De cómo Mitilene estuvo en peligro de ser destruida completamente, y
del castigo que recibió por su rebelión. -- Los de Platea se entregan a
merced de los lacedemonios. -- Hechos de guerra habidos aquel año.
Oídos estos dos contrarios pareceres, hubo muchas disputas entre
los atenienses, de manera que cuando vinieron a dar sus votos, se
hallaron tantos de una parte como de otra; más al fin venció el parecer
de Diódoto, al cual todos siguieron. Inmediatamente enviaron otra
galera ligera a Mitilene, sospechando que, si no iba con premura para
adelantar a la que había partido la noche antes, hallaría la ciudad
destruida. Con este miedo, los embajadores mitilenios despacharon
la última galera, y la fletaron y abastecieron de las provisiones
necesarias, prometiendo grandes dones a los marineros si llegaban antes
que la primera. Por tal promesa hicieron extrema diligencia, no cesando
de remar de día ni de noche, comiendo su pan mojado en vino y aceite, y
durmiendo por tanda, los unos cuando remaban los otros, de manera que
la galera nunca dejaba de caminar, teniendo la buena fortuna de que
ningún viento les fue contrario, de manera que arribaron al puerto casi
a la par con la primera galera que llevaba la mala nueva, y que había
caminado sin apresuramiento.
Llegó, pues, esta galera poco después que la otra. Paques estaba
leyendo el primer mandamiento de los atenienses, y se disponía a
ejecutarlo, cuando le entregaron el segundo que impedía la ejecución.
Así se libró la ciudad de Mitilene del peligro en que estaba.
Respecto a los demás que Paques había enviado, como muy culpados en
aquella rebelión, que serían más de mil, todos fueron condenados a
muerte, siguiendo el parecer de Cleón. Derrocaron los muros de Mitilene
y quitáronles todos los navíos que tenían. No impusieron después
tributo a los de la isla de Lesbos, sino que repartieron toda la tierra
(excepto la ciudad de Metimna) en tres mil suertes, de las cuales
dedicaron y ofrecieron trescientas a los templos de los dioses por
su décima, y para las restantes enviaron conciudadanos suyos que las
poblasen. A los de Lesbos ordenaron que les diesen de tributo por un
año dos minas de plata[71] por cada suerte, y que labrasen la tierra.
También quitaron los atenienses a los mitilenios todas las villas y
lugares que tenían en tierra firme, haciéndolas depender de Atenas.
Este fin tuvieron las cosas de la isla de Lesbos.
En el mismo verano[72], después de recobrada la isla de Lesbos, Nicias,
hijo de Nicérato, partió por mar con ejército a la isla de Minoa,
que está junto a Mégara, donde había un castillo que los megarenses
guardaban para su defensa. Nicias intentó tomarlo para tener allí un
punto fuerte que estuviese más cerca que los que tenían en Búdoro y
Salamina, y para que cuando los peloponesios saliesen al mar, no se
pudieran esconder allí sus galeras, como habían hecho muchas veces los
corsarios, ni pasar cosa alguna por mar a los megarenses. Salió Nicias
de Nisea y atacó el castillo, batiendo dos torreones que daban al mar;
tomados estos, dejó libre la entrada a las naves para que pudiesen
pasar sin peligro entre la isla y la villa de Nisea. También hizo un
muro a través del estrecho de tierra firme que venía a dar a la isla
por donde podían enviar socorro al castillo. Hechos estos fuertes y
reparos en breve tiempo, dejó en aquellos guarnición y volvió con el
resto de su ejército.
En este mismo verano, los de Platea, por falta de víveres, no pudieron
defenderse más del cerco de los peloponesios, y capitularon de esta
suerte.
El general de los peloponesios, acercándose a los muros de la ciudad
y conociendo que estaban tan escasos de fuerzas que no se podían
defender, no los quiso combatir ni tomarlos, porque los lacedemonios
le ordenaron que tomara la ciudad por tratos, antes que por asalto, si
pudiera, a fin de que si se ajustaba algún concierto entre peloponesios
y atenienses, y acordaban que las ciudades y villas tomadas por guerra
de ambas partes se devolviesen, pudieran excusar la devolución de
Platea, so color que no había sido tomada por combate, sino que se
había rendido por propia voluntad.
Así, pues, envió un parlamentario a los de Platea para decirles si
querían rendirse a merced de los lacedemonios, y dejar a su discreción
el castigo de los que habían sido culpados, con la condición de que
ninguno fuese castigado sin ser primero oído en juicio y sentenciada su
causa. Consintieron los de Platea viéndose en tan extrema necesidad,
que no podían defenderse más, y por este medio los peloponesios se
apoderaron de la ciudad, y proveyeron a los moradores de víveres para
algunos días hasta que llegaron cinco jueces, enviados para determinar
el hecho, los cuales, sin formar proceso particular, reunieron a los
que estaban dentro de la ciudad y preguntáronles solamente si, después
de la guerra comenzada, habían hecho algún beneficio a los lacedemonios
y a sus aliados. A esta demanda los de Platea pidieron que les dejasen
responder más largo por común acuerdo de todos, lo que otorgaron los
jueces. Entonces eligieron a Astímaco, hijo de Asopolao, y a Lacón,
hijo de Eimnesto, que eran huéspedes y conocidos de los lacedemonios, y
saliendo delante, pronunciaron este discurso: