Grandes aprestos por mar y tierra que los atenienses hicieron en el
verano en que empezó la guerra y el invierno siguiente. Nuevas alianzas
hechas con ellos en Tracia y Macedonia, y exequias públicas con que en
Atenas honraron la memoria de los muertos en la guerra.
Mientras los peloponesios andaban robando y destruyendo la tierra
de Ática, los atenienses hicieron salir de su puerto las cien naves
que tenían armadas, en las cuales había mil hombres de pelea y
cuatrocientos flecheros, que tenían por sus capitanes a Cárcino,
hijo de Jenotimo, a Proteas, hijo de Epicles, y a Sócrates, hijo
de Antígenes, para recorrer la costa del Peloponeso, hacia donde
dirigieron el rumbo.
Volviendo a los peloponesios, estuvieron en tierra de Ática mientras
les duraron los víveres, y cuando comenzaron a faltarles las
provisiones, dirigiéronse por tierra de Beocia sin hacer mal ni daño.
Mas cuando pasaron por la región de Oropo, que estaban sujetos a los
atenienses, les tomaron una parte de tierra llamada Pirace. Hecho esto,
regresaron a sus casas al Peloponeso, y se alojaron repartidos cada
cual en sus ciudades.
Cuando los peloponesios partieron, los atenienses ordenaron su gente
de guarda, así por mar como por tierra, para todo el tiempo que durase
la guerra, y por decreto público mandaron guardar aparte mil talentos
de los que estaban en la fortaleza, que no se tocase a ellos, y que
de lo restante tomasen todo lo que fuera menester para la guerra,
prohibiendo con pena de la vida tomar nada de aquellos mil talentos,
sino en caso de mucha necesidad para resistir a los enemigos, si
acometían la ciudad por mar. Con aquel dinero, hicieron cien galeras
muy grandes y muy hermosas, y cada año ponían en ellas sus capitanes y
patrones, mandando que no se sirviesen de ninguna de ellas sino en el
mismo peligro, cuando fuese menester tocar al dinero guardado.
Los atenienses que iban en las cien naves contra el Peloponeso se
juntaron con otras cincuenta que los corcirenses les habían enviado
de socorro. Y todos juntos navegando por la costa del Peloponeso,
entre otros muchos daños que causaron, fue uno, saltar en tierra y
sitiar la ciudad de Metone, que está en Lacedemonia y a la sazón
encontrábase mal reparada de muros y desprovista de gente. Estaba
por acaso, en aquella parte, el espartano Brásidas, hijo de Télide,
con alguna gente de guerra; y al saber la llegada de los enemigos,
acudió con cien hombres armados, que tenía solamente, a socorrer la
ciudad, atravesando el campamento enemigo, que estaba esparcido, y
rodeando el muro con tanto ánimo y osadía que con pérdida de muy pocos
de los suyos, muertos de pasada, entró en la ciudad y la salvó. Por
esta osadía le elogiaron los espartanos sobre todos aquellos que se
hallaron en aquella guerra. Partieron de allí los atenienses navegando
mar adelante, y descendieron en tierra de Élide, en los alrededores
de Fía. Allí se detuvieron dos días robando la tierra, y desbarataron
doscientos soldados escogidos del valle de Élide, y algunos otros
hombres de guerra que habían acudido de los lugares cercanos a socorrer
la villa de Fía. Tras de esto, se les levantó un viento muy grande en
la mar y una gran tempestad, a causa de la cual los navíos no pudieron
quedar allí por ser playa sin puerto, y una parte de ellos, pasando por
el cabo de Ictis, arribaron al puerto de Fía, donde los mesenios y los
otros que no se habían podido embarcar al salir de Fía, llegaron por
tierra, y habiendo tomado la villa por fuerza, como supiesen que venía
contra ellos mucha gente de guerra de los de Élide, dejaron la villa,
embarcáronse con los otros, y todos fueron navegando por aquella costa.
En este mismo tiempo, los atenienses enviaron otras treinta naves
para ir contra los de Lócride y para guardar la isla de Eubea, dieron
el mando de ellas a Cleopompo, hijo de Clinias, el cual, saltando en
tierra, destruyó muchos lugares de aquella costa, tomó la villa de
Tronio, donde hizo que le diesen rehenes, y venció en batalla junto a
Álope a algunos locros que habían acudido para arrojarle de ella.
También por entonces los atenienses echaron fuera a todos los moradores
de Egina con sus mujeres e hijos, culpándoles de haber sido causa de
aquella guerra, y porque les pareció que sería mejor y más seguro
poblar aquella ciudad con su gente, que con la que era aficionada a los
peloponesios, lo cual hicieron poco después. Mas los peloponesios, por
odio a los atenienses y porque los de Egina les habían hecho muchos
servicios, así cuando el terremoto que hubo en su tierra, como en la
guerra que tuvieron contra los hilotas o esclavos, diéronles la villa
de Tirea para su habitación con todo el término de ella hasta la mar
para que labrasen. Allí viven algunos de los eginetas, los demás se
repartieron por toda Grecia.
En este mismo verano, al primer día del mes a la renovación de la
luna[41], en cuyo tiempo (según se cree) solamente puede ocurrir
eclipse, se oscureció el sol cerca de la mitad, de manera que se vieron
muchas estrellas en el cielo y al poco rato volvió a su claridad. Y
también en este verano los atenienses se reconciliaron con el abderita
Ninfodoro, que antes había sido su enemigo, porque este podía mucho con
Sitalces, hijo de Teres, rey de Tracia, que había tomado a su hermana
por mujer, con esperanza de que por medio de Sitalces traerían a su
partido a Teres. Este Teres fue el primero que acrecentó el reino de
los odrisios, que gobernaba, y lo hizo el mayor de toda la Tracia,
permitiendo a los naturales vivir después en libertad. Dicho Teres,
no es el que tuvo por mujer a Progne, hija de Pandión, rey de Atenas,
pues reinaron en diversas partes de Tracia. El que se casó con Progne
tuvo la parte de Daulia, que al presente llaman tierra de Fócide, que
entonces habitaban los tracios, en cuyo tiempo Progne y Filomena su
hermana hicieron aquella maldad de Itis[42], por lo cual muchos poetas,
haciendo mención de Filomena la llaman el ave de Daulia, y es verosímil
que Pandión, rey de Atenas, hizo aquella alianza con Teres que regía
la tierra de Daulia por el deudo, y porque estaba más cercano a Atenas
para caso de ayuda y socorro, antes que con el otro Teres que reinaba
en tierra de los odrisios, mucho más lejana.
Este Teres de que al presente hablamos, hombre de poca estima y
autoridad, adquirió el reino de los odrisios, y dejole a Sitalces, su
hijo, con el cual los atenienses hicieron alianza, así por tener los
lugares que él tenía en Tracia amigos y favorables, como también por
ganar a Pérdicas, rey de Macedonia. Vino Ninfodoro a Atenas con poder
bastante de Sitalces para concluir y confirmar la liga y alianza,
y por esto dieron al hijo de Sitalces, llamado Sádoco, derecho de
ciudadano de Atenas. Prometió conseguir que Sitalces dejase la guerra
que hacía en Tracia para poder mejor enviar socorro a los atenienses
de gente de a caballo y de infantería, armados a la ligera. También
hizo conciertos entre los atenienses y Pérdicas, persuadiendo a estos
para que devolvieran a aquel la ciudad de Terma. Por virtud de este
convenio, Pérdicas se unió a los atenienses, y con Formión comenzó la
guerra contra los calcídeos. Así ganaron los atenienses la amistad de
Sitalces, rey de Tracia, y de Pérdicas, rey de Macedonia.
En este tiempo, la gente de guerra de los atenienses que había ido
en la primera armada de las cien naves, tomó la ciudad de Solio, que
era del señorío de los corintios, y después de robada y saqueada, la
dieron con toda su tierra para morar y cultivar a los de Palero, que
son acarnanios. Tras esta, tomaron la ciudad de Ástaco, con la cual
se confederaron e hicieron alianza lanzando de ella a Evarco que la
tenía ocupada por tiranía. Hecho esto, dirigieron el rumbo a la isla
de Cefalenia, que está situada junto a la tierra de Acarnania y de
Léucade, donde hay cuatro ciudades, Pala, Cranios, Same y Pronos, y
sin ninguna resistencia ganaron toda la isla. Poco después, al fin del
verano, partieron para volver a Atenas. Mas al llegar a Egina, supieron
que Pericles había salido de Atenas con gran ejército, y estaba en
tierra de Mégara. Tomaron su derrota para ir derechos hacia aquella
parte, y allí saltaron en tierra y se juntaron con los otros, formando
uno de los mayores ejércitos de atenienses que hasta entonces se habían
visto, porque también la ciudad estaba a la sazón floreciente y no
había padecido ningún mal ni calamidad.
Eran diez mil hombres de guerra solo de los atenienses, sin contar
tres mil que estaban en Potidea, y sin los moradores de los campos que
se habían retirado a la ciudad, y que salieron con ellos, los cuales
serían hasta tres mil, muy bien armados. Además había gran número de
otros hombres de guerra armados a la ligera. Todos ellos, después de
arrasar la mayor parte de la tierra de Mégara, volvieron a Atenas.
Todos los años fueron los atenienses a recorrer la tierra de Mégara,
a veces con gente de a caballo, y otras con gente de a pie, hasta que
tomaron la ciudad de Nisea. Mas en el primer año de que ahora hablamos
fortificaron de murallas la ciudad de Atalanta, y al llegar al fin de
verano, la destruyeron y dejaron desolada, porque estaba cercana a los
locros opuntios, para que los corcirenses no pudieran guarecerse, y
desde allí hacer correrías por tierra de Eubea. Todo esto aconteció
aquel mismo verano, después que los peloponesios partieron de Ática.
Al principio del invierno, el tirano Evarco queriendo volver a la
ciudad de Ástaco, pidió a los corintios que le diesen cincuenta navíos,
y mil quinientos hombres de guerra; con los cuales y con otros que él
llevaría, pensaba recobrar la ciudad perdida. Los corintios accedieron
a su demanda, y nombraron por capitanes de la armada a Eufámidas,
hijo de Aristónimo, a Timóxeno, hijo de Timócrates, y a Éumaco,
hijo de Crisis, quienes, al llegar por mar a la ciudad de Ástaco,
restablecieron en el mando a Evarco, y emprendieron en aquella misma
jornada la empresa de ganar algunas villas de Acarnania que estaban
en la costa. Mas como viesen que no podían lograr su propósito, se
volvieron, y pasando por la isla de Cefalenia, saltaron en tierra junto
a la ciudad de Crania, pensando tomarla por tratos. Los de la villa,
fingiendo que querían tratar con ellos, los acometieron cuando estaban
desapercibidos, mataron muchos, y los otros tuvieron que reembarcarse y
volver a su tierra.
En este mismo invierno, los atenienses, siguiendo la costumbre antigua,
hicieron exequias públicas en honra de los que habían muerto en la
guerra. Las cuales se realizaron de esta manera. Tres días antes habían
hecho un gran cadalso sobre el cual ponían los huesos de los que habían
muerto en aquella guerra, y sus padres, parientes y amigos podían poner
encima lo que quisiesen. Cada tribu tenía una grande arca de ciprés,
dentro de la cual metían los huesos de aquellos que habían muerto
de ella, y aquella arca la llevaban sobre una carreta. Tras estas
arcas llevaban en otra carreta un gran lecho vacío que representaba
aquellos que habían sido muertos, cuyos cuerpos no pudieron ser
hallados. Estas carretas iban acompañadas de gente de todas clases, así
ciudadanos como forasteros, y cuantos querían ir hasta el sepulcro,
donde estaban las mujeres, parientes y deudos de los muertos haciendo
grandes demostraciones de dolor y sentimiento. Ponían después todas las
arcas en un monumento público, hecho para este efecto, que estaba en
el barrio principal de la ciudad, y en el cual era costumbre sepultar
todos aquellos que muriesen en las guerras, excepto los que murieron
en la batalla de Maratón, a los cuales, en memoria de su valentía y
esfuerzo singular, mandaron hacer un sepulcro particular en el mismo
sitio. Cuando habían sepultado los cuerpos, era costumbre que alguna
persona notable y principal de la ciudad, sabio y prudente, preeminente
en honra y dignidad, delante de todo el pueblo hiciese una oración en
loor de los muertos, y hecho esto, cada cual volvía a su casa. De esta
manera sepultaban los atenienses a los que morían en sus guerras.
Aquella vez para referir las alabanzas de los primeros que fueron
muertos en la guerra, fue elegido Pericles, hijo de Jantipo; el cual,
terminadas las solemnidades hechas en el sepulcro, subió sobre una
cátedra, de donde todo el pueblo le pudiese ver y oír, y pronunció este
discurso: