IV.--LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO.

La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto

de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima

moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas;

nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios

beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por

los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una

resultante concreta de la moral.

La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito

de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una

mediocracia resulta ilusorio en las épocas de domesticación moral y de

hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus

fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el

vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos,

con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente á cierta

hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y

trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos

recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango

al mérito y reclama la intervención del genio.

El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo

en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una _vis

medicatrix naturae_ que corrige el abellacamiento de las naciones: la

formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.

El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad,

se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la

orientación original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento

se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La

mediocridad calla, impotente; su hostilidad tórnase feble, aunque

innúmera. Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, otorgándolo á ras

de tierra. De lo útil á todos, no saben decidir los más: nunca fué el

rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto

del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez

en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la opinión de sus

iguales.

Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas

converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa

de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena

como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán.

En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al

carácter como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su

esfuerzo ineficaz.

Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas

las cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad

numérica ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo

tendría tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se

esforzarían por ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo

cualquier originalidad creadora á la más tradicional de las rutinas.

Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno

aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos

útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras

respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de

las aptitudes y se perdería con ellas.

Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.

Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la

igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito.

Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los

intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base

natural del privilegio.

La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las

mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta:

_la justicia en la desigualdad_.

LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1]

I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO--II. EL TRINOMIO MENTAL DEL

ARQUETIPO.--III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.

I.--LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO.

Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro

legendario--Tiberio ó Facundo--y del genio transmutador--Marco Aurelio

ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los

mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á

la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia

inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios

por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana

de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima;

sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en

su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados

por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó

por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en

su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la

mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en

momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de

una serpiente.

Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles

culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que

comparten sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus

vicios, sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio de tal

casta ó partido: su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas

políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con su

corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad,

hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de

ajenas voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes,

buscan los tiranos sus favoritos, nombran los reyes sus ministros,

entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes:

en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y en

las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura

espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran

propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan

las cumbres y los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y

timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen

la originalidad y la juventud; adoran á los que nunca podrán volar ó

tienen ya las alas enmohecidas.

Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes

apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal,

atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso

basta para disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas

gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma

infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría

de su fantasma: llámase lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad,

ponderación á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, fe á su

fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, distracción á sus vicios,

liberalidad á su briba, sazón á su marchitez. La hora los favorece: las

sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. En cierto momento

la ilusión ciega á muchos, acallando toda veraz disidencia. De esas

baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, aunque

no siempre los menos inservibles.

La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro:

nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en

la común vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el

espectáculo. Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,--J.

M. Ramos Mexía--lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la

persistente notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen

tener ciertos grupos de mediocres, consiste en propiedades de fácil

articulación de los unos con los otros, resultando una firmeza de

columna vertebral y constituyendo verdaderos mecanismos de nutrición

colectiva. Así asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no

necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento para adquirir el

sentido de las conveniencias vitales.»

Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en

prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.

Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse

proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del

Poder, aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha,

los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación

al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno,

mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir

attendre est le grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema

de los arquetipos: el «don de espera», que los expone á alelarse en una

vejez almibarada.

La paciente expectativa converge á la culminación de los menos

inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca

vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando

les falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un

sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces,

en tácita transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar

más alabanzas en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo

los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una

hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno. Su armazón es

simple convergencia de ocultas debilidades: «Una cierta tendencia

asociativa duplica sus fuerzas. En virtud de la ley por la cual los

semejantes buscan á los semejantes, todo mediocre se siente atraído

por su homónimo mental. De allí procede ese género de epidemicidad de

la insignificancia intelectual que suele hacer estragos en la sociedad

en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese ambiente el

talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más chillona

y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho más

que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no

está en tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario,

en no tenerlas para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder

de mimetismo concurrente que hace de la vida un carnaval solemne,

en el cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización para

aplastar con su vientre la excelsitud del cerebro alado; tanto más

fácilmente cuanto que la miope simplicidad popular confunde á menudo

las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones cerebrales».

Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el

pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,

empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir

la verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas

las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo

disipa el equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados

en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el

primero es la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.

Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con

demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral,

sus lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las

cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran

prescritas sus viejas pústulas: incondicionalismos para con los

regímenes más turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos

infortunios de donjuanismo epigramático. Sus labios abrévanse en

aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten

que después de chapalear en el vicio todo puritanismo huele á encima,

como los guantes que pasan por el limpiador.

Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan

esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los

desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta

que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la

tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester

los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados;

corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y

quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candorosamente la

zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de ciertas épocas:

cuando la mediocridad incuba pollipavos no tienen atmósfera los

aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos

necesarios para advenir al poder: entrégase á ejercitarlo como un

tartamudo á quien confiaran la declamación de un poema.

La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas:

el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en

contra de alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de

andar á la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una

inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que

le han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin gallardía; no la

demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por

tantos años ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por

cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos, ni se

parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos

vagamundean con el «don de espera del batracio optimista», de que

habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una

herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa; pero llega su

sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir,

más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance

finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el

tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla.

En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con

inocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan

alguna misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que

ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación

con que los exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los

eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer la

estrategia de los empresarios de su fama.

Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas

diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus

huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático

ó perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas

canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de

sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías

reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo

después de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la

nación más hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos,

como si por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en

los corazones de los pueblos.

Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los

ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo

puede agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración de la

calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica cuando procede de amigos

interesados, el «aparato» se completa á maravilla y sus efectos

transcendentales escapan á los límites de la vida privada; los simples

goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta la celebridad

mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos

calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura

híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar,

quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si

hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con

vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia

del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel la mula: se les

reconoce al pasar, viendo su moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su

herradura.

Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no

piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á

misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran

como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías

arrugadas: la grandílocua rancidez de programas á cuyo pie buscaríase

de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no

traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén

cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más á los

mediocres. Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no

lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y

nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios

democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano,

la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza

consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula decir

mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase bajo

el antifaz de las vaguedades cívicas.

No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia.

Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de

civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el

vicio, por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos

caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los

indignos han tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se

conquistan hay que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso

el engendrado en un vientre impuro», dicen las escrituras; los que se

encumbran cerrando los ojos é implicándose en mañas de estercolero,

sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintiéndose á sí mismos

para hartar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del

pecado original, aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al

maleficio de sus Mefistófeles.

El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las

facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos

retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo

de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En

ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No

podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente

porque no existe, substituido por cohortes que medran.

Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades

espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna

multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres.

Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en

la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las

oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos

los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se

complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas

ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y

raza y humanidad.

II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO.

Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa

superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos

un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la

fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se

repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su

trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.

Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera

sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de

las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus

ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos

y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es

confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar

las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas

nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes

lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones

allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los

burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que

recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático

cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo

voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice

su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la

penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad

de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena

estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro

meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes

mentales que la vanidad les sugiere.»

En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico

esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso

quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el

vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por

los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la

vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula

en los tontos.

Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales

y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á

lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella

entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la

atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos

que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos;

salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas

intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en

actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase

cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los

vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias.

El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla,

aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.

Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay

pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría

bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten

de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan

de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar

el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los

acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía

Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que

ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores

que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo

visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso

abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias,

la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios.

Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez

quitan al hombre el gobierno de sí mismo.

La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción

de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de

los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones

de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta

trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su

aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder

lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se

entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de

potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas:

esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión

á la democracia.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 15 / 19 段