V.

Los atenienses se alían a los corcirenses enviándoles socorro. Batalla

naval de dudoso éxito entre corintios y corcirenses.

Después que los atenienses oyeron a ambas partes, juntaron su consejo

por dos veces: en la primera aprobaron las razones de los corintios,

no menos que las de los otros; y en la segunda mudaron de opinión y

determinaron hacer alianza con los corcirenses, no de la manera que

ellos pensaban, es a saber, para ser amigos de amigos, y enemigos de

enemigos, porque haciendo esto y juntándose con los corcirenses para

ir contra los corintios, rompieran la confederación o alianza que

tenían con los peloponesios: sino solamente para ayudar a una parte y

a la otra, si alguno les quisiese hacer algún agravio a ellos o a sus

aliados. Porque no haciendo esto, les parecía que tendrían guerra con

los peloponesios: y tampoco querían dejar a Corcira en manos de los

corintios que tenían tan poderosa armada, sino que pelearan unos con

otros para que así se disminuyesen sus fuerzas, y fuesen más débiles:

y después si les pareciese tomarían partido en la guerra contra los

corintios, o contra los otros que tuviesen armada. También juzgaban

de gran importancia la situación de la isla de Corcira entre Italia

y Sicilia y por todo esto recibieron por compañeros y aliados a los

corcirenses.

Cuando partieron los embajadores corintios, les enviaron diez naves de

socorro y nombraron capitanes de ellas a Lacedemonio, hijo de Cimón, a

Diotimo, hijo de Estrómbico, y a Proteas, hijo de Epicles: mandándoles

que no trabasen batalla por mar con los corintios, si no los vieran

venir navegando derechamente contra Corcira, desembarcar, o tocar en

algún lugar de la isla: y que entonces lo defendiesen con todas sus

fuerzas, vedándoles en los demás casos romper la alianza que tenían con

los corintios.

Al llegar las naves de los atenienses a Corcira, los corintios

aparejaron su armada y navegaron derechamente para Corcira con ciento

y cincuenta barcos. De los cuales eran diez de los eleos, doce de los

megarenses, diez de los leucadios, veintisiete de los ambraciotes, uno

de los anactorios y noventa de los mismos corintios. Por capitanes de

ellos iban los caudillos de estas ciudades, y de los corintios era

capitán Jenóclides, hijo de Euticles, con otros cuatro compañeros.

Todos estos partieron con buen viento haciendo vela desde el puerto

de Léucade, y llegados a tierra firme de Corcira, desembarcaron en el

cabo Quimerio, a la boca del mar, en tierra de Tesprótide, donde está

un puerto y encima del puerto una ciudad apartada de la mar e inmediata

una laguna llamada Éfira, junto a la cual desemboca en la mar la laguna

Aquerusia, llamada así del río Aqueronte, el cual pasando por tierra

de Tesprótide entra en aquella laguna y viene a parar en ella; de otra

parte viene a entrar en la mar el río Tíamis, que divide la tierra

de Tesprótide de la tierra de Cestrina, dentro de las cuales está el

cabo Quimerio. En este lugar tomaron tierra los corintios y allí

asentaron su campamento. Al saberlo los corcirenses, navegaron hacia

aquella parte completando su armada hasta ciento diez naves, de las

cuales iban por capitanes Milcíades, Esímides y Euribato. Acamparon

en una de las islas llamada Síbota. Tenían en su ayuda diez barcos de

los atenienses, y en tierra de Leucimna gente de a pie y mil hombres

armados de los zacintios que les enviaron de socorro.

También los corintios tenían en su ayuda muchos de los bárbaros de la

tierra firme; porque los comarcanos de ella siempre les eran amigos.

Después que los corintios prepararon las cosas necesarias para la

guerra, y tomaron provisiones para tres días, partieron de noche del

cabo Quimerio para encontrar a los corcirenses, y navegando por la

mañana vieron en alta mar la armada de estos que les venía al encuentro

preparándose para la batalla de una y otra parte. En el ala derecha de

los corcirenses venían las naves de los atenienses, y en la siniestra

los mismos corcirenses, repartidos en tres órdenes o hileras de naves

con tres capitanes, en cada una el suyo.

De la parte de los corintios venían a la mano derecha las naves de

los ambraciotes, y de los megarenses; en medio los otros aliados como

se hallaron, y a la mano siniestra los mismos corintios. Después que

todos fueron juntos y alzaron señal de ambas partes para combatir,

trabaron pelea, en la cual tenían de ambas partes mucha gente que

peleaba desde los aparejos y desde encima de las cubiertas, y muchos

flecheros y ballesteros que tiraban, mala y rudamente aprestados a la

costumbre antigua. La batalla fue ruda, aunque sin arte ni industria

alguna de mar, y muy semejante a batalla de a pie por tierra. Porque

después que se mezclaron unos con otros, no se podían fácilmente

revolver ni embestir por la multitud de navíos. Cada cual confiaba para

la victoria, en la gente de guerra que estaba sobre las cubiertas,

porque combatían a pie quedo, sin moverse los barcos, ni poder salir, y

peleando más con fuerzas y corazón que con ciencia y maña, resultando

de todas partes gran alboroto y turbación. Las naves de Atenas

socorrían pronto a las corcirenses donde las veían en aprieto poniendo

temor a los contrarios, mas no porque ellas comenzasen a trabar pelea,

temiendo los capitanes traspasar lo mandado por los atenienses. El

ala o punta derecha de los corintios estaba muy trabajada, porque

los corcirenses con veinte naves les habían puesto en huida, y las

siguieron desbaratadas hasta la tierra firme, donde tenían su campo,

saltando en tierra, quemando las tiendas, y robando el campamento. De

aquella parte, pues, fueron vencidos los corintios y sus compañeros.

Mas los corintios que estaban en el ala o punta siniestra llevaban

de vencida a sus contrarios, por estar aquellas veinte naves de

los corcirenses ausentes, y ocupadas en perseguir a los otros como

antes dijimos. Cuando los atenienses vieron así apurados a los

corcirenses, abiertamente y sin más disimulo acudieron a socorrerles.

Primero vinieron despacio, deteniéndose porque no pareciese que iban

a acometer, mas como vieron a la clara huir a los corcirenses y que

los corintios los seguían, cada cual metió manos en la obra sin

diferenciarse, y así la necesidad compelió a quedar solos en el combate

los corintios y los atenienses.

Después que los corintios hicieron huir a sus contrarios, no curaron

de atar a sus navíos los marineros de las naves que habían echado a

fondo de los enemigos, ni de las que les habían tomado, para llevarlas

consigo a Ornio, sino que desviándolos, y alcazándolos, procuraban

matarlos antes que tomarlos por cautivos. Y haciendo esto, mataban

muchos de sus amigos que encontraban en el camino en naves suyas que

habían sido desbaratadas pensando que fuesen enemigos, y no sabiendo

que los suyos fuesen vencidos en el ala derecha. Porque como era grande

el número de navíos de una parte y de otra, todos griegos, y ocupaban

mucho trecho de mar, después de mezclados los unos con los otros, no se

podía fácilmente conocer quiénes eran los vencidos ni los vencedores.

En verdad, fue esta la mayor batalla de mar de griegos contra griegos

que hasta el día de hoy fue vista ni oída, y donde mayor número de

barcos se juntaron.

Después que los corintios hubieron seguido a los corcirenses hasta

la tierra, volvieron a recoger los despojos de sus naufragios, y

los navíos destrozados, y los muertos y heridos, que eran en gran

número: los que llevaron al puerto de Síbota, donde el ejército de los

bárbaros que estaba en tierra había venido en su ayuda. Es Síbota un

puerto desierto en la región de Tesprótide. Hecho esto los corintios

volvieron a juntarse e hicieron vela hacia Corcira: viendo lo cual los

corcirenses les siguieron con las naves que les habían quedado sanas

y estaban para poder navegar, y juntamente con ellos las de Atenas,

temiendo que los corintios desembarcaran en su tierra. Ya era avanzado

del día y comenzaban a cantar el peán, cántico acostumbrado en loor

de su dios Apolo[14], cuando los corintios de repente, viendo venir

de lejos veinte naves atenienses, volvieron las proas a las suyas.

Estas veinte naves enviaban los atenienses de refresco en ayuda de

los corcirenses, temiendo lo que ocurrió, que si los corcirenses eran

vencidos, las diez naves que primero habían enviado en su socorro,

fuesen pocas para defenderlos y socorrerlos. Al ver estas naves los

corintios, y sospechando que además llegasen otras muchas volvieron

las proas y comenzaron a retirarse; de lo cual los corcirenses, que

no habían visto el socorro que les venía, se maravillaron, hasta que

algunos, viéndolas, dijeron aquellas naves hacia nosotros vienen, y

entonces también ellos se ausentaron. Ya comenzaba a oscurecer cuando

los corintios se retiraron, apartándose así los unos de los otros en

aquella batalla que duró hasta la noche.

Los corcirenses tenían su campo en Leucimna cuando las veinte naves

de los atenienses fueron vistas, de las cuales venían por capitanes

Glaucón, hijo de Leagro, y Andócides, hijo de Leógoras, y poco después

llegaron a Leucimna, pasando por encima de los muertos y de los navíos

destrozados y hundidos. Los corcirenses, porque era de noche oscura y

no les conocían, recelábanse que fuesen de los enemigos; mas después

que los reconocieron, pusiéronse muy alegres. Al día siguiente las

treinta naves de los atenienses con las que habían quedado sanas de

los corcirenses y podían navegar, salieron de este puerto de Leucimna,

y vinieron a velas desplegadas al puerto de Síbota, donde estaban los

corintios para ver si querían volver a la batalla. Mas los corintios,

cuando los vieron venir, levantaron áncoras y alzaron velas, salieron

del puerto en orden, fueron a alta mar, y allí estuvieron quedos sin

querer trabar pelea, viendo las naves, que habían venido de refresco

de los atenienses, sanas y enteras; que las suyas estaban maltratadas

y empeoradas de la batalla del día anterior; que tenían bien en qué

entender, en guardar los prisioneros que llevaban cautivos en las

naves, y que no podían encontrar lo necesario para rehacer sus naves en

el puerto de Síbota, donde estaban, por ser lugar estéril y desierto.

Pensaban, pues, cómo podrían partir de allí y navegar en salvo para

volver a su tierra, temiéndose que los atenienses les habían de

estorbar la partida, so color de que habían roto la paz y alianza al

acometerles el día anterior. Parecioles buen consejo enviar algunos de

los suyos en un barco mercante sin faraute ni trompeta a los atenienses

para que espiasen y tentasen lo que determinaban hacer; los cuales en

nombre de los corintios les dijeron lo siguiente:

«Grande injuria y sin razón nos hacéis, varones atenienses, en comenzar

contra nosotros la guerra, rompiendo la paz y alianza que teníamos,

queriendo estorbar que castiguemos a los nuestros, y para ello tomando

las armas contra nosotros. Si os parece bien todavía impedirnos que

naveguemos hacia Corcira o hacia otra parte donde nos pluguiere, y

quebrantar la confederación y alianza declarándoos enemigos nuestros:

comenzad primero en nosotros, y prendednos, y usad de nosotros como

de enemigos.» Al acabar de decir esto los corintios, todos los del

ejército de los corcirenses, que lo oyeron, comenzaron a dar voces

diciendo que los prendiesen y matasen. Mas tomando la mano los

atenienses, les respondieron de esta manera: «Ni nosotros comenzamos

la guerra, varones corintios, ni menos rompimos la paz y alianza que

teníamos con vosotros, antes venimos aquí por ayudar y socorrer a

estos corcirenses, que son nuestros amigos y compañeros: por tanto, si

queréis navegar para otra cualquier parte, navegad mucho en buen hora;

mas si navegáis hacia Corcira, o hacia otro cualquier lugar de su

tierra para hacerles mal y daño, sabed que os lo hemos de estorbar con

todas nuestras fuerzas y poder.»

Oída esta respuesta por los corintios, se aprestaron para partir de

allí y navegar hacia su tierra. Empero, antes de su partida levantaron

trofeo en señal de victoria en tierra firme de Síbota. Y después

de partidos ellos, los corcirenses recogieron sus náufragos y los

muertos que el viento de la marea había la noche anterior lanzado a

orilla de la mar, y que abordaban a tierra de todas partes: y asimismo

levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla de Síbota,

frontero de aquel de los corintios, pareciéndoles a cada cual de las

partes pretender la victoria por esta vía: los corintios porque habían

sido dueños de la mar hasta la noche, porque habían recogido muchos

náufragos de los navíos hundidos y muchos muertos de los suyos[15], y

tenían muchos prisioneros y cautivos de los contrarios, que en número

pasaban de mil, y habían echado a fondo cerca de setenta naves de los

enemigos, levantaron trofeo. Los corcirenses porque habían destrozado

cerca de treinta naves de los enemigos; porque cuando los atenienses

venían ya ellos habían recogido sus náufragos y trozos de naves, y

los muertos como los contrarios, y también porque el día anterior los

corintios volvieron las proas y se retiraron cuando vieron venir de

refresco las naves atenienses, y no osaron acometerlas a la salida de

Síbota, levantaron igualmente trofeo.

De esta manera ambas partes se atribuían la victoria. Los corintios,

a la vuelta, tomaron por engaño la villa y el puerto de Anactorio, que

está a la boca del golfo de Ambracia, el cual era común de ellos y de

los corcirenses: y puesta en él gente de guarnición de los corintios,

volvieron a su tierra, donde, al llegar, vendieron por esclavos

cerca de ochocientos prisioneros de los corcirenses, y detuvieron en

prisiones con mucha guarda cerca de doscientos cincuenta, con esperanza

de que por medio de estos recobrarían la ciudad de Corcira, porque la

mayor parte de los prisioneros eran de los principales de la ciudad.

Este fue el fin de la primera guerra entre los corintios y los

corcirenses, después de la cual los corintios volvieron a sus casas

como queda dicho.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 10 / 90 题