Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad

«atenúa ó anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir

ó simplemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta.

Omito las rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen

particular. Para la mayoría de los hombres, el debilitamiento vital

suprime de seguida el gusto de esas cosas superfluas. Señalemos,

también, con la vejez, la hostilidad decidida contra las innovaciones:

nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de

plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es tan notorio,

que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, cada

generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese

«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados.

Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una

capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en

los viejos, por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á

esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos los

sentimientos altruístas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta

el fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la

personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad.

Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al

de su formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan

impresiones poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto

revélase en la regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de

las primeras impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando

ya han desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de

plasticidad hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros,

ó muy débiles, mientras los antiguos se han grabado hondamente en

materia más sensible y sólo se borran con la destrucción de los órganos.

Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su

poder de crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad

de adaptación del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas

ideológicos; la detención de las funciones neuronales en los ancianos,

ó en los adultos de cerebro atrofiado por falta de ilustración ú

otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la

inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe,

igualmente, que la amnesia, la falta de asociación de ideas, la torpeza

intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando--por

causas más ó menos mórbidas--la articulación entre los neurones llega

á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan y dejan de

estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se desorganizan

parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta

la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías de

asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos

años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido

organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado

de plasticidad.

Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III,

452) observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la

vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables

cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez:

Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis

ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque

mensque.

Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha

anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura

hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio

usual en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine

piquera-t-elle jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de

la historia han sido realizadas antes de los treinta años. (_Essais_,

lib. I, cap. LVII.)

Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las

mismas conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la

energética moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años

al publicar su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco,

veintiséis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes

innovadores había llegado á los treinta años cuando se dió á conocer.

Las épocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento

en que fueron concebidos; hubieron de pasar algunos años antes de

que tuviesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos

encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos

maestros de la ciencia; estamos acostumbrados á considerarla como

privilegio de una edad más avanzada, y nos parece que todos ellos han

faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose abrir nuevos caminos

á la verdad. Se dirá que la solución de esos problemas por verdaderos

muchachos fué una singular y excepcional casualidad; fácil es comprobar

que ocurre lo mismo en todos los dominios de la ciencia: la gran

mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron la obra

de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es éste el

sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese hecho; pero es

útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos

de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud. Los

trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador;

el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos...

permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes

en los institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como

ocurre ahora, un gran número de talentos científicos originales.» (W.

Ostwald: _L'Energie_, cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan

improvisadas el eminente filósofo las ha desenvuelto en su último

libro (_Les grands hommes_), donde el problema del genio juvenil está

analizado con criterio experimental.

Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á

hombres que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es

natural que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada

á un joven significaría enterrar á un vivo.

V.--LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.

Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot

y Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los

jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas.

Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán

viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á

la mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.

¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios

terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la

conversión religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría

el hombre, activo y emprendedor á los treinta años, no ser apático

y prudente á los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos

haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo

paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano

misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas

frente á la realidad que nos rodea?

La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables

de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni

morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer;

envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el

crecimiento, nos lo sustrae preparando la muerte.

Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante,

mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La

historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su _De Senectute_

con el mismo espíritu con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su

ensayo sobre _La Vieillesse_. Aquél se quejaba de que los viejos fueran

poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en

la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los

viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una

competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre

los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se

explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos lo

saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber

visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos

de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los

viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque

comete la imprudencia de juzgarle con verdad: _convenons de bonne grâce

qu'il prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux,

il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur et son aspect est

désagréable_: ningún joven ha escrito una silueta más sintética que

esa, incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia.

Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias

contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.

Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier

excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del

gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela,

rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su

grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época

patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de

las clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron

superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su

mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el

individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la

cabeza de la sociedad.

No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas,

señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet.

Afirmar que por el camino de la vejez se llega á la mediocridad es

la aplicación simple de un principio regresivo que rige á todos los

organismos vivos y los prepara á la muerte. ¿Por qué extrañarnos de

esa decadencia mental si estamos acostumbrados á ver desteñir las

hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega perseguido por el

invierno?

Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la

juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa,

heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez

siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres

representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después

de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en

el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la

resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo,

esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los

peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen

derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas

en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen

á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la

incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden

concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.

La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede

convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil

para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se

arrepiente no es por santidad, sino por impotencia.

LA MEDIOCRACIA

I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.--II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.--III.

DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.--IV. LA

ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»

I.--EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.

En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se

exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan.

Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más

tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia

de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras

líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los

héroes su corazón en la balanza del destino.

Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de

encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales

trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de

palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y

noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la

continuidad del tiempo.

En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo

vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales,

tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni

oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no

resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de

los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es

el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.

Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el

culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes,

la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el

desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y

de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo.

En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se

habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como

predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El

culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra

fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños

militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan

esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido

improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás

piezas del mosaico.

Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre.

Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos

gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia.

Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las

democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la

culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no

patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los

engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos

desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas

advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de

parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar

con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la

encrucijada más impune para explotar á la sociedad.

Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los

regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales.

Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad

prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se

cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al

elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece

en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia:

todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada

uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades

oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la

tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en

llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura

á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas

denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí

mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos,

carcomiendo la dignidad común.

En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias

por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó

el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu

colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias.

Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el

mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la

pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia

estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á

los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son

despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados.

No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del

país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos.

Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.

Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su

influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados;

nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los

ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza

á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan,

se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa

medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan

el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista:

cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se

condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.

Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las

profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La

aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones.

Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida

por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias

pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos

administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia

de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase

cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman

las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente

la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la

justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de

todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable

que oscila entre un empleo y una decoración.

Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo

representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son

suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres

se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales.

Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios

por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su

eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en

institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo

ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la

fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por

el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de

nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas

parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse

por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad

no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de

los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es

una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos

mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros,

cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna,

ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto

en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de

virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco

Aurelio.

Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la

ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de

los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen

prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban

resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras

son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó

lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos,

anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de

la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino _par negotiis neque

supra_. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan,

predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada

tienen que hacer.

La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce

pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las

virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates,

el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel

á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres

ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún

brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó

ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio:

que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria

para usufructuar sus riquezas.

En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las

cortes se pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores.

Mesnadas de retóricos parlotean _pane lucrando_: aspirantes á algún

bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, en cuyas conciencias

está siempre colgado el albarán ignominioso. Las mediocracias

apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el

miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley

en esos climas. Todo hombre declina su personalidad al convertirse

en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo,

pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de

una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada

oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos

á las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se

aproxima. En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado.

De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino

sembrando el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.

Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de

instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de

espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea

disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la

grandeza y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de

esperanzas no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños

comunes, desear juntos grandes cosas y sentirse decididos á

realizarlas, con la seguridad de que ninguno se quedará en mitad del

camino contando sus talegas. No basta acumular riquezas para crear

una patria: Cartago no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, las

industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de un país un

estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una

patria.

Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una

nación. El sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se

sienten acomunados para perseguir un mismo ideal: las naciones más

homogéneas son las que cuentan más hombres capaces de sentirlo y de

servirlo. Es más intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas.

La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, impídeles ver en

el patriotismo el más alto ideal; el _déclassé_, ajeno á la nación,

tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país natal. Sólo

el digno y el libre pueden tener una patria.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 13 / 19 段