La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes

contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas

extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte.

Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta

años perfeccionando las originalidades que había adquirido á los

treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede

concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces

de opinión, porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino

parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo

que se obscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de

amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo.

En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo

oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo.

Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto

á su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los

hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen;

los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde

van. Vivió inventando doctrinas ó forjando instituciones, creando

siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo

paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del mediocre que

se acomoda para vegetar tranquilamente. La adaptación social depende

del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras

el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre

de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación es

mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que

son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales.

Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen

ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la

vejez. Sarmiento fué una excepción. Había nacido «así» y quiso vivir

como era, sin desteñirse en el semitono de los demás.

En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar

sus ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su

destino. Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su

tiempo, hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de

la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo,

siempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de

sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa

si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de

entre las cenizas.

Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento.

Fué «inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación.

Su originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente:

mas no era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y

su medio. Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación.

Su genio era una suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba.

Parecía lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le

circuía.

Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos

los caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su

genialidad está en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes

desequilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y el

porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de

su destino. Nada le perdonan los enemigos del Ideal que él representa;

todo le exigen los partidarios. El equilibrio del mediocre es exiguo

comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo igual á uno y

éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza y una

absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan;

cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas

planeantes en su atmósfera natural.

La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se

atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose

al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan

cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del

raciocinio rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que

inadaptado no quiere decir alienado: no puede el genio consistir en

adaptarse á la mediocridad.

El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos

más insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara

predestinados á la degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento

y el genio pueblen los asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres

excelentes, encontráronse á su lado un millón de mediocres y pobres

diablos. Es evidente que los alienistas estudiarán la biografía de los

diez é ignorarán la del millón. Y para enriquecer sus catálogos de

genios enfermos incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuando

no á simples desequilibrados intelectuales que son «imbéciles con la

librea del genio». Estos personajes, que viven á horcajadas sobre el

muro que separa la cárcel del manicomio, son la antítesis misma del

talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de tantos estigmas

de su desequilibrio.

Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función

que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero

juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos

se presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de

la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha

de los originales; se opera entre individuos diferenciados. El

desenvolvimiento de una personalidad genial es una simple variación

sobre los caracteres adquiridos por el grupo social; gracias á ella

aparecen nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de

divergencia y sirven de materia á la selección natural. La desarmonía

de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias son rebeliones á las

rutinas de los mediocres.

Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre

disgregación, desequilibrio, solución de continuidad. Con breve

razonamiento refutó Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se

abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta de los demás;

la distracción ausenta de sí mismo. Cada proceso ideativo es una serie.

En cada serie hay un término medio y un proceso lógico. Entre las

diversas series hay saltos y faltan los términos medios. El genio,

moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia los

términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de una

serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar.

Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el

movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor,

el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos

medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de

los demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del

genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo

ni loco, es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica,

la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la

moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la

nulidad de estilo».

La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la

confusión. Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman

loco al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta:

son aquéllos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas

algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que

viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer,

sus propios adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto

magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco

Sarmiento».

¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre

la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos

formulados por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen

á marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por

resplandores inusitados, sólo atinan á justificarse con epítetos

despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino ilustre

sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso

que no haya sido empleado contra él: era tan grande que no bastó un

diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de

la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas

las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes.

La caricatura le mordió hasta sangrar, como á ningún otro: el lápiz

tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. Como

las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra maestra del

Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su titánica

personalidad, robustecida por la brega.

El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número,

irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos,

desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de

tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en

todos los surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la

videncia del juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus

contemporáneos le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de

esperanzas en un matorral de espinas.

Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de

recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las

ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con

frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores

son solitarios; parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á

él para combatir ó predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles,

sin entregarse nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes.

Muchos ingenios eminentes, arrollados por la marea colectiva, pierden

ó atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio.

Los prejuicios más hondamente arraigados en el individuo subsisten

y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de

reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas

el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si

no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse

por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga á una

misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó de una

generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se

encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento,

doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren

claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la

inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio

de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización

de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de la nacionalidad

entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo

entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro de su país, europeo

entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre

porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de

los hombres de genio estar ausentes en todas partes.

Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus

contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron

compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros

rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la

adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen

tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á

todos, sin rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio:

sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad.

Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y

que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran varón que honra á la

raza de todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo

de las hachas...

III.--EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO.

Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes

de que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que

Sarmiento, llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia

ambos fueron maestros de escuela, autodidactas, sin título

universitario, formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto

inmediato con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos

exteriores de la mentira mundana, con las manos libres, la cabeza

libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio florece

mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que son

su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus

universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus

academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el

aire libre y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento

precoz enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las

mejores originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial.

Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene

caracteres de fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en

juntar huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe

compuesto con millares de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos

testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como si

obrara por predestinación ó por fatalidad?

Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la

superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra;

tenía que ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado el

asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no

podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no fué

propicio á ello hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento; y

tenía que ser Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro

reunía en tan alto grado su aptitud para la observación y el análisis,

su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el

enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas

las mediocres vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan

al pensador?

Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad.

Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente,

el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la

realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre,

son su estímulo: crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad

puede conspirar contra él, movilizando en su contra la detracción

y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse,

dionisíacamente seguro. El genio no fracasa nunca. El que no ha

creado no es genio, no llegó á serlo, fué una ilusión disipada. No

quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha hacia la

gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene

prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila

y se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden

su talón los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en

dos circunstancias se ilumina ó se desencadena: en la hora de la

inspiración y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad

parece que en sus pupilas brillara una luz eterna; cuando amonesta á

los envilecidos diríase que refulge en su frente la soberanía de una

generación.

Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función

genial. Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo

y sin quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación

no basta para dar vida á la obra: la voluntad la engendra. En este

sentido--y en ningún otro--el desarrollo de la aptitud nativa requiere

«una larga paciencia» para que el ingenio se convierta en talento ó

se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcionales tienen

un valor moral y son algo más que objetos de curiosidad: «merecen»

la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un don de la

naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más que

sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen

solas. El tiempo es el aliado del genio; el trabajo completa las

iniciativas de la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear

saben lo que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en

la raza, en la ley, en el mármol, en la palabra. Tan magno esfuerzo

explica el escaso número de obras maestras. Si la imaginación creadora

es necesaria para concebirlas, requiérese para ejecutarlas otra rara

virtud: la voluntad tenaz, que Newton bautizó como simple paciencia,

sin medir los falsos corolarios de su apotegma.

Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación

es superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de

bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias,

la paciencia no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de

constancia, sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de

genio, en el tiempo que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su

vida marcha tras él, persiguiendo la quimera entrevista.

Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se

revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia.

Eso no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad,

ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse

en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas

en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la

genialidad. Sólo es genio quien las convierte en obra luminosa, con

esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los más bellos

dones requieren ser cultivados, como las tierras más fértiles necesitan

ararse. Estériles resultan los espíritus brillantes que desdeñan todo

esfuerzo, tan absolutamente estériles como los imbéciles laboriosos; no

da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril

por más que se le are.

Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio

con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos.

La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo

como una inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no

siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente

puede acordarse este supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian

menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y

gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una

fuerza y un resultado que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para

griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: era aquel espíritu

que acompaña, guía ó inspira á cada hombre desde la cuna hasta la

tumba. Con la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra

«genio», los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían

al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza ó

culminación.

No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay

tipos intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de

genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el

«ingenio», es decir una capacidad superior á la mediana. Presenta

una gradación infinita y cada uno de sus grados es susceptible de

educarse ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los

más, sin implicar siquiera talento. Este último es una perfección

alcanzada por pocos, una originalidad particular, una síntesis

de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin ser por eso

equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación del

ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra

adquiere significación social y un Ameghino asciende á la genialidad.

La especie, con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas,

casi, como ejemplares.

La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres

superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de

talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura.

Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al

hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por

otros ó desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades

ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó

frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que

cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta

la obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un

desarrollo orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por

el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en

su ambiente posee la mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la

inteligencia y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, que es

cualitativa entre el talento y el genio.

No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad

complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica,

en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte

en talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio,

llegarán ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias

extrínsecas: su obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la

vida ó en la cultura de su pueblo.

En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer

fiel á su escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco

desequilibrio ó anormalidad; su producción científica ó artística

se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó descubrimientos

son profundos y radicales. El hombre de talento, en cambio, es

más equilibrado y su degeneración física y mental es menor; no es

un precursor decidido, sino más bien un coordinador de elementos

dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo, aunque sin la

verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las conclusiones

son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales: Cervantes,

Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; son

talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace. Existen

tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial», como

Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de ambos

tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de

un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen

igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan

como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas

inquietas y el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes.

La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay

creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El

genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas

vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes,

en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces,

con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las

cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su

camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y

percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère.

Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones

que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no

requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á

siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las

cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil

desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 17 / 19 段