Causas y origen de la guerra entre corintios y corcirenses. Vencidos
los primeros por mar, rehácense para continuar la guerra y ambos
beligerantes envían embajadores a los atenienses, solicitando su
alianza.
Epidamno es una ciudad que está asentada a la mano derecha de los
que navegan hacia el seno del mar jonio, y junto a ella habitan los
taulantios, bárbaros de Iliria. A la cual se pasaron a vivir los
corcirenses pobladores llevados por Falio, hijo de Eratóclides, natural
de Corinto, y descendiente de Hércules, el cual, según ley antigua,
había sido enviado de la ciudad metrópoli y principal para caudillo
de los nuevos pobladores corcirenses, a quienes no era lícito salir a
poblar otra región sin licencia de los corintios, sus principales y
metropolitanos[11]. Vinieron también a poblar esta ciudad juntamente
con los corcirenses, algunos de los mismos corintios, y otros de la
nación de los dorios. Andando el tiempo llegó a ser muy grande la
ciudad de los epidamnios y muy poblada; pero como hubiese entre ellos
muchas disensiones y discordias, según cuentan, por cierta guerra que
tuvieron con los bárbaros comarcanos, cayeron del estado y poder que
gozaban. Finalmente, en la postrera discordia el pueblo expulsó de la
ciudad a los más principales, que huyeron y se acogieron a los bárbaros
comarcanos, de donde venían a robar y hacer mal a la ciudad por mar
y por tierra. Los epidamnios, viéndose tan apretados por aquellos,
enviaron sus mensajeros y embajadores a los de Corcira como a su
ciudad metrópoli, rogándoles que no los dejasen perecer, sino que los
reconciliasen con los que habían huido, y apaciguasen aquella guerra
de los bárbaros. Y los embajadores, sentados en el templo de la diosa
Juno, les suplicaron esto[12]. Mas los de Corcira no quisieron admitir
sus ruegos, y les despidieron sin concederles nada.
Los epidamnios al saber que los de Corcira no les querían hacer
ningún favor, dudando qué harían por entonces, enviaron a Delfos
para consultar al oráculo si sería bien que diesen su ciudad a los
corintios, como a sus principales pobladores, y pedirles algún
socorro. El oráculo les respondió que se la entregasen y los hiciesen
sus caudillos para la guerra. Fueron los epidamnios a Corinto por
el consejo del oráculo, les dieron su ciudad, contándoles, entre
otras cosas, cómo el poblador de ella había sido natural de Corinto;
declarándoles lo que el oráculo había respondido, y rogándoles que no
los dejasen ser destruidos, sino que los amparasen y vengasen. Los
corintios, por ser cosa justa, tomaron a su cargo la venganza, pensando
que tan de ellos era aquella colonia como de los corcirenses, y también
por el odio y malquerencia que tenían a los corcirenses que no se
cuidaban de los corintios, siendo sus pobladores; pues en las fiestas
y solemnidades públicas no les daban las honras debidas, ni señalaban
varón de Corinto que presidiese en los sacrificios[13], como las otras
colonias. Además, porque los menospreciaban los corcirenses a causa
de la gran riqueza que tenían; pues entonces eran los más ricos entre
todas las ciudades de Grecia y más poderosos para la guerra, confiando
en sus grandes fuerzas navales, y en la fama que tenían cobrada ya
los feacios, sus antecesores, que primero habitaron a Corcira, de ser
diestros en el arte de navegar. Y esta gloria les impulsaba a tener
siempre dispuesta una armada muy pujante, contando 120 trirremes cuando
comenzaron la guerra.
Teniendo todas las quejas arriba dichas, los corintios de los
corcirenses, determinaron dar de buena gana socorro a los epidamnios,
y además de la fuerza de socorro, enviaron por guarnición la gente
de los ambraciotes y leucadios, mandando que todos los que quisiesen
pudieran ir a vivir a Epidamno. Por tierra fueron a Apolonia, pueblo de
los corintios, por miedo de que los corcirenses les cortasen el paso
por mar. Cuando estos supieron los moradores y gente de guarnición que
iban a la ciudad de Epidamno, y que se había dado población allí a los
corintios, tuvieron gran pesar, y apresuradamente navegaron para allá
con veinticinco naves, y poco después con lo restante de la armada,
mandando por su autoridad que los desterrados que habían sido lanzados
primero, fuesen recibidos en la ciudad. Porque, según parece, los que
estaban desterrados de Epidamno, cuando supieron que los corintios
enviaban gente a poblarla, acudieron a los corcirenses mostrándoles
sus sepulturas antiguas, alegando el deudo y parentesco que con ellos
tenían, y rogándoles que hiciesen recibirles en su tierra y lanzasen a
los pobladores y gente de guarnición que habían enviado los corintios.
Mas los epidamnios no los quisieron recibir ni obedecer en nada; antes
sacaron sus huestes contra ellos; por lo cual los corcirenses, con
cuarenta naves, tomando consigo los desterrados como para restituirlos
en su tierra con algunos de los ilirios, asentaron su real delante
de la ciudad, y mandaron pregonar que cualquiera de los epidamnios o
extranjeros que se quisiesen pasar a ellos, fuese salvo, y los que no
quisiesen, fuesen tenidos por enemigos. Mas como los epidamnios no
obedeciesen a esto, los corcirenses, para combatirla, pusieron cerco a
la ciudad, situada en un istmo.
Los corintios, al saber por mensajeros de los de la ciudad de Epidamno,
que estaban cercados, dispusieron su ejército y juntamente mandaron
pregonar que daban población de sus ciudadanos para la ciudad de
Epidamno, que la darían igualmente a todos los que quisiesen ir allá
por entonces; y que los que no quisieran ir, sino después, pagasen
cincuenta dracmas a la ciudad de Corinto y se quedasen, porque así
serían también participantes de los mismos privilegios de pobladores.
Fueron muchos los que navegaron a la sazón, y los que pagaron la
cantidad prefijada. Además de esto, rogaron a los megarenses que
los acompañasen, con sus naves por si acaso los corcirenses les
quisiesen vedar el paso por mar, los cuales les dieron ocho naves bien
aparejadas, y la ciudad de Pale de los cefalenios dio cuatro, y los
de Epidauro, siendo rogados, les dieron cinco; los de Hermíone una, y
los de Trecén dos; los leucadios diez, y los ambraciotes ocho. A los
tebanos y a los fliasios pidieron dineros, y a los eleos solamente
los cascos de las naves y dinero. Y de los mismos corintios fueron
dispuestas treinta naves y tres mil hombres.
Cuando los corcirenses supieron estos aprestos de guerra, vinieron a
Corinto con los embajadores de Lacedemonia y de Sición que tomaron
consigo, y demandaron a los corintios que sacasen la guarnición y los
moradores que habían metido en Epidamno, pues ellos nada tenían que
ver con los epidamnios; y si no lo querían hacer, que nombrasen jueces
en el Peloponeso, en aquellas ciudades que ambas partes eligiesen,
y que la población fuese de aquellos que los jueces determinasen
por sentencia, o que lo remitiesen al oráculo de Apolo, que estaba
en Delfos, y no se permitiese guerrear unos contra otros. De lo
contrario serían forzados a hacerse amigos de aquella parcialidad
que más poderosa fuese, para su bien y provecho. Los corintios les
respondieron que sacasen sus naves y los bárbaros de Epidamno, y que
después consultarían sobre ello, porque no era razón que estando los
unos cercados, los otros quisiesen llevar la cosa por tela de juicio.
Los corcirenses replicaron que si los corintios sacaban primero a los
que habían metido en la ciudad de Epidamno, ellos también lo harían así
y que estaban dispuestos a que se apartaran unos y otros de la tierra,
y ajustar treguas hasta tanto que la cuestión se resolviera en justicia.
Los corintios, no accediendo porque tenían sus naves a punto y
los compañeros de guerra aparejados, enviaron un trompeta a los
corcirenses que les denunciase la guerra: alzaron velas del puerto
con setenta y cinco naves y dos mil hombres de pelea, y navegaron
derechos a Epidamno. Eran capitanes de la armada de mar Aristeo, hijo
de Pélico, Calícrates, hijo de Calias, y Timánor, hijo de Timantes. Y
por tierra, de la gente de infantería, Arquetimo, hijo de Euritimo,
e Isárquidas, hijo de Isarco. Llegados que fueron al cabo de Accio,
tierra de Anactorio, donde está el templo de Apolo, en la boca del
seno de Ambracia, los corcirenses les enviaron un mensaje con un barco
mercante, prohibiéndoles el paso, y entretanto completaron el número
de sus naves y aprestaron jarcias y aparejos para las viejas, de
suerte que pudieran navegar, y poniéndolas todas a punto, esperaban la
respuesta de su mensaje. Mas después que volvió el mensajero y dijo
que no había esperanza de paz, como ya los corcirenses tenían sus
naves aparejadas, que serían en número de ochenta, porque cuarenta de
ellas estaban en el cerco de Epidamno, salieron al encuentro de los
corintios, y poniendo sus naves en orden de batalla, embistieron contra
la armada de los corintios, los desbarataron y vencieron, y destrozaron
quince naves de ella. Acaeció el mismo día que los que estaban cercados
en Epidamno concertaron que los extranjeros y advenedizos fuesen
vendidos por cautivos, y los corintios guardados en prisión hasta saber
la voluntad de los vencedores.
Después de esta victoria naval, los corcirenses pusieron trofeo
en señal de triunfo en el campo de Leucimna, que está en el cabo
de Corcira, y mandando matar a todos los cautivos que prendieron,
solamente guardaron en prisión a los corintios. Acabado esto, los
corintios y sus compañeros de guerra, vencidos en la mar, volvieron
a sus casas; los corcirenses se hicieron dueños de la mar en todas
aquellas comarcas, y navegando para Léucade, colonia de los corintios,
la robaron y destruyeron; y quemaron a Cilene, donde los eleos tenían
sus atarazanas, porque habían socorrido a los corintios con naves y con
dinero. Mucho tiempo después de esta batalla, dominaron los corcirenses
la mar, y navegando hacían todo el mal y daño que podían a los amigos
y aliados de los corintios, hasta que estos, pasado el verano, les
enviaron naves y ejército, de que tenían gran falta, y asentaron su
campo en el cabo de Accio y cerca de Quimerio, en Tesprótide, para
poder mejor guardar a Léucade y a las otras ciudades de los amigos
y compañeros que estaban de su parte. Los corcirenses pusieron su
campamento en Leucimna por mar y por tierra frente del campo de los
enemigos, y así estuvieron quedos, sin hacerse mal los unos a los
otros, todo aquel verano, hasta que, llegado el invierno, volvieron a
sus casas. Todo aquel año, después de la batalla naval, y el siguiente,
los corintios, por la ira y saña que tenían contra los corcirenses,
determinaron renovar la guerra, y mandando rehacer sus naves,
aparejaron una nueva armada, cogiendo hombres de guerra y marineros
a sueldo del Peloponeso, y de otras tierras de Grecia. Sabido esto
por los corcirenses tuvieron gran temor por no estar aliados con
ninguno de los pueblos de Grecia ni inscritos en las confederaciones
de los atenienses ni de los lacedemonios, por lo cual les pareció que
sería bueno ir a Atenas, ofrecer su alianza para la guerra, y tentar
si hallarían allí algún socorro. Al saberlo los corintios, enviaron
también sus embajadores a Atenas para que estorbasen que la armada
de los atenienses se uniera a la de los corcirenses, porque esto les
impediría hacer la guerra con ventaja. Llamados en asamblea unos y
otros expusieron sus razones, y primeramente los corcirenses hablaron
de esta manera: