I.

Refiere Tucídides que la guerra cuya historia va a narrar es la mayor

de cuantas los griegos tuvieron dentro y fuera de su patria, y cuenta

el origen y progreso de Grecia y las guerras que antes tuvo.

El ateniense Tucídides escribió la guerra que tuvieron entre sí los

peloponesios y atenienses, comenzando desde el principio de ella, por

creer que fuese la mayor y más digna de ser escrita, que ninguna de

todas las anteriores, pues unos y otros florecían en prosperidad y

tenían todos los recursos necesarios para ella; y también porque todos

los otros pueblos de Grecia se levantaron en favor y ayuda de la una o

la otra parte, unos desde el principio de la guerra, y otros después.

Fue este movimiento de guerra muy grande, no solamente de todos los

griegos, sino también en parte de los bárbaros[1] y extraños de todas

naciones. Porque de las guerras anteriores, especialmente de las más

antiguas, es imposible saber lo cierto y verdadero, por el largo tiempo

transcurrido, y a lo que yo he podido alcanzar por varias conjeturas,

no las tengo por muy grandes, ni por los hechos de guerra, ni en cuanto

a las otras cosas.

Porque según parece, la que ahora se llama Grecia no fue en otro tiempo

muy sosegada y pacífica en su habitación, antes los naturales de ella

se mudaban a menudo de una parte a otra, y dejaban fácilmente sus

tierras compelidos y forzados por otros que eran o podían más yendo a

vivir a otras. Y así, no comerciando, ni juntándose para contratar sin

gran temor por tierra ni por mar, cada uno labraba aquel espacio de

tierra que le bastaba para vivir. No teniendo dinero, ni plantando, ni

cultivando la tierra por la incertidumbre de poderla defender si alguno

por fuerza se la quisiese quitar; mayormente no estando fortalecida

de muros, y pensando que en cualquier lugar podían encontrar el

mantenimiento necesario de cada día, importábales poco cambiar de

domicilio.

Además, no siendo poderosos ni en número de ciudades pobladas[2], ni en

otros aprestos de guerra, lo más y mejor de toda aquella tierra tenía

siempre tales mudanzas de habitantes y moradores como sucedía en la que

ahora se llama Tesalia y Beocia y mucha parte del Peloponeso, excepto

la Arcadia, y otra cualquiera región más favorecida. Y aunque la bondad

y fertilidad de la tierra era causa de acrecentar las fuerzas y poder

de algunos, empero por las sediciones y alborotos que había entre ellos

se destruían, y estaban más a mano de ser acometidos y sujetados de los

extraños. Así que la más habitada fue siempre la tierra de Atenas, que

por ser estéril y ruin estaba más pacífica y sin alborotos. Y no es

pequeño indicio de lo que digo, que por la venida de otros moradores

extranjeros ha sido esta región más aumentada y poblada que las

otras, pues vemos que los más poderosos que salían de otras partes de

Grecia, o por guerra, o por alborotos se acogían a los atenienses, así

como a lugar firme y seguro, y convertidos en ciudadanos de Atenas,

desde tiempo antiguo hicieron la ciudad mayor con la multitud de los

moradores que allí acudieron. De manera que no siendo bastante ni capaz

la tierra de Atenas para la habitación de todos, forzadamente hubieron

de pasar algunos a Jonia y hacer nuevas colonias y poblaciones.

Manifiéstase bien la flaqueza y poco poder que entonces tenían los

griegos, en que antes de la guerra de Troya, no había hecho Grecia

hazaña alguna en común, ni tampoco me parece que toda ella tenía este

nombre de Grecia, sino alguna parte, hasta que vino Heleno, hijo de

Deucalión; ni aun algún tiempo después tenían este nombre, sino cada

gente el suyo: poniéndose el mayor número el nombre de pelasgos. Mas

después que Heleno y sus hijos se apoderaron de la región de Ftiótide,

y por su interés llevaron aquellas gentes a poblar otras ciudades,

cada cual de estas parcialidades, por la comunicación de la lengua, se

llamaron helenos, que quiere decir griegos, nombre que no pudo durar

largo tiempo, según muestra por conjeturas el poeta Homero que vivió

muchos años después de la guerra de Troya, y que no llama a todos en

general Helenos o griegos, sino a las gentes que vinieron en compañía

de Aquiles desde aquella provincia de Ftiótide, que fueron los primeros

helenos, y en sus versos los nombra dánaos, argivos y aqueos. No

por eso los llamó bárbaros, pues entonces, a mi parecer, no tenían

todos nombre de bárbaros. En conclusión, todos aquellos que eran como

griegos, y se comunicaban entre sí, fueron después llamados con un

mismo apellido. Y antes de la guerra de Troya por sus pocas fuerzas, y

por no haberse juntado en contratación ni comunicación unos con otros

no hicieron cosa alguna en común, salvo unirse para esta guerra, porque

ya tenían de largo tiempo la costumbre de navegar.

Minos, el más antiguo de todos aquellos que hemos oído, construyó

armada con la que se apoderó de la mayor parte del mar de Grecia que

ahora es, señoreó las islas llamadas Cícladas, y fue el que primero

las hizo habitar, fundando en ellas muchas poblaciones, expulsando

a los carios, y nombrando príncipes y señores de ellas a sus hijos,

a quienes las dejó después de su muerte. Además limpió la mar de

corsarios y ladrones, para adquirir él solo las rentas y provechos del

comercio.

Los griegos antiguos que moraban en la tierra firme cercana al mar, y

los que tenían islas, después que comenzaron a comunicarse a menudo con

navíos, se volvieron corsarios, eligiendo entre ellos por capitanes

a los más poderosos; y por causa de la ganancia o siendo pobres, por

necesidad de mantenerse, asaltaban ciudades no cercadas y robaban a

los que vivían en los lugares, pasando así la mayor parte de la vida,

sin tener por vergonzoso este ejercicio, antes por honroso. Declaran

aun ahora algunos de aquellos que viven cercanos a la mar, que tienen

por honra hacer esto; y también los poetas antiguos, en los cuales se

hallan escritas las frases de aquellos que navegando y encontrándose

por la mar, se preguntaban si eran ladrones, sin ofenderse de ello los

preguntados, ni tener por afrenta este nombre. Y aun ahora en tierra

firme se usa robarse unos a otros, y también en mucha parte de Grecia

se guarda esta costumbre, como entre los locros ozolos, etolios y

acarnanios.

De aquella antigua costumbre de robar y saltear, quedó la de usar

armas, porque todos los de Grecia las llevan, a causa de tener las

moradas no fortalecidas, y los caminos inseguros. Acostumbran pues

a vivir armados, como los bárbaros; y esta costumbre que se guarda

en toda Grecia es señal de que en otro tiempo vivían todos así. Los

atenienses fueron los primeros que dejaron las armas, y esta manera de

vivir disoluta, adoptando otra más política y civil. Los más ancianos,

es decir, los más ricos, tenían manera de vivir delicada, y no ha mucho

tiempo que dejaron de usar vestidos de lienzos y zarcillos de oro,

y joyas en los cabellos trenzados y revueltos a la cabeza. Los más

antiguos jonios, por el trato que tenían con los atenienses, usaron

por lo general este atavío. Mas los lacedemonios fueron los primeros

de todos, hasta las costumbres de ahora, en usar vestido llano y

moderado, y aunque en las otras cosas posean unos más que otros y sean

más ricos, en la manera de vivir son iguales, y andan todos vestidos

de una misma suerte, así el mayor como el menor. Y fueron los primeros

que por luchar se desnudaron los cuerpos, despojándose en público,

y que se untaron con aceite antes de ejercitarse, pues antiguamente

en los juegos y contiendas que se hacían en el monte Olimpo, donde

contendían los atletas y luchadores, tenían con paños menores cubiertas

sus vergüenzas y no ha mucho que dejaron esta costumbre, que dura aún

entre los bárbaros: los cuales ahora, mayormente los asiáticos se ponen

estos paños menores o cinturones por premio de la contienda, y así

cubiertos con ellos hacen estos ejercicios, de otra suerte no se les da

el premio. En otras muchas costumbres se podría mostrar que los griegos

antiguos vivieron como ahora los bárbaros.

Para venir a nuestro propósito las ciudades que a la postre se han

poblado, y que son más frecuentadas, sobre todo las que tienen mayor

suma de dinero, se edificaron a orilla del mar, y en el Istmo, que es

un estrecho de tierra entre dos mares, por causa de poder tratar más

seguramente, y tener más fuerzas y defensas contra los comarcanos.

Mas las antiguas ciudades, por miedo de los corsarios están situadas

muy lejos de la mar, en las islas, y en la tierra firme, porque todos

los que vivían en la costa se robaban unos a otros, y aun ahora están

despobladas las villas y lugares marítimos.

No eran menos corsarios los de las islas, conviene a saber, los carios

y fenicios, porque estos habitaban muchas de ellas. Buena prueba es que

cuando en la guerra presente los atenienses purgaron por sacrificios la

isla de Delos, quitando las sepulturas que allí estaban, viose que más

de la mitad eran de carios bien conocidos en el atavío de las armas,

compuesto de la manera que ahora se sepultan. Pero cuando el rey Minos

dominó la mar, pudieron mejor navegar unos y otros: y echados los

corsarios y ladrones de las islas, pobló muchas de ellas. Los hombres

que moraban cerca de la mar, comerciando, vivían más seguramente:

y entre ellos algunos más enriquecidos que los otros cercaron las

ciudades de muros: los menores deseando ganar, servían de su grado a

los mayores, y los más poderosos que tenían hacienda sujetaron a los

menores.

De esta manera yendo cada día más y más creciendo en fuerzas y poder,

andando el tiempo fueron con ejército sobre Troya. Me parece que

Agamenón era el más poderoso entonces de todos los griegos. Y no

solamente llevó consigo los que demandaban a Helena por mujer que

estaban obligados por juramento a Tindáreo, padre de Helena para

ayudarle, sino que juntó también gran armada de otras gentes. Y dicen

aquellos que tienen más verdadera noticia de sus mayores de los hechos

de los peloponesios, que Pélope, el primero de todos, con la gran suma

de dinero que trajo cuando vino de Asia, alcanzó poder y fuerzas, ganó,

a pesar de ser extranjero, la voluntad de los hombres de la tierra, que

eran pobres y menesterosos, y por esto la tierra se llamó de su nombre

Peloponeso. Muerto Euristeo los descendientes de Pélope adquirieron

mayor señorío. Euristeo, murió en Ática por mano de los Heráclidas,

descendientes de Hércules. Había encomendado a su tío Atreo, hermano

de su madre, la ciudad de Micenas y todo su reino cuando iba huyendo

de su padre, por la muerte de Crisipo, y como no volviese más, porque

fue muerto en la guerra, los de Micenas, por miedo a los Heráclidas,

pareciéndoles muy poderoso Atreo, y que era acatado de muchos de ellos,

y de todos los súbditos de Euristeo le eligieron por señor, y quisieron

que tomase el reino. De esta suerte fueron más numerosos los pelópidas,

es decir, los descendientes de Pélope que los perseidas, es a saber

los descendientes de Perseo, que antes había dominado aquella tierra.

Después que por sucesión de Atreo tomó Agamenón el reino, a mi parecer

porque era más poderoso por la mar que ninguno de los otros, reunió

ejército de muchos hombres, atraídos más por miedo que por voluntad.

Parece que llegó a Troya con más naves que ninguno de los otros

príncipes, pues que de ellas dio a los arcadios, como declara Homero,

y si es bastante su testimonio, hablando de Agamenón, dice que cuando

se le dio el cetro y mando real, dominaba muchas islas, y toda Argos;

islas que fuera de las cercanas, que no eran muchas, ninguno pudiera

dominar desde tierra firme, si no tuviera gran armada. De este ejército

que llevó se puede conjeturar cuáles fueron los anteriores.

De que la ciudad de Micenas era muy pequeña, o si entonces fue muy

grande, ahora no parece serlo, no es dato para no creer que fue tan

grande la armada que vino a Troya, cuanto los poetas escriben, y se

dice por fama; porque si se desolase la ciudad de Lacedemonia, que

no quedase sino los templos, y solares de las casas públicas, creo

que por curso de tiempo no creería el que la viese en que había sido

tan grande como lo es al presente. Y aunque en el Peloponeso de cinco

partes tienen las dos de término los lacedemonios[3], y todo el señorío

y mando dentro y fuera de muchas otras ciudades de los aliados y

compañeros, si la ciudad no fuese poblada y llena de muchos templos y

edificios públicos suntuosos (como ahora está) y fuese habitada por

lugares y aldeas a la manera antigua de Grecia, manifiesto está que

parecería mucho menor. Si a los atenienses les sucediera lo mismo,

que desamparasen la ciudad, parecería esta haber sido doble mayor de

lo que ahora es, solo al ver la ciudad y el gran sitio que ocupa.

Conviene, pues, que no demos fe del todo a lo que dicen los poetas de

la extensión de Troya, ni cumple que consideremos más la extensión de

las ciudades, que sus fuerzas y poder. Por lo mismo debemos pensar que

aquel ejército fue mayor que los pasados, pero menor que los de ahora,

aunque demos crédito a la poesía de Homero; al cual le era conveniente,

como poeta, engrandecer, y adornar la cosa más de lo que parecía. Por

darle más lustre, hizo la armada de mil y doscientas naves, y cada nave

de las de los beocios de ciento veinte hombres, y de las de Filoctetes

de cincuenta, entre grandes y pequeñas a mi parecer; del tamaño de las

otras, no hace mención en la lista de las naves. Declara, pues, ser

combatientes y remadores todos los de las naves de Filoctetes, porque

a todos los llama flecheros y remadores. Y es de creer que yendo los

reyes y príncipes en los barcos y también todo el equipo del ejército

cabría poca gente más que los marineros, con mayor motivo navegando

no con navíos cubiertos, como son los de ahora, sino a la costumbre

antigua, equipados a manera de cosarios. Tomando, pues, el término

medio entre las grandes naves y las pequeñas, parece que no fueron

tantos hombres como podían ser enviados de toda Grecia: lo cual fue

antes por falta de dinero que de hombres, porque por falta de víveres

llevaron solo la gente que pensaban se podría sustentar allí mientras

la guerra durase.

Llegados a tierra, claro está que vencieron por combate, porque solo

así pudieron hacer un campamento amurallado, y parece que no usaron

aquí en el cerco de todas sus fuerzas, sino que en Quersoneso se dieron

a la labranza de la tierra, y algunos a robar por la mar por falta de

provisiones. Estando, pues, así dispersos, los troyanos les resistieron

diez años, siendo iguales en fuerzas a los que habían quedado en

el cerco. Porque si todos los que vinieron sobre Troya tuvieran

víveres y juntos, sin dedicarse a la agricultura ni a robar, hicieran

continuamente la guerra, fácilmente vencieran, y la tomaran por combate

con menor trabajo y en menos tiempo; lo cual no hicieron por no estar

todos en el cerco y estar esparcidos, y pelear solamente una parte de

ellos. En conclusión, es de creer que por falta de dinero fueron poco

numerosos los ejércitos en las guerras que hubo antes de la de Troya.

Y la guerra de Troya, que fue más nombrada que las que antes habían

ocurrido, parece por las obras que fue menor que su fama, y de lo que

ahora escriben de ella los poetas. Porque aun después de la guerra de

Troya, los griegos fueron expulsados de su tierra, y pasaron a morar a

otras partes, de manera que no tuvieron sosiego para crecer en fuerzas

y aumentarse. Lo cual sucedió porque a la vuelta de Troya, después

de tanto tiempo, hallaron muchas cosas trocadas y nuevas, y muchas

sediciones y alborotos en la mayor parte de la tierra; y así los que de

allí salieron, poblaron y edificaron otras ciudades. Los que ahora son

beocios, siendo echados de Arne por los tesalios, sesenta años después

de la toma de Troya, habitaron la tierra que ahora se llama Beocia, y

antes se llamaba Cadmea; en la cual había primero habitado alguna parte

de ellos, y desde allí partieron al cerco de Troya con ejército. Los

dorios poseyeron el Peloponeso con los Heráclidas ochenta años después

de la destrucción de Troya.

Mucho tiempo después, estando ya Grecia pacífica y asegurada con los

descendientes de Hércules, comenzaron a enviar gentes fuera de ella

para poblar otras tierras. Entre las cuales los atenienses poblaron

la Jonia y muchas de las islas, y los peloponesios, la mayor parte de

Sicilia y de Italia, y otras ciudades de Grecia. Todo esto fue poblado

y edificado después de la guerra de Troya.

Haciéndose de día en día Grecia más poderosa y rica, se levantaron

nuevas tiranías[4] en las ciudades a medida que iban creciendo las

rentas de ellas. Antes los reinos se heredaban por sucesión[5], y

tenían su mando y señorío limitado. Los griegos entonces se dedicaban

más a navegar que a otra cosa, y todos cruzaban la mar con naves

pequeñas, no conociendo aún el uso de las grandes. Dicen que los

corintios fueron los primeros que inventaron los barcos de nueva

forma, y que en Corinto, antes que en ninguna otra parte de Grecia,

se hicieron trirremes. Sé que el corintio Aminocles, maestro de hacer

naves, hizo cuatro a los samios, cerca de trescientos años antes del

fin de esta guerra que escribimos para lo cual Aminocles vino a Samos.

La más antigua guerra que sepamos haberse hecho por mar, fue entre los

corintios y los corcirenses, hará a lo más doscientos y sesenta años.

Como los corintios tenían su ciudad situada sobre el Istmo, que es un

estrecho entre dos mares, era continuamente emporio, es a saber: lugar

de feria o comercio de los griegos que en aquel tiempo más trataban por

tierra que por mar, y por esta causa, por acudir allí los de dentro del

Peloponeso y los de fuera para la contratación, eran los corintios muy

ricos como lo significan los antiguos poetas que llaman a Corinto por

sobrenombre _la rica_. Después que los griegos usaron más la navegación

y comercio, y echaron a los corsarios, haciéndola feria de tierra y

mar, enriquecieron más la ciudad, aumentando sus rentas.

Mucho después los jonios se dieron a la navegación en tiempo de Ciro,

primer rey de los persas, y de Cambises, su hijo, y peleando con

Ciro sobre la mar, tuvieron algún tiempo el señorío de ella. También

Polícrates, tirano en tiempo de Cambises, fue tan poderoso por mar, que

conquistó muchas islas, y entre ellas tomó a Renea, la cual consagró

y dio al dios Apolo, que estaba en el templo de la isla de Delos.

Después de esto los focenses, que poblaron a Marsella, vencieron a

los cartagineses por mar[6]. Estas guerras marítimas fueron las más

grandes hasta entonces, y poco después de la guerra de Troya usaban

trirremes pequeños de cincuenta remos, y también algunas naves largas.

Poco antes de la guerra de los medos y de la muerte de Darío, que

reinó después de Cambises en Persia, hubo muchos trirremes, así en

Sicilia entre los tiranos, como entre los corcirenses, porque estas

parece que fueron las últimas guerras por mar en toda Grecia dignas de

escribirse, antes que entrase en ella con ejércitos el rey Jerjes. Los

eginetas y atenienses y algunos otros tenían pocas naves, y estas por

la mayor parte de cincuenta remos. Entonces Temístocles persuadió a los

atenienses, que tenían guerra con los eginetas, y esperaban la venida

de los bárbaros, que hiciesen naves grandes, las cuales aún no eran

cubiertas del todo, y con estas pelearon. Tales fueron las fuerzas de

mar de los griegos, así en tiempos antiguos como en los cercanos, y los

sucesos de su guerra por mar. Los que se unieron a ellos adquirieron

gran poder, renta y señorío de las otras gentes; porque navegando con

armada sojuzgaron muchos lugares, mayormente aquellos que tenían tierra

no suficiente, es decir, estéril y no abastecida y falta de las cosas

necesarias.

Por tierra ninguna guerra fue de gran importancia, porque todas las que

se hicieron eran contra comarcanos y vecinos; y los griegos no salían

a hacer guerra a lugares extraños lejos de su casa para sojuzgar a

los otros. Ni los súbditos se levantaban contra las grandes ciudades,

ni estas de común acuerdo formaban ejércitos, porque casi siempre

discordaban las unas de las otras, y así cercanas peleaban entre sí

sobre todo hasta la guerra antigua de los calcídeos y eretrieos, en la

que lo restante de Grecia se dividió para ayudar a unos o a otros.

Luego sobrevinieron por varias partes impedimentos y estorbos para que

no se aumentasen sus fuerzas y su poder. Porque contra los jonios,

cuando sus cosas iban procediendo de bien en mejor, se levantó Ciro

con todo el poder de Persia, el cual, después que hubo vencido y

desbaratado al rey Creso, ganó por fuerza de armas toda la tierra

que hay desde el río Halis hasta la mar, y puso debajo de su mando y

servidumbre todas las ciudades que aquí estaban en tierra firme.

Respecto a las otras ciudades de Grecia, los tiranos que las mandaban

no tenían en cuenta sino guardar sus personas, conservar su autoridad,

aumentar sus bienes y enriquecerse, y, atento a estas cosas, ninguno

salía de sus ciudades para ir lejos a conquistar nuevos señoríos.

Por esto no se lee que hiciesen cosa digna de memoria, sino solo

que tuvieron algunas pequeñas guerras entre sí, de vecino a vecino,

excepto aquellos griegos que ocuparon a Sicilia, los cuales fueron muy

poderosos. De manera que por esta vía Grecia estuvo mucho tiempo sin

hacer cosa memorable en común y a nombre de todos, ni tampoco podía

hacerlo cada ciudad de por sí.

Pasado este tiempo, ocurrió que los tiranos fueron expulsados y

lanzados de Atenas y de todas las otras ciudades de Grecia por los

lacedemonios, excepto aquellos que mandaban en Sicilia, porque la

ciudad de Lacedemonia, después que fue aumentada y enriquecida por

los dorios, que al presente la habitan, aunque estuvo mucho tiempo

intranquila con sediciones y discordias civiles según hemos oído,

siempre vivió y se conservó en sus buenas leyes y costumbres, y se

preservó de tiranía y mantuvo su libertad. Porque según tenemos por

cierto, por más de cuatrocientos años, hasta el fin de esta guerra que

escribimos, los lacedemonios siempre tuvieron la misma manera de vivir

y gobernar su república que al presente tienen, y por esta causa la

pueden también dar a las otras ciudades.

Poco tiempo después que los tiranos fueron echados de Grecia, los

atenienses guerrearon con los medos, y al fin los vencieron en los

campos de Maratón. Diez años pasados vino el rey Jerjes de Persia con

grandes huestes, y el propósito de conquistar toda Grecia: y para

resistir a tan grande poder como traía, los lacedemonios, por ser los

más poderosos, fueron nombrados caudillos de los griegos para esta

guerra. Los atenienses al saber la venida de los bárbaros, determinaron

abandonar su ciudad y meterse en la mar, en la armada que ellos habían

aparejado para este fin, y de esta manera llegaron a ser muy diestros

en las cosas de mar. Poco tiempo después, todos a una y de común

acuerdo, echaron a los bárbaros de Grecia. Los griegos que se habían

rebelado contra el rey de Persia y los que se unieron para resistirle,

se dividieron en dos bandos y parcialidades, los unos favoreciendo la

parte de los lacedemonios, y los otros siguiendo el partido de los

atenienses: porque estas dos ciudades eran las más poderosas de Grecia:

Lacedemonia por tierra y Atenas por mar. De manera que muy poco tiempo

estuvieron en paz y amistad, haciendo la guerra de consuno contra los

bárbaros, porque empezó en seguida la guerra entre estas dos ciudades

poderosas, y sus aliados y amigos. Y no hubo nación de griegos en

ninguna parte del mundo que no siguiese un partido u otro, de manera,

que desde la guerra de los medos hasta esta, de que escribimos al

presente, siempre tuvieron guerra o treguas estas ciudades, una contra

otra, o contra sus súbditos que se rebelaban. Con el largo uso se

ejercitaron en gran manera en las armas, y se abastecieron y proveyeron

de todas las cosas necesarias para pelear.

Tenían estas dos ciudades diversa manera de gobernar sus súbditos

y aliados, porque los lacedemonios no hacían tributarios a sus

confederados, solamente querían que se gobernasen como ellos, por sus

leyes y estatutos, y a su costumbre, es decir, por cierto número de

buenos ciudadanos, cuya gobernación llaman oligarquía, y significa

mando de pocos. Mas los atenienses, poco a poco, quitaron a sus

súbditos y aliados todas las naves que tenían, y después les impusieron

un tributo, excepto a los habitantes de Quíos y de Lesbos. Con tales

recursos hicieron una armada la más numerosa y fuerte que jamás pudo

reunir todos los griegos juntos desde el tiempo que hacían la guerra

coligados.

Tales fueron las cosas antiguas de Grecia, según he podido descubrir;

y será muy difícil creer al que quisiere explicarlas con detalles más

minuciosos, porque aquellos que oyen hablar de las cosas pasadas,

principalmente siendo de las de su misma tierra, y de sus antepasados,

pasan por lo que dice la fama sin curar de examinar la verdad. Así

vemos que los atenienses creen, y dicen comúnmente que el tirano

Hiparco fue muerto a manos de Harmodio y Aristogitón por causa de su

tiranía: no considerando que cuando aquel fue muerto reinaba en Atenas

Hipias, hijo mayor de Pisístrato, cuyos hermanos eran Hiparco y Téfalo:

y que un día Harmodio y Aristogitón, que habían determinado matar a

todos tres, pensando que la cosa fuera descubierta a Hipias por alguno

de sus cómplices, no osaron ejecutar su empresa, sino hacer algo digno

de memoria antes de ser presos, y hallando a Hiparco ocupado en los

sacrificios que hacía en el templo de Leocorión, le mataron.

De igual manera hay otras muchas cosas de que existe memoria, en las

cuales hallamos que los griegos tienen falsa opinión y las consideran y

ponen muy de otro modo que pasaron. Piensan, por ejemplo, de los reyes

de Lacedemonia, que cada uno de ellos echaba dos piedras, y no una

sola, en el cántaro, que quiere decir que tiene dos votos en lugar de

uno, y que hay en su tierra, una legión de pitinates que nunca hubo.

Tan perezosas y negligentes son muchas personas para inquirir la verdad

de las cosas[7].

Mas el que quisiere examinar las conjeturas que yo he traído, en lo que

arriba he dicho, no podrá errar por modo alguno. No dará crédito del

todo a los poetas que, por sus ficciones, hacen las cosas más grandes

de lo que son, ni a los historiadores que mezclan las poesías en sus

historias, y procuran antes decir cosas deleitables y apacibles a los

oídos del que escucha que verdaderas[8]. De aquí que la mayor parte

de lo que cuentan en sus historias, por no estribar en argumentos e

indicios verdaderos, andando el tiempo viene a ser tenido y reputado

por fabuloso e incierto. Lo que arriba he dicho, está tan averiguado y

con tan buenos indicios y argumentos, que se tendrá por verdadero.

Y aunque los hombres juzguen siempre la guerra que tienen entre manos

por muy grande, y después de acabada tengan en más admiración las

pasadas, parecerá empero claramente a los que quisieren mirar bien en

las unas y en las otras por sus obras y hechos que esta fue y ha sido

mayor que ninguna de las otras.

Y porque me sería cosa muy difícil relatar aquí todos los dichos y

consejos, determinaciones, conclusiones y pareceres de todos los que

hablan de esta guerra, así en general como en particular, así antes

de comenzada, como después de acabada, no solamente de lo que yo he

entendido de otros que lo oyeron, pero también de aquello que yo mismo

oí, dejo de escribir algunos. Pero los que relato son exactos, si no en

las palabras, en el sentido, conforme a lo que he sabido de personas

dignas de fe y de crédito, que se hallaron presentes, y decían cosas

más consonantes a verdad, según la común opinión de todos.

Mas en cuanto a las cosas que se hicieron durante la guerra, no

he querido escribir lo que oí decir a todos, aunque me pareciese

verdadero, sino solamente lo que yo vi por mis ojos, y supe y entendí

por cierto de personas dignas de fe, que tenían verdadera noticia y

conocimiento de ellas. Aunque también en esto, no sin mucho trabajo, se

puede hallar la verdad. _Porque los mismos que están presentes a los

hechos, hablan de diversa manera, cada cual según su particular afición

o según se acuerda._ Y porque yo no diré cosas fabulosas, mi historia

no será muy deleitable ni apacible de ser oída y leída. Mas aquellos

que quisieren saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y

saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán

útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer

farsa o comedia que dé placer por un rato[9], sino una historia

provechosa que dure para siempre.

Muéstrase claramente que esta guerra ha sido más grande que la que

tuvieron los griegos contra los medos; porque aquella se acabó y

feneció en dos batallas que se dieron por mar y otras dos por tierra,

y esta, de que al presente escribo, duró por mucho tiempo, viniendo

a causa de ella tantos males y daños a toda Grecia, cuantos

nunca jamás se vieron en otro tanto tiempo, contando todos los que

acontecieron así por causa de los bárbaros, como entre los mismos

griegos, así de ciudades y villas, unas destruidas, otras conquistadas

de nuevo y otras pobladas de extraños moradores, despobladas de los

propios, como de los muchos que huyeron o murieron o fueron desterrados

por causa de guerra, o por sediciones y bandos civiles. También hay

otros indicios verdaderos por donde se puede juzgar haber sido esta

guerra mayor que ninguna de las otras pasadas, de que al presente dura

la fama y memoria: que son los prodigios y agüeros que se vieron, y

tantos y tan grandes terremotos en muchos lugares de Grecia, eclipses y

oscurecimientos del sol más a menudo que en ningún otro tiempo, calores

excesivos, de donde se siguió grande hambre y tan mortífera epidemia

que quitó la vida a millares de personas.

Todos los cuales males vinieron acompañados con esta guerra de que

hablo, de la cual fueron causantes los atenienses y peloponesios, por

haber roto la paz y treguas que tenían hechas por espacio de treinta

años después de la toma de Eubea[10]. Y para que en ningún tiempo sea

menester preguntar la causa de ello, pondré primero la ocasión que hubo

para romper las treguas, y los motivos y diferencias por que se comenzó

tan grande guerra entre los griegos, aunque tengo para mí que la causa

más principal y más verdadera, aunque no se dice de palabra, fue el

temor que los lacedemonios tuvieron de los atenienses, viéndolos tan

pujantes y poderosos en tan breve tiempo. Las causas, pues, y razones

que públicamente se daban de una parte y de otra, para que se hubiesen

roto las treguas y empezado la guerra, fueron las siguientes:

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 6 / 90 题