XV.

Temístocles, perseguido por atenienses y lacedemonios, se refugia en

los dominios de Artajerjes y allí vive hasta el fin de sus días.

Cuando los lacedemonios oyeron la respuesta de los atenienses, enviaron

de nuevo mensajeros, para hacerles saber que Temístocles había sido

culpado en la misma conspiración que Pausanias, según resultaba del

proceso de este, que guardaban en el templo, pidiendo y requiriendo a

los atenienses, que castigasen a Temístocles. Creyéronlo los atenienses

y ordenaron, de acuerdo con los lacedemonios, prender a Temístocles,

que por estar a la sazón desterrado de Atenas, vivía en la ciudad de

Argos de ordinario, aunque a menudo salía a tierra de Peloponeso.

Avisado Temístocles de la orden de prisión, partió del Peloponeso, y

se fue por mar a Corcira, sabiendo que aquel pueblo le amaba por los

muchos bienes y servicios que le había hecho. Pero los de Corcira le

dijeron que si le recibían en su ciudad se harían enemigos de los

espartanos y de los atenienses, obligándole a saltar en tierra en la

parte del continente más cercano de la isla. Sabiendo que allí también

le perseguían, y no viendo otra vía de salvación, se acogió a Admeto,

rey de los molosos, aunque sabía que no era amigo suyo. Ausente el

rey de su ciudad, se encomendó a la reina su mujer, la cual le dijo

que tomase a su hijo por la mano, pues esta era la mejor manera de

suplicar, y esperase hasta que volviera su marido, que no tardó muchos

días. Cuando el rey volvió, Temístocles se presentó ante él, y le dijo:

que si cuando era capitán de los atenienses, y el mismo rey estaba

sujeto a ellos, le había sido contrario en algunas cosas, no era justo

que tomase ahora venganza de él al ponerse en sus manos y pedirle

merced; no estando en igualdad de condiciones, pues él se hallaba ahora

en más bajo estado, que estaba el rey cuando el mismo Temístocles le

ofendió, ni siendo de ánimo generoso vengarse sino de sus iguales. Por

otra parte, cuando contrarió al rey procuraba este solamente su bien

y provecho y no salvar la vida, como hacía al presente Temístocles;

porque si el rey le entregaba a los que le perseguían sería causa de su

muerte.

Acabó Temístocles su razonamiento, estando sentado en tierra con el

hijo del rey Admeto sobre las rodillas, que es allí la manera de

suplicar más eficaz de todas: el rey le mandó levantar, y le prometió

que no le entregaría a los lacedemonios ni a los atenienses, lo cual

cumplió, cuando poco después llegaron los perseguidores de Temístocles

y le dijeron muchas razones para persuadirle que le entregase. Hizo

más, sabiendo que quería irse con el rey Jerjes, mandó acompañarle por

tierra hasta la ciudad de Pidna, que está situada junto al mar, que

pertenece a Alejandro. En esta ciudad se embarcó en un navío que iba

para Jonia, arribó frente a la ciudad de Naxos, que los atenienses

tenían sitiada, cosa que asustó mucho a Temístocles: mas no por eso

se descubrió al patrón de la nave, que no sabía quién era ni por qué

huía, sino que le dijo: si no me salvas y me tienes oculto diré a los

atenienses que has tomado dinero mío por salvarme, pero si me salvas,

te lo pagaré espléndidamente. Para ello es preciso que no permitas a

ninguno de los que están embarcados saltar a tierra, teniéndolos aquí,

y echada el áncora, hasta que salte más viento para salir. Así lo hizo

el patrón y estuvo anclado un día y una noche, hasta que hubo viento, y

dirigió el rumbo hacia Éfeso. Llegado a este lugar Temístocles cumplió

con el patrón lo prometido, y le dio gran suma de dinero, porque pocos

días después le llevaron mucho, así de Atenas como de Argos. Desde allí

tomó el camino Temístocles por tierra en compañía de un marino persa, y

escribió una carta al rey Artajerjes que había sucedido a Jerjes, su

padre, en el reino de Media y de Persia, la cual decía así:

«Yo, Temístocles, vengo a ti, rey Artajerjes. Soy aquel que causó más

males a tu casa que ningún otro griego, mientras me vi obligado a

resistir al rey Jerjes tu padre, que nos acometió: empero también le

hice muchos servicios cuando me fue lícito hacerlos, y si al volver

se salvó del peligro en que se vio, a mí lo debe.» Porque después que

Jerjes perdió la batalla naval en Salamina, Temístocles le escribió

que se diese prisa a volver, fingiendo que los griegos habían

determinado cortar los puentes por donde habían de pasar, y que él lo

había estorbado. Y lo restante de la epístola decía: «Al presente los

griegos me persiguen por amigo tuyo, y aquí estoy dispuesto a hacerte

muchos servicios. He resuelto quedarme un año, para mostrarte después

la causa por que vengo.»

Cuando el rey leyó la carta, se maravilló extraordinariamente de su

contenido, y le otorgó lo que le demandaba, de quedar un año allí antes

de presentarse a él; durante el cual aprendió todo cuanto fue posible,

así de la lengua, como de las costumbres de los persas. Después se

presentó al rey, y fue más temido y estimado de él que ningún otro

de los griegos que a él acudieron, así por la dignidad y honra que

había tenido antes, como porque le mostraba los medios de sujetar toda

Grecia; y principalmente porque daba a conocer por experiencia que era

hombre sabio y diligente, de mayor viveza y lucidez de entendimiento

que todos los otros, porque su claro talento adivinaba las cosas no

aprendidas, y para proveer en los casos repentinos era de muy presto y

atinado consejo.

Tenía gran acierto para prever lo porvenir, mucho juicio en las cosas

presentes, y en las ambiguas y dudosas, donde había dificultad en

juzgar lo bueno o lo malo, una prudencia maravillosa. Además, era el

más resuelto de todos los hombres en todas las cosas de que hablaba,

así por don de naturaleza como por la presteza de su ingenio.

Declaró al rey todo lo que convenía hacerse para la empresa contra

Grecia, pero antes de que llegase el tiempo de realizarla, murió de

enfermedad, aunque algunos suponen que se mató con veneno, viendo que

no podía cumplir lo que había prometido al rey.

Fue sepultado en la ciudad de Magnesia en Asia, donde se ve hoy día

su sepulcro en el mercado: de cuya ciudad el rey le había dado el

gobierno y la renta, que ascendía a cincuenta talentos anuales[26] para

provisión de pan, y de vino le había dado la ciudad de Lámpsaco por ser

el territorio más fértil en vino de toda Asia: y para carnes le dio

la ciudad de Miunte[27]. Dicen que sus parientes llevaron sus huesos

por disposición del difunto, y los enterraron en tierra de Atenas

sin saberlo los atenienses, porque no es permitido, según las leyes,

enterrar el cuerpo de hombre juzgado traidor y rebelde.

Este fin tuvieron Pausanias y Temístocles, ambos varones famosos y

célebres capitanes entre los suyos.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 20 / 90 题