Deliberan los atenienses sobre si deben aceptar la guerra u obedecer
las exigencias de los lacedemonios.
Reclamado por los lacedemonios a los atenienses, y por estos a aquellos
que purgasen de una parte y de otra las ofensas y los sacrilegios a los
dioses, aquellos pidieron de nuevo a estos que pusiesen en libertad
a los potidenses, y dejaran vivir a los de Egina según sus leyes; y
sobre todo les declararon que comenzarían la guerra contra ellos, si
no revocaban el decreto que habían hecho contra los de Mégara, por
el cual se les prohibía desembarcar en puertos de los atenienses,
acudir a sus ferias y comerciar con ellos. A todas estas demandas, y
principalmente a la de revocar el decreto, los atenienses determinaron
no obedecer, acriminando a los megarenses porque ocupaban la tierra
sagrada y sin término[28], y recibían en su ciudad los esclavos que
huían de Atenas.
Finalmente, después de todas estas demandas y respuestas, llegaron
tres embajadores de los lacedemonios que eran Ranfio, Melesipo y
Agesandro, los cuales sin hacer mención de ninguna de las otras cosas
de que habían tratado antes, les dijeron en suma estas palabras: Los
lacedemonios quieren la paz con vosotros, la cual podéis gozar si
dejáis a los griegos en libertad, y que vivan según sus leyes. Al
oír esta demanda los atenienses reunieron su consejo para determinar
la última respuesta que les debían dar: y cuando todos dijeron sus
pareceres, unos que debían aceptar la guerra y otros que era preferible
revocar el decreto contra los megarenses, motivo de la guerra, se
levantó Pericles, hijo de Jantipo, que a la sazón era el hombre más
principal de toda la ciudad, y con más autoridad para decir y obrar,
habló de esta manera: