Nuevos aprestos de guerra que por ambas partes se hicieron aquel
verano. La ciudad de Potidea capitula con los atenienses.
Volviendo a la historia de la guerra: en este mismo verano[45], los
lacedemonios y sus aliados alistaron una armada de cien barcos:
enviáronla a la isla de Zacinto, que está frente a Élide cuyos
moradores son aqueos, aunque seguían el partido de los atenienses.
Iban en esta armada mil hombres, y por capitán Cnemo. Saltando en
tierra robaron y arrasaron muchos lugares, y trabajaron por ganar la
ciudad: mas viendo que no la podían tomar, volvieron a sus casas. En
el mismo verano[46], el corintio Aristeo y el argivo Pólide en su
nombre particular, y Aneristo, y Nicolao, y Pratodamo, y Timágoras,
como embajadores de los lacedemonios, fueron a Asia para inducir al
rey Artajerjes a que estuviese de su parte en aquella guerra, y les
prestase dinero para la armada. Primero vieron en Tracia a Sitalces,
hijo de Teres, para persuadirle de que dejase la amistad de los
atenienses y tomase la suya, y trajese consigo gente de a pie y de a
caballo, para hacer levantar el cerco que los atenienses tenían sobre
la ciudad de Potidea.
Cuando estos embajadores entraron en el reino de Sitalces para
pasar la mar del Helesponto, pensando hallar allí a Farnaces, hijo
de Farnabazo, que los había de llevar ante el rey, se hallaron con
Sitalces Learco, hijo de Calímaco y Aminíades, hijo de Filemón,
embajadores de los atenienses: los cuales persuadieron a Sádoco,
hijo de Sitalces, que había sido hecho ciudadano de Atenas, para que
prendiese a los embajadores de los lacedemonios y se los remitiesen,
porque sin duda venían a tratar con el rey cosas en daño de la ciudad
de Atenas. Persuadido Sádoco, envió los suyos tras los embajadores de
los lacedemonios, a los cuales hallaron a la orilla del mar, donde se
querían embarcar, para pasar el Helesponto: y los prendieron y llevaron
a Sádoco, el cual los entregó a los embajadores de los atenienses, y
ellos los recibieron y llevaron consigo a Atenas.
Poco tiempo después los atenienses, temiéndose que Aristeo, uno de
ellos que había sido causa y autor de todo lo hecho en Potidea y en
Tracia les causara algún mal, además de los pasados, si se escapaba
de allí, le mandaron matar y a los otros embajadores lacedemonios sin
ser oídos en justicia, y después lanzaron sus cuerpos desde lo alto de
los muros a los fosos, porque les pareció que por esta vía, con buena
y justa causa, vengaban a sus conciudadanos y aliados mercaderes, que
los lacedemonios habían cogido en la mar, y después los habían muerto y
lanzado a los fosos.
Desde el principio de esta guerra los lacedemonios tenían por enemigos
a todos aquellos que cogían en el mar, que siguiesen el partido de
los atenienses (salvo a aquellos que no siguiesen ninguno de los dos
bandos), y los mandaban matar, sin perdonar a ninguno.
Casi al fin de aquel verano los ambraciotes, con un buen ejército
de bárbaros salieron contra los argivos que habitan la región de
Anfiloquia, y contra toda su tierra, por cuestión que habían tenido
nuevamente con ellos; la causa fue esta. Anfíloco, hijo de Anfiarao,
que era natural de la ciudad de Argos en Grecia, a la vuelta de la
guerra de Troya, no queriendo ir de nuevo a su tierra por enojos y
diferencias que había tenido[47], dirigiéndose al golfo de Ambracia,
que está en la región de Piro, fundó una ciudad que llamó Argos, en
memoria de aquella de donde él era natural, y le puso por sobrenombre
Anfiloquia, la cual fue muy populosa entre todas las otras ciudades
de tierra de Ambracia. En el transcurso del tiempo, teniendo muchas
diferencias con sus vecinos, viéronse forzados a recoger a los
ambraciotes, sus vecinos, en su ciudad. Estos primeramente les trajeron
la lengua griega, de manera que todos hablaban griego, aunque antes
eran bárbaros como son todos los otros de tierra de Anfiloquia,
excepto los moradores de la misma ciudad. Después, andando el tiempo,
los ambraciotes echaron a los argivos de la ciudad y la poseyeron
ellos solos. Estos argivos que así fueron lanzados se acogieron a los
acarnanios entregándose a ellos, y todos juntos vinieron a demandar
ayuda a los atenienses para que pudiesen recobrar su ciudad.
Los atenienses les enviaron treinta naves de socorro, y por capitán de
ellas a Formión, el cual tomó la ciudad por fuerza, la robó y saqueó,
y después la dejó a los acarnanios y a los anfiloquios juntamente. Con
este motivo comenzó entonces la alianza y la confederación entre los
atenienses y los acarnanios y la enemistad entre los ambraciotes y los
anfiloquios de Argos, porque los anfiloquios en esta empresa retuvieron
muchos prisioneros de los ambraciotes, quienes al tiempo de esta guerra
juntaron un gran ejército, así de los suyos como de los caones, y de
otros bárbaros sus vecinos: vinieron derechos hacia Argos y robaron y
destruyeron toda la tierra, mas no pudieron tomar la ciudad, volviendo
de allí a sus casas. Todo esto pasó en aquel verano.
Al principio del invierno, los atenienses enviaron veinte naves al
Peloponeso nombrando capitán de la armada a Formión, quien, partiendo
del puerto de Naupacto, impidió que nave alguna pasase, ni entrase,
ni saliese de Corinto ni de Crisa. También enviaron otras seis naves
con Melesandro a Caria y Licia, para traer el dinero que del tributo
cobrasen, y para guardar las naves mercantes de los atenienses que iban
desde Fasélide de Fenicia, y desde la tierra firme, a fin de que no
fuesen robadas de los corsarios del Peloponeso. Melesandro saltó en
tierra y fue vencido y muerto, perdiendo la mayor parte de los suyos.
En este mismo invierno[48], los potidenses, viendo que no podían
guardar más su ciudad ni defenderla de los atenienses, que hacía largo
tiempo la tenían cercada, por la falta de víveres y la necesidad en que
los ponía el hambre, la cual era tan extrema, que, entre otras cosas
intolerables que les ocurrieron fue comerse unos a otros, viendo que
por ninguna guerra que hiciesen otros a los atenienses levantarían
el cerco, pusiéronse al habla con los caudillos de estos, que eran
Jenofonte, hijo de Eurípides, Hestiodoro, hijo de Aristóclides, y
Fanómaco, hijo de Calímaco, y se entregaron con estas condiciones:
que los de la ciudad y los hombres de pelea extranjeros que estaban
dentro saliesen con una sola vestidura y las mujeres con dos, y
sacasen también consigo cierta cuantía de dinero para el camino. Estas
condiciones las aceptaron los capitanes viendo la necesidad en que
estaba su ejército por razón del invierno y la gran suma que costaba
aquel cerco que montaba más de dos mil talentos[49]. Los potidenses
salieron de su ciudad y partieron a tierra de Calcídica cada cual como
mejor pudo.
Esto disgustó a los atenienses, y se indignaron contra sus capitanes,
diciendo, que pudieran muy bien haber tomado la ciudad, si hubieran
querido. Pero al fin enviaron allí ciudadanos para poblarla.
Todas estas cosas se realizaron en aquel invierno, que fue el fin del
segundo año de la guerra que escribió Tucídides.