pero permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante
y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de
cofradía. Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los
ideales de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación,
el sentimiento nacional se corrompe: la patria es explotada como una
empresa. Cuando se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa
que en cada ingenio original puede estar una partícula de la gloria
común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven á la condición de
habitantes. La patria á la de país.
Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara
parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres
aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios
tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie
individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma
la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en
el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa
se doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que
navegan, advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto
inmóvil: un faro en la costa.
II.--LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.
El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el
sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes
presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de
aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los
árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus
subalternos florecen en los establos del sufragio universal. En la
bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia
desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura una moral hostil
á la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va á manos de
gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse
los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican.
Los palaciegos se mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos
y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde
todos tragan. Lo que antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase
jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si
hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan
y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser
vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza,
en los países cúbrese de honores.
Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados:
enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no
arrebatos de sectarios. Su justificación está á cargo de electores
inocentes, que van á la parodia como á una fiesta del ideal.
Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres
pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan
sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad
de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada
piara se forma un estado mayor que disculpe la pretensión de gobernar
á su país, encubriendo las restantes vanidades ó piraterías con el
pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son
toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no admiran ninguna
superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar paso á su
mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced á la
firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de sombras
insignificantes.
Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de
«elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos,
deshonestos y serviles.
Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos
terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos
coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus
alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad
amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más
capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen
conseguirlo incorporándose á las piaras.
Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á
especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las
arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el
erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y
dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo
para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política
suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría.
Apoya á todos los gobiernos.
Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad
de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos
de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de
la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la
certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y
sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á
batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una
votación.
En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los
congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las
mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno
se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.
Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún
apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo
no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su
presencia, aquilatándolos.
Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos
envilecidos. Los partidos--ó el gobierno en su nombre--operan una
selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la
intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que
tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos
infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El
desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el
rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del
representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á
los _desiderata_ del sufragio universal; la grey se prosterna ante los
fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería.
Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en
funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho.
Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los
sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino
en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad
ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir
á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es
inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de
prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven,
maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose,
envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera.
El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario
delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de
mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta
feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor.
Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las
instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una
clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese
altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la
rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña
burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara
que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida
doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias
bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios.
El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se
asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse
apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia.
Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres
que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero
á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios
de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más
contradictorias fisiologías.
Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la
adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad
humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros
domésticos.
El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran
esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios
para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad».
Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel,
jamás conducen á la gloria.
La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos
son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación,
el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio
sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á
quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es
una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada.
El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la
conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su
inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus
gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su
personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de
los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el
adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por
el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (_Fedra_, IV, 6) lo
creyó un castigo divino:
_Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux
rois la colère celeste._
No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es
menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad,
más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo
de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más
cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste.
Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de
sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la
propia dignidad.
En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes,
los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven
fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su
sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los
ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los
arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su
hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios
desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación:
tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres
dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían
sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no
merecer.
Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa
con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal
donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente--escribió La
Bruyère--no puede adular; cree que su presencia importuna en las
cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que
gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus
méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud
y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.
De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y
dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni
se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo
mediocre y lo innoble son calificados con justeza; á fuerza de velar
los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las
cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda
palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres á
las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una
cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente
y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro.
Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias
admirables que cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un
ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert;
muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por
los gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista
es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías
constitucionales y en las repúblicas democráticas. Quien vive para un
ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para
que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; cuando
se apartan de ella la pierden para siempre.
Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres.
En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y
el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los
rutinarios: rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben;
nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan contra
ella, á desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.
III.--DEMAGOGOS Y ARISTARCOS.
El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso
escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos
en rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la
culminación de los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías
ó repúblicas. El siglo XIX ha unificado el régimen político, en su
esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos.
Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las
excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una
voz de la naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es
un privilegio excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La
democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos
y no aducen derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra
y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que
uno solo. La civilización parece concurrir á ese lento y progresivo
destierro del hombre extraordinario, ensanchando é iluminando las
medianías. Cuando los más no sabían pensar, justo era que uno lo
hiciese por todos, facultad suprema aunque expuesta á peligrosos
excesos. Pero el hombre providencial es innecesario á medida que
los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, se
pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas ó
escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y podría traducirse
así: en la medida en que se difunde el régimen democrático restríngese
la función de los hombres superiores.
Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una
orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase
con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca;
ni lo será, según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación,
viendo en la igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil
y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la
presunción de la democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á
Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros
tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El
genio, en su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre en la
propia; mil, cien mil mediocres no harían entonces lo que un genio.
Cooperan á su obra los idealistas que les preceden ó siguen; nunca los
conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias,
que pueden ser su instrumento pero no su guía.
Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial
sino al mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan
de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares.
El culto del gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al
malo, sin concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del
genio, del santo y del héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca
al fatuo: en la chatura crepuscular de las mediocracias, mientras las
academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado
los charlatanes ó los pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no
sirven; entonces puéblase de astros el horizonte. En la borrasca toma
el timón un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora
mira lejos un Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad en
formación. Y todo varía en sus dominios; fórmase en su rededor, como el
halo en torno de los astros, una particular atmósfera donde su palabra
resuena y su chispa ilumina: es el clima del genio. Y uno sólo piensa y
hace: marca un evo.
Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza:
«la igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible
una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los
individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No
habría podido existir como término culminante de la serie biológica.
Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la
selección natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse
las variaciones descollantes de los individuos. Igualar todos los
antropoides sería negar la humanidad; igualar todos los hombres sería
negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma.
Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo
del régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha
favorecido su descenso político durante el último siglo.
Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente,
es una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser
todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine
y Hugo, nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la
equivalencia universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es
la posición del problema. Es sencilla.
Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron
tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los
tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir
á las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido
siempre mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un
«pueblo» capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas
de pobres é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de
pastores.
La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los
más grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho
individualistas y partidarios de la selección natural: _perseguían la
aristocracia del mérito contra los privilegios de las castas_. Aquel
ingenuo trovador que cantó
«Ved en trono á la noble igualdad»,
creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes
oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas
coloniales. Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar
á los humildes, para inducirles á cambiar de amo; tan superficial
era su fe democrática que sólo acertó á calificar de «noble» á la
igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de entregarla al pueblo para
que la disfrutara, la puso en un «trono», como si con ella quisiera
simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, como
todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los ilusos ó forman
el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que
invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de toda
superioridad ó diferencia.
Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis
de mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen
la justicia para todos y se equivocan buscándola en la igualdad;
los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban
por reservarlo á los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la
nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. Ambos son, de
hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo
sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: en
ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales. Así como
las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias
no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las
tabernas.
Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es
respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo.
Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre
hombres y sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la
aristocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible.
Es justo, porque es natural. En cambio es ridículo el concepto de
las aristocracias tradicionales: conciben la sociedad como un botín
reservado á una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar
compuesta por los mejores hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos,
familiares y lacayos de los que fueron otrora los más aptos seguirán
participando de un poder que no han contribuido á crear? ¿En nombre de
la herencia?
Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y
podrían renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo.
Conviene que lo pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una
aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso
obstáculo.
El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los
derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos
son igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes
superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.
Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática
son más propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se
constituyen oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos
y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su
improvisación, fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por
atributos inexplicables que fincan en una cultura de siglos: hay gentes
de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera.
Son más esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad y el
honor tienen más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia
que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á
castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas minadas por hábitos
de servidumbre?
El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el
privilegio numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada
no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de
combatir la mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática;
en los dos casos trátase de idénticos mediocres con distinta
escarapela. Las masas inferiores--que podrían ser el «pueblo»--y
los hombres excelentes de cada sociedad--que son la «aristocracia
natural»--, suelen permanecer ajenos á su estrategia.
Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que
pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas;
entre los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que
ansían reducir á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de
mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas son
víctimas propiciatorias en esas disputas entre mediocres enguantados ó
descamisados.