Combate de los atenienses delante de la ciudad de Espartolo en tierra
de Botiea, y de los peloponesios delante de Estrato en la región de
Acarnania.
En este mismo verano[54], al principio del cerco de Platea, los
atenienses enviaron a Jenofonte, hijo de Eurípides, y a otros dos
capitanes, con dos mil hombres de a pie, ciudadanos, y doscientos
de a caballo, extranjeros, al tiempo de la siega, para hacer la
guerra a los calcídeos y a los botieos, que estaban en la región de
Tracia; los cuales, al llegar delante de la ciudad de Espartolo,
en la región de Botiea, talaron y destruyeron todos los trigos;
además tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les parecía
querían rebelarse para meter a los atenienses dentro de ella. Mas
los otros, que no participaban de los tratos, hicieron venir de la
ciudad de Olintio una banda de gente de a caballo, que, al llegar a
Espartolo juntamente con los de la ciudad, salieron a pelear contra
los atenienses, y en esta batalla, la infantería de los calcídeos,
que estaba muy bien armada, y algunos otros extranjeros que habían
acudido en socorro de la ciudad, fueron hasta las puertas. Mas la
gente de a caballo de Olintio, y los de a pie que vinieron armados a
la ligera, con otros pocos que traían paveses, que eran de la región
llamada Crúside, detuvieron la caballería de los atenienses. Cuando
se iban retirando de una parte y de otra de la pelea, sobrevinieron
de refresco algunas compañías de infantería bien armadas, que los
olintios enviaban en socorro de los de la ciudad, quienes al verlas
venir cobraron ánimo, sobre todo los de a pie, que venían armados a
la ligera, y los calcídeos de a caballo. Con aquel socorro de los
olintios, salieron contra los atenienses y los rechazaron y forzaron
a que se retirasen hasta las dos compañías que habían dejado en
guarda del bagaje y municiones; y aunque los atenienses se defendían
valientemente, y todas las veces que revolvían sobre los enemigos
los lanzaban de sí, todavía cuando se retiraban hacia su real, los
contrarios de a pie los perseguían, tirándoles de lejos, y los de
a caballo de cerca, a golpe de mano, de tal manera, que al fin les
hicieron volver las espaldas y huir.
En esta huida y persecución hubo muchos muertos de los atenienses:
además de los que murieron en la pelea, entre todos cuatrocientos
treinta, y con ellos los tres capitanes.
Al día siguiente, los atenienses, después de obtener sus muertos de los
de la ciudad, para darles sepultura, se volvieron con lo restante de su
ejército a Atenas.
De esta batalla, los calcídeos y botieos, después de sepultar a los que
murieron de su parte, levantaron trofeo en señal de victoria delante de
la ciudad.
En el mismo verano[55], poco tiempo después de esta batalla, los
ambraciotes y los caones, deseando sujetar a todos los de tierra de
Acarnania y apartarlos de la devoción y alianza de los atenienses,
ofrecieron a los lacedemonios que si les daban algunas naves, las que
fácilmente podrían sacar de las ciudades confederadas, ellos podrían
seguramente con mil hombres de pelea de los suyos, sujetar toda la
tierra de Acarnania, por causa de que los unos no podían socorrer a los
otros; y esto hecho, sin gran dificultad ganarían la isla de Zacinto y
la de Cefalenia, y aun tenían esperanza de tomar a Naupacto. De hacer
esto, los atenienses no podrían adelante navegar, ni recorrer la mar en
torno del Peloponeso como acostumbraban.
Los lacedemonios les otorgaron su demanda, y rápidamente enviaron
a Cnemo, que a la sazón era su general de las fuerzas de mar, con
las pocas naves que tenían y la gente de a pie, y escribieron a las
ciudades sus confederadas que enviasen con toda diligencia sus barcos
de guerra a Léucade.
Había, entre los otros pueblos confederados, los de la ciudad de
Corinto, que eran muy aficionados a los ambraciotes, por ser de su
población; y por tanto se apresuraron a armar sus naves y enviarlas. Lo
mismo hicieron los sicionios, y sus vecinos y comarcanos, aunque los
anactorios, y los ambraciotes, y los leucadios fueron más pronto al
puerto de Léucade que los otros.
Cnemo y los mil combatientes que llevaba consigo fueron con tanta
presteza, que pasaron por delante de Naupacto, sin que Formión,
capitán de los atenienses, que tenía allí veinte naves para guardar
el paso y la tierra, los descubriese. Saltaron, pues, a tierra junto
a Corinto, y estando allí, pocos días después llegó el socorro de los
ambraciotes, leucadios y anactorios. Además de estos, que todos eran
griegos, vino una buena banda de bárbaros, que serían hasta mil caones,
nación no sujeta a rey, sino que vive mandada por ciertos cónsules y
gobernadores, que eligen cada año de linaje y sangre real; por sus
capitanes venían Fotio y Nicanor, y también con estos los tesprocios,
que también viven sin rey; y los molosos y atintanes, cuyo capitán era
Sabilinto, a la sazón tutor de Táripe, rey de los molosos, menor de
edad. Y asimismo vino Oredo, rey de Paravea, que conducía con la gente
de su compañía mil orestas, súbditos del rey Antíoco, llegados allí
con su licencia y consentimiento. También Pérdicas, rey de Macedonia,
les envió, ocultándolo a los atenienses, mil macedonios, los cuales no
pudieron arribar cuando los otros.
Con este ejército partió Cnemo de Corinto, por tierra, sin querer
esperar a los que iban por mar, y pasando por tierra de Argos tomó la
villa de Limnea, que no estaba fortificada. De allí fue derechamente
hacia la ciudad de Estrato, que es la mayor de toda la región de
Acarnania, con esperanza de que, si la tomaba, podría después tomar
todas las otras sin riesgo.
Cuando los acarnanios supieron que venía tan gran ejército contra ellos
por tierra, y que les esperaba gran armada de los enemigos, no curaron
de enviar socorro unos u otros, sino que cada cual se preparaba para
defender su ciudad y su tierra, y todos juntamente enviaron a decir a
Formión que fuese a socorrerles. Mas él les respondió que no le era
lícito desamparar el puerto de Naupacto, sabiendo que la armada de los
enemigos había de partir pronto de Corinto.
Los peloponesios, repartido su ejército en tres escuadrones, vinieron
por tierra derechos a la ciudad de Estrato, con intención de entrar
por fuerza, si los de adentro no querían entregarla. De estos tres
escuadrones los caones y los otros bárbaros venían en medio; a la
derecha estaban los leucadios, los anactorios y los otros de su
compañía, y a la izquierda los de Cnemo con los peloponesios y los
ambraciotes. Marcharon estos escuadrones por diversos caminos, tan
distantes unos de otros, que algunas veces no se veían. Los griegos
venían en batalla guardando su formación, y con orden de escoger
cuando estuviesen delante de la ciudad, algún lugar a propósito para
plantar su campo. Mas los caones, confiándose en su esfuerzo, pues eran
reputados por los más valientes de todos los bárbaros, no quisieron
asentar su real de la parte de tierra firme, tomando por afrenta buscar
gran seguridad, y pensaron, con la ayuda de los otros bárbaros que
venían en su escuadrón, espantar a los de la ciudad de rebato y tomarla
de este modo, de suerte que antes que los otros llegasen alcanzarían la
honra de aquella empresa. Para ello se adelantaron lo más que pudieron,
de manera que estaban a vista de la ciudad bastante tiempo antes que
los otros. Como los de la ciudad de Estrato conociesen esto, acordaron
que si podían deshacer y desbaratar este escuadrón de los caones,
los otros se recelarían y temerían llegar, y pusieron gente apostada
fuera de la ciudad hacia aquella parte. Cuando los caones estuvieron
entre la ciudad y las celadas, salieron por dos partes contra ellos
con tanto denuedo, que los desbarataron y pusieron en huida, y mataron
muchos. Los otros bárbaros que venían en pos de ellos, al verles huir,
hicieron lo mismo, y así todos, a rienda suelta, huyeron antes de que
los griegos lo viesen y cuando aun no pensaban en combatir, sino en
tomar lugar para asentar su campo. Al verles huir, recogiéronlos en
su escuadrón, se cerraron todos juntos en un tropel y estuvieron allí
quedos aquel día, esperando a los de la ciudad por si salían contra
ellos; pero no quisieron salir a causa de que los otros acarnanios no
les habían enviado ningún socorro. Solamente les tiraban con hondas,
porque todos los de Acarnania son mejores tiradores de honda que las
otras naciones. Además, no estando bien armados, no les pareció buen
consejo acometer al enemigo.
Viendo Cnemo que no salían, llegada la noche, se retiró con gran
presteza hasta la ribera de Anapo, que está apartada de la ciudad
ochenta estadios[56], y al día siguiente, habiendo obtenido sus muertos
de los de Estrato, se retiró con su ejército a tierra de los eníades,
que le acogieron de buena gana por la amistad que tenían con los
peloponesios. De allí partieron todos para llegar a sus casas, sin
esperar el socorro que les había de llegar.
Los ciudadanos de Estrato levantaron trofeo en señal de la victoria que
alcanzaron contra los bárbaros.