Discurso del éforo Estenelaidas por el cual se determinó la guerra
contra los atenienses.
Con esto acabó Arquidamo su razonamiento, y después de hablar otros
muchos se levantó el último de todos Estenelaidas, uno de los éforos, y
habló a los lacedemonios de esta manera:
«Verdaderamente, varones lacedemonios, yo no puedo entender lo que
quieren decir los atenienses en las muchas y largas razones que
aquí han expuesto, pues no han hecho otra cosa sino alabarse y
engrandecerse, y publicar sus hazañas, sin dar excusa alguna de las
injurias y ultrajes que han hecho a nuestros amigos y aliados, y a toda
la tierra del Peloponeso. Pues si ellos fueron algún tiempo buenos
contra los medos como dicen, y ahora son malos con nosotros, dignos son
de doblada pena, porque de buenos se han vuelto malos. Por lo que a
nosotros toca, y también a aquellos que son como nosotros, ciertamente
somos ahora como fuimos entonces, y por esto, si somos cuerdos, no
debemos permitir que nuestros amigos y aliados sean los injuriados
ni ultrajados, sino aumentar su número, ayudarles y socorrerles sin
dilación alguna, pues tampoco la tienen los otros en hacerles mal y
daño. Y si los otros tienen más dinero, más barcos, y más caballos que
nosotros, nosotros tenemos buenos y esforzados amigos y compañeros,
y tales que no merecen ser desamparados y dejados en manos y poder
de los atenienses: ni esperemos a determinar sus causas y querellas
por pleitos ni por palabras, pues han sido injuriados por obras,
debiéndoles vengar pronto y con todas nuestras fuerzas. No es menester
que ninguno nos enseñe lo que debemos consultar y determinar en este
caso, pues nosotros somos los injuriados. Los que deben gastar tiempo
en largas consultas son quienes quieren injuriar y ultrajar a los
otros. Por tanto, varones lacedemonios, determinad por vuestros votos
como acostumbráis, y declarad la guerra a los atenienses según conviene
a la dignidad y reputación de vuestra tierra de Esparta: no dejando que
los atenienses crezcan y se hagan mayores en fuerzas, ni desamparando a
vuestros amigos y aliados: antes con la ayuda de los dioses tomemos las
armas y vayamos contra aquellos que nos han injuriado.»
Cuando Estenelaidas acabó su discurso, propuso la votación por ser
éforo al consejo de los lacedemonios, donde se acercaban los más, y
había más voces, porque la costumbre de los lacedemonios es votar
en alta voz. Siendo grande el clamor y vocear entre ellos por la
diversidad de pareceres, dijo que no podía entender a cual parte
se inclinaban las más voces y el mayor clamor. Y queriendo que más
claramente mostrasen su parecer, por animarles más a la guerra, habló
así:
«Los que de vosotros, lacedemonios, fueren de opinión y declararen que
las confederaciones han sido rotas, y que los atenienses nos han hecho
injuria, levántense, y pasen a aquella parte (mostrándoles con el dedo
un lugar señalado en el Senado); y los que fueren de contraria opinión,
pasen a la otra.»
Todos se levantaron y se repartieron en los dos lugares: y fueron
hallados muchos más en número los que eran de parecer que las
confederaciones y alianzas habían sido rotas y que debían declarar
la guerra, que los otros. Esto así hecho, los lacedemonios mandaron
llamar a los amigos y aliados, y dijéronles que eran de parecer que
los atenienses habían hecho la injuria, pero que querían también tener
el voto de todos los compañeros y aliados, para que de común acuerdo
y parecer de todos se hiciese la guerra. Y acabado esto, los aliados
y compañeros volvieron a sus casas para consultarlo con sus ciudades;
y lo mismo hicieron los embajadores de los atenienses, después que
tuvieron respuesta del Senado de aquello para que fueron enviados.
Este decreto del consejo de los lacedemonios, en que se determinó que
las alianzas y confederaciones habían sido rotas, fue hecho y publicado
el año catorce después de las treguas que se hicieron por treinta años,
acabada la guerra de Eubea. Impulsó a los lacedemonios a hacer este
decreto, no tanto el influjo de los aliados y compañeros, cuanto el
temor de que los atenienses creciesen en fuerzas y poder, viendo que la
mayor parte de Grecia estaba ya sujeta a ellos. Porque los atenienses
acrecentaron su poder de la manera siguiente: