Discurso y proposición de Cleón en el Senado de Atenas, para aconsejar
el castigo de los mitilenios.
«Muchas veces he conocido que el régimen popular y gobierno del pueblo
no es bastante para saber regir y mandar a otros; y ahora lo conozco
más que nunca, parando mientes en este vuestro arrepentimiento y
mudanza de parecer en lo que toca al hecho de los mitilenios. Que
porque vosotros tratáis de buena fe unos con otros, pensáis que los
compañeros y aliados tienen esta misma condición, y no sentís que
los errores que hacéis, o persuadidos por sus razones o por sobrada
misericordia y compasión, os traen peligro manifiesto, y que con
toda vuestra blandura no alcanzáis de ellos más agradecimiento. No
consideráis que el imperio que ahora tenéis es verdadera tiranía, y que
aquellos que os obedecen lo hacen mal de su grado, pensando en cómo
os tramarán asechanzas y harán daño. No serán más obedientes porque
les perdonéis las culpas, errores y delitos que han cometido contra
vosotros, que vuestras fuerzas y el temor que os tienen los hacen
sumisos, no la misericordia que usáis con ellos.
»Y lo peor de todo que veo en estos negocios, es que no hay constancia
ni firmeza alguna en las cosas, ya una vez acordadas y determinadas,
sin fijaros en que hay mejor gobierno en aquella ciudad que usa de
sus leyes constantes y no revocables, aunque sean malas, que no en
aquellas que, teniéndolas buenas, firmes y establecidas, no las guarda
inviolablemente, y en que vale más ignorancia con gravedad y serenidad,
que no ciencia con temeridad e inconstancia. Por ello, los hombres algo
rudos y tardíos de ingenio y de entendimiento, en su mayoría gobiernan
mejor la república para el bien y procomún de todos, que aquellos
que se juzgan por más hábiles y agudos, pues estos tales, vivos y
despiertos, siempre quieren parecer más sabios que las mismas leyes,
y mostrar con bellas razones que saben más que los otros, conociendo
que en ningunas otras cosas podrán ostentar tanto la excelencia de su
ingenio, como en aquellas que son de mucha importancia, de donde muchas
veces suceden muy grandes males e inconvenientes a las ciudades. Por
el contrario, aquellos que no confían tanto en su saber, ni quieren
ser más sabios que la ley, conociéndose que no son muy pulidos en sus
razones para responder, ni rebatir los argumentos de los elocuentes que
hablan por arte de retórica, estudian más la materia para juzgar por
razón y equidad y venir al punto de la cosa, que no para contender y
disputar con argumentos y discursos. De donde vemos que a menudo les
suceden mejor sus cosas.
»Así nos conviene ahora obrar, varones atenienses, y no, confiados en
nuestra elocuencia y agudeza, persuadir al pueblo de lo que entendemos
ser contrario a la verdad y a la razón. Mi parecer en este caso es el
mismo de ayer, y me maravillo mucho de aquellos que han querido volver
a poner este negocio de los mitilenios en consulta, y por este medio
dejar perder y pasar el tiempo en provecho de los que os han ofendido,
porque, dilatando el castigo, el que ha recibido la ofensa, afloja su
ira y no se halla tan áspero para la venganza, mas cuando se ejecuta
la pena pronto y la injuria es reciente, toma mucho mejor el castigo.
También me maravillo de que haya hombre de contraria opinión de lo que
está acordado, y quiera mostrar con razones que las injurias y ofensas
de los mitilenios nos sean útiles y provechosas, y que esto que es
bien de nuestra parte, redunde en mal y daño de los aliados. Porque
ciertamente, quien quiera que sea el que esto defienda, evidentemente
da a entender, o que por gran confianza en su ingenio y elocuencia hará
creer a los otros que no entienden las cosas claras por sí mismas, o
que, corrompido por dádivas y dinero, procura engañarnos con elocuentes
razones.
»Con estas contiendas y dilaciones, la ciudad obra en provecho de los
otros y en daño y peligro de sí misma, de lo cual vosotros tenéis la
culpa por haber malamente introducido estas disputas y alteraciones,
acostumbrándoos a ser miradores de las palabras y oidores de las
obras[70], creyendo que las cosas han de ocurrir según os persuade el
que sabe mejor hablar, y teniendo por más cierto lo que oís decir que
lo que veis por obra, pues os dejáis vencer por palabras artificiosas.
Sois, pues, muy fáciles para dejaros engañar por nuevas razones, y muy
difíciles para ejecutar lo que una vez ha sido aprobado y determinado.
Sujetos a vanidades tomáis hastío de vuestras costumbres antiguas y
loables, y por este medio cada cual procura y trabaja solamente por
ser elocuente y saber hablar bien. Los que no alcanzan esta elocuencia
quieren seguir a los que la tienen para mostrar que no entienden las
cosas menos que ellos. Además, si hay quien diga alguna razón sutil
y aguda, os apresuráis a elogiarle y decir que ya la habíais pensado
antes que él la dijese, siendo en lo demás tardíos y perezosos para
proveer en las cosas venideras de que os hablan. Buscáis cosas muy
ajenas de aquellas con que podéis vivir y pasar la vida, y no entendéis
las que traéis entre manos, dejándoos engañar por el deleite de lo
que oís, como los que quieren más estar sentados viendo a sofistas y
parleros, que oír a los que consultan las cosas concernientes al bien y
pro de la república.
»Yo procuraré apartaros de este error mostrándoos claramente, que solo
la ciudad de Mitilene ha sido la que os ha hecho singular ofensa,
porque si alguna, por no poder soportar vuestro mando, o por fuerza de
los enemigos, se rebela, soy de parecer que sea perdonada: pero si los
que tienen una isla y una ciudad muy fuerte, sin temor a nada, como
no sea por mar, y que se puede defender bien, poseyendo buen número
de barcos, isla y ciudad que no tratamos como a nuestros súbditos,
sino que las dejamos vivir con arreglo a sus leyes; cuyos habitantes
son honrados por nosotros más que todos los otros confederados, han
hecho lo que hicieron, bien se puede juzgar que nos han querido tramar
asechanzas y traición, y decir de ellos que nos han movido guerra, no
que se han rebelado contra nosotros; pues se dice que se rebelan los
forzados por alguna violencia.
»Lo más abominable de todo es que no les bastaba hacernos la guerra con
sus propias fuerzas, sino que han procurado destruirnos por medio de
nuestros mortales enemigos, sin temor a las calamidades que sufrieron
sus vecinos por rebelarse contra nosotros cuando los sometimos otra
vez a la obediencia. Su osadía al emprender esta guerra declara que
han tenido más esperanza que fuerzas, queriendo anteponer la fuerza
a la justicia y a la razón. Sin injuria nuestra han querido tomar
las armas contra nosotros, no por otra causa, sino por la esperanza
de vencernos, lo cual sucede muchas veces en las ciudades que en
breve tiempo alcanzan prosperidad y riqueza, las que convierten en
soberbia y orgullo. Porque la felicidad y prosperidad que adquieren
los hombres mediante razón y discreción, y según el curso de las
cosas, es más firme y estable que la que proviene de fortuna y sin
pensarla ni esperarla, y aun estoy por decir que es más difícil a los
hombres saberse guardar y conservar en la prosperidad, que defenderse y
ampararse en las adversidades.
»Fuera, por tanto, cosa conveniente a los mitilenios que no los
honrásemos al principio más que a los otros aliados y confederados,
porque no hubieran llegado a tanta soberbia y desvergüenza; pues
los hombres suelen menospreciar a aquellos a quien son obligados, y
tener en más admiración a los que no lo son. Deben ser, por tanto,
castigados todos según lo merece su delito, y no absolvamos a todo
el pueblo echando la culpa a pocos de ellos, pues todos, de común
acuerdo, tomaron las armas contra nosotros, que si tan solo algunos les
quisieran obligar a hacerlo, pudieran excusarse y huir, acogiéndose
a nosotros; y si así lo hubieran hecho, pudieran ahora con justa
causa volver a su ciudad; mas si por consejo de pocos tuvieron por
mejor exponerse a peligro y probar fortuna, todos deben considerarse
rebelados.
»Debéis considerar por lo que toca a los otros aliados, que si no
castigamos con mayor pena a los que voluntariamente se rebelan que a
los que lo hacen forzados por los enemigos, no habrá ciudad, ni villa
en adelante que por la menor ocasión del mundo no se atreva a hacer
lo mismo, sabiendo de cierto que si les sucede bien la cosa cobrarán
libertad, y si mal, quedarán libres a poca costa, sin padecer cosa
intolerable, exponiéndonos así a perder las haciendas y las personas en
todas las ciudades que poseemos. Porque aunque recobremos la ciudad que
se nos hubiese rebelado, perdemos la renta de ella por largo tiempo,
mediante la cual se entretienen nuestras fuerzas y se mantiene nuestro
poder, y si no la podemos recobrar, sus moradores aumentarán el número
de nuestros enemigos; de modo, que el tiempo que habíamos de gastar en
hacer guerra a los peloponesios, será menester emplearle en reducir a
obediencia a nuestros súbditos y aliados.
»No conviene en manera alguna darles esperanza de que podrán alcanzar
perdón de nosotros por buenas razones, ni menos por dinero, so color
de decir que erraron por flaqueza humana, pues nos han injuriado a
sabiendas y no forzados, y el error es digno de perdón y misericordia
cuando no se hace con voluntad determinada.
»Por estas razones al principio me opuse al perdón, y ahora también lo
contradigo, diciendo que no revoquéis lo que ya tenéis determinado,
ni queráis errar en tres cosas que todas ellas son muy perjudiciales
para la república, es a saber: la misericordia, dulzura de palabras
y facilidad. La misericordia debemos usarla con los que la hacen,
no con los que no la tienen y de propia voluntad se prestaron a ser
vuestros perpetuos enemigos; los retóricos, que presumen deleitar y
persuadir con dulces palabras, tendrán ocasión de mostrar y ostentar su
elocuencia en otras materias de menos importancia, y no en aquellas en
que la ciudad, por un pequeño deleite en razonar con elocuencia, recibe
gran daño; y la facilidad debemos tenerla con los que esperamos sean
buenos y obedientes en adelante, y no con los que después de perdonados
quedarán no menos enemigos nuestros que antes lo eran.
»Por abreviar razones digo, que si me queréis creer, obraréis con
los mitilenios según justicia y vuestro provecho; y si no lo hacéis,
gratificáis a ellos y condenáis a vosotros. Porque si han tenido justa
causa de rebelarse, conviene confesar que los señoreamos injustamente;
y aun cuando fuese así, sería también conveniente que los castigásemos
contra justicia y razón por nuestro provecho, si queréis ser sus
señores, y si no, abandonad el mando que tenéis sobre ellos.
»Pues habéis escapado del peligro, haced como los hombres prudentes y
discretos; si queréis perseverar en vuestro señorío, debéis darles la
paga según su merecido, y hacerles entender que no tenéis el corazón
menos lastimado por vengaros de ellos que antes. Ahora que habéis
escapado del peligro en que os pusieron con sus tramas y asechanzas,
considerad lo que hubiesen hecho con vosotros si fueran vencedores; que
los que sin causa ni razón injurian a los otros, meten la mano hasta el
codo y procuran destruirlos por completo, sospechando del peligro en
que después se verán si caen en manos de sus enemigos. Cualquier hombre
que se ve injuriado y ultrajado por otro sin razón, si escapa de las
manos de su contrario, toma de él más cruel venganza que tomaría de un
mortal enemigo.
»No queráis, pues, ser traidores a vosotros mismos, antes considerando
los inconvenientes que pocos días ha os ocurrieron por causa de
estos, y teniéndolos en vuestras manos como deseabais primero,
pagadles en la misma moneda. No os mostréis tan blandos y mansos por
el estado y seguridad en que están las cosas al presente, que os
olvidéis totalmente de las injurias y ultrajes que estos os han hecho;
castigadles según su merecido para dar singular ejemplo a los otros
aliados, y para que si alguno se rebelare de aquí en adelante, sepa
que le ha de costar la vida. Porque si tienen entendido esto de veras,
desecharéis el cuidado de pensar en combatir con vuestros amigos y
aliados en lugar de pelear con vuestros enemigos.»
Con esto acabó Cleón su razonamiento, y tras él se levantó Diódoto,
hijo de Éucrates, el que en la consulta del día anterior contradijo a
los que opinaban que todos los mitilenios debían ser muertos, y habló
de la manera siguiente: