VII.

Discurso de Diódoto, de contrario parecer al de Cleón.

«Ni repruebo el parecer de los que quisieron poner otra vez en consulta

este hecho de los mitilenios, ni apruebo el de los que vedan consultar

muchas veces las cosas de gran importancia, antes me parece que hay dos

cosas muy contrarias a la bondad en la consulta y acuerdo, la presteza

y la ira, porque la una hace que las cosas se hagan sin prudencia,

y la otra necia y locamente. Quien repugna que las cosas se enseñen

por medio de palabras y razones para informarse mejor de la verdad,

no tiene saber ni seso, o le va en ello algún interés particular.

Porque si piensa que las cosas venideras, que no pueden verse, se

enseñan de otra manera que por palabras y razones, no tiene juicio

ni entendimiento, y si quiere persuadir de alguna cosa torpe y mala,

y porque le parece que no la podrá hacer buena por razones, quiere

espantar y asombrar a los que contradicen y a los jueces que lo oyen,

gran señal es de que le va interés en ello.

»Pero más son de vituperar aquellos que achacan a los de contrario

parecer estar corrompidos por dádivas y dinero; porque si culpan

de poco saber al que no pudo persuadir lo que quería en el senado,

sería tenido por ignorante, no por malo ni injusto; pero si le culpan

o achacan que fue sobornado, aunque persuada al senado y sigan su

parecer, no por eso dejará de ser sospechoso, y si no persuade lo que

quiere será tenido no solo por ignorante, sino también por malo e

injusto. Esto ocasiona daño a la república, porque los hombres no se

atreven, por miedo, a aconsejar libremente lo que sienten, contra los

que opinan que sería mejor para el bien de la ciudad que no hubiese

hombres en ella con entendimiento para saber hablar y razonar, como

si por esto los hombres estuviesen menos expuestos a errar, siendo al

contrario, porque el buen ciudadano que dice su parecer en pública

asamblea, no ha de estorbar ni espantar a los otros para que no

le puedan contradecir, sino con toda equidad y modestia mostrar por

buenas razones que su opinión y parecer es el mejor. Y así, gobernada

la ciudad por justicia y por razón, ya que no haga más honra a aquel

que dio el mejor consejo, no por eso le ha de quitar ni disminuir

la que antes tenía ni por consiguiente, debe menospreciar al que no

alcanzó a dar buen consejo y mucho menos castigarle. De no hacerlo así,

aquel cuyo parecer fuere aprobado no procurará decir ni razonar otra

cosa sino lo que pensare que le podrá aprovechar para ganar la gracia

y favor del pueblo, aunque no lo entienda así; y aquel cuya opinión no

fuere aprobada, por la misma razón trabajará por agradar y complacer al

pueblo.

»Nosotros hacemos todo lo contrario, porque si hay alguno de quien se

sospeche que fue sobornado con dádivas o promesas, aunque dé muy buen

consejo para el bien de la república, todavía por envidia y sospecha

de aquella opinión de corruptela, aunque no sea cierta, no le queremos

admitir, y todo lo que dice bueno o malo es tenido por sospechoso. De

aquí la necesidad de que el que quiere persuadir al vulgo de alguna

cosa buena o mala, use de cautelas y mentiras; el que hablare más a su

favor, tendrá más crédito aunque mienta, y el que quiera hacer bien

a la ciudad con su consejo, cae en sospecha de que procura por vías

ocultas su provecho y ganancia.

»Conviene, pues, a los que estamos en este lugar entre tantas

sospechas, y hablamos y consultamos de cosas tan grandes y de tanta

importancia, que las veamos y proveamos de más lejos que vosotros,

que tan solamente las veis y contempláis de cerca, atento que debemos

dar razón bastante de lo que nos parece, y vosotros no de lo que oís,

que si el que se deja persuadir por otro fuese castigado como el que

le habla y persuade, vosotros juzgaríais más cuerdamente, pero si no

lográis lo que os proponéis, condenáis el parecer de uno solo que os

lo aconsejó, y no el de todos vosotros que lo seguisteis siendo tan

delincuentes en esto todos como aquel solo que lo dio y lo dijo.

»No deseo hablar en favor de los mitilenios para contradecir ni acusar

a nadie. Si somos cuerdos no tendremos contienda sobre su crimen, sino

solamente sobre aconsejar y consultar en nuestro bien y en nuestro

provecho. Porque aunque evidentemente nos conste que ellos han cometido

crimen, no por esto aconsejaría que los mandasen matar si no resulta

provecho de ello a nuestra ciudad; ni, si merecen perdón, sería de

parecer que se les diese, si también de esto no se nos sigue utilidad y

provecho.

»Mas porque nuestra consulta se refiere al tiempo venidero, no a lo

pasado, y porque Cleón ha dicho que se requiere, para estorbar las

rebeliones en adelante, castigar a los mitilenios con pena de muerte,

yo opino todo lo contrario, y digo que será mejor para nosotros

hacerlo de otra manera.

»Os ruego que por las razones y atildadas frases que este ha usado en

su razonamiento para inducirnos a que sigáis su parecer, no queráis

rehusar ni desechar las mías, útiles y provechosas. Bien entiendo,

que yendo todos sus argumentos enderezados al rigor de la justicia,

podrán mover más vuestros corazones, llenos ahora de ira y de enojo,

que los míos; mas conviene considerar que no estamos aquí reunidos para

contender en juicio lo que requiere la razón y la justicia, sino para

tomar consejo y consultar entre nosotros lo que nos será más provechoso.

»En muchas ciudades, como sabéis, hay pena de muerte, no solamente

para semejantes delitos, sino aun para otros mucho menores, y a pesar

de ello siempre hay hombres que se exponen a peligro de esta pena

con esperanza de escapar de ella. Ninguno emprendió rebeliones que

no pensase salir con ello, ni hubo ciudad que no le pareciese tener

mayores fuerzas propias o de sus amigos que otra. Mas al fin es cosa

natural a los hombres pecar, así en general como en particular; y no ha

habido ley tan rigurosa que lo pudiese vedar ni estorbar por más que se

hayan inventado nuevos tormentos y castigos para los delitos, por si el

temor podría apartarles de hacer mal.

»No sin causa al principio para grandes delitos había pequeños

castigos, mucho más leves que ahora, los cuales, por la continua

transgresión de los hombres, andando el tiempo, se han reducido a pena

de muerte; y aun con todo esto, no nos apartamos de errar. Es, pues,

necesario, o inventar otra pena más dura que la muerte, o pensar que

esta no impedirá pecar a los hombres, porque a unos la pobreza les

obliga a que se atrevan, y a otros las riquezas les alientan a ser

soberbios y codiciosos de más haberes, mientras otros tienen otras

pasiones y ocasiones que los atraen e inducen a pecar. Cada cual es

atraído por su inclinación y apetito desordenado, tan poderoso, que

apenas lo puede refrenar ni moderar por miedo de daño ni peligro que le

amenace.

»Hay, además, otras dos cosas que en gran manera impulsan a los

hombres: la esperanza y el amor; el uno les guía, y la otra les

acompaña. El amor procura los medios para ejecutar sus pensamientos,

y la esperanza les pone delante la prosperidad de la fortuna. Aunque

estas dos cosas no se ven de presente, son más poderosas a moverlos

que los peligros manifiestos. También hay otra tercera, que sirve y

aprovecha en gran manera para mover los afectos y voluntades, es a

saber, la fortuna, la cual, luego que nos representa y pone delante

alguna ocasión, aunque no sea bastante para movernos, muchas veces

atrae a los hombres a grandes peligros, y muchas más a las ciudades,

por tratarse en ellas de más grandes cosas y de más importancia, como

el conservar su libertad o aumentar su señorío; porque cada cual,

unido a los otros ciudadanos, concibe mayor esperanza de sí mismo. En

conclusión, es imposible y fuera de razón creer que cuando el hombre

está estimulado por una impetuosa inclinación a hacer una cosa, se le

pueda apartar de ello por la fuerza de las leyes ni por otra dificultad.

»No conviene, pues, condenar a pena de muerte a los delincuentes en la

confianza de que nos causará seguridad para lo venidero, ni por este

medio quitar a los que en adelante se rebelaren la esperanza de la

misericordia y la facultad de arrepentirse y purgar su pecado. Para

convenceros de esta verdad, suponed que hubiese ahora otra ciudad

rebelada contra vosotros, y que conociese que no podía resistirnos,

aunque teniendo bienes para pagarnos los gastos de recobrarla,

y en adelante el tributo que le impusiéremos, si la tomamos por

capitulación: pues si sabe que no tiene esperanza de alcanzar

misericordia de vosotros, os resistirá con todas sus fuerzas, y

determinará sufrir el cerco basta el fin, antes que entregarse. Pensad

ahora si es lo mismo que una ciudad se entregue en seguida de haberse

rebelado, o largo tiempo después de rebelada, y qué gastos y daños

sufriremos cuando rehusaren ser reducidos a nuestra obediencia, en

todo el tiempo que les sitiemos. Tomada y asolada la ciudad rebelde,

perderíamos sus tributos, mediante los cuales tenemos fuerzas contra

nuestros enemigos.

»Por tanto, no conviene en este caso proceder a la pena y castigo de

los delitos como jueces con todo rigor, para que resulte en nuestro

daño, sino pensar cómo podremos sacar en lo venidero nuestras rentas

y tributos de nuestras ciudades, castigándolas moderadamente, y

guardándolas y conservándolas con dulzura y buen trato, antes que por

el rigor de las leyes. Ahora queremos hacer lo contrario, pues si

sojuzgamos algún pueblo que antes fuese libre, y este, por recobrar su

libertad, se rebela contra nosotros, como lo podría hacer con razón,

si después le reducimos a nuestra obediencia, juzgaréis que conviene

castigarle con todo rigor y severidad. Yo soy de opinión contraria, es

decir, que no debemos castigar duramente las ciudades libres cuando

se han rebelado, sino cuidar muy bien de que no se rebelen, tratarlas

de suerte que no tengan ocasión de ocurrirles tal pensamiento, y al

recobrarlas, imputarles por liviana su culpa.

»Considerad el yerro que cometéis si quisiereis seguir la opinión

de Cleón; porque ahora todos los moradores de vuestras ciudades

confederadas están en vuestra amistad, os tienen afición y no se

rebelan juntamente con los otros parciales más poderosos; y si alguna

se rebela, obligada por fuerza, los otros aborrecen y quieren mal

a los que fueron autores y causa de ello; de suerte que vosotros,

con la confianza que tenéis en el amor y afición que os tienen los

pueblos, vais a la guerra; pero si mandáis matar todos los moradores

de Mitilene, que no fueron partícipes de la rebelión, antes cuando

pudieron tomar las armas os entregaron la ciudad, seréis tenidos por

injustos y malos para con aquellos que han merecido mucho bien de

vosotros, y daréis gran placer a los más poderosos, pues no desean otra

cosa. Porque si hacen rebelar una ciudad de vuestras confederadas,

tendrán todos los del pueblo en su favor, sabiendo de cierto que

si caen en vuestras manos, la misma pena sufrirán los delincuentes

que los que no lo fueron. Más valdría disimular su yerro, para que

solo ellos de los confederados y aliados que tenemos por amigos y

compañeros aparezcan enemigos; y pienso que será más útil y provechoso

para conservar nuestro imperio y señorío que suframos esta injuria de

grado y a sabiendas, que mandar matar a los que en ninguna manera nos

conviene que mueran, aunque lo podamos hacer con justicia.

»No es verdad lo que dice Cleón, de que el castigo puede ser

provechoso. Y pues sabéis que esto es lo mejor, no os fijéis en la

misericordia ni en la clemencia, de las cuales tampoco quiero que

os dejéis convencer, sino que, por lo que os he aconsejado, me deis

crédito. Solo por el bien de la ciudad guardad estos prisioneros

mitilenios que os envió Paques como culpados, y despacio y a vuestro

placer juzgad y sentenciad su causa, y a los otros que ahí quedan

dejadlos morar pacíficamente en su pueblo, que es lo que os será útil y

provechoso para lo venidero, infundiendo temor a vuestros enemigos.

»Pensad que cualquier hombre que da buen consejo vale y puede más

contra los enemigos que el que por locura e ignorancia hace cosas

soberbias y crueles.»

Con esto acabó Diódoto su razonamiento.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 55 / 90 题