V.

No socorridos a tiempo los mitilenios por los peloponesios, se entregan

a merced de los atenienses, que los mandan matar.

Al fin de aquel invierno[67], los lacedemonios enviaron a Saleto en

una nave a Mitilene. Saltó en tierra en el puerto de Pirra, fue a pie

hasta cerca del campo, entró secretamente en la ciudad de noche, por

un arroyo que pasaba a través del fuerte de los enemigos, del cual iba

avisado, y dijo a los gobernadores y a las personas más principales que

iba para noticiarles que los lacedemonios y sus confederados habían

determinado entrar en breve en tierra de Atenas, y enviarles cuarenta

barcos de socorro, y para proveer entretanto, juntamente con ellos lo

que fuese necesario en la ciudad. Oído por los mitilenios este mensaje,

desistieron de hacer ningunos conciertos con los atenienses, y en esto

se pasó el cuarto año de esta guerra.

Al principio del verano siguiente[68], los peloponesios, después de

enviar a Álcidas, su general de la mar, con cuarenta barcos a socorrer

a los mitilenios, ellos y sus confederados entraron de nuevo en tierra

de Ática, a fin de que los atenienses, viendo sus acometidas y que los

apretaban por dos partes, tuviesen menos medios de enviar ayuda por mar

al cerco de Mitilene.

De aquel ejército era caudillo Cleómenes en nombre y como tutor de

Pausanias, hijo de Plistoanacte, su hermano menor de edad, el que a

la sazón era rey de los lacedemonios. Y en esta entrada gastaron y

destruyeron los frutos que habían crecido en las tierras que talaron

los años anteriores. Además asolaron todos los lugares, donde nunca

habían tocado. Fue aquella entrada más dañosa a los atenienses que

ninguna otra de las pasadas, excepto la segunda, porque los enemigos,

esperando cada día nuevas de que su armada hubiese hecho gran daño en

la isla de Lesbos, donde suponían habría llegado, talaban y robaban

todo cuanto veían delante. Mas cuando entendieron que su empresa de

Lesbos no tuvo el resultado que esperaban, careciendo también de

víveres, volvió cada cual a su tierra.

En este tiempo los mitilenios, viendo que el socorro de los

peloponesios no llegaba, y que les faltaban las provisiones, tuvieron

que hacer conciertos con los atenienses. Motivados principalmente por

el mismo Saleto, que, no esperando ya socorro de los suyos, mandó tomar

las armas a los de la ciudad, que hasta entonces no las habían tomado,

con intención de hacerles salir contra los atenienses, y cuando las

tomaron no quisieron obedecer a los gobernadores ni a las justicias,

antes hacían juntas y corrillos a menudo, y acudían a los gobernadores

y hombres ricos de la ciudad, diciendo que querían que todo el trigo

y los víveres fuesen comunes y se repartiesen por cabezas, y, si no

hacían esto, entregarían la ciudad a los atenienses. Viendo así las

cosas los gobernadores y principales de la ciudad, y temiéndose que el

pueblo hiciese tratos con los atenienses sin contar con ellos, como

podía muy bien suceder, porque eran los más y los más fuertes, hicieron

todos juntamente sus conciertos con los atenienses y con Paques, su

caudillo, en esta forma: que recibirían el ejército de los atenienses

dentro de su ciudad y enviarían sus embajadores a Atenas a pedir

merced, entregándose a su discreción para que tomasen la satisfacción y

enmienda de aquello en que los mitilenios les hubiesen ofendido, y que

entretanto, hasta que llegara la respuesta de Atenas, no fuese lícito

a Paques matar ni encarcelar, ni tener prisionero a ningún ciudadano.

No obstante estos conciertos, aquellos que habían sido autores de la

rebelión, cuando vieron que el ejército estaba dentro de las puertas

de la ciudad, se acogieron a los templos para salvarse. Pero Paques

consiguió sacarles de allí, y los envió a la isla de Ténedos hasta

recibir la respuesta de Atenas. Después envió cierto número de barcos

contra la ciudad de Antisa, que se rindió, y además ordenó todas

las otras cosas que le parecieron ser necesarias para el bien de su

ejército.

Las cuarenta naves de los peloponesios que iban en socorro de los

mitilenios no anduvieron muy de prisa en torno del Peloponeso, aunque

al cabo arribaron a la isla de Delos, antes que los atenienses lo

supiesen, y de allí fueron a Ícaro y a Miconos, donde supieron que la

ciudad de Mitilene se había rendido a los atenienses. No obstante esto,

para informarse mejor de la verdad, llegaron hasta el puerto de Émbato,

que está en tierra de Eritras, donde supieron que hacía siete días que

se había entregado la ciudad. Celebraron allí consejo para determinar

lo que habían de hacer, en el cual Teutíaplo, varón eleo, habló de esta

manera:

«Álcidas, y los otros capitanes mis compañeros, que estáis aquí

presentes, caudillos de esta armada, por los peloponesios, mi parecer

sería que fuésemos derechamente a Mitilene, antes que los atenienses

supieran nuestra venida. Porque probablemente hallaremos muchas cosas

de los contrarios mal guardadas, y a mal recaudo, según suele suceder

en ciudad recién tomada, mayormente si vamos por parte de mar, por

donde ellos menos sospechan que han de ir los enemigos a acometerles.

Nosotros somos más poderosos, y es verosímil que sus soldados estén

diseminados en los alojamientos, según acostumbran cuando han alcanzado

la victoria. Paréceme, pues, que si vamos de noche y los acometemos

desapercibidos, con ayuda de los de la ciudad, si hay algunos afectos

a nuestro partido, sin duda acabaremos nuestro hecho con honra. Y no

debemos rehusar el peligro, pues tenemos por cierto y averiguado, que

en la guerra no hay sino semejantes novedades, y si el capitán sabe

guardarse y espiar, y acometer a los enemigos sobre seguro, muchas

veces sale con su empresa.»

De esta manera habló Teutíaplo, mas no pudo persuadir a Álcidas.

Algunos de los desterrados de Jonia, y otros de Lesbos, que había en

aquella armada, significaron a Álcidas, que si temía ir a Mitilene,

debía conquistar algunas de las ciudades de Jonia, o la ciudad de Cumas

en Eólide, donde podrían rebelar a los jonios contra los atenienses;

porque, a su parecer, no irían a ningún punto donde no fuesen bien

recibidos. Y que por esta vía quitarían a los atenienses mucha de la

renta que cobraban en aquellas tierras y la pagarían a ellos, teniendo

con esto bastante para entretener y pagar el sueldo de toda su armada,

si se detenían allí algún tiempo. También le decían que esperaban

que Pisutnes se pondría de su parte. Álcidas no aprobó este parecer

tampoco, y de esa opinión fueron la mayor parte de aquellos que se

hallaron en consejo, creyendo que, pues habían faltado de la empresa

de Mitilene, sin esperar más debían volver al Peloponeso, y así lo

hicieron.

Partiendo del puerto de Émbato arribaron a la isla de Mioneso, que

pertenece a Teos, donde Álcidas mandó matar muchos prisioneros de

los que cogió en aquella navegación, por cuya causa, cuando llegó a

Éfeso, acudieron a él los embajadores de Aneas, que está en la isla

de Samos, y le dijeron que no era conservar la libertad de Grecia,

como él decía, matar a los que, ni eran enemigos, ni habían tomado

las armas contra ellos, sino aliados de los atenienses por necesidad,

y que si perseveraba en hacer esto, muy pocos de los confederados

de los atenienses pasarían al bando de los peloponesios, antes por

el contrario, muchos de aquellos que eran amigos se convertirían en

enemigos. Convencido Álcidas por estas razones, soltó a muchos de los

prisioneros que tenían aún en su poder naturales de Quíos y de otros

lugares, los cuales había cogido sin ninguna dificultad ni resistencia

porque, al ver sus naves no huían, antes se paraban delante, creyendo

fuesen atenienses y no pensando que dueños estos del mar, los barcos de

los peloponesios se atreverían a ir a Jonia.

Hecho esto, Álcidas partió apresuradamente y casi huyendo de Éfeso,

porque le avisaron que estando ancladas sus naves en el puerto de

Claro, había sido visto y descubierto por dos que venían de Atenas,

la _Salaminia_ y la _Páralos_[69], y sospechando les siguieran los

atenienses, se internaron en alta mar con propósito de no acercarse a

tierra hasta arribar al Peloponeso.

De esto avisaron a Paques y a los atenienses por muchos conductos, y en

especial por un espía que enviaron los de Eritras, porque no estando

las ciudades de Jonia cercadas de muros, tenían gran temor que los

peloponesios, pasando a lo largo por la costa, aun sin propósito de

detenerse, saltaran a tierra por robar los lugares que hallasen en el

camino, y también porque la _Salaminia_ y la _Páralos_ afirmaban que

habían visto la armada de los enemigos en la isla de Claro. Paques hizo

vela para seguir a Álcidas, y le siguió con la mayor diligencia que

pudo hasta la isla de Patmos, mas viendo que no podía alcanzarle se

volvió, juzgando ventajoso, de no encontrarle en alta mar, no hallarle

en otro punto, para no verse forzado a cercarle su campo, hacer su

guardia y acometer. A la vuelta pasó por la ciudad de Notio, que es

de los colofonios, porque Itámanes y otros bárbaros, aprovechando

las contiendas entre los ciudadanos, habían ocupado la fortaleza de

la ciudad, que era a manera de un burgo o ciudadela apartada de los

muros, y después, a la sazón que los peloponesios entraron la postrera

vez en Ática, se movió gran discordia entre los nuevos moradores y

los antiguos. Los que habitaban la ciudad se habían fortificado en

los muros entre esta y el burgo, y teniendo consigo algunos soldados

bárbaros que Pisutnes y los arcadios les habían enviado, convinieron

con los que estaban en el burgo o ciudadela, que eran del partido de

los medos, en ejercer todos el mando y gobierno de la ciudad, y los

que no quisieron ser de su bando, salieron huyendo y pidieron a Paques

socorro.

Al llegar este mandó llamar a Hipias, que era capitán de los del

castillo. Acudió este bajo promesa de que si no querían hacer lo que

Paques les mandase, le enviarían sano y salvo hasta dentro de la

ciudad; pero al llegar fue detenido y mandó Paques marchar su gente

hacia el fuerte donde estaban los arcadios y los bárbaros, que no

sospechaban mal ninguno, tomándolo por asalto, y matando a todos. En

seguida hizo llevar a Hipias hasta la ciudad, sin hacerle mal ninguno,

según se lo había prometido, mas cuando estuvo dentro, ordenó matarle

a flechazos, y entregó la ciudad a los colofonios, lanzando fuera

a los que habían seguido el partido de los medos. Hecho esto, los

atenienses que habían sido fundadores de aquella ciudad, reunieron a

los colofonios que pudieron hallar de los de su bando, y los enviaron a

habitar en ella, conforme a sus leyes y estatutos.

Partido Paques de Notio volvió a Mitilene, sometió a la obediencia de

los atenienses las ciudades de Pirra y de Éreso, y halló a Saleto,

capitán lacedemonio, que se había escondido en Mitilene, enviándole

preso a Atenas, juntamente con los mitilenios que el mismo Paques

enviara a Ténedos, y todos los que pudo entender que habían sido

autores de esta rebelión. Tras esto envió la mayor parte de la

armada, y con lo restante de ella quedó allí para proveer las cosas

necesarias tocante a la ciudad de Mitilene y a toda la isla de Lesbos.

Llegados los prisioneros que Paques envió a Atenas, los atenienses

mandaron matar a Saleto, que les había prometido hacer muchas cosas

en su servicio, y entre otras, que los peloponesios levantasen el

cerco de Platea. Respecto de los demás prisioneros, decretaron con

ira matar, no solamente a ellos, sino también a todos los mitilenios,

excepto las mujeres, y los muchachos de catorce años abajo, que debían

quedar esclavos. Este decreto fue acordado así por juzgar el crimen

de los mitilenios muy atroz y sin remisión, a causa de que se habían

rebelado sin maltratarles ni como súbditos, ni como vasallos. Y el

mayor despecho que tenían los atenienses era ver que las naves de los

peloponesios se atrevieran a ir en socorro de los mitilenios y cruzar

la mar de Jonia con gran peligro suyo, lo cual era señal de que la

rebelión de los mitilenios era forjada y fabricada por mano de aquellos.

Enviaron un barco para notificar a Paques este decreto del Senado de

Atenas, y mandarle que lo ejecutase; pero al día siguiente, pensando

más sobre ello, casi se arrepintieron de lo que habían acordado,

considerando cruel el decreto y pareciéndoles cosa enorme y fea mandar

matar a todos los de un pueblo, sin diferenciar de los otros los que

habían sido autores y causa del mal. Sabido esto por los embajadores de

los mitilenios y por los atenienses que los favorecían, acudieron con

toda diligencia a los gobernadores y senadores y personas principales

de la ciudad, y con grandes lloros lograron que volvieran a poner la

cosa en consulta, atendiendo a que la mayor parte del pueblo de Atenas

lo deseaba. Mandose reunir el Consejo y Senado, donde hubo diferentes

pareceres, entre los cuales fue uno el de Cleón, hijo de Cleéneto, que

había sido de opinión el día de antes que debían matar a todos los

mitilenios, hombre severo y áspero, y que tenía gran autoridad en el

pueblo, el cual pronunció el siguiente discurso:

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 53 / 90 题