Grandes aprestos de guerra y hechos que aquel año realizaron ambas
partes.
Conforme a la resolución tomada en la junta de Olimpia, los
lacedemonios mandaron preparar su gente de guerra junto al estrecho del
Peloponeso, para embarcarla, reunirla en Corinto, enviarla a la costa
del mar de Atenas y acometer a los atenienses por mar y por tierra.
En estos preparativos emplearon gran diligencia, pero sus compañeros
y aliados fueron muy negligentes, así por estar ocupados en coger sus
frutos, como porque ya les cansaba la guerra.
Cuando los atenienses supieron los aprestos de los peloponesios y
que, por las muestras, parecía que tenían en poco el poder de Atenas,
armaron cien naves, para dar a entender que podían más de lo que los
enemigos pensaban, y que, sin mandar venir la otra armada que tenían
en Lesbos, contaban con barcos y poder bastante para resistir a los
del Peloponeso, si los acometían. En las cien naves metieron todos los
moradores de la ciudad, naturales y extranjeros, excepto los caballeros
y personas principales que tenían cargos[62], y alzaron velas,
navegando hacia la costa del Peloponeso, pasando por el Istmo, a fin
de que los enemigos los viesen, y saltando a tierra donde querían.
Cuando los lacedemonios que estaban en el Istmo vieron el número
de barcos de los atenienses, mucho mayor de lo que ellos pensaban,
sospecharon mal de los mitilenios, creyendo que les habían mentido en
lo que les dijeron, y parecioles que acometían una empresa muy ardua y
difícil, con mayor motivo viendo que los aliados no venían. Sabiendo
además que la armada de los atenienses que andaba por la costa del
Peloponeso robaba las tierras y lugares marítimos, volvieron a sus
casas.
Poco tiempo después prepararon barcos para enviarlos a Lesbos, y
ordenaron a los confederados que preparasen hasta el número de cuarenta
naves para este viaje, nombrando por capitán a Álcidas. De otra
parte, las cien naves de los atenienses, cuando entendieron que los
lacedemonios se habían retirado, también regresaron. Fue esta armada
de los atenienses la mejor y más hermosa que habían tenido, aunque al
comienzo de la guerra poseían otras tantas naves, y aun más, porque
tenían ciento para guarda de la mar de Ática y de Eubea y Salamina, y
otras tantas que corrían la costa del Peloponeso, sin las que estaban
en Potidea y en otras partes, que serían todas hasta doscientas
cincuenta, las cuales tuvieron en el mar un verano, gastando gran
cantidad en el coste de aquella armada y de la que hicieron en Potidea,
pues los que sitiaban esta ciudad desde el principio de la guerra,
que serían unos tres mil, otros tres mil que les auxiliaban y los
seiscientos soldados que fueron bajo el mando de Formión, tenían dos
dracmas de sueldo cada día[63], una para su mantenimiento y otra para
el de su mozo, y otras tantas tenían todos los que iban embarcados. A
tanta costa tuvieron tan grande armada.
En este mismo tiempo, cuando los lacedemonios estaban en el Istmo, los
mitilenios, con algunos soldados de sus aliados, hicieron guerra a los
de la ciudad de Metimna, pensando tomarla por traición, por los tratos
que tenían con algunos de la ciudad; pero después de hacer cuanto
podían, viéndose engañados y que la cosa no sucedía como pensaban,
volvieron a Antisa, a Pirra y a Éreso, cuyas ciudades fortalecieron lo
mejor que pudieron, reparando los muros y haciendo otras obras. Y con
esto regresaron a Mitilene.
Después de su partida, los de Metimna fueron con todo su poder contra
la ciudad de Antisa, procurando tomarla por fuerza; mas fueron
rechazados por los de la ciudad y por algunos soldados extranjeros que
tenían en ella, con gran pérdida de los suyos, retirándose con mucha
vergüenza.
Sabido esto por los atenienses, y que los mitilenios tenían la isla de
Lesbos a su voluntad, sin que aquellos que estaban sobre el cerco se
lo pudiesen estorbar, enviaron al principio del otoño[64] a Paques,
hijo de Epicuro, con mil hombres que, después de embarcados, sirvieron
de marineros y remadores hasta que saltaron en tierra en Mitilene. Al
arribar cercaron la ciudad con un muro sencillo, y en muchas partes
hicieron torres y bastiones, de manera que estuviese sitiada por mar y
tierra y puesta en mucho aprieto.
Acercábase el invierno, y porque el gasto era muy grande y les faltaba
dinero para sostener el cerco, impusieron un nuevo tributo, hasta
la suma de doscientos talentos[65], y enviaron por comisarios para
cobrarlo de los confederados y aliados, a Lisicles con otros cuatro
compañeros y con doce navíos; el cual Lisicles, habiendo cobrado de
algunas ciudades marítimas gran suma, cuando atravesaba la tierra de
Caria por los campos de Meandro, a la salida de Miunte, cerca ya del
monte de Sandio, fue acometido por los de Caria y por los aneitas, y
muerto con muchos de los suyos.