El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan;

ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El

verdadero justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello

tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta

equidad en los casos que no hieren al valimiento de sus cómplices;

pero se complica de hecho en todas las zirigañas de los serviles.

Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo al

digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante

al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las

mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se

empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos:

como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los

arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero

está su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos,

acostumbrados á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde

el diamante con la bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció

Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de

hinojos á los estrados de los que mandan.

Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar

su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al

dios de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron

los acordes rústicos de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas

divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable á la lira,

unánimes todos menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla.

De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo

quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso

ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un cubiculario; corrió á un

lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no

se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten

eternamente que Midas tiene orejas de asno.

La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página

de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de

Bacon, los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones

ó reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es

el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación

hay diez ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en

usarlos á todos, con sus cualidades y defectos; un Panza los excluye

de su ínsula, usando á los que se domestican, es decir, á los peores

como carácter y moralidad. Siempre son injustos los mediócratas:

escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que

merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos

prefieran á sus similares, como dice el publicista. «La torpeza del

burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca

consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología

encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora llega en

que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos,

irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores;

dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se

saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás;

los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un

clavo se pierde una herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos

castiganlos con la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura

en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta

un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen va recta al

corazón, como la del romance famoso.

Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca

al amo.

Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan

con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de

arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla

para el cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los

sofistas y las manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas para

que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación

del ignorante al consejo del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si

coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan

la Monita Secreta para interpretar las Magnas Cartas de las naciones.

Bajo su imperio la hipocresía--más funesta que la desvergüenza--tórnase

sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas

ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el

que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos

los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía

crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes

moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la

fisonomía de toda una época.

III.--LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.

Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su

oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila

y su cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres

repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en

que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres.

Eligen á los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta

hartarse y bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches

blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes

verdes, tornándose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo,

preparando esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se

almibara. Ésa es la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio á

la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan á momificarse

en vida.

Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los

arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo

reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de

ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias

naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz,

exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los

pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola.

Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos

los incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes.

Las apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo,

disueltos como enormes azucarillos.

El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota,

como si el destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza,

demostrándola á los más empecinados, á los que podrían dudar si

murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.

Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para

sí tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar

que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos

como á la hoja de un catálogo abandonado á la intemperie.

Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el

remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio:

«Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse:

pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los

arquetipos sienten su esclavitud: deben morir en ella, si es menester,

custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad.

Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben

y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan

enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus

descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra

y vivir de ella.

Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los

amortaje; sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los

palaciegos, en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos

comensales, no pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar

lo que pudieron ser..., creen que muere una esperanza, como si ésta

fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y

los almibaramientos de la vejez.

Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada

era de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas

cartas ya están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros

nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas

trampas ignoran, se apartan de todas las piaras, esperando otro clima

ó preparándolo. Y no manchan sus labios nombrando á los arquetipos:

sería, acaso, inmortalizarlos.

NOTAS:

[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares

luminosos de su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al

arquetipo de las mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el

actual presidente de su «país.» Lo que no es su intención ocultar.

LOS FORJADORES DE IDEALES

I. EL CLIMA DEL GENIO.--II. EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.--III. EL

GENIO REVELADOR: AMEGHINO--IV. LA MORAL DEL GENIO.

I.--EL CLIMA DEL GENIO.

La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos

lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo

que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos

árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza

que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana,

cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina,

algunos hombres excepcionales anticipan su visión á la de todos, la

concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en

los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree;

capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan una era ó señalan una

ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su

firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas.

La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el

punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre

y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión

trascendente. El hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando

encuentra clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más

fecunda. La función implica el órgano: el genio hace actual lo que en

su clima es potencial.

Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad

mientras en su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita

condiciones propicias de tiempo y de lugar para que su aptitud

desempeñe una función. El ambiente constituye el «clima» del genio y la

oportunidad marca su «hora». Sin ellos ningún cerebro excepcional puede

elevarse á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan para creerla

en un cerebro mediocre.

Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien,

encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la

culminación: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y

en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con

la oportunidad que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando

un ideal implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo,

instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, imponiéndolo.

El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho

intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de

aptitudes personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un

arte, una ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por

una renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando

nuevas orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como

artista ó profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las

emprende como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y

permiten reconocer su huella á través del tiempo. Es rectilíneo é

incontrastable porque encuentra su clima y su hora: vuela y vuela,

superior á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando

á deshoras viviría inquieto, fluctuante, desorientado; sería siempre

intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara á

alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio. No podría

serlo. Nunca.

Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud,

significa confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan

sobre la mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los

hombres inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos

de una escala infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las

estadísticas y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso.

Reservemos el título á pocos elegidos. Son animadores de una época,

transfundiéndose, algunas veces, en su generación y con más frecuencia

en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, de sus ideas ó de

sus obras.

La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos,

confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan

á sí mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada.

Hay una medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se

reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración.

Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si

héroe, lo ejecuta.

El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden

adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para

alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las

circunstancias convergerán á que ellas se conviertan en obras. Y,

mientras no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y

porque ciertas obras geniales no se realizan en minutos, sino en

años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser

consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el

paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una nueva

generación estará habilitada para comprenderlo.

En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos,

desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar

los mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en

la lucha por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un

ideal y consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria

no está en el homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle

los demás, sino en sí mismos, en la capacidad para efectuar su obra

ó cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque Sócrates beba

la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó Bruno agonice en la hoguera:

fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la historia de

los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se reconoce por la remota

eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por las frágiles

sanciones de los contemporáneos.

La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su

horizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse

cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados como

perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y la voluntad.

Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio

ó á la excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la

hora puede ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden

de genialidad: la más oportuna es siempre la más fecunda. Conviene

renunciar á toda estratificación jerárquica de los genios, afirmando su

diferencia y admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las

cumbres son excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse

habilitado para decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan

de estas pequeñeces; el problema es insoluble por definición.

Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que

la alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado

de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su

pueblo ó de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de

capitanes y conquistadores; las otras formas de genialidad entran

en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel

Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus siglos más altos que los

emperadores: por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo.

Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de

su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir ó

pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: todo Ideal es una

síntesis. Las grandes transmutaciones históricas nacen como videncias

líricas de los genios artísticos, se transfunden en la doctrina de

los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas. Así

la genialidad, de simple actitud individual, deviene función en los

pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente.

La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología

de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su

aptitud, y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados,

remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta

apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción de

los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende

el Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería,

dar visos de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos

simples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo

uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora

oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se desenvuelve hasta la

genialidad.

El genio es una fuerza que actúa en función del medio.

Probarlo es fácil.

Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver

argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte

de la cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las

fuentes más hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las

suyas, han visto florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés

y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus organismos se

hubieran encendido lámparas votivas consagradas á la glorificación

eterna de su genio.

Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra

decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura

de este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol

y sembrador: ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le

sucedieron en el gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las

doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino;

será imposible no advertir la huella de su paso, y quien lo olvide

renunciará á conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él.

II.--EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.

Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie

americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan

alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar

que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado

por el afán de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las

grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á

su influencia todas las masas menores de su sistema cósmico.

Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar

civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para

saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para

cohibir su inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera

de sus propios ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino,

previendo que la gloria se incuba en regazos de auroras fecundadas por

los sueños de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando

urge construir ó transmutar, fórmase el clima del genio: su hora

suena como fatídica invitación á llenar una página de luz. El hombre

extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera á una

predestinación irrevocable.

_Facundo_ es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo

feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la

verdad; presentir un ritmo de civilización cuesta más que acometer

una conquista. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. Un

libro es más que una intención: es un gesto. Su palabra parece bajar

de un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por entonces, su

espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso.

En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan de

angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno de su

frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende

las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con

sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse

busca al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio

y en su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes

de _Facundo_, asombroso enquiridión que parece un reto de águila á

águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su

verbo es anatema: tan fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se

enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo

no parece español. Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su

pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro.

Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta

para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea

llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan al corazón de miles

de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan

su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive:

palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase

que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro,

fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan

decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa

de infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente

herida una era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se

encumbra así para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no

admiten rectificación y escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir

sus ritmos á las mareas del Océano para loar líricamente la perennidad

del gesto magnífico.

La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su

Ideal se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención

de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo,

siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso,

como el héroe del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué

pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los partidos, incapaces

para contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente.

Ninguno, grande ó pequeño, podía ser toda una generación, todo un

pueblo, toda una raza. Sarmiento sintetizaba una era en nuestra

latinidad americana. Su acercamiento á las facciones, compuestas por

amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias, eran simples

tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución

necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale

pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el lema

inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».

Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó

como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que

abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la

civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones

é ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear

tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados.

Entusiasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una

propia hija, fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con

la serena crueldad de un cirujano.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 16 / 19 段