No socorridos a tiempo los mitilenios por los peloponesios, se entregan
a merced de los atenienses, que los mandan matar.
Al fin de aquel invierno[67], los lacedemonios enviaron a Saleto en
una nave a Mitilene. Saltó en tierra en el puerto de Pirra, fue a pie
hasta cerca del campo, entró secretamente en la ciudad de noche, por
un arroyo que pasaba a través del fuerte de los enemigos, del cual iba
avisado, y dijo a los gobernadores y a las personas más principales que
iba para noticiarles que los lacedemonios y sus confederados habían
determinado entrar en breve en tierra de Atenas, y enviarles cuarenta
barcos de socorro, y para proveer entretanto, juntamente con ellos lo
que fuese necesario en la ciudad. Oído por los mitilenios este mensaje,
desistieron de hacer ningunos conciertos con los atenienses, y en esto
se pasó el cuarto año de esta guerra.
Al principio del verano siguiente[68], los peloponesios, después de
enviar a Álcidas, su general de la mar, con cuarenta barcos a socorrer
a los mitilenios, ellos y sus confederados entraron de nuevo en tierra
de Ática, a fin de que los atenienses, viendo sus acometidas y que los
apretaban por dos partes, tuviesen menos medios de enviar ayuda por mar
al cerco de Mitilene.
De aquel ejército era caudillo Cleómenes en nombre y como tutor de
Pausanias, hijo de Plistoanacte, su hermano menor de edad, el que a
la sazón era rey de los lacedemonios. Y en esta entrada gastaron y
destruyeron los frutos que habían crecido en las tierras que talaron
los años anteriores. Además asolaron todos los lugares, donde nunca
habían tocado. Fue aquella entrada más dañosa a los atenienses que
ninguna otra de las pasadas, excepto la segunda, porque los enemigos,
esperando cada día nuevas de que su armada hubiese hecho gran daño en
la isla de Lesbos, donde suponían habría llegado, talaban y robaban
todo cuanto veían delante. Mas cuando entendieron que su empresa de
Lesbos no tuvo el resultado que esperaban, careciendo también de
víveres, volvió cada cual a su tierra.
En este tiempo los mitilenios, viendo que el socorro de los
peloponesios no llegaba, y que les faltaban las provisiones, tuvieron
que hacer conciertos con los atenienses. Motivados principalmente por
el mismo Saleto, que, no esperando ya socorro de los suyos, mandó tomar
las armas a los de la ciudad, que hasta entonces no las habían tomado,
con intención de hacerles salir contra los atenienses, y cuando las
tomaron no quisieron obedecer a los gobernadores ni a las justicias,
antes hacían juntas y corrillos a menudo, y acudían a los gobernadores
y hombres ricos de la ciudad, diciendo que querían que todo el trigo
y los víveres fuesen comunes y se repartiesen por cabezas, y, si no
hacían esto, entregarían la ciudad a los atenienses. Viendo así las
cosas los gobernadores y principales de la ciudad, y temiéndose que el
pueblo hiciese tratos con los atenienses sin contar con ellos, como
podía muy bien suceder, porque eran los más y los más fuertes, hicieron
todos juntamente sus conciertos con los atenienses y con Paques, su
caudillo, en esta forma: que recibirían el ejército de los atenienses
dentro de su ciudad y enviarían sus embajadores a Atenas a pedir
merced, entregándose a su discreción para que tomasen la satisfacción y
enmienda de aquello en que los mitilenios les hubiesen ofendido, y que
entretanto, hasta que llegara la respuesta de Atenas, no fuese lícito
a Paques matar ni encarcelar, ni tener prisionero a ningún ciudadano.
No obstante estos conciertos, aquellos que habían sido autores de la
rebelión, cuando vieron que el ejército estaba dentro de las puertas
de la ciudad, se acogieron a los templos para salvarse. Pero Paques
consiguió sacarles de allí, y los envió a la isla de Ténedos hasta
recibir la respuesta de Atenas. Después envió cierto número de barcos
contra la ciudad de Antisa, que se rindió, y además ordenó todas
las otras cosas que le parecieron ser necesarias para el bien de su
ejército.
Las cuarenta naves de los peloponesios que iban en socorro de los
mitilenios no anduvieron muy de prisa en torno del Peloponeso, aunque
al cabo arribaron a la isla de Delos, antes que los atenienses lo
supiesen, y de allí fueron a Ícaro y a Miconos, donde supieron que la
ciudad de Mitilene se había rendido a los atenienses. No obstante esto,
para informarse mejor de la verdad, llegaron hasta el puerto de Émbato,
que está en tierra de Eritras, donde supieron que hacía siete días que
se había entregado la ciudad. Celebraron allí consejo para determinar
lo que habían de hacer, en el cual Teutíaplo, varón eleo, habló de esta
manera:
«Álcidas, y los otros capitanes mis compañeros, que estáis aquí
presentes, caudillos de esta armada, por los peloponesios, mi parecer
sería que fuésemos derechamente a Mitilene, antes que los atenienses
supieran nuestra venida. Porque probablemente hallaremos muchas cosas
de los contrarios mal guardadas, y a mal recaudo, según suele suceder
en ciudad recién tomada, mayormente si vamos por parte de mar, por
donde ellos menos sospechan que han de ir los enemigos a acometerles.
Nosotros somos más poderosos, y es verosímil que sus soldados estén
diseminados en los alojamientos, según acostumbran cuando han alcanzado
la victoria. Paréceme, pues, que si vamos de noche y los acometemos
desapercibidos, con ayuda de los de la ciudad, si hay algunos afectos
a nuestro partido, sin duda acabaremos nuestro hecho con honra. Y no
debemos rehusar el peligro, pues tenemos por cierto y averiguado, que
en la guerra no hay sino semejantes novedades, y si el capitán sabe
guardarse y espiar, y acometer a los enemigos sobre seguro, muchas
veces sale con su empresa.»
De esta manera habló Teutíaplo, mas no pudo persuadir a Álcidas.
Algunos de los desterrados de Jonia, y otros de Lesbos, que había en
aquella armada, significaron a Álcidas, que si temía ir a Mitilene,
debía conquistar algunas de las ciudades de Jonia, o la ciudad de Cumas
en Eólide, donde podrían rebelar a los jonios contra los atenienses;
porque, a su parecer, no irían a ningún punto donde no fuesen bien
recibidos. Y que por esta vía quitarían a los atenienses mucha de la
renta que cobraban en aquellas tierras y la pagarían a ellos, teniendo
con esto bastante para entretener y pagar el sueldo de toda su armada,
si se detenían allí algún tiempo. También le decían que esperaban
que Pisutnes se pondría de su parte. Álcidas no aprobó este parecer
tampoco, y de esa opinión fueron la mayor parte de aquellos que se
hallaron en consejo, creyendo que, pues habían faltado de la empresa
de Mitilene, sin esperar más debían volver al Peloponeso, y así lo
hicieron.
Partiendo del puerto de Émbato arribaron a la isla de Mioneso, que
pertenece a Teos, donde Álcidas mandó matar muchos prisioneros de
los que cogió en aquella navegación, por cuya causa, cuando llegó a
Éfeso, acudieron a él los embajadores de Aneas, que está en la isla
de Samos, y le dijeron que no era conservar la libertad de Grecia,
como él decía, matar a los que, ni eran enemigos, ni habían tomado
las armas contra ellos, sino aliados de los atenienses por necesidad,
y que si perseveraba en hacer esto, muy pocos de los confederados
de los atenienses pasarían al bando de los peloponesios, antes por
el contrario, muchos de aquellos que eran amigos se convertirían en
enemigos. Convencido Álcidas por estas razones, soltó a muchos de los
prisioneros que tenían aún en su poder naturales de Quíos y de otros
lugares, los cuales había cogido sin ninguna dificultad ni resistencia
porque, al ver sus naves no huían, antes se paraban delante, creyendo
fuesen atenienses y no pensando que dueños estos del mar, los barcos de
los peloponesios se atreverían a ir a Jonia.
Hecho esto, Álcidas partió apresuradamente y casi huyendo de Éfeso,
porque le avisaron que estando ancladas sus naves en el puerto de
Claro, había sido visto y descubierto por dos que venían de Atenas,
la _Salaminia_ y la _Páralos_[69], y sospechando les siguieran los
atenienses, se internaron en alta mar con propósito de no acercarse a
tierra hasta arribar al Peloponeso.
De esto avisaron a Paques y a los atenienses por muchos conductos, y en
especial por un espía que enviaron los de Eritras, porque no estando
las ciudades de Jonia cercadas de muros, tenían gran temor que los
peloponesios, pasando a lo largo por la costa, aun sin propósito de
detenerse, saltaran a tierra por robar los lugares que hallasen en el
camino, y también porque la _Salaminia_ y la _Páralos_ afirmaban que
habían visto la armada de los enemigos en la isla de Claro. Paques hizo
vela para seguir a Álcidas, y le siguió con la mayor diligencia que
pudo hasta la isla de Patmos, mas viendo que no podía alcanzarle se
volvió, juzgando ventajoso, de no encontrarle en alta mar, no hallarle
en otro punto, para no verse forzado a cercarle su campo, hacer su
guardia y acometer. A la vuelta pasó por la ciudad de Notio, que es
de los colofonios, porque Itámanes y otros bárbaros, aprovechando
las contiendas entre los ciudadanos, habían ocupado la fortaleza de
la ciudad, que era a manera de un burgo o ciudadela apartada de los
muros, y después, a la sazón que los peloponesios entraron la postrera
vez en Ática, se movió gran discordia entre los nuevos moradores y
los antiguos. Los que habitaban la ciudad se habían fortificado en
los muros entre esta y el burgo, y teniendo consigo algunos soldados
bárbaros que Pisutnes y los arcadios les habían enviado, convinieron
con los que estaban en el burgo o ciudadela, que eran del partido de
los medos, en ejercer todos el mando y gobierno de la ciudad, y los
que no quisieron ser de su bando, salieron huyendo y pidieron a Paques
socorro.
Al llegar este mandó llamar a Hipias, que era capitán de los del
castillo. Acudió este bajo promesa de que si no querían hacer lo que
Paques les mandase, le enviarían sano y salvo hasta dentro de la
ciudad; pero al llegar fue detenido y mandó Paques marchar su gente
hacia el fuerte donde estaban los arcadios y los bárbaros, que no
sospechaban mal ninguno, tomándolo por asalto, y matando a todos. En
seguida hizo llevar a Hipias hasta la ciudad, sin hacerle mal ninguno,
según se lo había prometido, mas cuando estuvo dentro, ordenó matarle
a flechazos, y entregó la ciudad a los colofonios, lanzando fuera
a los que habían seguido el partido de los medos. Hecho esto, los
atenienses que habían sido fundadores de aquella ciudad, reunieron a
los colofonios que pudieron hallar de los de su bando, y los enviaron a
habitar en ella, conforme a sus leyes y estatutos.
Partido Paques de Notio volvió a Mitilene, sometió a la obediencia de
los atenienses las ciudades de Pirra y de Éreso, y halló a Saleto,
capitán lacedemonio, que se había escondido en Mitilene, enviándole
preso a Atenas, juntamente con los mitilenios que el mismo Paques
enviara a Ténedos, y todos los que pudo entender que habían sido
autores de esta rebelión. Tras esto envió la mayor parte de la
armada, y con lo restante de ella quedó allí para proveer las cosas
necesarias tocante a la ciudad de Mitilene y a toda la isla de Lesbos.
Llegados los prisioneros que Paques envió a Atenas, los atenienses
mandaron matar a Saleto, que les había prometido hacer muchas cosas
en su servicio, y entre otras, que los peloponesios levantasen el
cerco de Platea. Respecto de los demás prisioneros, decretaron con
ira matar, no solamente a ellos, sino también a todos los mitilenios,
excepto las mujeres, y los muchachos de catorce años abajo, que debían
quedar esclavos. Este decreto fue acordado así por juzgar el crimen
de los mitilenios muy atroz y sin remisión, a causa de que se habían
rebelado sin maltratarles ni como súbditos, ni como vasallos. Y el
mayor despecho que tenían los atenienses era ver que las naves de los
peloponesios se atrevieran a ir en socorro de los mitilenios y cruzar
la mar de Jonia con gran peligro suyo, lo cual era señal de que la
rebelión de los mitilenios era forjada y fabricada por mano de aquellos.
Enviaron un barco para notificar a Paques este decreto del Senado de
Atenas, y mandarle que lo ejecutase; pero al día siguiente, pensando
más sobre ello, casi se arrepintieron de lo que habían acordado,
considerando cruel el decreto y pareciéndoles cosa enorme y fea mandar
matar a todos los de un pueblo, sin diferenciar de los otros los que
habían sido autores y causa del mal. Sabido esto por los embajadores de
los mitilenios y por los atenienses que los favorecían, acudieron con
toda diligencia a los gobernadores y senadores y personas principales
de la ciudad, y con grandes lloros lograron que volvieran a poner la
cosa en consulta, atendiendo a que la mayor parte del pueblo de Atenas
lo deseaba. Mandose reunir el Consejo y Senado, donde hubo diferentes
pareceres, entre los cuales fue uno el de Cleón, hijo de Cleéneto, que
había sido de opinión el día de antes que debían matar a todos los
mitilenios, hombre severo y áspero, y que tenía gran autoridad en el
pueblo, el cual pronunció el siguiente discurso: