La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto
de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima
moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas;
nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios
beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por
los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una
resultante concreta de la moral.
La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito
de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una
mediocracia resulta ilusorio en las épocas de domesticación moral y de
hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus
fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el
vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos,
con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente á cierta
hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y
trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos
recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango
al mérito y reclama la intervención del genio.
El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo
en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una _vis
medicatrix naturae_ que corrige el abellacamiento de las naciones: la
formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.
El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad,
se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la
orientación original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento
se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La
mediocridad calla, impotente; su hostilidad tórnase feble, aunque
innúmera. Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, otorgándolo á ras
de tierra. De lo útil á todos, no saben decidir los más: nunca fué el
rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto
del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez
en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la opinión de sus
iguales.
Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas
converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa
de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena
como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán.
En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al
carácter como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su
esfuerzo ineficaz.
Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas
las cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad
numérica ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo
tendría tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se
esforzarían por ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo
cualquier originalidad creadora á la más tradicional de las rutinas.
Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno
aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos
útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras
respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de
las aptitudes y se perdería con ellas.
Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.
Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la
igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito.
Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los
intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base
natural del privilegio.
La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las
mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta:
_la justicia en la desigualdad_.
LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1]
I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO--II. EL TRINOMIO MENTAL DEL
ARQUETIPO.--III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.
I.--LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO.
Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro
legendario--Tiberio ó Facundo--y del genio transmutador--Marco Aurelio
ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los
mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á
la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia
inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios
por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana
de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima;
sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en
su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados
por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó
por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en
su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la
mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en
momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de
una serpiente.
Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles
culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que
comparten sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus
vicios, sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio de tal
casta ó partido: su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas
políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con su
corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad,
hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de
ajenas voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes,
buscan los tiranos sus favoritos, nombran los reyes sus ministros,
entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes:
en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y en
las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura
espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran
propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan
las cumbres y los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y
timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen
la originalidad y la juventud; adoran á los que nunca podrán volar ó
tienen ya las alas enmohecidas.
Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes
apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal,
atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso
basta para disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas
gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma
infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría
de su fantasma: llámase lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad,
ponderación á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, fe á su
fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, distracción á sus vicios,
liberalidad á su briba, sazón á su marchitez. La hora los favorece: las
sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. En cierto momento
la ilusión ciega á muchos, acallando toda veraz disidencia. De esas
baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, aunque
no siempre los menos inservibles.
La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro:
nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en
la común vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el
espectáculo. Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,--J.
M. Ramos Mexía--lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la
persistente notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen
tener ciertos grupos de mediocres, consiste en propiedades de fácil
articulación de los unos con los otros, resultando una firmeza de
columna vertebral y constituyendo verdaderos mecanismos de nutrición
colectiva. Así asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no
necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento para adquirir el
sentido de las conveniencias vitales.»
Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en
prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.
Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse
proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del
Poder, aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha,
los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación
al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno,
mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir
attendre est le grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema
de los arquetipos: el «don de espera», que los expone á alelarse en una
vejez almibarada.
La paciente expectativa converge á la culminación de los menos
inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca
vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando
les falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un
sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces,
en tácita transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar
más alabanzas en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo
los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una
hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno. Su armazón es
simple convergencia de ocultas debilidades: «Una cierta tendencia
asociativa duplica sus fuerzas. En virtud de la ley por la cual los
semejantes buscan á los semejantes, todo mediocre se siente atraído
por su homónimo mental. De allí procede ese género de epidemicidad de
la insignificancia intelectual que suele hacer estragos en la sociedad
en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese ambiente el
talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más chillona
y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho más
que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no
está en tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario,
en no tenerlas para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder
de mimetismo concurrente que hace de la vida un carnaval solemne,
en el cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización para
aplastar con su vientre la excelsitud del cerebro alado; tanto más
fácilmente cuanto que la miope simplicidad popular confunde á menudo
las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones cerebrales».
Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el
pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,
empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir
la verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas
las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo
disipa el equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados
en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el
primero es la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.
Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con
demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral,
sus lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las
cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran
prescritas sus viejas pústulas: incondicionalismos para con los
regímenes más turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos
infortunios de donjuanismo epigramático. Sus labios abrévanse en
aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten
que después de chapalear en el vicio todo puritanismo huele á encima,
como los guantes que pasan por el limpiador.
Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan
esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los
desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta
que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la
tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester
los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados;
corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y
quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candorosamente la
zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de ciertas épocas:
cuando la mediocridad incuba pollipavos no tienen atmósfera los
aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos
necesarios para advenir al poder: entrégase á ejercitarlo como un
tartamudo á quien confiaran la declamación de un poema.
La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas:
el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en
contra de alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de
andar á la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una
inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que
le han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin gallardía; no la
demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por
tantos años ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por
cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos, ni se
parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos
vagamundean con el «don de espera del batracio optimista», de que
habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una
herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa; pero llega su
sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir,
más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance
finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el
tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla.
En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con
inocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan
alguna misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que
ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación
con que los exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los
eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer la
estrategia de los empresarios de su fama.
Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas
diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus
huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático
ó perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas
canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de
sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías
reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo
después de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la
nación más hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos,
como si por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en
los corazones de los pueblos.
Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los
ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo
puede agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración de la
calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica cuando procede de amigos
interesados, el «aparato» se completa á maravilla y sus efectos
transcendentales escapan á los límites de la vida privada; los simples
goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta la celebridad
mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos
calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura
híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar,
quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si
hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con
vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia
del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel la mula: se les
reconoce al pasar, viendo su moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su
herradura.
Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no
piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á
misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran
como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías
arrugadas: la grandílocua rancidez de programas á cuyo pie buscaríase
de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no
traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén
cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más á los
mediocres. Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no
lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y
nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios
democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano,
la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza
consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula decir
mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase bajo
el antifaz de las vaguedades cívicas.
No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia.
Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de
civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el
vicio, por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos
caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los
indignos han tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se
conquistan hay que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso
el engendrado en un vientre impuro», dicen las escrituras; los que se
encumbran cerrando los ojos é implicándose en mañas de estercolero,
sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintiéndose á sí mismos
para hartar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del
pecado original, aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al
maleficio de sus Mefistófeles.
El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las
facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos
retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo
de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En
ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No
podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente
porque no existe, substituido por cohortes que medran.
Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades
espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna
multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres.
Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en
la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las
oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos
los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se
complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas
ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y
raza y humanidad.
II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO.
Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa
superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos
un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la
fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se
repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su
trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera
sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de
las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus
ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos
y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es
confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar
las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas
nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes
lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones
allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los
burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que
recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático
cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo
voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice
su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la
penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad
de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena
estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro
meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes
mentales que la vanidad les sugiere.»
En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico
esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso
quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el
vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por
los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la
vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula
en los tontos.
Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales
y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á
lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella
entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la
atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos
que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos;
salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas
intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en
actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase
cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los
vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias.
El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla,
aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.
Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay
pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría
bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten
de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan
de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar
el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los
acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía
Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que
ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores
que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo
visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso
abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias,
la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios.
Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez
quitan al hombre el gobierno de sí mismo.
La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción
de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de
los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones
de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta
trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su
aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder
lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se
entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de
potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas:
esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión
á la democracia.