El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera

del hilo que la rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga

á confundir el mármol con la chiscarra y la voz con el falsete,

inclinándole á suponer que todo escritor original es un heresiarca.

Los intelectos mediocres darían lo que no tienen por saber escribir

tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que

no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no compromete,

hecha de mendacidad prudente, restringiendo las perversidades para que

resulten más agudas, sacando aquí una migaja y dando allí un arañazo,

velando todo lo que puede ser objeto de admiración, rebajando siempre

con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un mismo nivel los

críticos y los criticados. El escritor original sabe que atormenta á

los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos ante

el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el laurel que

mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero llega

siempre apareada la ridiculez de un Zoilo.

En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares

verdugos de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro

esa larva sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio,

conspiran con una intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas

armas que harían sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada

astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando que existen

hombres originales é indisciplinados, capaces de subvertir rutinas y

prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su

fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos ideales á las

razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gravedad, de

estremecer á los gobiernos...

Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales

para cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por

docenas, por millares, como liliputienses en torno de un gigante.

Los contrabajistas de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos

sinfonistas. Gacetilleros anodinos consumarán bibliografías sobre

algún lejano pensador que los ignora. Muchos que en vano han intentado

acertar una mancha de color, dejarán caer su chorro de prosa como si

un robinete de pus se abriera sobre telas que vivirán en los siglos.

Cualquier promiscuador de palabras enfestará contra el que no sea

un panarra ó un pravo. Las mujeres feas demostrarán que la belleza

es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata;

vengarán su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema

entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras

para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en coro,

repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones,

locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la

dignidad, pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra,

sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á

éste le dieran á elegir entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un

minuto: murmuraría del primero con la firma del segundo.

Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el

fuego de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se

entregan de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del

corazón; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del placer

de admirarlos. Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la

mansedumbre con la dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad

con el orgullo, rebajando todo ideal hasta las bajas intenciones

que supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán todo lo bello,

olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en

áureas espigas, frente al sol. «Es un gran signo de mediocridad--dijo

Leibnitz--elogiar siempre moderadamente.» Pascal decía que los

espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se

descubren más tipos originales á medida que se posee mayor ingenio. El

verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las cosas,

pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo mejor,

no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas

y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo

nivel donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben

admirar no tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia

una perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que

cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con

su pátina ignominiosa.

La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero

ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los

malos autores. La mediocridad acosa colectivamente á los originales;

siendo éstos contados y aquella innumerable, el número y la complicidad

pueden contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria.

Mientras los criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos

quedan oprimidos y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir

que sigan muriendo á fuego lento.

El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de

los pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano

esperando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la

mano tendida, negándole la notoriedad que le conferiría el desdén.

El silencio del genio mata al mediocre; su indiferencia le asfixia.

Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su

presencia; sueña que le han nombrado, aludido, refutado, injuriado.

Pero todo es un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde la

penumbra, de donde no le saca el hombre superior. El que tiene

conciencia de su mérito no se presta á inflar la vanidad del primer

indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole á

perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre sus

condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra

á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de muchos

criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con su

desprecio.

IV.--UNA ESCENA DANTESCA: SU CASTIGO.

El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para

hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como

un estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más

desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario

ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor.

El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia

le devora como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á

la encina. Por eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este

monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes

que le amenazan sin cesar.

Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia

distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que

se aviene á su condición mediocre.

Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto

á un paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios,

formando un panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz:

tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el

bien del prójimo. Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus

conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco regocijo cuando

ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces

trágicas, mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la palabra que

Caín pronunció después de matar á Abel. Porque el primer asesino de la

leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.

Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber

que le envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que

sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos

gananciosos son los envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de

rodillas.

Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener

la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía

inequívoca de mediocridad.

LA VEJEZ NIVELADORA

I. LAS CANAS.--II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.--III. LA BANCARROTA DE LOS

INGENIOS.--IV. LA PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.--V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.

I.--LAS CANAS.

Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la

Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay

remedio. Arrancarse la primera--¿quién no lo hace?--es como quitar

el badajo á la campana que toca el _Angelus_, pretendiendo con ello

prolongar el día.

Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el

cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al

mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los

años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza

ahoga á la llama y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa

es la mediocridad.

Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una

rendija por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no

decir la conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara

excepción. La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse

á sí mismo, nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si

pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre

que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos

nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y

mediocridad suelen ser desdichas paralelas.

El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en

los hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse

cuando mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular

empañe los deslumbramientos del espíritu. En general, si mueren tarde,

una pausada neblina comienza á velar su mente con los achaques de

la vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse

extraños á sí mismos, supervivencia que los lleva á no comprender su

propia obra. Les sucede como á un astrónomo que perdiera su telescopio

y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse

imposibilitado para confirmarlos á simple vista.

La decadencia del hombre que envejece está representada por una

regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez

mediocriza á todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza

al viejo ya mediocre.

Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La

personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija;

se organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se

amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza

su máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse

y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los

parpadeos de la llama interior que se apaga.

Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos,

ó cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos

afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención

es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad

más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de

la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando

el cálculo utilitario reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone

á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible, ya

no es joven; cuando opina que es preferible tener de más á tener de

menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad

de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación

de sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes

de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón escribió

palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado

el sitio en que había ocultado su tesoro.» (_De Senectute_, c. 7). Y

debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y

alegrías de la vejez.

Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad

perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa

del ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; hay graves

peligros en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se

disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que

es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la

vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la

esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo

á obscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse

á lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es

más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que no disfruta,

renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo que no

gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.

La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones

envejecidos.

II.--ETAPAS DE LA DECADENCIA.

La personalidad individual se constituye por sobreposiciones

sucesivas de la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del

carácter»; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores

desenvolvimientos.

En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones

recibidas hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la

especie». En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas

de la sociedad: la «mentalidad social». En las capas superiores

florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno,

los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la «mentalidad

individual».

Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más

profundas contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de

la personalidad individual guardan celosamente el capital común á la

especie y á la sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos

van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á

descubrir la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas

vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas

van reemplazando á los cabellos.

Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período

estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas,

pero no adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra á su ocaso.

Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas

declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de

regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras,

decaen cuando comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de

nuestros centros nerviosos.

Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo

admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy,

creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años.

Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá

haber discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la

vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función,

como para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere

de individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la

involución son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus

órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva

íntegras algunas de sus funciones hasta más allá de los límites

comunes. La longevidad mental es un accidente; no es la regla.

La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que

en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y

puede sobrevivir á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril.

Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay

hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente

agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las

exageraciones románticas. En esos mediocres, la única precocidad es

la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan algunas

originalidades hasta sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero,

en unos antes y en otros después, despacio ó de prisa, el tiempo

consuma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones,

energías, según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo, que cambia

todo, cambia también nuestros humores».

El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de

su organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad

individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la

«mentalidad de la especie».

La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La

mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes

celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las

asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora

de la decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando

sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus

adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El

anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva

mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su

personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que

la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta

observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profundas

transformaciones psíquicas de los viejos; el cambio total de sus

sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza

progresiva para acometer empresas nuevas (con discreta conservación

de los hábitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda ó la

apostasía de las ideas más personales (para volver primero á las ideas

comunes en su medio y luego á las profesadas en la infancia ó por los

antepasados).

La mejor prueba de ello--que los ignorantes suelen citar contra la

«ciencia»--la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de

cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de

opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que

la vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la

edad viril.

III.--LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS.

Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del

proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean;

es como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á

la obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición.

Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él

reviste en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir

un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta

inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en

plena senectud, su mentalidad social se reduce á la mentalidad de la

especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á

la miseria.

En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente

esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario

que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior

deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período

de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes

ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse

tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en

la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las

obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto»

por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin

recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable

si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez.

Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis

psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á

la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios,

libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón

pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que

esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo

tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el

contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable

preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo

Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al

dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la

patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas

de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes,

Du-Bois Reymond y C. E. Baer.

Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer

en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su

debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su

madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz

de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en

especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy,

cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le

hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años

escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar,

para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las

horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.

IV.--PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.

La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de

comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen

y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la

inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez

anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta

hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es

una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con

desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares

se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el

volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los

tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener

el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión.

En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las

transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo

degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos,

no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de

la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente

estudiado por Ribot en el último capítulo de su _Psicología de los

sentimientos_.

Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su

ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período

expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto

perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de

analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba

por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece

advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece

contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su caparazón cuando

presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por todas las

fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las

primaveras.

La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes.

Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte

para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud,

considerándola muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas

costumbres á que no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige

la parte más grande, contrariando toda iniciativa, desdeñando las

corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que en otro

tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera comprometedor ó

detestable.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 12 / 19 段