Los peloponesios sitian Platea, defendiéndola sus moradores.
En el verano siguiente[50] los peloponesios y sus aliados y compañeros
de guerra, no quisieron volver a tierra de Atenas, y fueron derechos
a la ciudad de Platea, llevando por capitán a Arquidamo, hijo de
Zeuxidamo, rey de Lacedemonia. Habiendo ya asentado su real delante
de la ciudad, estando para querer entrar y destruir la tierra, los
ciudadanos de Platea les enviaron sus embajadores, que les hablaron de
esta manera:
«Rey Arquidamo, y vosotros lacedemonios, obráis sin razón y sin
justicia, y contra vuestra honra y dignidad, y la de vuestros padres
y antepasados al venir como enemigos a nuestra tierra y poner cerco a
nuestra ciudad, porque el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto,
que libertó Grecia del señorío de los medos, con los griegos que se
expusieron al peligro de la batalla en nuestra tierra, habiendo hecho
sus sacrificios en medio de nuestra plaza al dios Júpiter libertador,
en presencia de todos los del ejército, devolvió a los de Platea su
ciudad y su tierra, para que viviesen en libertad, según sus leyes,
quiso que ninguno les hiciese guerra ni injuria, por codicia de
dominarlos, y conjuró a todos los confederados y aliados, que entonces
allí se hallaron, a que los defendiesen con todo su poder contra todos
y cualesquiera hombres que quisiesen hacerles algún daño. Esto fue el
pago y galardón que vuestros padres nos dieron por la virtud y esfuerzo
que mostramos en aquel peligro. Mas vosotros hacéis lo contrario,
viniendo aquí con los tebanos, nuestros enemigos capitales, para
sujetarnos y ponernos en servidumbre. Llamamos, pues, por testigos
a los dioses que entonces intervinieron en aquellos juramentos, y a
los nuestros de vuestra patria, contra vosotros, si nos hacéis algún
mal en nuestra tierra, y si viniendo, contra vuestros juramentos, no
nos dejaréis vivir en libertad, y conforme a nuestras leyes, según lo
ordenó Pausanias.»
Con esto acabaron su razonamiento, al cual Arquidamo respondió de esta
manera:
«Muy bien habláis, varones plateenses, si los hechos conforman con las
palabras: pues así como Pausanias os otorgó entonces que vivieseis
en libertad, y según vuestras leyes, así también debéis vosotros por
vuestra parte, con todo vuestro poder, ayudar a guardar y conservar
en la misma libertad a los griegos que se hallaron presentes al acto
del juramento, de que vosotros ahora habláis, y fueron partícipes del
peligro y trabajos de la guerra también como vosotros, los cuales
han sido sujetados y puestos en servidumbre por los atenienses, por
cuya causa se reúne todo este ejército que veis y hace esta guerra. Y
tanto más guardaréis vuestros juramentos, cuanto más y mejor ayudéis a
devolverles la libertad. Si no lo queréis hacer, a lo menos vivid como
hasta aquí, labrando vuestra tierra en paz, sin parcialidad por unos ni
por otros, sino recibiendo a ambas partes por amigos. Y en cuanto a la
guerra no ayudéis más a los unos que a los otros.»
Oída esta respuesta, los embajadores de Platea, volvieron a su ciudad
y relataron al pueblo lo que había pasado con Arquidamo. El pueblo les
mandó que fueran de nuevo a Arquidamo y le dijesen era imposible para
ellos hacer lo que mandaban, sin consentimiento de los atenienses,
porque tenían sus hijos y sus mujeres en Atenas, y además recelaban
poner la ciudad en gran peligro, porque después de salir de allí los de
Arquidamo, los atenienses, mal contentos de lo hecho, vendrían sobre
ellos. Y también los tebanos, que no estaban obligados por juramento,
so color de que la ciudad debía recibir a unos y a otros, procurarían
volver a conquistarlos. A esto les respondió Arquidamo, con mucha
osadía, de esta manera:
«Entregad la ciudad y también vuestras casas, a nosotros los
lacedemonios. Y asimismo mostradnos vuestros términos y dadnos por
cuenta los árboles y todo aquello que se puede contar, y partid para
donde quisiereis, con vuestras mujeres e hijos, durante la guerra.
Cuando volváis, os devolveremos lo que así hayamos recibido, y
entretanto lo tendremos en depósito, labraremos vuestras tierras, y de
los frutos os daremos todo lo necesario para vuestra subsistencia.»
Con esta demanda regresaron los embajadores a la ciudad, y la
consultaron con el pueblo, el cual respondió, resolviendo, que
aceptarían la petición si los atenienses les autorizaban, para lo
cual querían consultarles. Entretanto pidieron treguas para que no
hiciesen mal ni daño alguno en la ciudad, ni en su tierra, lo cual les
fue otorgado. Mas cuando los embajadores de los de Platea llegaron a
Atenas y consultaron con los atenienses, volvieron a los suyos con este
razonamiento:
«Los atenienses os dicen, varones de Platea, que desde el tiempo en
que hicieron alianza y confederación con vosotros, nunca permitieron
que se os hiciese injuria por ninguna persona, ni menos lo permitirán
ahora, preparados para ayudaros con todo su poder y fuerzas. Por tanto,
os requieren y amonestan, que acordándoos del juramento que hicieron
vuestros padres y antepasados, no queráis innovar cosa en contrario de
la paz y confederación que hay de por medio.»
Oído este mensaje de los embajadores, los de Platea determinaron no
apartarse de los atenienses, sino resistir a los enemigos, aunque
los viesen quemar y destruir sus tierras, y sufrir y tolerar todos
los males y daños que les pudiesen hacer. No quisieron dejar salir a
ninguno con mensaje a los lacedemonios, sino que desde los muros les
respondieron que era imposible hacer lo que les mandaban. Sabida esta
respuesta, el rey Arquidamo se acercó a la muralla, e hizo contra
ellos esta protesta a los dioses y héroes abogados de aquella ciudad:
«Vosotros, dioses y héroes abogados de esta ciudad y tierra de Platea,
sabed y sed testigos de como estos de Platea son los primeros que han
quebrantado el juramento y comenzado las injurias, y que por su culpa,
y no nuestra, venimos como enemigos a su tierra, en la cual nuestros
antepasados, por los votos y sacrificios que en ella os hicieron,
alcanzaron la victoria contra los medos, mediante vuestro favor y
ayuda, y que en lo de hoy más hiciéremos contra ellos, no lo hacemos
sin justicia, pues ni por ruegos ni amonestaciones que les hemos hecho,
pudimos convencerles. Por tanto permitid que aquellos que primeramente
han hecho la injuria, paguen primero la la pena, y los que quieren
castigarles con razón, puedan hacerlo.»
Cuando acabó su oración mandó a los suyos que comenzasen la guerra.
Primeramente hizo cercar la ciudad con un baluarte hecho de tierra,
y de los árboles que cortaron en derredor, para que ninguno pudiese
entrar ni salir. Después comenzaron a hacer un bastión o baluarte,
esperando poderle acabar en poco tiempo, según la mucha gente que
trabajaba en la obra, y que con esto podrían tomar la ciudad. La forma
del bastión era esta. Primeramente, con las ramas de los árboles que
cortaron en el monte Citerón, hicieron unos zarzos en forma de cestones
y estacadas, y poníanlos a una parte y a otra del bastión, sujetándolos
con unos maderos para que no pudiese salirse la tierra que echaban
dentro. Después lanzaban piedras, leña y tierra, y todos los otros
materiales que podían aprovechar para llenarlo. Así continuaron la obra
setenta días, no dejando el trabajo de noche ni de día, porque cuando
unos se iban a comer o dormir, venían otros a trabajar. Y para que se
acabase más pronto la obra y fuese mejor, tenían a cargo de ella a los
lacedemonios, que mandaban a los soldados, y a los otros diputados de
las ciudades.
Cuando los de la ciudad vieron que aquel bastión subía tan alto,
comenzaron por dentro de la muralla a hacer otro muro fuerte de
piedras y cantos que tomaban de las casas más cercanas, que para este
efecto derribaban, y para sostenerle entremetían madera y leños, y por
fuera le cubrían de cueros para que no fuesen heridos de los enemigos
mientras lo labraban, y para que si lanzaban fuego, no pudiese prender
en la madera. De modo que así de una parte como de la otra subía en
alto el edificio.
También, los de la ciudad, para estorbar la obra de los sitiadores,
usaron de esta invención. Rompieron la muralla frontera al bastión
de los enemigos, donde estos habían fabricado otro reparo de madera
y tierra que venía a juntarse con la muralla, para llegar cubiertos
hasta el pie de ella, después que su bastión fuese acabado, y por aquel
horado que abrieron, sacaban por debajo la tierra que los otros echaban
dentro. Mas cuando los lacedemonios comprendieron la estratagema,
hicieron cestones, metiendo dentro cieno y tierra, y pusiéronlos en
lugar de la tierra que habían sacado, de manera que ya en adelante no
podían sacar la tierra tan fácilmente como antes.
Tampoco se descuidaron los plateenses en hacer su deber por otra vía,
pues practicaron grandes minas por dentro de la muralla, que salían
a dar debajo del bastión de los enemigos, y por estas mismas les
sacaban la tierra del bastión, sin cesar este trabajo. Esto lo hicieron
muchos días, antes que fuesen sentidos de los enemigos, los cuales se
espantaban de ver que su bastión no subía más con la gran cantidad de
tierra que echaban dentro por encima, y que se sumía y hundía hacia el
medio. Todavía los ciudadanos, considerando que si la cosa iba a la
larga no podrían sacar tanta tierra del bastión por las minas cuanta
lanzarían dentro los enemigos, por ser muchos más en número, y por la
actividad con que trabajaban en esto, inventaron otro remedio para
defenderse, que fue este. Frente a su muralla, donde los enemigos
habían hecho el reparo para entrar, hicieron otro muro por dentro, en
forma de media luna a los lados, de tal manera, que las dos puntas de
él se juntasen con la muralla, enfrente a las dos puntas del bastión de
los enemigos, y veníanse extendiendo con este muro hacia más dentro de
la ciudad, para que si los enemigos tomaban aquella parte del primer
muro, hallasen otro, contra el cual les fuese necesario hacer nuevo
bastión, que les sería doblado trabajo y estarían en mayor peligro,
hallándose encerrados.
Por la otra parte, los peloponesios dispusieron dos aparatos[51]
encima de su bastión, con los cuales tiraban a dos lugares: con el uno
batían el muro que hacían los de la ciudad por dentro, de suerte que
lo deshicieron en gran parte, lo cual asustó mucho a los ciudadanos, y
el otro batía la cerca principal. Contra estas máquinas los ciudadanos
usaron de dos remedios: el uno fue hacer grandes lazos de cuerdas, con
que rebatían el golpe; el otro, disponer grandes vigas de madera[52],
las cuales colgaban por los cabos con cadenas de hierro, que asían a
las vigas pendientes de lo alto de la muralla, al través. Y cuando
veían venir el golpe de la máquina aflojaban los cabos de las cadenas
a que estaban asidas, y súbitamente las vigas venían a caer a la punta
del aparato que batía, y recibían el golpe.
Como los peloponesios viesen que por estos medios, y haciendo cuanto
sabían, no podían batir la muralla, que aun batiendo la una quedaba
el otro muro de dentro por combatir, y que con gran trabajo podrían
tomar la ciudad por esta brecha, determinaron cercarla toda. Pero antes
de hacer esto intentaron quemarla, lo cual les parecía cosa fácil si
favoreciese el viento, por cuanto la ciudad era muy pequeña, imaginando
todas las vías por donde la pudiesen ganar sin grandes gastos y sin
tener largo tiempo el cerco. Llenaron de ramaje y de haces de leña
el foso que estaba entre su bastión y la muralla, y en breve espacio
de tiempo, por la multitud de hombres que se ocupaban en ello, la
extendieron y alargaron lo más adelante que pudieron hacia la ciudad,
y por lo alto pegaron fuego, lanzando dentro pez y azufre, con lo que
in continenti se levantó tan gran llama cuan nunca se vio encendida
por mano de hombre, pues algunas veces el fuego se prende por sí mismo
en los montes, por el gran combate de los árboles, arrastrados por
la fuerza del viento, de donde también sale mucha llama. Este fuego,
tan grande y tan intenso, por poco quema toda la ciudad y a todos los
moradores, pues solo quedó una pequeña parte de ella donde no entrase.
Y si el viento acudiera, como pensaban, no se escaparan los de dentro.
Mas sucedió muy de otra manera, porque cayó copiosa lluvia con grandes
truenos, que, según dicen, lo apagó de pronto. Viendo los peloponesios
que tampoco en esto acertaba su intención, determinaron dejar una parte
de su ejército en el cerco, y que los demás partiesen. La cercaron,
pues, por todos lados con un muro, y por acabar más pronto la obra,
la repartieron por cuadrillas, dando a cada cual de las ciudades su
cuadrilla, y haciendo sus fosos a lo largo de la muralla así por dentro
como por fuera. De la tierra que sacaron hicieron ladrillos.
Acabada la obra dejaron una parte de su gente, en número bastante para
guardar la mitad de aquella muralla, y de la otra mitad encargaron la
guarda a los beocios. Todos los demás partieron para sus ciudades, en
la época en que se muestra la estrella llamada Arturo[53].
Volvamos a los de Platea, que, como arriba contamos, habían enviado
fuera de su ciudad las mujeres, los viejos, los niños y todos aquellos
que no eran de provecho para la guerra, de manera que solo quedaron
dentro cuatrocientos ochenta hombres de pelea atenienses, y diez
mujeres que les cocían pan, y no más de ningún estado ni condición, los
cuales determinaron defender la ciudad.