La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de

otros á la medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère,

que vivió como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo

medir el altísimo precepto que encabeza el _Manual_ de Epicteto, á

punto de apropiárselo textualmente sin amenguar con ello su propia

gloria: «Se faire valoir par des choses qui ne dependent point des

autres, mais de soi seul, ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le

parece inestimable y de recursos infinitos en la vida, útil para los

virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de los caracteres

excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, «pues

desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios,

la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se llenarían de

serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían á sus

hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios méritos

más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el

deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la

admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación

moral de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.

LA ENVIDIA

I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.--II. LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.--III.

LOS ROEDORES DE LA GLORIA.--IV. UN CASTIGO DANTESCO.

I.--LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.

La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito

por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada

por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el

acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de

las heridas abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes.

Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos

de su vanidad; desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de

su propia tristura, sin sospechar que sus lamentaciones envuelven una

consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad

de los mediocres sirve de pedestal á los genios, los santos y los

héroes.

Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres

vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno;

esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad,

sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo

hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del

bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese

sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como

un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al

metal.

Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía--y lo

repite La Rochefoucauld--que existen almas corrompidas hasta jactarse

de vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa.

Reconocer la propia envidia implica, á la vez, declararse inferior

al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente

detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por

ocultarla.

Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las

pasiones, limitándose á mencionarla como un caso particular de los

celos. Fué siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la

mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano, haciéndola

nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja

horriblemente flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en vez

de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes

negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una mano ase tres

serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno un

monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno;

está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos

irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á

sufrir, es el verdugo implacable de sí misma.

Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la

ganzúa á la espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y

corazón valiente. En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de

la garra que en un altivo estremecimiento destroza y aniquila; en la

subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento

tímido del que busca morder el talón.

Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él,

opinión ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó

la cuestión, preocupándose de establecer diferencias entre las dos

pasiones (_Obras morales_, II, 576, edición Didier). Dice que á primera

vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian

tórnanse más fuertes, como las enfermedades que se complican. Ambas

sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta

para confundirlas, si atendemos á sus diferencias. Sólo se odia lo que

se cree malo ó nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia,

como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar á

las cosas y á los animales; sólo se puede envidiar á los hombres. El

odio puede ser justo, motivado; la envidia es siempre injusta, pues

la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones, como plantas de

una misma especie, se nutren y fortifican por causas equivalentes: se

odia más á los más perversos y se envidia más á los más meritorios.

Por eso Temístocles decía, en su juventud, que aún no había realizado

ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como

las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales

más florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su

carácter y por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la

mala fortuna; la envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente

desde el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de

los objetos que están debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la

gloria achica la sombra de la envidia y la hace desaparecer.

El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira

es repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries

de los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo.

Las palabras más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden

la centésima parte de las que el envidioso va sembrando constantemente

á la espalda. Ignora las reacciones del odio y expresa su inquina

tartajeando, incapaz de encresparse en ímpetus viriles: diríase que su

boca está amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así

como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el bien recibido contiene

el odio en los nobles espíritus y exaspera la envidia en los indignos.

El envidioso es ingrato, como luminoso el sol, la nube opaca y la nieve

fría: lo es naturalmente.

El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja

en la sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos

enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el

horror de las tinieblas.

El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo;

lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la

indignidad. La envidia es de corazones pequeños. La conciencia del

propio mérito suprime toda menguada villanía; el hombre que se siente

superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con

delirio de las grandezas. Su odio está de pie y ataca de frente. César

aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías; Donatello venció con su _Cristo_

al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulminó á Wagner, sin

envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria y da á sus

predestinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un obscuro

porvenir vuelve miopes y reptiles á los mediocres. Por eso los hombres

sin méritos siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos

por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara

que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es su

tormento; comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre impidiendo

que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una

defensa de las sombras contra los hombres.

Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre

la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar

el problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los

celos.

La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva,

pero posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo

que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un

deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se

emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad

de alcanzarlo.

Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión.

Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando

sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos

pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro

pueda compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble

emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de

condiciones con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del

sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan

del sentimiento de posesión comprometido; la emulación surge del

sentimiento de potencia que acompaña á toda noble afirmación de la

personalidad.

Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están

naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad

por ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible

se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la

emulación; ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una

rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo

comprendió Bartrina, en su admirable quintilla:

«La envidia y la emulación

parientes dicen que son;

aunque en todo diferentes,

al fin también son parientes

el diamante y el carbón.»

La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces.

La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente,

una incapacidad manifiesta de competir ó de odiar.

El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas

las cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia,

la fealdad y la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que

por la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda

subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de

los más grandes: un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos

de voces proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores;

el que siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos

como cicatrices, su clamor visionario y divino; el que se extasía

contemplando las supremas creaciones plásticas; el que goza de íntimos

escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus sentidos,

y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta

cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata

en fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el

deseo de crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no

se conmueve leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven,

puede jurar que la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha

suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben

admirarla en las obras de los genios.

La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad

de un nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria,

marchando ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso,

emponzoña su espíritu mediocre hostilizando la marcha de los que no

puede seguir.

Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula,

digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo

sapo graznaba en su pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de

las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de

lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su

propia impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado.

La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo,

congestionado por la envidia, sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por

qué brillas?

II.--LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.

Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos son sus naturales

sacerdotes.

El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos

heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo

al baldón eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su

moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las

excelencias de las personas que envidia.

Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo

de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las

falsedades. El envidioso pertenece á una especie moral raquítica,

mezquina, digna de compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo,

se resigna á ser vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia

elevación.

La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros

estigmas con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y

sentencioso; el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó

bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa:

ríe á contrapelo.

¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es

de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el

asesinato: diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los

órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante

ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue

al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de

reirse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama la

importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres

aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable

inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no

vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si

es necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana»,

Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza,

ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía,

un prisionero de su tiempo.

El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con

niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los

abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el

propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio;

parece poseer mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano.

Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno en forma de

elogio reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es

el máximum de su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito;

tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga entre sus

propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de

antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se

empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad

complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que

su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo;

vive declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con

la intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban

sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que

le conoce y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su

vanidad sólo aspira á desquitarse con las frágiles compensaciones de la

zangamanga á ras de tierra.

Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á

los envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa

el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima

difamando á los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á

la superioridad del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á

los grandes muertos, como si los detestaran personalmente. Hay quien

envidia á Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse á ellos

rebajándolos; para eso endiosarán á un Brunetière ó un Boulanger. Pero

esos placeres malignos poco amenguan su irreprochable desventura, que

está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria.

Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería

Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable regencia.

El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan

la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó

desprecia: gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.

Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á

sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias

tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una

cacería de águilas ó decretar un apagamiento de astros!

Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud

para satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que

hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es

puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de los demás, según

el juicio que tiene de sí mismo.

Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten,

sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó

celos por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella

tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible

sentirse superior en cien cosas é inferior en una sola; éste es el

punto frágil por donde tienta su asalto la envidia.

El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera

de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar

de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación

profesional, aunque en algunas es más célebre: los cómicos y las

rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La

«invidia medicorum» es memorable desde la antigüedad: la conoció

Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de los

enfermos sobrevivientes á sus drogas.

El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo

ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace

en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma

aberrante de rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la

insuficiencia arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza.

Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la

fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su

forma.

La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su

arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados,

estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa

para traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando

representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.

La que ha nacido bella--y la Belleza para ser completa requiere, entre

otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia--tiene asegurado

el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas

por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una

lima, sin advertir que su desdén las convierte en vestales de la

gloria ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus

críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza

por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma

de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene pero las

atosiga.

Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de

Ovidio, no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura

transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada

de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría de la envidia,

devorando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún

otro poeta de la era pagana.

El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas.

Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás,

partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer

sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un

sitio en el escalafón del estado y le prepara ulteriores jubilaciones.

De allí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar á

substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía

de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas.

El talento--en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad,

como carácter, como energía--es el tesoro más envidiado entre los

hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un

obtuso horror á la individualización excesiva; perdona al portador de

cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira,

la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las

filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar

en la política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, para que

los mediocres se estremezcan de envidia. Así se forma en torno de cada

astro una nebulosa grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión

de difamadores; los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su

ídolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por

millares las pústulas de la viruela.

La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su

corazón gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor

es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible

de su talento en la acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas

del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos

de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la

altura. Sin oírlos.

III.--LOS ROEDORES DE LA GLORIA: LA CRÍTICA.

Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y

su esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los

demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el

legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan

y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á

él mismo. El mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se

resigna á aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su

envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.

Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son

admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en

talento ó en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito.

Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias,

meditaciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, á ese pintor,

á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden que ellos

han consumido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente; y la

biografía de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al

reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar tiempo ó comprar

un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo que el

mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve el

resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas

está sembrado el camino de la gloria.

Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de

crear le empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar

el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian su

irreparable ultimidad.

Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como

si reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el

émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores

que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores

con pie forzado; la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas

propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo

lo que toca deja un rastro de su personalidad.

Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean

achicarla por la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni

sabrían escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor.

Tienen las manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir á los

demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por

definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno; cuando un gran

escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad y si

emplea una frase que usaron otros le llaman plagiario, olvidando que

nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 11 / 19 段