Acordada la guerra contra los atenienses por todos los del Peloponeso,
envían los lacedemonios embajadores a Atenas para tratar de algunas
cosas.
Cuando los lacedemonios oyeron los razonamientos de todas aquellas
ciudades de Grecia allí representadas, mandaron dar a los embajadores
de cada una de las ciudades mayores y menores sus piedrecillas en las
manos para que con ellas declarasen por sus votos si querían la paz
o la guerra. Todos fueron de parecer de declarar la guerra, y así lo
determinaron; mas no había medio de comenzarla entonces porque estaban
desprovistos de todas las cosas necesarias. Acordose, pues, que cada
ciudad contribuyese para ella y sin ninguna dilación en menos de
un año. En el ínterin, los lacedemonios enviaron embajadores a los
atenienses para decirles las culpas de que los acusaban a fin de tener
mejor y más justa causa de hacerles la guerra, si no se enmendaban
prontamente. Primero les pidieron que purgasen la ofensa hecha a la
diosa[22], que era la siguiente: Fue un varón llamado Cilón, noble y
poderoso, que en los juegos y contiendas que se hacían en Olimpia ganó
el prez y las joyas. Este Cilón tuvo por mujer la hija de Teágenes, que
a la sazón era señor de Mégara, y al verificarse este casamiento le fue
dada respuesta a Cilón por el oráculo de Apolo en Delfos, que cuando se
celebrase la gran fiesta de Júpiter, él tomase y ocupase la fortaleza
de Atenas. Con alguna gente de guerra de Teágenes su suegro, y con
otros sus amigos de la ciudad, que juntó cuando se celebraba la fiesta
de Olimpia en el Peloponeso, tomó la fortaleza de Atenas con intención
de hacerse señor de ella, persuadiéndose que por ser esta la mayor
fiesta de Júpiter que se hacía, y por haber ganado él otras veces en
esta misma fiesta los preces y joyas, saldría con la empresa conforme a
la profecía del oráculo de Apolo, porque no consideraba si la respuesta
se entendía de la fiesta que se celebraba en Atenas o en otra parte, ni
tampoco el oráculo lo declaró, y también los atenienses celebran todos
los años una fiesta muy solemne, en honra de Júpiter Miliquio, fuera de
la ciudad, en la cual hacen muchos sacrificios de animales figurados.
Mas Cilón que había interpretado el oráculo a su fantasía, creyendo que
hacía bien, emprendió la cosa como arriba he dicho.
Cuando los atenienses supieron que su fortaleza había sido tomada, los
que estaban en los campos se juntaron y vinieron a cercar a Cilón y a
los suyos dentro de ella. Pero porque la plaza era fuerte y se cansaban
de estar allí detenidos, la mayor parte se fueron a sus negocios y
dejaron allí nueve capitanes con número bastante de gente con encargo
de guardar, y mantener el cerco de la plaza, dándoles pleno poder de
hacer todo aquello que bien les pareciese en aquel caso para el bien de
la ciudad, y durante el sitio hicieron algunas cosas que les parecía
convenir al bien de la república. En este tiempo Cilón y su hermano
hallaron manera de salir secretamente de la fortaleza y se salvaron.
Pero los otros que habían quedado dentro, obligados por el hambre,
después de haber muerto muchos, se guarecieron en el gran altar que
está dentro de la fortaleza. Los que habían quedado en guarda del
cerco los quisieron sacar: viendo que se morían y a fin de que, por su
muerte, el templo no fuese profanado y violado, los sacaron fuera, y
los mataron. Algunos fueron muertos pasando por delante de los dioses,
y otros al pie de los altares, por lo cual todos los culpados de las
muertes y sus descendientes fueron condenados por crueles y sacrílegos
y desterrados por los atenienses, primero, y por Cleómenes, auxiliado
por los atenienses sublevados[23]. No solamente echaron de la ciudad
a los que se hallaron de estas líneas, sino que los huesos de los
difuntos los arrojaron fuera de los límites. Pasado algún tiempo,
volvieron, y al presente hay algunas casas de estas familias que los
lacedemonios pedían fuesen echadas, por saber que Pericles, hijo de
Jantipo, descendía de aquella raza por parte de su madre, esperando
que si lanzaban a este de la ciudad de Atenas, podrían después más a
su placer venir al fin deseado de su guerra contra los atenienses, y
si no le echaban, a lo menos le harían odioso al pueblo, pues creería
este que por salvar a Pericles se había en parte provocado la guerra.
Pericles era en aquel tiempo el hombre más principal de la ciudad de
Atenas y de mayor autoridad; siempre contrario a los lacedemonios, y
que persuadía a los atenienses que emprendiesen la guerra contra ellos.
A esta demanda respondieron los atenienses diciendo que los
lacedemonios purgasen también el sacrilegio de que estaban contaminados
a causa de la violencia que hicieron en el templo de Neptuno en
Ténaro. Porque, tiempo atrás, los lacedemonios habían sacado fuera del
templo de Neptuno y muerto algunos fugitivos hilotas que pedían merced,
violando así el templo, a lo cual atribuía el pueblo un gran terremoto
que poco después se sintió en la ciudad de Lacedemonia. Además pedían
los atenienses a los lacedemonios que purgasen otro sacrilegio de que
asimismo estaban contaminados, que se hizo en el templo de Palas en
Calcieco, y ocurrió de esta manera:
Después que Pausanias fue privado por los lacedemonios del mando que
tenía en Helesponto, y le ordenaron que se defendiese de los cargos
que contra él había, aunque fue absuelto de ellos, no por eso le
devolvieron el empleo. Viendo esto Pausanias salió de la ciudad de
Lacedemonia fingiendo que quería volver al Helesponto y servir en la
guerra como soldado; pero su verdadero propósito era tratar con el
rey de los medos tocante a esta guerra que él mismo había comenzado,
y después, con ayuda del rey, usurpar la tiranía y el mando sobre
toda Grecia. Para conseguir su deseo, mucho tiempo antes que le
acusaran, había ganado la gracia del rey por un singular servicio que
le hizo, y fue que, a la vuelta de Chipre, habiendo tomado la ciudad
de Bizancio, y preso a los que el rey había dejado allí de guarnición,
entre los cuales había muchos parientes, amigos y familiares del rey,
se los envió secretamente, sin dar parte a los otros capitanes, sus
compañeros, fingiendo que se le habían escapado. Y esto lo hizo por
medio de Góngilo, encargado de guardarlos, con el cual asimismo envió
al rey una carta del tenor siguiente:
«Pausanias, general en jefe de los espartanos, al rey Jerjes, salud.
Queriendo agradarte y ganar tu gracia, te envío los prisioneros que
yo había cogido en buena guerra por las armas: y es mi voluntad, si
te pluguiere, desposarme con tu hija, y poner a Esparta y a toda
Grecia en tus manos. Lo cual pienso que podría hacer seguramente
teniendo buena amistad e inteligencia contigo. Por tanto, si este
negocio te agrada envía por mar alguno de los tuyos que sea hombre de
confianza, con quien yo pueda comunicar todo mi proyecto y secreto.»
Esta carta alegró mucho a Artajerjes, y prontamente envió a Artabazo,
hijo de Farnaces, so color de darle el cargo y gobierno de la provincia
de Dascilio, que a la sazón gobernaba Megabates por el rey. Mandole
llamar antes y le dio una carta para Pausanias, que estaba en Bizancio,
sellada con su sello, y además le encomendó que tratase con Pausanias
lo más secreto que pudiese, y si le mandaba hacer alguna cosa que la
hiciese. Llegó Artabazo a la provincia de Dascilio, hizo lo que le
mandó el rey, y envió la carta a Pausanias, que decía así:
«El rey Jerjes a Pausanias, salud: Te agradezco mucho el placer y
buena obra que me hiciste enviándome los prisioneros que tomaste
en Bizancio, y nunca será olvidado este favor ni por mí, ni por
los míos. En gran manera me agradaron tus razones, y así te ruego
que trabajes de noche y de día por poner en ejecución lo que me
has prometido, que por mi parte no faltará ni oro, ni plata,
ni ejércitos, donde quiera que fueren menester. Sobre lo cual
puedes tratar seguramente con Artabazo, al que te envío para esto
expresamente por ser hombre sabio y fiel. Y haciéndolo como dices,
tus cosas y las mías se abrevien en nuestra honra y provecho.»
Cuando recibió esta carta, Pausanias, a quien los griegos tributaban
gran respeto por el cargo y autoridad que tenía, comenzó a engreírse
y ensoberbecerse de suerte que no se contentaba con vivir a la manera
acostumbrada de los griegos, sino que salía de Bizancio ataviado a la
moda de los medos, y andando por tierra de Tracia, llevaba soldados
medos y egipcios que le acompañaban, y se hacía servir a la mesa como
los medos.
No podía, en efecto, encubrir su corazón ni sus pensamientos,
sino que daba a entender en sus hechos lo que tenía en el ánimo.
Difícilmente concedía audiencia a los que a él llegaban, y airábase
con todos de repente, por lo que ninguno se atrevía a hablarle. Esta
fue la principal causa de que los confederados de Grecia se apartasen
de los lacedemonios y se unieran a los atenienses. Por ello los
lacedemonios le llamaron como antes se ha dicho, y cuando partió por
mar en la galera llamada _Hermíone_ sin licencia de la república,
advirtiose que hacía lo mismo que antes. Desterrado de Bizancio por los
atenienses, que la conquistaron, no volvió más a Esparta, retirándose
a unos lugares de tierra de Troya. Estando allí fueron avisados los
lacedemonios de que tenía tratos con los bárbaros, y parecioles que
no lo debían tolerar. Enviáronle un ministro de justicia con la vara
de los éforos, que llama escítala[24], mandándole que viniese con
el ministro a Esparta, so pena de rebelde y enemigo de la patria.
No queriendo parecer sospechoso, y confiando en que con dinero se
podía librar de las consecuencias de los crímenes y culpas de que le
acusaban, fue a Esparta con aquel ministro, y al llegar le aprisionaron
por orden de los éforos, a los cuales es lícito hacer esto mismo hasta
con el rey. Puesto después en libertad, presentose a juicio para
responder a la acusación que le dirigían.
En Lacedemonia, ni sus contrarios, ni toda la ciudad, hallaron motivo
aparente, ni indicio verdadero para castigarle, mayormente siendo
hombre de linaje de reyes y de gran autoridad y reputación, porque
había sido tutor de Plistarco, hijo del rey Leónidas, y en su nombre
había administrado el reino; pero la insolencia de sus costumbres y el
querer imitar la vida de los bárbaros les infundía mucha sospecha, de
que estaba en inteligencia con ellos, y tramaba alguna cosa para ser
señor y mandar entre los suyos.
Entre otras muchas cosas que había hecho contra las leyes y costumbres
de Lacedemonia, les indignaba en gran manera que, en una mesa de
alambre de tres pies que los griegos ofrecieron al templo de Apolo en
Delfos del botín cogido a los medos, había mandado esculpir el mismo
Pausanias estos versos:
_Aquel griego capitán_
_Que Pausanias se llamó,_
_Ya que a los medos venció_
_Con gran trabajo y afán_
_Que en la guerra padeció,_
_Por honra del dios Apolo,_
_Aquí puso esta memoria,_
_Aplicando su victoria_
_Al favor de aquel dios solo._
Versos que mandaron borrar los lacedemonios, y en lugar del de
Pausanias pusieron los nombres de todas las ciudades confederadas que
se hallaron en la batalla contra los bárbaros.
Acusábanle a la vez de cosa más grave, cual era el tener tratos
secretos y conjuraciones con los hilotas o esclavos de Lacedemonia,
prometiéndoles que les daría libertad y derecho de ciudadanos si se
levantaban juntamente con él y hacían lo que les mandase. Pero ni aun
tampoco por dichos de los esclavos, según sus leyes, podían proceder
contra ningún varón lacedemonio en causa de muerte o cosa que no se
pudiese remediar, sin tener indicios ciertos e indudables. Pero un
criado, muy privado y familiar suyo, llamado Argilo, que fue el que
llevó a Artabazo las últimas cartas que Pausanias, su amo, había
escrito al rey Jerjes, descubrió la traición a los éforos. Lo hizo por
sospechas, al ver que ninguno de los otros mensajeros que Pausanias
envió a Artabazo había vuelto, por lo cual, temiendo que le ocurriese
mal también a él, mandó contrahacer el sello con que estaba sellada la
carta para poder volverla a sellar después de leerla, si no hallaba
cosa en ella de lo que él sospechaba, y también para que el mismo
Artabazo no conociese que había sido abierta. Leyola, y halló, entre
otras razones, aquello que temía, y era que Pausanias decía a Artabazo
que le matase. Visto esto, llevó la carta a los éforos, los cuales se
convencieron de la traición.
Para más justificación suya, y por saber mejor la verdad, quisieron
oírla de boca del mismo Pausanias, y usaron de esta estratagema:
hicieron que el criado fuera a acogerse al templo de Ténaro como hombre
que ha ofendido a su señor y se quiere librar en sagrado, y se le hizo
saber a Pausanias para que fuera allí a hablar con él, lo cual hizo.
Dos de los éforos se habían escondido en un sitio secreto, de manera
que podían bien oír y entender lo que Pausanias y el criado hablaban
sin ser sentidos. Cuando Pausanias fue donde estaba su criado y le
preguntó la causa por que se había acogido allí, le declaró que había
abierto la carta, y le dijo todo lo que contenía, quejándose de que
en ella le mandase matar, pues en todos los tratos que había tenido
con el rey Jerjes había confiado en él, y nunca le faltó. Parecíale,
pues, cosa fuera de razón que mandara matarle, como habían sido muertos
todos los mensajeros enviados antes con otras cartas, mensajeros que no
podían compararse con él.
A esto Pausanias le respondió, confesando que todo era verdad, sin
cesar de amansarle y rogarle que no tomase por ello enojo, y jurándole
por el templo donde estaba que en adelante no le haría mal, cumpliendo
con toda diligencia su encargo para Artabazo, porque el negocio no
fracasara. Oyeron los éforos muy bien todas estas razones, y estimando
el caso muy averiguado, dieron orden para que Pausanias fuese preso
dentro de la ciudad. Mas como los dos éforos le salieran al encuentro
en la calle, conoció en los movimientos del rostro de uno de ellos que
iban resueltos a prenderle, y ganoles por la mano huyendo al templo
de Palas, sin que le pudiesen coger. Antes de llegar al templo entró
en una casilla pequeña que estaba junto a él para descansar, y fue
atajado por los que le seguían, los cuales descubrieron el techo de la
casa y la cercaron por todas partes con guardas para que no pudiese
salir, teniéndole sitiado hasta que le mataron de hambre. Cuando estaba
espirando, los guardas le sacaron de aquel lugar sagrado, y murió en
sus brazos.
Los éforos opinaban que debía ser arrojado el cadáver a una
quebradura[25], donde acostumbraban a echar los malhechores, pero
mudaron de propósito y le hicieron enterrar en una sepultura.
Algún tiempo después les fue amonestado, por revelación del oráculo de
Apolo Délfico, y mandado que le sacasen de la sepultura y le enterrasen
en el lugar donde había espirado, y así fue hecho. Aun hoy se ve su
sepultura delante del templo, según parece por el letrero que está
esculpido en la piedra del sepulcro. Mandoles además el oráculo de
Apolo que, para purgar el sacrilegio que habían cometido violando el
templo de la diosa Palas, diesen dos cuerpos en lugar de uno, y así lo
hicieron, expiando la muerte de Pausanias con el ofrecimiento de dos
estatuas de metal en el templo de Palas Calcieca.
Véase, pues, por qué los atenienses, para responder con un cargo igual
al que les hacían los lacedemonios de estar contaminados de sacrilegio,
les imputaron otro tanto, diciendo que ellos purgasen de igual manera
la ofensa que habían hecho a la diosa Palas, y que el oráculo de Apolo
había juzgado sacrilegio.