XVII.

Discurso y opinión de Pericles en el Senado de Atenas, conforme a la

cual se da respuesta a los lacedemonios.

«Mi parecer es y fue siempre, varones atenienses, no conceder y otorgar

su demanda a los lacedemonios ni rendirnos a ellos, aunque sepa muy

bien que los hombres no hacen la guerra al final con aquella ira y

ardor de ánimo que la emprenden, sino que según los sucesos mudan y

cambian sus voluntades y propósitos. En lo que al presente se consulta,

persisto en mi anterior opinión y me parece justo que aquellos de

vosotros que participaban de ella si después en algo errásemos, me

ayuden a sostener su parecer y el mío; y si acertásemos, que no lo

atribuyan a mi sola prudencia y saber, pues comúnmente vemos, que los

casos y sucesos son tan inciertos como los pensamientos de los hombres.

Por esta razón cuando nos ocurre alguna cosa no pensada acostumbramos

culpar a la fortuna.

»Viniendo a lo presente, cierto es que los lacedemonios, antes de

ahora, manifiestamente nos han tramado asechanzas y las traman en la

actualidad. Porque existiendo en nuestras convenciones y tratados, que

si alguna diferencia hubiese entre ambas partes se resuelva en juicio

de árbitros de dichas partes, y entretanto las cosas queden en el mismo

estado y posesión que se hallaren, debieran pedirnos que sometiéramos a

juicio el asunto sobre que hay debate y cuestión, y ni esto piden, ni

cuando se lo hemos ofrecido lo han aceptado, porque quieren resolver

las cuestiones por medio de las armas y no por la razón, mostrando

claramente que antes vienen en son de mando que en demanda de justicia.

Nos ordenan que partamos de Potidea, que dejemos a Egina en libertad y

que revoquemos el decreto contra los megarenses, y los que han venido

a la postre nos mandan que dejemos vivir en libertad a los griegos

según sus leyes; y para que ninguno de vosotros piense que es pequeña

la exigencia de revocar el decreto contra los de Mégara, a lo cual

ellos se atienen, e insisten diciendo que, de hacerlo, no tendremos

guerra; y para que ninguno opine que no debemos provocar la guerra por

tan poca cosa, os aviso que esta pequeña cosa contiene en sí vuestras

fuerzas y la firmeza y consecuencia de todas las otras en que fundo

mi opinión. Si les otorgamos esta, inmediatamente os demandarán otra

mayor, pareciéndoles que por miedo habéis cedido a su pretensión; y si

les recusáis con aspereza, vendrán replicando en igual tono. Por tanto,

me parece que debéis determinar a obedecer y pactar con ellos antes de

recibir daño, o emprender la guerra, que es lo que yo juzgo por mejor

antes que otorgarles cosa alguna grande ni pequeña, para no tener ni

gozar con temor lo que tenemos y poseemos.

»En tan gran servidumbre y sujeción se pone el hombre obedeciendo al

mandato de sus iguales y vecinos sin tela de juicio, en cosa pequeña

como en cosa grande. Y si conviene aceptar la guerra, los que están

presentes conozcan y entiendan que no somos los más flacos ni para

menos, porque los más de los peloponesios son mecánicos y trabajadores,

que no tienen dinero en común ni en particular, ni menos experiencia

de guerras, mayormente de las de mar; y si alguna guerra civil tienen

no la pueden llevar al cabo por su pobreza. Ni pueden enviar barcos

ni traer ejército por tierra, porque se apartarían de sus negocios

particulares y perderían su trato y manera de vivir. Además, sabéis

bien que la guerra se sostiene más con dinero dispuesto que con

empréstitos y demandas. Pues por ser como son mecánicos, y trabajadores

sobre todo, antes servirán con sus personas que con dinero, teniendo

por cierto que más fácil les será salvar sus cuerpos de los peligros de

la guerra que contribuir para los gastos de ella, sobre todo si durare

largo tiempo.

»Hablando de lo pasado, sabemos que los peloponesios fueron iguales

contra los otros griegos en una sola batalla, y en lo restante nunca

fueron poderosos para hacer la guerra a aquellos que estaban mejor

provistos que ellos, porque no se rigen por un consejo y parecer,

sino por el de muchos, y a causa de ello todo lo que han de hacer lo

hacen de repente. Y aunque sean iguales en el derecho de votar, son

desiguales en ejercerlo, pues cada uno sigue su opinión y mira por

su provecho particular, de lo cual no se puede seguir cosa buena;

porque si los unos se inclinan a castigar a alguno y perseguirle, los

otros se recatan de gastar de su hacienda. Además, acuden tarde y de

mala gana a juntarse en consejo para tratar de cosas de la república,

determinan en un momento los negocios de ella y gastan la mayor parte

del tiempo en tratar de los suyos privados. Cada cual de ellos piensa

que las cosas de la república no recibirían más detrimento por su

ausencia, suponiendo habrá alguno que haga por él, como si estuviese

presente; y siendo todos de esta opinión, no se cuidan de si el bien

de la república se pierde por todos juntos. Lo que alguna vez acuerdan

no lo pueden realizar por falta de dinero; porque la guerra y sus

oportunidades no requieren largas tardanzas.

»Ni hay por qué temamos sus plazas fuertes, ni su armada; porque,

respecto a los muros, aunque estuviesen en paz, difícilmente podrían

hacer su ciudad tan fuerte como es la nuestra, y menos en tiempo de

guerra, pudiendo nosotros, por el contrario, hacer muy bien nuestros

reparos y municiones. Y si fortalecieran alguna plaza poniendo en ella

guarnición, es verdad que nos podrían hacer daño recorriendo y robando

nuestra tierra por alguna parte y sublevando contra nosotros algunos de

nuestros súbditos, pero con todas sus fortalezas no nos podrán estorbar

el ataque de su tierra por mar, en la cual somos más poderosos que

ellos, por el continuo ejercicio de mar. Tenemos más experiencia para

poder hacer la guerra por tierra que ellos para hacerla por la mar, en

la cual ni tienen experiencia ni la pueden adquirir fácilmente; porque

si nosotros, que continuamente hemos navegado desde la guerra de los

medos, no estamos perfectamente enseñados en las cosas del mar, ¿cuánto

menos lo estarán aquellos siempre acostumbrados a labrar la tierra?

»Nuestros barcos les impidieron siempre aprender la guerra marítima,

y si se atreviesen a combatir por mar, aun careciendo de experiencia,

si tuvieran numerosa armada y fuese la nuestra pequeña, cuando vean

la nuestra grande, y que les aprieta por todas partes, se guardarán

de andar por mar, no acostumbrándose a ella, y sabrán poco y servirán

para menos. Porque en el arte de la mar, así como en las otras artes,

no basta ejercitarse por algún tiempo; antes para saberlo y aprender

bien, conviene no ejercitarse en otra cosa. Y si dijeren que tomando

el dinero que hay en los templos de Olimpia y de Delfos nos podrán

sonsacar los marineros que tenemos a sueldo, dándoles mayor cantidad

que nosotros, contestaré que nos causarían daño si estos no fuesen,

como lo son, nuestros amigos. Además tenemos patrones y marineros de

nuestra nación en mayor número que todos los otros griegos, y ninguno

de los que están a sueldo, aparte el peligro a que se pone si nos

dejare, querría verse expulsado de nuestra tierra con la esperanza de

enriquecerse más con el partido de ellos que con el nuestro; porque

dándoles mayor sueldo será por menos días que les durará el nuestro.

»Estas y otras cosas semejantes de los peloponesios juzgo oportuno

recordároslas. De nosotros diré lo que siento. Estamos muy libres de

aquello que culpamos en ellos y tenemos otras cosas notables, de que

ellos carecen. Si quieren entrar en nuestra provincia por tierra,

entraremos en la suya por mar, y no será igual el daño que nos harán

al que recibirán de nosotros: porque les podemos destruir parte del

Peloponeso y ellos no pueden destruir toda la tierra de Atenas. Además

no tienen tierra ninguna libre de guerra, y nosotros tenemos otras

muchas, así islas como tierra firme, donde no pueden venir a hacernos

daño a causa del mar que poseemos, que es una gran cosa.

»Considerad, pues, que si fuésemos moradores de cualquier isla,

seríamos inexpugnables y no podríamos ser conquistados. Ahora bien, en

nuestra mano está hacer lo mismo en Atenas que si morásemos en alguna

isla, que es dejar todas las tierras y posesiones que tenemos en tierra

de Atenas, y guardar y defender solamente la ciudad y la mar. Y si los

peloponesios, que son más que nosotros, vinieren a talar y destruir

la tierra, no debemos por la ira y enojo presentarles batalla, porque

aunque los desbaratemos una vez volverán a venir en tan gran número

como antes; y si una vez perdiésemos la jornada, perderíamos la ayuda

de todos nuestros súbditos y aliados, que cuando entendiesen que no

somos bastantes para acometerles por mar con gruesa armada, harían poco

caso de nosotros. Cuanto más, que no debemos llorar por que se pierdan

las tierras y posesiones si salvamos nuestras personas, pues las

posesiones no adquieren ni ganan a los hombres sino los hombres a las

posesiones. Y si me quisiereis creer, antes os aconsejaría que vosotros

mismos las destruyerais para dar a entender a los peloponesios que no

les habéis de obedecer por causa de ellas.

»Otras muchas razones os podría decir para convenceros de que debéis

esperar la victoria, si quisiereis oírme, mas no conviene, estando

como estáis en defensa de vuestro estado, pensar en aumentar vuestro

nuevo señorío, ni añadir voluntariamente otros peligros a los que por

necesidad se ofrecen: que ciertamente yo temo más los yerros de los

nuestros, que los pensamientos e inteligencia de nuestros enemigos. De

esto no quiero hablar más ahora, sino dejarlo para su tiempo y lugar.

»Y para dar fin a mis razones me parece que debemos enviar nuestros

embajadores a los lacedemonios, y responderles que no prohibiremos

a los megarenses nuestros puertos, ni los mercados con tal que los

lacedemonios no veden la contratación en su ciudad a los extranjeros,

como la vedan a nosotros y a nuestros aliados y confederados, pues

ni lo uno ni lo otro está exceptuado ni prohibido en los tratados de

paz. Y en cuanto al otro punto, que nos piden de dejar las ciudades de

Grecia libres, y que vivan con sus leyes y libertad, que así lo haremos

si estaban libres al tiempo que se hicieron dichos tratados; y si ellos

también permiten a sus ciudades gozar de la libertad que quisieren

para que vivan según sus leyes y particulares institutos, sin que sean

obligadas a guardar las leyes y ordenanzas de Lacedemonia tocante

al gobierno de su república. Queremos estar a derecho y someter las

cuestiones a juicio según el tenor de nuestros tratados y convenciones,

sin comenzar guerra ninguna; pero que si otros nos la declaran y mueven

primero, que trabajaremos para defendernos.

»Esta respuesta me parece justa y honrosa y conveniente a nuestra

autoridad y reputación, y juntamente con esto conoced que, pues la

guerra no se excusa, si la tomamos de grado, nuestros enemigos nos

parecerán menos fuertes: y de cuantos mayores peligros nos libraremos,

tanta mayor honra y gloria ganaremos, así en común como en particular.

Nuestros mayores y antepasados, cuando emprendieron la guerra contra

los medos, ni tenían tan gran señorío como ahora tenemos, ni poseían

tantos bienes, y lo poco que tenían lo dejaron y aventuraron de buena

gana, usando más de consejo que de fortuna, y de esfuerzo y osadía,

que de poder y facultad de hacienda. Así expulsaron a los bárbaros y

aumentaron su señorío en el estado que ahora lo veis. No debemos, pues,

ser menos que ellos, sino resistir a nuestros contrarios, defendernos

por todas vías y trabajar por no dejar nuestro señorío más ruin y menos

seguro que le heredamos de ellos.»

Habiendo Pericles acabado su razonamiento, los atenienses, aprobando

su consejo, determinaron seguirle, y conforme a él, respondieron a los

lacedemonios por medio de sus embajadores, que no harían cosa de lo

que ellos demandaban, sino que estaban dispuestos a someter a juicio

y responder a sus demandas; y con esta respuesta los embajadores

volvieron a su tierra. En adelante no curaron de enviar más embajada

los unos a los otros. Empero las causas de las diferencias entre ambas

partes antes de la guerra, tuvieron origen en las cosas que ocurrieron

en Epidamno y en Corcira, aunque por estas no dejaban de comunicarse

unos con otros sin farautes ni salvoconducto, aunque ya se recelaban y

tenían sospecha entre sí, pues lo que entonces se hacía fue causa de la

perturbación y rompimiento de las treguas, y materia y ocasión de la

guerra.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 22 / 90 题