Guerras que los atenienses tuvieron desde la de con los medos hasta la
presente, así contra los bárbaros como contra los griegos, acrecentando
con ellas su imperio y señorío.
Este grado de mando y autoridad sobre los griegos lograron los
atenienses con ocasión de la guerra de los medos, y por el deseo que
tenían de emprender cosas grandes. Mas después de aquella guerra hasta
la presente, realizaron famosos hechos, así contra los bárbaros, como
contra aquellos aliados y confederados que querían hacer novedades, y
contra los peloponesios, que les contradecían y estorbaban a cada paso.
Refiero todo esto saliendo fuera de mi propósito, porque todos los
historiadores que antes de mí escribieron, han dejado de contarlo,
haciendo solamente mención de las cosas que pasaron antes de la guerra
de los medos, o en ella. Helánico dice algo en su historia de Atenas,
brevemente, sin distinguir los tiempos por su orden. Así, pues,
pareciome cosa conveniente poner aquí este relato y por él se podrá
saber y entender de qué manera fue fundado y establecido el imperio y
señorío de los atenienses.
Primeramente, siendo su capitán Cimón, hijo de Milcíades, tomaron
y saquearon la ciudad de Eyón, que está asentada en la ribera del
Estrimón, y que poseían los medos. Después tomaron y sometieron la
isla de Esciros, en el mar Egeo, de donde expulsaron a los dólopes
que la poseían y la poblaron con gente suya. Después hicieron guerra
a los caristios, y a otros de la isla Eubea, que andando el tiempo
se la dieron por tratos; y tras estos a los naxios que se les habían
rebelado y que, conquistados por fuerza, fueron los primeros de las
ciudades confederadas que los atenienses redujeron a servidumbre
contra el tenor y forma de la alianza. Lo semejante hicieron después
con otras ciudades que también se rebelaron. A esto dieron causa
muchas de aquellas gentes por no entregar algunas veces el número de
navíos que les pedían o no pagar el tributo que les habían impuesto,
o ausentarse de la armada sin licencia, y por esto los atenienses los
obligaban a ello y los castigaban muy rigurosamente, agraviándose ellos
en gran manera, por no estar acostumbrados a esta sujeción, y también
porque veían que los atenienses se hacían más señores, y usaban de
más autoridad que habían acostumbrado, no haciéndose la guerra por
igual de ambas partes, porque los atenienses tenían el mando y poder
para obligar y compeler a aquellos que faltasen en algo. Los mismos
obligados tenían la culpa de ello, pues por pereza de ir a la guerra o
por no dejar sus casas algunos concertaban dar dinero en lugar de los
navíos que debían dar, y así el poder de los atenienses se aumentaba
por mar, y ellos quedaban totalmente faltos y despojados de navíos, de
suerte que cuando después se querían rebelar, se hallaban desprovistos
de todas cosas y no podían resistir.
Después de esto, los atenienses y sus confederados hicieron la guerra
contra los medos, y en un día alcanzaron dos victorias, una por
tierra junto a la ribera de Eurimedonte, que está en la región de
Panfilia, y otra por mar allí cerca, llevando por su capitán a Cimón.
En la cual batalla naval fueron, o tomadas o desbaratadas, todas las
naves y galeras de los fenicios en número de doscientas. Poco tiempo
después, los tasios se rebelaron contra los atenienses porque los
tasios hacían la feria de sus mercaderías, y principalmente del metal,
en tierra de Tracia, que estaba de la otra parte del mar, frente a la
suya. Los atenienses enviaron contra ellos su armada, que desbarató
la de los tasios, y después salieron a tierra y cercaron la ciudad.
En este mismo tiempo enviaron los atenienses diez mil moradores, así
de sus ciudadanos como de los aliados y confederados, a tierra del
Estrimón para poblar de su gente la villa que entonces era llamada
Nueve Caminos, y al presente se nombra Anfípolis, lanzando de ella
a los edonios que la poseían. Mas después de entrar los atenienses
más adelante por tierra en la región de Tracia, fueron muertos y
desbaratados junto a Drabesco por los tracios, moradores de la
tierra, en venganza de que la ciudad de Nueve Caminos fuese tomada
y maltratada. Entretanto los tasios, que fueron vencidos por mar y
estaban cercados de los atenienses, según he dicho, enviaron a pedir
ayuda a los lacedemonios, rogándoles que entrasen en tierra de los
atenienses para obligarles a levantar el cerco, e ir a socorrerla. Lo
prometieron los lacedemonios y de hecho lo hubieran cumplido, a no
ser por un terremoto que sobrevino en su tierra, no osando por ello
emprender aquella guerra.
También sucedió en este tiempo que todos los esclavos de los
lacedemonios que estaban en tierra de Turia y de Etea, huyeron a
Ítome. Estos esclavos descendían por la mayor parte de los antiguos
mesenios, llevados en cautividad, y por esto a todos se les llamaba
mesenios. Los lacedemonios comenzaron la guerra contra los de Ítome,
y esta les impidió socorrer a los tasios, que después de haber estado
mucho tiempo cercados, al cabo de tres años se entregaron a merced de
los atenienses, quienes les derrocaron las cercas y murallas de su
ciudad, les quitaron todos sus navíos, y les hicieron pagar cuanto
pudieron sacarles por entonces, imponiéndoles para lo venidero grandes
tributos. A este precio les dejaron su tierra y las minas de metales
que tenían en sus montañas. Durante este tiempo los lacedemonios
viendo que la guerra que habían comenzado contra los de Ítome iba
muy a la larga, pidieron a todos sus amigos y aliados ayuda, y entre
otros a los atenienses, porque les parecían más expertos que otros en
combatir muros y fuerzas, y que con su ayuda podrían tomar la villa que
tanto tiempo habían tenido cercada, como a la verdad hubieran hecho,
porque los atenienses les enviaron ejército, y por capitán a Cimón,
si no fuera porque los lacedemonios sospecharon de ellos, sospecha
que ocasionó después la discordia y diferencia manifiesta entre
ellos. Viendo los lacedemonios que la villa no se tomaba por fuerza,
comenzaron a recelar de los atenienses y de su afición a emprender
cosas nuevas. Dijéronles, temiendo que los de la villa tuviesen algunos
tratos o inteligencias con ellos, que ya por entonces no tenían más
necesidad de su ayuda, y los despidieron reteniendo consigo los otros
aliados y confederados. Los atenienses conociendo evidentemente que
no habían sido despedidos por la razón alegada, sino por sospecha,
tomaron esta licencia a mal, considerándola ultraje, porque sabían muy
bien que no se lo habían merecido. Por ello, cuando volvieron a Atenas
y relataron en el Senado lo que pasaba, se apartaron de la amistad y
alianza que habían hecho con los lacedemonios para la guerra contra
los medos, y se volvieron a aliar y confederar con los argivos, que
eran conocidos enemigos de los lacedemonios, y unos y otros juntamente
hicieron amistad y alianza con los tesalios.
Los que estaban dentro de Ítome viendo que no podían resistir más al
poder de los lacedemonios, y que ya estaban cansados del largo cerco
que duraba más de diez años, capitularon con condición de que saliesen
de la villa los defensores y de toda tierra del Peloponeso sin poder
volver jamás a ella, y si alguno volvía, que fuese esclavo de aquel que
le cogiera. Este concierto hicieron los lacedemonios impulsados por una
respuesta que les dio durante la guerra el oráculo de Apolo, que era
así:
_Si en Ítome algún varón_
_Ante el Júpiter divino_
_Se humilla y pide perdón,_
_Suéltenle de la prisión,_
_Vaya libre su camino._
Echados los itomenses de su tierra con sus mujeres y familias, se
dirigieron hacia los atenienses, los cuales por el odio que habían
concebido contra los lacedemonios, los recibieron de buena gana, y los
enviaron a habitar en la isla de Naupacto, que acababan de conquistar
lanzando de ella a los locros ozolos.
Casi por este mismo tiempo los megarenses se apartaron de la alianza
de los lacedemonios y se juntaron con los atenienses a causa de que
teniendo guerra contra los corintios sobre los límites, no les dieron
ayuda, y por esta vía los atenienses fueron señores de Mégara y de la
villa de las Fuentes que ellos nombran Pegas. Fortificaron a Mégara con
una muralla fuerte que corría desde la ciudad hasta el río de Nisea,
y la guarnecieron con sus tropas. De aquí nació la primera enemistad
entre los atenienses y corintios. Sucedió también que Inaro, hijo
de Psamético, rey de los libios que habitan junto a los confines de
Egipto, juntó gruesa armada en su ciudad llamada Marea, que está sobre
el Faro, y entró por tierra de Egipto, que a la sazón estaba sujeta al
rey Artajerjes, y ora por fuerza, ora de grado atrajo a su devoción
gran parte de ella. Hecho esto se alió a los atenienses, que entonces
habían descendido a hacer guerra en la isla de Chipre con doscientos
navíos suyos y de sus compañeros y aliados y que al saber la demanda
del rey Inaro dejaron la empresa de Chipre y se fueron hacia aquellas
partes, entrando por mar en el Nilo, tomando por sorpresa las dos
partes de la ciudad de Menfis y sitiando la tercera llamada el muro
blanco, donde se habían retirado los medos y los persas escapados de
las otras dos partes juntamente con los egipcios que no se habían
rebelado.
Por otra parte los atenienses que descendieron de sus naves junto a
Halias, combatieron contra los corintios y contra los epidaurios, y
estos los vencieron, aunque poco después en una batalla naval que
tuvieron los atenienses contra los peloponesios junto a Cecrifalia,
alcanzaron la victoria, como también después habiendo comenzado la
guerra contra los eginetas en otra batalla naval junto a Egina, donde
se hallaron los aliados y confederados de ambas partes, ganaron
la victoria, echaron a fondo setenta barcos de los enemigos, y
prosiguiendo su triunfo, hicieron escala, saltaron en tierra y sitiaron
la ciudad de Egina, llevando por su capitán a Leócrates, hijo de
Estrebo.
Viendo esto los peloponesios, quisieron tomar la demanda por los
eginetas como sus aliados, y enviáronles de socorro al principio
trescientos soldados corintios y epidaurios, los cuales entraron por
los promontorios y cabo de mar de Gerania[21]. De la otra parte los
corintios con sus aliados entraron armados por tierra de Mégara,
sabiendo que los atenienses porque tenían armada en Egipto y en Egina
no podrían socorrer a todas partes, y a lo menos para defender a Mégara
tendrían que levantar el cerco de Egina. Mas como los atenienses no
moviesen su ejército de Egina, salieron de la ciudad todos aquellos
que podían tomar armas, viejos y mozos hacia Mégara, llevando por su
capitán a Mirónides, y encontráronse allí con los corintios, fue la
batalla tan reñida y tan igual, que cada cual de las partes pretendía
haber logrado la victoria. Al fin los atenienses levantaron su trofeo
en señal de vencedores por haber quedado por ellos el campo. Los
corintios que se habían retirado a su ciudad, viendo que los ancianos
los motejaban porque se habían vuelto doce días después de la batalla,
acudieron también a levantar su trofeo frente al de los enemigos; pero
los atenienses que estaban en Mégara salieron con tan grande ímpetu,
que mataron a todos los que levantaron el trofeo y ahuyentaron a los
que con ellos venían, algunos de los cuales por no saber el camino se
metieron en un campo sin salida, cercado de fosos, acorralándolos los
atenienses y matando a todos a pedradas, lo que fue gran pesar para los
corintios, aunque los demás de su gente se salvaron dentro de la villa.
Por entonces los atenienses emprendieron la obra de hacer dos grandes
murallas que comenzasen desde la ciudad, y la una llegase hasta el
puerto del Pireo, y la otra hasta el de Falero. Los focenses guerreaban
contra los dorios, que descendían de los lacedemonios, y les tenían
cercadas tres villas, Beo, Citinio y Eríneo. Cuando tomaron una de
ellas, los lacedemonios enviaron en socorro de los dorios a Nicomedes,
hijo de Cleómbroto, que a la sazón gobernaba la ciudad de Lacedemonia
en lugar de Pausanias, rey de Lacedemonia, con mil y quinientos hombres
de la tierra y cerca de diez mil de los aliados: los cuales antes de
llegar, sabiendo que los dorios habían capitulado con los corintios,
volvieron a sus casas, no sin gran temor de que los atenienses les
estorbasen el paso, porque si tomaban el camino por mar, por la parte
del golfo de Crisa, los atenienses tenían gran número de navíos, y de
la otra parte de Gerania también corrían peligro a causa de tener los
atenienses a Mégara y a las fuentes de Pegas, con hombres de guerra
y barcos, además de ser el paso difícil y estrecho, y saber que los
atenienses los estaban esperando. Parecioles, pues, buen consejo
quedarse en tierra de Beocia hasta que recibiesen noticias de cómo
podrían pasar y también por persuasión de algunos atenienses, que
procuraban mudar el gobierno popular de la ciudad de Atenas y estorbar
que se acabasen las murallas comenzadas. Pero los atenienses que
supieron la cosa, salieron al encuentro a los lacedemonios viejos y
mozos hasta número de mil, y juntaron de sus aliados y confederados
hasta catorce mil, así porque pensaban que los enemigos no sabían donde
ir, como también porque recelaban que hubiesen venido por turbarles su
estado y gobierno popular. Además acudieron en ayuda de los atenienses
fuerzas de a caballo de tesalios por la alianza que tenían con ellos;
aunque estos se pasaron a la otra parte en la batalla que se dio junto
a la villa de Tanagra en tierra de Beocia, en la cual los lacedemonios
ganaron la victoria, habiendo gran matanza de ambas partes.
Después de estas victorias, los lacedemonios entraron en tierra de
Mégara y talaron todos los árboles, encaminándose después a Gerania,
y por el istmo del Peloponeso volvieron a sus casas. Setenta y
dos días después de la batalla perdida volvieron los atenienses con
gran poder a tierra de Beocia, llevando por su capitán a Mirónides y
vencieron a los beocios junto a Enófita, apoderándose de toda la tierra
de Beocia y de Fócide, derribando los muros de Tanagra, y tomando
rehenes de los locros opuntios más ricos.
Acabaron de hacer en este tiempo las dos murallas que habían comenzado
en Atenas, que llegaban hasta los dos puertos, según dejo dicho.
Pasado esto los eginetas, no pudiendo sufrir más el cerco de tantos
días, capitularon con los atenienses a condición de derrocar todos los
muros de su ciudad, dar todos sus navíos y pagar ciertos tributos todos
los años.
De allí se fueron los atenienses navegando en torno del Peloponeso,
al mando de Tólmides, hijo de Tolmeo, quemaron las atarazanas de los
lacedemonios, y tomaron la villa de Calcis, que era de los corintios.
Hecho esto saltaron en tierra, pelearon con los sicionios, que habían
acudido contra ellos, y los vencieron.
Todas estas cosas las hicieron en Grecia los atenienses mientras tenían
su armada en Egipto, donde tuvieron muchas y diversas aventuras de
guerra. Primeramente el rey de Persia, cuando supo su llegada a Egipto,
envió un capitán de nación persa, llamado Megabazo, a Lacedemonia con
gran suma de dinero para persuadir a los lacedemonios a que entrasen
con armas en tierra de Atenas a fin de apartar de Egipto a los
atenienses. Megabazo gastó inútilmente parte del dinero, y viendo que
no hacía nada, se fue con el resto a Egipto. El rey envió otro capitán
nombrado Megabizo, hijo del persa Zópiro, a Egipto con numerosa armada,
que al llegar libró gran batalla contra los egipcios rebelados y contra
sus aliados, en la cual fueron vencidos los griegos que estaban dentro
de la ciudad de Menfis, lanzados de ella y encerrados en la isla de
Prosopitis, que está en la ribera del Nilo. Allí los tuvo cercados
año y medio, y entretanto atajó y tomó el agua por una parte de la
isla, de manera que las naves de los atenienses quedaron en seco, y la
isla se juntó con tierra firme. Hecho esto Megabizo, a pie seco entró
con su gente, y rompió y desbarató a los atenienses. De esta suerte,
cuanto los atenienses habían hecho en tierra de Egipto por espacio
de seis años lo perdieron de una vez y juntamente la mayor parte de
su gente. El resto, que fueron bien pocos, se salvó por tierra de
Libia, y vinieron a embarcarse a Cirene. La tierra de Egipto volvió a
la obediencia del rey de Media, excepto aquella parte donde reinaba
Amirteo, por ser toda lagunas y florestas, y también porque las gentes
de esta región son muy belicosas. Inaro, rey de los libios, causante
de esta rebelión, fue preso a traición y después ahorcado. Cincuenta
galeras que los atenienses enviaban con socorro a los suyos a Egipto,
arribaron a una boca del río Nilo llamada Mendes, y allí desembarcaron
los hombres de guerra no sabiendo la derrota de su gente. Acometidos
por la parte de tierra por la infantería de los fenicios que allí
estaba, y de la del mar por los trirremes de los mismos, la mayor parte
de los suyos fueron echados a fondo, y los otros se escaparon huyendo a
fuerza de remos. Este fin tuvo aquella grande empresa y numerosa armada
de los atenienses y de sus aliados y confederados en Egipto.
Después de estos sucesos, Orestes, hijo de Equecrátidas, lanzado de
tierra de Tesalia por el rey de aquella provincia Fársalo, se acogió
a los atenienses; y tanto les persuadió, que decidieron restituirle
sus tierras. Con ayuda de los beocios y focenses, fueron a Tesalia, y
tomaron lo que era tierra firme junto la mar, y lo tenían y poseían por
fuerza de armas, sin poder pasar más adelante, porque se lo estorbaba
la gente de a caballo del rey. Viendo que no podían ganar ninguna
villa, ni plaza fuerte, ni llevar adelante su empresa, se volvieron
sin otro resultado que el de traer al mismo Orestes consigo. Después
mil atenienses, que estaban en el lugar nombrado las Fuentes de
Pegas, entraron en las naves que allí tenían, y fueron a desembarcar
en Sición, llevando por su capitán a Pericles, hijo de Jantipo; al
saltar en tierra, desbarataron una banda de soldados sicionios que
venía contra ellos. Y hecho esto, tomaron los aqueos en su compañía,
y pasaron por Acarnania para atacar a la ciudad de Eníadas, la cual
sitiaron; pero viendo que no la podían tomar se volvieron.
Tres años después atenienses y peloponesios ajustaron treguas por
otros cinco años, durante cuyo tiempo, aunque no tuviesen guerra en
Grecia, los atenienses reunieron una armada de doscientos navíos suyos,
y de los compañeros y confederados, de la cual fue caudillo Cimón, y
saltaron a tierra en la isla de Chipre. Estando allí, fueron llamados
por Amirteo, rey de las florestas de Egipto, y le enviaron a Egipto
setenta naves suyas; las demás quedaron en el cerco de la ciudad de
Citio. Estando allí, murió Cimón, su caudillo, y viéndose en gran
necesidad de vituallas, levantaron el cerco, y navegando hacia la
ciudad de Salamina, que es de Chipre, combatieron por mar y tierra
contra los fenicios y los de Chipre y Cilicia, y en ambas batallas
alcanzaron la victoria. Volvieron después a su tierra, y lo mismo
hicieron los otros navíos de su compañía, que habían ido a Egipto.
Pasado esto, los lacedemonios comenzaron la guerra llamada Sagrada, y
habiendo tomado el templo que está en Delfos, lo dejaron a los de la
villa. Mas al poco tiempo los atenienses fueron con numerosa armada, y
lo tomaron de nuevo, dándolo en guarda a los focenses.
Poco después los desterrados por los atenienses ocuparon Orcómeno y
Queronea y algunas otras villas de la Beocia; y sabiéndolo aquellos,
enviaron contra ellos mil hombres de guerra de los suyos y algunos
otros de los aliados que pudieron reunir de pronto, y por capitán a
Tólmides, hijo de Tolmeo, recobrando Queronea, y poniendo en ella
guarnición de sus soldados.
A la vuelta de allí se encontraron con los desterrados de Beocia, que
se habían juntado con los otros desterrados de Eubea, con los locros y
con algunos otros que seguían su partido: estos derrotaron y mataron a
la mayor parte de los atenienses, cogiendo a los demás prisioneros. Por
medio de estos prisioneros hicieron los atenienses sus conciertos con
los beocios, y les restituyeron su libertad. Todos los desterrados y
otros que se habían expatriado, volvieron, sabiendo que ya podían gozar
de su primera libertad.
No tardó mucho en rebelarse la isla de Eubea contra los atenienses,
y como Pericles, a quien estos enviaban con muchas fuerzas para
restituirla a su obediencia, estando ya en el camino, tuviese nuevas
de que los de Mégara se habían también rebelado y muerto la gente de
la guarnición que allí tenían los atenienses, excepto algunos que se
habían salvado en Nisea, y que además habían traído a su parcialidad
a los corintios, a los sicionios y a los epidaurios; como también
supiese que los peloponesios estaban preparándose para entrar con
grandes fuerzas en tierra de Atenas, dejó el camino que llevaba para
Eubea y volvió a Atenas. Antes de llegar, los peloponesios habían ya
entrado en territorio de Atenas, y robado y talado todos los términos
de la ciudad de Eleusis hasta el campo llamado Tría, llevando por su
capitán a Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia. Hecho
esto, y sin pasar más adelante, regresaron a sus casas.
Los atenienses volvieron a enviar a Pericles con su armada a Eubea, y
sometió toda la isla por convenios, excepto la ciudad de Hestiea, que
tomó por fuerza, expulsando a todos los moradores, y poblándola su
gente. De regreso Pericles de esta conquista, o poco tiempo después,
se ajustaron treguas y tratos por treinta años, entre los atenienses
de una parte, y de la otra los lacedemonios y sus aliados, por medio
de los cuales los atenienses devolvieron a los peloponesios el lugar
de las Fuentes, Trecén y Acaya, que era lo que tenían ocupado del
Peloponeso. Seis años después de estos conciertos, estalló cruel guerra
entre los samios y los milesios por la ciudad de Priene; y viendo los
milesios que ellos no eran poderosos contra sus enemigos, rogaron a
los atenienses que les diesen ayuda, con consentimiento y consejo de
algunos ciudadanos de Samos, que procuraban novedades en su ciudad.
Los atenienses fueron con cuarenta barcos contra la ciudad de Samos,
la vencieron, restableciendo en ella el gobierno popular: tomaron
cincuenta mancebos y cincuenta hombres en rehenes, que depositaron en
la isla de Lemnos, pusieron su gobierno en Samos, y regresaron.
Después de su partida, algunos de los ciudadanos que no se habían
hallado en la ciudad al tiempo que los atenienses la ocuparon, porque
al saber que iban se retiraron a diversos lugares en tierra firme, por
consejo de los principales de la ciudad, hicieron alianza con Pisutnes,
hijo de Histaspes, que gobernaba a la sazón la ciudad de Sardes,
quien les envió setecientos soldados, y con ellos entraron de noche
en Samos, combatieron con los del pueblo que tenían la gobernación,
los vencieron e inmediatamente se fueron a la isla de Lemnos, sacaron
de allí sus rehenes, se rebelaron contra los atenienses, y prendieron
los gobernadores y la guarnición que estos habían dejado en Samos, los
cuales entregaron a Pisutnes. Hecho esto, prepararon su armada para ir
a Mileto, teniendo inteligencias con los bizantinos, que también se
habían rebelado contra los atenienses.
Al saber estos la rebelión de los samios, reunieron una armada de
setenta barcos para ir contra ellos, aunque de estos barcos no llegaron
más de cuarenta y cuatro a Samos, porque enviaron los demás, parte a
Caria para estorbar que los fenicios pasasen a socorrer a los de Samos,
y parte a Quíos para traer gente de guerra. Cuando estas cuarenta y
cuatro naves, que acaudillaba Pericles con otros nueve capitanes,
arribaron a la isla de Tragia y encontraron setenta navíos de los
samios, que venían de Mileto, de los cuales veinte venían cargados de
gente de guerra, los combatieron y desbarataron; y después de esta
victoria, llegándoles de refresco cuarenta navíos de socorro de Atenas
y de Lesbos, y veinticinco de Quíos, descendieron a la isla de Samos
y pusieron cerco a la ciudad, habiendo primero desbaratado una banda
de gente que había salido de la ciudad contra ellos. La cercaron por
tres partes, una por mar y dos por tierra. Ocupado en el sitio de la
plaza Pericles, le avisaron que los fenicios venían con gran número
de navíos a socorrer a los samios, y tomando sesenta de sus barcos,
que acababan de llegar, fue con toda diligencia a tierra de Cauno y de
Caria. Entretanto, de la otra parte había salido del puerto de Samos
Esteságoras con cincuenta navíos para ir a recibir a los fenicios; y
como los de Samos fueron avisados de la partida de Pericles, vinieron
por mar, con todos los navíos que pudieron juntar, a acometer el campo
de los atenienses, que no estaba muy fortificado, embistieron contra
los barcos ligeros de los atenienses que hallaron en el puerto, los
echaron a pique y vencieron en batalla naval todos los barcos que les
salieron al encuentro. De esta manera fueron señores de la mar, y por
espacio de catorce días metieron y sacaron fuera de la ciudad todo lo
que quisieron. Mas al fin de estos días volvió Pericles con los otros
navíos, y los encerró de nuevo en la villa.
Poco después recibieron gran socorro de Atenas, que fue cuarenta
barcos, capitaneados por Tucídides, Hagnón y Formión, y veinte navíos
de los confederados, cuyos capitanes eran Tlepólemo y Anticles; y de
Quíos y Lesbos llegaron treinta naves. Aunque los samios hacían algunas
escaramuzas y salidas por mar durante el cerco de la ciudad, que fue
de nueve meses, como vieran que no eran poderosos para resistir largo
tiempo, se rindieron con estas condiciones: que los muros de la ciudad
fuesen derribados, que diesen rehenes y entregasen todos sus navíos a
los atenienses, y para los gastos de la guerra pagasen una gran suma
de dinero en determinados plazos. También los bizantinos concertaron
obedecer a los atenienses, como lo solían hacer antes.
Pasado algún tiempo comenzaron las diferencias entre los de Corcira y
de Potidea, de que antes hicimos mención, y entre todos los otros que
ya dijimos, las cuales fueron ocasión de la guerra de que hablamos al
presente.
Estas son, en efecto, las guerras que los griegos tuvieron, así contra
los bárbaros como entre sí, desde que el rey Jerjes partió de Grecia
hasta el comienzo de la que ahora escribimos, por espacio de cincuenta
años, durante los cuales los atenienses aumentaron en gran manera su
imperio y poder, cosa que los lacedemonios sentían y comprendían muy
bien, pero no lo impedían, sino que vivieron lo más de este tiempo en
paz y reposo, porque no eran muy ligeros para emprender guerras, ni las
declaraban sino por necesidad, y también porque estuvieron ocupados con
guerras civiles, hasta que vieron que crecía el poder de los atenienses
más y más cada día y que maltrataban y ultrajaban a sus amigos y
aliados. Entonces determinaron no sufrirlo más y acudir a la guerra
con todas sus fuerzas para abatirles si pudiesen.
Cuando declararon por decreto que los atenienses eran quebrantadores
de la fe y alianza, y habían injuriado a sus aliados y confederados,
enviaron a Delfos para saber del oráculo de Apolo qué fin tendría
aquella guerra, y el oráculo respondió:
_Que de cierto vencerá_
_Quien fuere más esforzado,_
_Y llamado y no llamado_
_Su socorro les dará._
Habiendo acordado y determinado la guerra por consejo, llamaron de
nuevo a sus aliados y confederados a la ciudad de Lacedemonia para
consultar el negocio y determinar todos juntamente si convendría
comenzarla. Cuando llegaron los procuradores y embajadores de las
ciudades, celebraron el consejo para que habían sido llamados; y como
los otros hablasen primero culpando a los atenienses, y concluyendo que
se les debía hacer la guerra, al final hablaron los corintios, que al
principio habían hablado y rogado y persuadido a los otros confederados
que comenzasen la guerra inmediatamente contra los atenienses, temiendo
que, mientras consultaban, les tomasen estos la ciudad de Potidea.
Y saliendo en medio los últimos de todos, hicieron el razonamiento
siguiente: