De cómo los atenienses, después de la guerra con los medos,
reedificaron su ciudad y principió su dominación en Grecia.
Después que los medos partieron de Europa, vencidos por mar y tierra
por los griegos, y después que aquellos que se escaparon por mar
fueron muertos y destrozados junto a Mícala, Leotíquidas, rey de los
lacedemonios, que era caudillo de los griegos en aquella jornada de
Mícala, volvió a su casa con los griegos del Peloponeso que iban a sus
órdenes. Mas los atenienses, con los de Jonia y los del Helesponto, que
ya se habían rebelado y apartado del rey, se quedaron atrás y cercaron
la ciudad de Sesto, que tenían en su poder los medos, quienes la
abandonaron, tomándola los atenienses e invernando en ella.
Pasado el invierno, los atenienses partieron, navegando desde el
estrecho mar del Helesponto, ya que los bárbaros medos habían salido
de aquella tierra, y vinieron derechamente a las ciudades, donde
habían dejado sus hijos y mujeres, y bienes muebles en guarda al
comienzo de la guerra, y con ellos regresaron a la ciudad de Atenas,
la reedificaron y repararon los muros que estaban casi todos derribados
y arruinados, y lo mismo las casas que también estaban caídas las más,
excepto algunas pocas que los principales de los bárbaros persas habían
dejado enteras para alojarse en ellas.
Sabido esto por los lacedemonios, determinaron enviarles sus
embajadores para impedírselo, así porque sufrían mal que ellos ni otros
ningunos griegos tuviesen sus villas y ciudades cercadas de muros, como
a instancia y por instigación de los aliados y compañeros, que también
les pesaba esto, porque temían el poder de los atenienses, viendo que
tenían más número de barcos que al comienzo de la guerra de los medos,
y también porque después de esta guerra habían cobrado más ánimo y
osadía que antes.
Los embajadores de los lacedemonios les exigieron que no reparasen
sus muros, sino que mandasen derribar todos los de las otras villas,
que estaban fuera de tierra del Peloponeso, y habían quedado sanos y
enteros. Mas no les declararon la causa que les movía a esta exigencia,
antes les dijeron que lo hacían por temor de que si reparaban sus muros
y los bárbaros volvían, tendrían estos grandes fuerzas y guardas,
desde donde seguros pudiesen hacerles guerra, como les hacían al
presente desde la ciudad de Tebas, que ellos tenían fortalecida.
Porque el Peloponeso era una guarida y defensa bastante para todos
los griegos para que desde allí pudiesen salir sin peligro contra los
enemigos. Cuando los atenienses oyeron la embajada de los lacedemonios,
respondiéronles que ellos enviarían en breve sus embajadores a
Lacedemonia para darles satisfacción; y con esto los despidieron por
consejo de Temístocles, el cual les dijo que enviasen a él delante
a Lacedemonia, y tras él enviasen otros embajadores sus compañeros,
los cuales se detuviesen en la ciudad hasta tanto que levantasen sus
murallas tan altas que fuesen bastantes para que desde ellas pudiesen
pelear y defenderse de sus enemigos caso necesario; y para esta obra
hicieron trabajar a todos los del pueblo, así hombres como mujeres,
grandes y pequeños, tomando la piedra, y los otros materiales de los
edificios, donde la hallaban más a mano, ora fuesen públicos, ora de
particulares. Y cuando les hubo enseñado esto, y aconsejado otras
cosas que tenían intención de hacer allí, partió para Lacedemonia, y
al llegar a la ciudad, estuvo muchos días sin presentarse al Senado,
alegando excusas y achaques. Si alguno de los que tenían cargos le
encontraba por la calle y le preguntaba por qué no entraba en el
Senado, decíale que esperaba a los otros embajadores sus compañeros,
que pensaba que debían estar ocupados en alguna cosa, y creía que
vendrían pronto, maravillándose mucho de que no hubiesen llegado ya;
cuantos le oían hablar así, daban crédito a Temístocles por la amistad
que con él tenían. Llegaban entretanto diariamente a la ciudad de
Lacedemonia algunas gentes que venían de Atenas, y decían cómo se
labraban los muros de la ciudad, y que ya estaban muy altos, siendo
preciso creerles. Temístocles vio que ya no podría disimularlo más,
y rogoles que no creyeran las palabras que oían, sino que enviasen
algunos de los suyos, hombres de fe y crédito, que lo viesen por sí
mismos e hiciesen verdadera relación de lo que pasaba. Así lo hicieron.
Por otra parte, Temístocles envió secretamente aviso a los atenienses
que detuviesen a los que enviaban los lacedemonios y no los dejasen
partir hasta que él volviera. Entretanto llegaron a Lacedemonia los
otros embajadores sus compañeros, que eran Abrónico, hijo de Lisicles,
y Arístides, hijo de Lisímaco, los cuales le dijeron que ya las
murallas de Atenas estaban bien altas, y en términos que se podían
defender. Temían que cuando los lacedemonios supiesen la verdad de
lo ocurrido, no les dejasen partir. Y como los atenienses detuviesen
a los mensajeros enviados por los lacedemonios, según les aconsejó
Temístocles, este fue derecho al Senado de los lacedemonios, y les dijo
claramente que ya su ciudad estaba tan bien fortalecida de muros, que
era bastante para guardar a los moradores; y que si los lacedemonios
o sus aliados querían en adelante enviar embajadores a Atenas, verían
a gentes que sabían y entendían lo que cumplía así a ellos como a
su república; que cuando les pareciese ser mejor dejar la ciudad y
entrar en las naves, mostrarían tener corazón y osadía para ello sin
tomar consejo de otro. Y, por tanto, en todos los otros negocios que
requiriesen consejo, no tenían necesidad de parecer ajeno. Que por
ahora les convenía que su ciudad estuviese bien cercada de murallas,
así por el bien de todos los ciudadanos, como por el provecho de todos
los compañeros y aliados, porque era imposible que aquellos, cuya
ciudad no estaba tan abastecida de fuerzas como las otras para hacer
resistencia al enemigo, pudiesen igualmente consultar y determinar en
las cosas del bien público. Por tanto, que era necesario, o que todas
las ciudades de los compañeros y confederados estuviesen sin muros, o
que los lacedemonios confesasen que las murallas de Atenas habían sido
bien hechas y conforme a razón.
Cuando los lacedemonios oyeron estas razones no mostraron señal
manifiesta de ira contra los atenienses, cuanto más que ellos no
habían enviado sus embajadores a Atenas para estorbarles claramente
que alzasen sus muros, sino para que consultasen primero sobre ello, y
se adoptase el común parecer, porque los tenían por amigos, sobre todo
después de la ayuda que les dieron contra los medos. Pero al fin les
pesaba en secreto haber sido engañados.
Volvieron, pues, a sus casas los embajadores de ambas ciudades, sin
echarse culpa alguna. Y de esta manera circundaron los atenienses su
ciudad de muros en breve tiempo, los cuales bien parece haber sido
hechos con gran prisa, pues los cimientos y fundamentos son de diversa
clase de piedras; en algunos lugares no están sentadas igualmente,
sino como acaso las hallaban, y muchas de ellas parecen traídas de
sepulturas y monumentos. El circuito de la muralla es mucho mayor
que la proporción de la ciudad, por lo cual tomaban materiales de
todas partes. Persuadió Temístocles además a los atenienses de que
acabasen la cerca del Pireo que tenían comenzada desde el año que él
fuera gobernador[18] de la ciudad, diciendo que aquel lugar era muy
a propósito por tener en sí tres puertos naturales; y que juntamente
con esto, aprendiendo los ciudadanos la práctica de la navegación,
se hacían más poderosos por mar y por tierra. Por esta causa fue el
primero que osó decir que podían apoderarse de la mar, y que la debían
dominar. Así lo comenzó a mandar, y por su consejo se hizo el lienzo
de la muralla que cerca al Pireo, tal cual le vemos, tan fuerte y tan
ancho, que pueden pasar dos carros cargados de piedra por dentro; y ni
tiene cal ni arena, sino muy grandes piedras trabadas por de fuera con
hierro plomado. No llegó a levantarse más que la mitad de la altura
que él había ordenado, la cual era tal que, acabada, corto número de
hombres, sin ser experimentados en guerras, la pudieran defender de
numerosa armada; y los otros servir para entrar en las naves y combatir
por mar. Sus proyectos referíanse principalmente a las cosas de mar,
porque entendía a mi parecer que si los medos volvían a hacer la guerra
a Grecia, vendrían más pronto y tendrían más fácil la entrada por
mar que por tierra. Por tanto pensaba que era más conveniente tener
fortificado el puerto del Pireo, que la ciudad alta[19] y muchas veces
aconsejaba a los atenienses que si fuesen apremiados por tierra, se
metiesen en este puerto, y por mar resistiesen a todos.
De esta manera los atenienses fortificaron su ciudad y su puerto con
nuevos muros después de la partida de los medos.
Poco tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, y
capitán de los griegos, partió del Peloponeso con grandes barcos,
y con él fueron otras treinta naves de los atenienses, sin contar
otras muchas de los compañeros y aliados, y todos juntos entraron
por tierra de Chipre, donde tomaron muchas villas y ciudades. Desde
allí se dirigieron a Bizancio, ciudad que poseían aún los medos, y la
cercaron y tomaron por fuerza, llevando por capitán al mismo Pausanias.
Mas porque este se mostraba altivo y áspero para con los compañeros
y aliados, todos los otros griegos, y principalmente los jonios y
aquellos que nuevamente habían sido libertados del poder de los medos,
les pesaba en gran manera ir con él, y no le podían sufrir. Rogaron a
los atenienses que fuesen sus caudillos, pues eran sus deudos, y no
permitiesen que Pausanias les maltratase. Los atenienses escucharon
estas razones de buen grado, y aguardaban ocasión y oportunidad para
poderlo hacer más a salvo.
En esto los lacedemonios mandaron llamar a Pausanias para que diese
razón de lo que le acusaban: porque todos los griegos que venían se
quejaban de su injusticia, diciendo que se mostraba más bien tirano
que caudillo. Llamado Pausanias, los otros griegos, confederados, por
el odio que le tenían, se sometieron a los atenienses, para que los
dirigiesen, excepto los del Peloponeso. Llegó Pausanias a Lacedemonia,
fue corregido y convencido de algunos delitos contra particulares; pero
al fin le absolvieron de los públicos y más grandes crímenes, porque le
acusaban de haber tenido tratos con los medos, y esto se lo probaron
manifiestamente, por lo cual no le devolvieron el mando, sino que en su
lugar enviaron a Dorcis y algunos otros capitanes con pequeño ejército,
que al llegar al campamento y ver la gente de guerra que Dorcis no
les mandaba a su gusto, se fueron y le dejaron. Los lacedemonios no
quisieron enviarles más capitanes, temiendo que fuesen peores que los
primeros, según lo habían experimentado en Pausanias. Además deseaban
verse libres de aquella guerra contra los medos, y dejar el cargo a los
atenienses, que les parecían bastantes para ser sus caudillos y amigos
en aquel tiempo.
Al tomar los atenienses el mando de los griegos, con voluntad de los
compañeros y aliados, por el odio que tenían a Pausanias, impusieron
a cada una de las ciudades confederadas cierto tributo de barcos y
dinero para la guerra, so color de los gastos que habían hecho en ella.
Entonces crearon por vez primera tesoreros y receptores para cobrar y
recibir el dinero. Este fue el primer tributo pedido a Grecia que sumó
cuatrocientos sesenta talentos.[20]
La guarda del tesoro estaba en la isla de Delos, en el templo, donde
hacían sus sínodos y asambleas los confederados y aliados. Allí elegían
al principio sus caudillos y capitanes que obedecían sus leyes y eran
llamados y consultados en los negocios de guerra.