tenían, y aun hubieran
muerto algunos de ellos que encontraban en las calles, si Nicóstrato no
se lo impidiera. Viendo esto los otros del mismo bando, se retiraron
al templo de Juno, y serían hasta cuatrocientos, por lo que los
del pueblo, sospechando que hiciesen alguna novedad, los aplacaron
consiguiendo contentarlos con ir desterrados a una pequeña isla, que
estaba frente al templo, donde les proveían de víveres y demás cosas
necesarias para vivir.
Cuatro o cinco días después que aquellos ciudadanos fueron llevados a
la citada isla, los navíos de los peloponesios, que se habían quedando
en Cilene, a la vuelta de Jonia, cuyo capitán era Álcidas, y Brásidas
su compañero, que serían en número de cincuenta y tres, arribaron al
puerto de Síbota, ciudad en la tierra firme, y al amanecer dirigieron
el rumbo hacia Corcira. Sabido esto por los de Corcira se alarmaron,
así por causa de sus discordias civiles como por la venida de los
enemigos a tal tiempo. Por tanto, armaron setenta barcos, y unos tras
otros los enviaron al encuentro cargados como estaban con su gente de
guerra, aunque los atenienses les rogaron que los dejasen ir delante
y que tras ellos viniesen todos juntos. Navegando los corcirenses
sin orden ni concierto alguno, cuando comenzaron a acercarse a los
peloponesios, dos de sus barcos se vinieron a ellos, y los que
estaban en los otros combatían entre sí muy desordenados. Viendo esto
los peloponesios, enviaron de pronto veinte barcos contra ellos, y
todos los otros fueron a embestir contra los doce de los atenienses,
entre los cuales estaban los llamados _Páralos_ y _Salaminia_. Las
naves corcirenses, por el mal orden en que iban, tropezaban unas
con otras repartidas en muchas bandas, de manera que ellas mismas
se dispersaron. Pero los atenienses, temiendo ser cercados por la
multitud de barcos de los enemigos, no quisieron atacar el mayor
escuadrón de los contrarios, sino que embistieron contra algunas naves
y echaron una a fondo. Después se pusieron en caracol, cercando a los
enemigos y procurando desconcertarlos y hacerles perder el orden.
Viendo esto los veinte navíos de los peloponesios, que habían salido
contra los corcirenses, y temiendo que les ocurriese lo que les había
sucedido en la pasada batalla de Naupacto, acudieron en socorro de sus
compañeros, y todos juntos fueron a dar contra los atenienses, que se
retiraron poco a poco. Los corcirenses, por su parte, viendo que los
peloponesios apretaban tanto a sus compañeros, no osaron esperar y se
pusieron en huida. Después del combate quedaron allí hasta la noche
los peloponesios victoriosos. Entonces los corcirenses, temiendo que
los enemigos, siendo vencedores, les acometiesen en la ciudad, o que
se pasasen a ellos los ciudadanos que habían desterrado en la isleta,
o hiciesen alguna otra hazaña en perjuicio suyo, embarcaron aquellos
ciudadanos llevándolos de nuevo a Corcira, y los metieron dentro del
templo de Juno, poniendo en seguida guardas en la ciudad. Pero los
peloponesios, aunque vencedores, no osaron ir contra la ciudad, y con
trescientos prisioneros que cogieron a los corcirenses, se retiraron al
puerto de donde habían partido. Tampoco al día siguiente se atrevieron
a moverse, aunque la ciudad estaba muy temerosa y perturbada: y
Brásidas, su capitán, era de opinión que fuesen a acometerla; empero,
Álcidas que tenía el mando, fue de contrario parecer, y por ello
desembarcaron en el cabo de Leucimna, desde donde hicieron mucho daño
en los términos de Corcira. Por entonces los corcirenses, sospechando
la llegada de los enemigos, parlamentaron con los que se habían
retirado a los templos, y con los otros ciudadanos para convenir la
manera de guardar la ciudad, y a algunos les persuadieron para que
entrasen en las naves, que tenían en número de treinta, las mejores que
pudieron reunir para resistir a los enemigos si llegaban.
Los peloponesios, después de robar y arrasar la tierra hasta la hora
de mediodía, se reembarcaron y fueron a Leucimna. A la noche siguiente
les fue hecha señal con luces de que habían partido sesenta navíos de
los atenienses del puerto de Léucade en busca de ellos[74], como era
verdad, porque al saber los atenienses las revueltas que había en
Corcira y la llegada de la escuadra de Álcidas, enviaron a Eurimedonte,
hijo de Tucles, con sesenta navíos, hacia aquellas partes.
Álcidas y los peloponesios se fueron costeando a su tierra con la mayor
diligencia que podían, y para no ser sentidos si se engolfaban en alta
mar, atravesaron por el estrecho de Léucade derechamente hacia la otra
costa.
Los corcirenses, al saber de cierto la partida de los peloponesios y
la llegada de los atenienses, volvieron a meter en su ciudad a los
que habían lanzado fuera, y mandaron partir las naves donde habían
embarcado su gente de guerra hacia el puerto de Hilaico; y navegando a
lo largo de la costa, todos cuantos enemigos encontraron en su viaje
los mataron. Después hicieron salir de los barcos a los ciudadanos que
habían persuadido para que se embarcasen, y de allí se fueron al templo
de Juno, persuadiendo a los que se habían acogido a él, que serían
hasta cincuenta, a que vinieran a defender su causa ante la justicia:
hiciéronlo así, y todos fueron condenados a muerte. Sabido esto por los
que no pudieron ser persuadidos de acudir al juicio y se habían quedado
en el templo, se suicidaron unos ahorcándose de los árboles, otros se
mataron entre sí, y otros por modos extraños de darse muerte; de manera
que no escapó uno solo.
Además, por espacio de siete días, que Eurimedonte estuvo allí con sus
sesenta barcos, los corcirenses mandaron matar a todos los de la ciudad
que tenían por enemigos, so color de que habían querido destruir el
pueblo. Algunos fueron muertos por causa de enemistades particulares;
y otros, por el dinero que les debían, fueron muertos a manos de sus
mismos deudores, realizándose en aquella ciudad todas las crueldades e
inhumanidades que se acostumbran en semejantes casos, y mucho peores,
como matar el padre al hijo; sacar los hombres de los templos para
matarlos, y aun asesinarlos dentro de los mismos templos. Algunos
murieron tapiados en el templo de Baco. Tan cruel fue aquella sedición.