Discurso de Arquidamo rey de los lacedemonios disuadiendo a estos de
declarar guerra a los atenienses.
Cuando los lacedemonios oyeron las querellas de sus aliados los
corintios contra los atenienses, y las razones y disculpas de estos,
mandáronles salir fuera del Senado, y consultaron entre sí mismos lo
que deberían proveer al presente. Muchos fueron de parecer que los
atenienses habían sido los culpados, injuriando a la otra parte y que
por eso les debían declarar la guerra sin más tardanza. Entonces el rey
Arquidamo, reputado por hombre muy sabio y prudente: se levantó y habló
de esta manera:
«Tengo práctica y experiencia de muchas guerras, varones lacedemonios,
y veo que algunos de vosotros contáis tal edad que podéis haber estado
en ellas, de lo cual deduzco que ninguno por no ser práctico y por
poco saber codicie la guerra, como sucede a muchos por no haberla
experimentado, ni mucho menos la tenéis por buena ni por segura. Pero
si alguno quisiere pensar y considerar con razón y prudencia esta
guerra, sobre que vosotros consultáis al presente, hallara que no es
de pequeña importancia. Contra los peloponesios y contra las otras
gentes vecinas y comarcanas de nuestra ciudad, nuestras fuerzas serían
iguales a las suyas, y bastantes para que pronto pudiésemos salir a
hacerles guerra; pero contra hombres que habitan en tierras lejanas,
muy diestros y experimentados en la mar, y muy provistos y abastecidos
de todas las cosas necesarias, es decir, de bienes y riquezas en común
y en particular, barcos, caballos, armas y gente de guerra más que en
ningún otro lugar de toda Grecia, y además de muchos amigos y aliados
que tienen por súbditos y tributarios ¿cómo o por qué vía debemos tomar
la guerra contra ellos, o con qué confianza, viéndonos desprovistos
de todas las cosas necesarias para acometerles pronto? ¿Por ventura
les atacaremos por mar? Ellos tienen muchos más barcos que nosotros, y
para aprestar armada contra ellos, es menester tiempo. ¿Por ventura con
dinero? En esto su ventaja es mayor, porque ni lo tenemos en común, ni
medio para poderlo haber de los particulares.
»Si alguno dice que en armas y en multitud de gente les llevamos
ventaja, para que, entrando en su tierra, les podamos hacer mal, a esto
respondo que tienen otra mayor tierra que la suya, la cual dominan,
y que por mar podrán traer todas las cosas necesarias. Si intentamos
hacer que sus súbditos y aliados se les rebelen, será menester socorrer
a estos rebeldes con naves, porque la mayor parte habitan en islas.
Luego ¿qué guerra será la nuestra? Que si no les sobrepujamos en armada
o no les quitamos las rentas con que entretienen y mantienen la suya,
más daño haremos a nosotros que a ellos con la guerra. Cuanto más
que tampoco nos será honroso apartarnos de ella entonces, habiendo
sido los primeros en empezarla. Ni tengamos esperanzas que se acabará
pronto, habiéndoles destruido y talado sus tierras: porque por esto
mismo debemos temer, que la dejaremos mayor para adelante a nuestros
hijos y descendientes, que no es de creer que los atenienses son de tan
poco ánimo, que por ver su tierra destruida, se rindan a nosotros o se
espanten de la guerra como hombres poco experimentados.
»Ni tampoco soy tan simple que os mande y aconseje que dejéis maltratar
y ultrajar a vuestros amigos y aliados, y que no curéis de castigar
aquellos que os traman asechanzas y traiciones. Solamente digo que no
toméis en seguida las armas, y que enviéis primero a ellos vuestras
quejas y agravios para que os desagravien conforme a razón, no
declarándoles de pronto la guerra, sino mostrándoles que no sufriréis
injurias, y que antes acudiréis a la guerra que permitirlas. Y
entretanto, tendréis tiempo de preparar las cosas y de reunir nuestros
amigos y aliados, así griegos como bárbaros, los que pudieren ayudarnos
con barcos o con dinero; pues a la verdad es lícito a todos aquellos
que son ultrajados por asechanzas y traiciones, como lo somos nosotros
de los atenienses, tomar en su amistad y alianza, no solamente a los
griegos, sino también a los bárbaros, para que les ayuden a guardar y
conservar su estado; y por este medio podremos ejercitar nuestra gente
y proveernos de vituallas y otras cosas necesarias.
»Si quisieren oír nuestra demanda, harto bien será, y si no, habrán ya
pasado en estos negocios dos o tres años, y en este espacio de tiempo
estando nosotros más apercibidos les podremos hacer la guerra mucho
mejor y con menor peligro. Cuando vieren que nuestros aprestos de
guerra se acomodan a las razones que les damos y que son bastante para
poner en ejecución lo que de palabra les exponemos, se inclinarán más
a otorgar nuestra demanda, teniendo aún salva su tierra, y viendo que
las cosas que de presente poseen no están robadas ni destruidas por
sus enemigos. Ni debéis pensar que estando sus tierras salvas, bajo su
poder y entre sus manos, las tenéis tan ciertas como si las tuvieseis
en rehenes, y tanto más ciertas cuanto estuvieren mejor labradas, pues
por esta razón nos debemos guardar más de destruirlas, para que no
desesperen y acometan por donde nunca pueden ser vencidos. Si ahora
estando desapercibidos como estamos, queremos destruir sus tierras
solamente por inducirnos nuestros amigos y aliados los peloponesios
y por satisfacer su apetito y querellas, es de temer que antes les
hagamos más mal que bien a los mismos peloponesios, y que en adelante
redunde en su daño y deshonra; porque las diferencias y querellas,
ora sean públicas, ora particulares, se pueden componer y apaciguar,
mas la guerra que una vez comenzáramos todos en general por causa de
algunos particulares, no se sabe en qué ha de parar, ni si fácilmente
la podremos dejar con honra. Si le pareciere a alguno ser cobardía
que muchas ciudades juntas no osen acometer de pronto a una sola,
sepa que los atenienses también tienen sus amigos y aliados no menos
que nosotros, y aun tributarios, que les proveen de dinero, lo que no
hacen los nuestros. La guerra consiste no solamente en las armas, sino
también en el dinero, por medio del cual las armas pueden ser útiles
y muy provechosas: que si no hay dinero para los gastos por demás son
las gentes de guerra, y las armas, no habiendo con qué entretenerlas y
sustentarlas, mayormente hombres mediterráneos de tierra firme, como
somos nosotros, contra los de mar. Conviene, pues, ante todas cosas
que nos proveamos de lo necesario para los gastos, y no nos movamos de
ligero por las palabras de nuestros aliados y compañeros; pues, a la
verdad, así como el bien o mal que nos viniere en su mayor parte se nos
atribuirá antes que a ellos, así también debemos considerar despacio
el fin que podrán tener las cosas. Y no debéis tener vergüenza ninguna
por la tardanza y dilación de que nos acusan, porque si os apresuráis
a comenzar la guerra antes que estéis apercibidos para ella, tened
por cierto que la acabaréis más tarde. Nuestra ciudad ha sido siempre
tenida y estimada de todos por gloriosa, franca y muy libre, y esta
dilación y tardanza se nos atribuirá a prudencia y constancia, por las
cuales solo nosotros, entre todas las naciones, ni nos ensoberbecemos
con la prosperidad, ni con la adversidad desmayamos. Ni hinchados con
el deleite de vanagloria por las loas de otros nos movemos de ligero
a emprender cosas difíciles, ni tampoco porque alguno nos acuse con
saña seremos inducidos a pesar ni tristeza, sino que mediante nuestra
modestia y templanza somos belicosos, y cuerdos, y avisados. Belicosos,
porque de la modestia nace la vergüenza y el temor de la honra, y de
esta nace la magnanimidad; cuerdos y avisados, porque desde nuestra
niñez fuimos enseñados a serlo; que de necios es menospreciar las
leyes, y de cuerdos obedecerlas, aunque traigan dificultad y aspereza
consigo.
»Además, no nos desvelamos como otros por cosas de poco provecho, es
a saber, por grandes arengas y palabras atildadas para vituperar y
denostar las fuerzas y aparatos de guerra de los enemigos, y persuadir
que se comience la guerra pronto, como si no hubiese en esto más que
hacer; antes cuidamos de que los pensamientos de nuestros vecinos estén
muy cercanos de los nuestros; que los casos y fortunas de guerra no
dependen de lindas palabras. Por tanto, siempre nos aprestamos, con
obras más que con palabras contra nuestros adversarios, como contra
aquellos que están bien provistos de consejo; y no tengamos nuestra
esperanza en que por sus yerros han de valer nuestras cosas, antes
presumamos que ellos podrán también y tan seguramente proveer sus
negocios como nosotros los nuestros. Ni tampoco debemos pensar que hay
gran diferencia de un hombre a otro: sino que es más sabio y discreto
aquel que muestra su saber en tiempo de necesidad. Así, pues, varones
lacedemonios, guardad esta forma de vivir que os enseñaron vuestros
mayores y antepasados, pues siguiéndola siempre fuimos aprovechando
de bien en mejor. Y no os dejéis persuadir de que en un momento
debáis consultar y determinar de las vidas y haciendas de muchos, y
de la honra y gloria de muchas ciudades; antes al contrario, tratemos
despacio de aquello que no es lícito tratar más que a todos por
nuestras fuerzas y poder. Enviad vuestra embajada a los atenienses
sobre lo que demandan los potidenses, haciéndoles declarar estas
querellas e injurias que pretenden los otros aliados, tanto más que
ellos ofrecen acudir a juicio, y los que esto prometen están en su
derecho, no pudiendo ir contra ellos como contra culpados. Entretanto,
preparad lo necesario para la guerra. Haciéndolo así usaréis de buen
consejo, y a la vez pondréis temor y espanto a vuestros enemigos.»