Los atenienses sitiados en Platea y algunos ciudadanos de esta
población se salvan por su arrojo e ingenio, pasando por los muros,
fosos y fuertes de los sitiadores peloponesios.
En este mismo invierno[66] los de Platea continuaban cercados y puestos
en mucho aprieto por los peloponesios y por los beocios, y no tenían
esperanza de ser socorridos por los atenienses, ni salvarse por otra
vía; al faltarles los víveres, acordaron con los atenienses que estaban
de guarnición en la ciudad, salvarse todos juntos, y asaltar los muros
que habían hecho los enemigos si lo podían hacer por fuerza. De este
consejo fueron autores los atenienses, y principalmente Teéneto, hijo
de Tólmides, que se preciaba de adivino, y Eupómpides, hijo de Daímaco.
Mas porque la empresa les parecía muy difícil y de gran peligro, se
apartaron del propósito más de la mitad, quedando solo unos doscientos
veinte, que la pusieron por obra de esta manera.
Hicieron dos escalas de la altura del muro, midiéndola por la juntura
de los ladrillos de que estaba hecho, lo cual pudieron hacer muy bien,
contando muchas veces las hiladas por la parte del muro que estaba
descubierta hacia ellos, y porque un hombre solo pudiera errar en esta
cuenta, fueron muchos en hacerla diversas veces. Era el muro doble, uno
por la parte de la ciudad para impedir la salida, y otro por la del
campo, para que no entrase el socorro de los atenienses, apartados uno
del otro por un espacio de diez y seis pies; y en este espacio estaban
las estancias y alojamientos de los que los guardaban, separadas unas
de otras, aunque tan espesas y cercanas, que los dos muros parecían ser
uno solo, y ambos tenían sus almenas. De diez en diez almenas había una
gran torre, que llegaba de un muro al otro, de suerte que no podían
atravesar el muro sino por medio de las torres, y dentro de estas se
recogían los guardas que velaban de noche cuando llovía o hacía mal
tiempo, porque estaban cubiertas y no lejos de las almenas.
Sabiendo los de la ciudad la manera de guardarlas, espiáronlos una
noche que llovía y hacía gran viento y no había luna, y llevando por
caudillos a los mismos que fueron inventores de este hecho, pasaron
primeramente el foso, que estaba de su parte, y llegaron al pie del
muro sin ser sentidos por los enemigos, porque la oscuridad de la noche
los guardaba de ser vistos y el ruido del viento y de la lluvia, de ser
oídos; de esta manera iban marchando adelante, apartados uno de otro
para que las armas no sonasen al chocar, y todos armados a la ligera y
calzado solo el pie izquierdo para no resbalar en el barro. Arrimadas
las escalas a las almenas, entre las torres, por la parte donde
advirtieron que no había nadie, los que llevaban las escalas subieron
los primeros, y después otros doce armados solamente de corazas y una
daga en la mano. De los cuales doce, el primero y principal fue Ámeas,
hijo de Corebo. Seis de los doce que iban tras él subieron hasta encima
de las dos torres, entre las cuales estaban las almenas, frente adonde
tenían puestas las escalas. Tras estos doce subieron otros armados
como los de arriba, y además de estas armas, llevaban sus dardos y
azagayas atados a las espaldas para que no les estorbasen subir.
Algunos otros llevaban los escudos para darlos a sus compañeros cuando
viniesen a las manos con los enemigos. Cuando habían subido ya muchos,
las centinelas que velaban dentro de las torres los sintieron, porque
uno de los plateenses a la subida derribó una teja de la almena, y por
el golpe que dio los guardas despertaron y dieron voces, y los del
campo se alborotaron, de manera que todos acudieron al muro sin saber
lo que ocurría por causa de la noche y del mal tiempo.
Por otra parte, los que habían quedado en Platea salieron y acometieron
a los enemigos que guardaban el muro por un camino desviado de aquel
por donde habían salido los primeros, a fin de engañarles; de suerte
que todos los peloponesios, turbados, no sabiendo lo que podía ser,
no se movían, y los que guardaban las torres no osaban salir, dudosos
de lo que harían. Los trescientos que tenían a su cargo socorrer las
guardias, encendieron hogueras hacia la parte de Tebas para anunciar
la llegada de los enemigos; pero al verlo los plateenses que habían
quedado dentro, encendieron también muchas hogueras que tenían
dispuestas encima de los muros, para que los enemigos no pudiesen
entender por qué se hacían aquellos fuegos, y también para que por esta
vía sus compañeros se pudiesen salvar antes que llegase socorro a las
guardias. Entretanto, los primeros que subieron a los muros ganaron las
dos torres y mataron a todos los que hallaron dentro y las guardaban, a
fin de que ningún enemigo pudiese llegar allí. Después hicieron subir
a los otros, y con venablos y piedras lanzaron del muro por abajo y
por arriba a los que iban a socorrer las guardias. Con esto los que
no habían aún subido tuvieron espacio para poner más escalas, y los
que habían ganado las torres derrocaron las almenas por dentro, para
que sus compañeros pudiesen mejor subir. Cuando todos estuvieron sobre
el muro, tiraban piedras y otros tiros a los enemigos que acudían a
socorrer a los suyos. Todos los que habían de pelear pudieron subir,
aunque los postreros con más trabajo. Después descendieron por una de
las torres, y llegaron al foso de fuera, donde hallaron enfrente a los
trescientos hombres de los contrarios, que tenían encargo de socorrer
las guardias, y que eran los que habían hecho las hogueras, los cuales
podían ser bien vistos, aunque ellos no veían a los contrarios que
se acercaban. Por esta causa, los que estaban dentro los rechazaron,
hirieron a muchos de ellos y pasaron adelante todo el foso, aunque
con dificultad grande, porque el agua estaba medio helada; de manera
que había grandes pedazos de hielo, y no los podía el agua sostener a
causa del viento solano del mediodía que la había deshelado, y también
porque llovía, y con la lluvia había crecido el agua tanto, que les
llegaba a la cintura. Pasado el foso, se cerraron todos, y juntos
siguieron por el camino que va hacia Tebas, dejando a mano derecha el
templo de Juno que hizo Andrócrates. Escogieron esta vía por creer
que los peloponesios no pensarían que habían tomado el camino que iba
hacia sus enemigos, y también porque veían que los peloponesios habían
encendido grandes fuegos en el camino que iba para Atenas. Pero después
que caminaron seis o siete estadios hacia Tebas, dejaron aquel camino
y tomaron el que va a la montaña y a Eritras y a Hisia, y por esta
montaña fueron hasta Atenas, contándose entre todos doscientos doce,
porque los otros, viendo la dificultad de la hazaña que emprendían,
se habían retirado dentro de la ciudad de Platea, excepto uno que
fue muerto dentro del foso. Los peloponesios, pasado este ruido, se
retiraron a sus alojamientos, en el campo; y los de la ciudad no
sabían si sus compañeros se habían salvado o no, porque los que se
volvieron habían dicho que todos eran muertos. Al ser de día enviaron
sus farautes a los enemigos para que les diesen los cuerpos, mas al
saber que se habían salvado, quedaron tranquilos. De esta manera, parte
de los que estaban cercados en Platea pasaron todos los fuertes y
defensas de los enemigos, y se salvaron.