VIII.

De cómo Mitilene estuvo en peligro de ser destruida completamente, y

del castigo que recibió por su rebelión. -- Los de Platea se entregan a

merced de los lacedemonios. -- Hechos de guerra habidos aquel año.

Oídos estos dos contrarios pareceres, hubo muchas disputas entre

los atenienses, de manera que cuando vinieron a dar sus votos, se

hallaron tantos de una parte como de otra; más al fin venció el parecer

de Diódoto, al cual todos siguieron. Inmediatamente enviaron otra

galera ligera a Mitilene, sospechando que, si no iba con premura para

adelantar a la que había partido la noche antes, hallaría la ciudad

destruida. Con este miedo, los embajadores mitilenios despacharon

la última galera, y la fletaron y abastecieron de las provisiones

necesarias, prometiendo grandes dones a los marineros si llegaban antes

que la primera. Por tal promesa hicieron extrema diligencia, no cesando

de remar de día ni de noche, comiendo su pan mojado en vino y aceite, y

durmiendo por tanda, los unos cuando remaban los otros, de manera que

la galera nunca dejaba de caminar, teniendo la buena fortuna de que

ningún viento les fue contrario, de manera que arribaron al puerto casi

a la par con la primera galera que llevaba la mala nueva, y que había

caminado sin apresuramiento.

Llegó, pues, esta galera poco después que la otra. Paques estaba

leyendo el primer mandamiento de los atenienses, y se disponía a

ejecutarlo, cuando le entregaron el segundo que impedía la ejecución.

Así se libró la ciudad de Mitilene del peligro en que estaba.

Respecto a los demás que Paques había enviado, como muy culpados en

aquella rebelión, que serían más de mil, todos fueron condenados a

muerte, siguiendo el parecer de Cleón. Derrocaron los muros de Mitilene

y quitáronles todos los navíos que tenían. No impusieron después

tributo a los de la isla de Lesbos, sino que repartieron toda la tierra

(excepto la ciudad de Metimna) en tres mil suertes, de las cuales

dedicaron y ofrecieron trescientas a los templos de los dioses por

su décima, y para las restantes enviaron conciudadanos suyos que las

poblasen. A los de Lesbos ordenaron que les diesen de tributo por un

año dos minas de plata[71] por cada suerte, y que labrasen la tierra.

También quitaron los atenienses a los mitilenios todas las villas y

lugares que tenían en tierra firme, haciéndolas depender de Atenas.

Este fin tuvieron las cosas de la isla de Lesbos.

En el mismo verano[72], después de recobrada la isla de Lesbos, Nicias,

hijo de Nicérato, partió por mar con ejército a la isla de Minoa,

que está junto a Mégara, donde había un castillo que los megarenses

guardaban para su defensa. Nicias intentó tomarlo para tener allí un

punto fuerte que estuviese más cerca que los que tenían en Búdoro y

Salamina, y para que cuando los peloponesios saliesen al mar, no se

pudieran esconder allí sus galeras, como habían hecho muchas veces los

corsarios, ni pasar cosa alguna por mar a los megarenses. Salió Nicias

de Nisea y atacó el castillo, batiendo dos torreones que daban al mar;

tomados estos, dejó libre la entrada a las naves para que pudiesen

pasar sin peligro entre la isla y la villa de Nisea. También hizo un

muro a través del estrecho de tierra firme que venía a dar a la isla

por donde podían enviar socorro al castillo. Hechos estos fuertes y

reparos en breve tiempo, dejó en aquellos guarnición y volvió con el

resto de su ejército.

En este mismo verano, los de Platea, por falta de víveres, no pudieron

defenderse más del cerco de los peloponesios, y capitularon de esta

suerte.

El general de los peloponesios, acercándose a los muros de la ciudad

y conociendo que estaban tan escasos de fuerzas que no se podían

defender, no los quiso combatir ni tomarlos, porque los lacedemonios

le ordenaron que tomara la ciudad por tratos, antes que por asalto, si

pudiera, a fin de que si se ajustaba algún concierto entre peloponesios

y atenienses, y acordaban que las ciudades y villas tomadas por guerra

de ambas partes se devolviesen, pudieran excusar la devolución de

Platea, so color que no había sido tomada por combate, sino que se

había rendido por propia voluntad.

Así, pues, envió un parlamentario a los de Platea para decirles si

querían rendirse a merced de los lacedemonios, y dejar a su discreción

el castigo de los que habían sido culpados, con la condición de que

ninguno fuese castigado sin ser primero oído en juicio y sentenciada su

causa. Consintieron los de Platea viéndose en tan extrema necesidad,

que no podían defenderse más, y por este medio los peloponesios se

apoderaron de la ciudad, y proveyeron a los moradores de víveres para

algunos días hasta que llegaron cinco jueces, enviados para determinar

el hecho, los cuales, sin formar proceso particular, reunieron a los

que estaban dentro de la ciudad y preguntáronles solamente si, después

de la guerra comenzada, habían hecho algún beneficio a los lacedemonios

y a sus aliados. A esta demanda los de Platea pidieron que les dejasen

responder más largo por común acuerdo de todos, lo que otorgaron los

jueces. Entonces eligieron a Astímaco, hijo de Asopolao, y a Lacón,

hijo de Eimnesto, que eran huéspedes y conocidos de los lacedemonios, y

saliendo delante, pronunciaron este discurso:

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 56 / 90 题