herencia étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias
contemporáneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha
variado el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación de los
mediocres se continúa en las sociedades modernas. Lleva más de un
siglo la abolición legal de la esclavitud ó la servidumbre; los países
no se creerían civilizados si la conservaran en sus códigos. Eso no
tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen existiendo, por
temperamento ó por mediocridad de carácter. No son propiedad de sus
amos, pero buscan la tutela ajena, como á la querencia los animales
extraviados. La psicología gregaria no se transmuta declarando los
derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son
ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de
su mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes
igualitarias y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden
dar hombría á la sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido,
iniciativa á los imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso,
afán de libertad al servil. Por eso, en plena democracia, los
caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican.
En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba,
la conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque
su ayer no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos
accidentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos válidos,
ellos están dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone
á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los
surcos más profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y
poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la
honesta condición de animales de rebaño.
Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la
sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades
pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria,
sin hogar, sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la
corrupción, sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo
luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores
inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse
á las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su
infancia sin rodar á la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.
El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del
carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente,
como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la
esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia,
hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo
cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes.
Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación
malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad
moderna toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias
quedan veladas mientras sus actos se refieren á los vulgares
automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los
obliga á buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela
sus vicios intrínsecos.
Esos degenerados son indomesticables.
Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia
conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial
hacia una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad
consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy
decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello.
En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los
hombres se corrompen los unos á los otros, se imitan en lo intérlope,
se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera
tibia entorpece al que cede por vez primera á la tentación de lo
injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo
infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el
propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras
no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin
advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen
esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su
origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce
que no deja rastro, en los mediocres aran un surco por donde se
facilita la recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos
la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, sólo les
cuesta la primera caída; después siguen cayendo como el agua en las
cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza,
de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa
ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres
no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á
ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus
intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros
para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha
de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan,
borrándose toda creencia y empañándose la dignidad. Así resbalan por la
pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de
Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos
á su imagen y semejanza.
Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas
que las mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la
tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la
sangre humana.
Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el
doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos,
religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos
congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para
agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia
son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.
Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada
funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los
hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza,
los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso,
pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con
donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel.
La domesticación realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En
los límites de la influencia oficial, los medios de aclimatación se
multiplican, especialmente en los países apestados de funcionarismo.
Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. La pérdida de su
dignidad iníciase cuando abren el ojo á la prebenda que estremece su
estómago ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy le
otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay
servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa,
se avienen á ella voluntariamente, por vocación implícita en su
flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de
beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases
sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en
formas tan diversas como las personas que la ejercitan.
Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las
razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del
mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad
altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la
columna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las
buenas acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la
admiración de todos; si Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago,
lo condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento
en que la virtud es un ultraje á las costumbres...
Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de
castrar á los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados,
no perdonándoles el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta
de virilidad es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en los
caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda
elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos
conviértense en contrabando peligroso, obligados á disculparse y
ocultarse, como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre
digno empieza á despertar recelos, el arrebañamiento es grave; cuando
la dignidad parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación
de los mediocres ha llegado á sus extremos.
III.--LA VANIDAD Y EL ORGULLO.
El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito
propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La
sombra pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á
juzgarse; desciende á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su
caricatura: ser ó parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á ser
mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la
dignidad; cuando el afán de parecer arrastra á cualquier abajamiento,
el culto de la sombra enciende la vanidad.
Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y
Caín. Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas
de amor propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el
orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra
nace de la soberbia, apetito de culminación ante los demás. El orgullo
es una arrogancia originada por nobles motivos y quiere aquilatar el
mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca alargar la
sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado á la mediocrización
moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo vulgar.
Donde los padres de la Iglesia decían _superbia_, como los antiguos,
fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo
sentimientos distintos. De allí el equivocar la vanidad con la
dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual precio los
hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.
En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios
y temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los
demás. En los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los
prejuicios corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que
sugieren al pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción.
La simple circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la
aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste
ó la comparación con los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento
normal.
Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese
á la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos
y se cultiva la sombra. Los primeros viven para sí; los segundos
vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una
perfección; éstos se acomodan á lo que favorezca el éxito. Si el hombre
no viviera en mesnadas, el amor propio sería dignidad en todos; lo es
solamente en los caracteres firmes. Los mediocres, forzados á venerar
su sombra, precipítanse en lo turbio.
Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las mediocracias
contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria
sobre las frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo
del rico encela al miserable. El elogio del mérito es un estímulo
para su simulación. Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar
la gloria, muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios y
virtudes secretas que los demás no reconocen; créense actores de la
comedia humana; entran á la vida construyéndose un escenario, grande
ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío ó luminoso; viven con perpetua
preocupación del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia
sedientos de distinguirse en su órbita, de ocupar á su mundo, de
cultivar la atención ajena por cualquier medio y de cualquier manera.
La diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa entre la vanidad
del escolar que persigue diez puntos en los exámenes, la del político
que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista que
aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino que desea
ver su retrato en los periódicos.
La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares,
es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad;
aquéllos la degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres,
nunca al excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la
personalidad en los hombres superiores: es su condición natural. ¿El
atleta no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad? La
función hace el órgano. El «yo» es el órgano propio de la originalidad:
absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el hombre
superior es un adorno: simple exponente de fuerza. EL músculo abultado
no es ridículo en el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad
excesiva, por monstruosa é inútil: como la vanidad del insignificante.
Ciertos hombres de genio habrían sido incompletos sin su megalomanía.
Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente
diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple
vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra
de un león; lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres
y la desapercibida soberbia de las sombras más densas. No pueden
confundirse. El vanidoso vive comparándose con los que le rodean,
envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que no
puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores
y pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y
encienden su entusiasmo.
El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los
hombres cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el
babélico idioma de los vulgares ha enmarañado la significación del
vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo
es relativo. Si hay méritos el orgullo es un derecho; si no los hay
se trata de vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona
hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera inferior que le asfixia;
es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y
constante. Para los mediocres sería más grato que no les enrostraran
esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus enemigos,
constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para
ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de
las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su
conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el
individuo á la marea de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la
multitud y desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio
rebaño.
IV.--LA DIGNIDAD.
El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el
ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia
natural, siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos.
Credo supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible,
intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre
y borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del
honor. Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos
sin ella son esclavos.
Los temperamentos adamantinos--_firmeza y luz_--apártanse de toda
complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos,
desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan
todo bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma
antes que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse
en facciones y huestes, convertidos en viviente protesta contra todo
abellacamiento ó servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para
disculparse en el número, rehuyendo las íntimas sanciones de su
conciencia; los seres domesticados son incapaces de gestos viriles,
fáltales coraje. La dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son
impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuando conviene
obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del
esfuerzo equivale á la desorientación del impulso: el mérito de las
acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin
coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud.
Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los
moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan
para violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la
fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el
vicio, los mártires van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía,
los santos mueren por un Ideal. Para anhelar una perfección es
indispensable: «el coraje--sentenció Lamartine--es la primera de las
elocuencias, es la elocuencia del carácter.» Noble decir. El que aspira
á ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar alto; el que se
resigna á arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar
si lo aplastan.
La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los
caracteres mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la
cultura exaltan el individualismo de los excelentes, floreciéndolos de
dignidad. El lacayo pide; el digno merece. Aquél solicita del favor
lo que éste espera del mérito. Ser digno significa no pedir lo que se
merece, ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan entre
las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata
de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna.
La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea
cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón:
lo que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado
en la adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere,
éste, perder un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más
leves que medrar indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede
dolerle una hora; la más leve domesticidad le remordería por toda la
vida.
Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse
erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas
domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente;
la pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los
caracteres dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á
lo que puede darse sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su
orgullo á prosperar arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les
acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos, como si fueran
á desposarlo más allá de la muerte.
Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca
ninguna marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea
los tiernos tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración
de los pesebres. Si su pradera es árida no importa; en libre oxígeno
aprovechan más que en cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél
se toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar solos. Saben
que juntarse es rebajarse. Cada flor englobada en un ramillete pierde
su perfume propio. Obligado á vivir entre desemejantes, el digno
mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior. Descartes dijo que se
paseaba entre los hombres como si ellos fueran árboles; y Banville
escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los regímenes,
son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con desdeñosa
altivez y con la firme resignación de un dios desterrado».
Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el
fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su
respeto por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de
él, á agredirla si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la
muchedumbre que impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir,
el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla,
temiendo estorbar con sus palabras á las sombras que lo escuchan.
Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las
estaciones, espera anclado en su orgullo, como si éste fuera el puerto
natural y más seguro para su dignidad.
Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin
independencia material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo
parásito es un siervo; todo mendigo es un doméstico. El hambriento
puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de
la dignidad es la miseria: ella hace trizas los caracteres mediocres
é incuba las peores servidumbres. El que ha atravesado dignamente una
pobreza es un heroico ejemplar de carácter. Suprema es la indignidad
de los que adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas las
domesticidades, si no fuesen esclavos de la vanidad. El pobre no
puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia;
redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos viven
soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza que
traba la lengua y paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras
para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer
más bella, los amigos más leales, los horizontes más risueños, el
aislamiento más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el
individuo se inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos
funcionario, contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que
le empujan á domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la
dignidad: contentarse con lo que se tiene, restringiendo las propias
necesidades. Un hombre libre no espera nada de otros. No necesita
pedir. La felicidad que da el dinero está en no tener que preocuparse
de él; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es feliz.
Los bienes que tenemos son la base de nuestra independencia; los que
deseamos son la cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna
aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna insolente la
vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son los que
acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún
tesoro los sustituye.
Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla
inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan
ó rebajen. Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que
es propicio al crecimiento de la sombra. Para conservar la estima
propia no vacilan en afrontar la opinión de los mansos y embestir
sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos entre los que
en vano intentan malear su altivez. Estos hombres son raros en las
mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la misantropía
y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y
aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los
humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el
corazón una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía
indómita que á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes
para los hombres amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas,
ó porque cristianos en la más alta acepción del vocablo, ó porque
profundamente afectivos; presentan entonces uno de los caracteres más
sublimes, más espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza
humana. Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo
héroes, perdonan las cobardías de los demás; victoriosos siempre ante
sí mismos, compadecen á los que en la batalla de la vida siembran,
hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística pudiera decirnos
el número de hombres que poseen este carácter en cada nación, esa cifra
bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera, para indicarnos el
valor moral de un pueblo.»