Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia

tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de

méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias

superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos

suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos

naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas

de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no

pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles

nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable;

los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud

es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la

existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la

modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los

bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un

tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser

original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni

desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el

hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo

que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia,

estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar

sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula

de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de

los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos,

son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen

genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar

á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo

mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las

úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la

falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de

Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.

Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste;

confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando

los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son:

llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener

ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á

cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar,

como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden

la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque

comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas

del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con

frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la

apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia

todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien

veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que

vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer

capítulo de los _Caracteres_ parece referirse á ellos La Bruyère, en

un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un

manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta

que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los

presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por

la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la

obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar

por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no

les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores.

Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de

estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á

toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la

gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.

Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que

matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por

distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale

á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta,

suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á

cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden

adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados

que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie

de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria

entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las

palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con

un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no

comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias.

En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se

convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse

esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya

cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden

á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y

sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras;

tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema

gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los

puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la

única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus

contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo.

La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y

obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro.

Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin

soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres

que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los

elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina.

III.--LA MALEDICENCIA.

Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso

de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y

á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como

los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes

excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas

por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia

de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los

imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían

justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio

y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y

ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el

bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que

prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son

acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa.

Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del

rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.

Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden

tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el

paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y

nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran

con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos;

la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno.

Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar

que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para

distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita

del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en

la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.

Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: _La calumnia_

invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de

los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli--no

lo dudemos--quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la

víctima: en su encono está la medida de tu mérito...

La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame

gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía

la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo

implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través

hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda,

la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella

levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia

divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella,

en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas

orejas á la Ignorancia y la Sospecha.

En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito

por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que

desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,»

invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el

amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»

Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren

la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta

es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es

subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador

desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se

aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se

encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.

Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs,

en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á

todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con

recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á

puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es

una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos:

sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más

equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son

calificativos pavorosos.

Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad

de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores,

diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar

de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad

del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de

una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores,

está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma,

pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace,

contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente

con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á

la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro

y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes

íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que

asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la

boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de

lengua, un estilete.

Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una

injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los

riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester

temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras

menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan

su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores

imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de

practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la

acción rectilínea.

Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura,

pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad.

Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con

la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede

tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con

la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia,

una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad

y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con

precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una

sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad

urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la

complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo

perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina

que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que

el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen

malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan

de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se

alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no

se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son

más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen

los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico

indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida;

el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No

lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo

de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna

contra una estrella.

El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua

centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la

traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por

su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en

sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran

los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores,

aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á

ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían

terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares

comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando

tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas

que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura

entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco

de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin

vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su

andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado

medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y

de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira

convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad

de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila.

Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no

sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de

sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la

mediocridad.

El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente

la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La

maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas.

Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen

espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien

los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más

alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su

propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia

tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos

pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran

una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa:

es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de

acuñarla.

Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos

autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del

_Tartufo_:

«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.

Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»

Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste

con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es

inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar

dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta

ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola,

adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de

la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué

evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?

IV.--EL ÉXITO Y LA GLORIA.

El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola

finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria,

ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un

triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en

los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre

es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose,

reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose

en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito

se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone

dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta,

sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la

intriga.

El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando

la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la

lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar

solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la

esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria

es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce

porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición

de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El

mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito,

indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio,

en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si

fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño

accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el

peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre.

Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la

mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean

conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe

temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento.

Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los

obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el

mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra

él con energías inagotables, hasta despejar su camino.

Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera

vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El

espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande

ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un

cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción

del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer

amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.

Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se

retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un

abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos

retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro

que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre

superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese

pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos.

Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un

accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple

elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la

conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo

mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta

embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos

los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa

ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender

sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre

hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces,

por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol

espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive

de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá,

se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior

siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira

reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil

si supiera que le tienen por tal.

Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben

que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se

sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan

de un éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos

mismos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho,

un impuesto de admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine

conoció el goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel

de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor oyendo sus

melodías en los labios del transeúnte que silba para darse valor al

atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que

fué una de sus grandes voluptuosidades oir sus versos recitados por

mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha

el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es

común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta

la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los

biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió

á contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar

su novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original,

las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies,

temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres.

El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la

estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña

incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente,

es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral.

El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra

las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del

corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.

La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de

la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda,

esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al

común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente

reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de

artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por

eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí

inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y

artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es

lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude

á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata,

aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su

entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de

tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles

ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de

la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la

celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un

estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó

traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida

á sus propios funerales.

Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la

gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al

caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso

vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la

dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la

ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola

ficha.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 5 / 19 段