Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á

gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad

es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor

perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre

dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una

adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan

la honestidad misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la

reblandece.

Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que

les indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de

sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad

del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus

prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no

fecundado por la pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero

bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el

mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el

ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un

cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida.

El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un

comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa,

de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad

transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en

cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva

á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, á la

simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que

conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos instintos y

sin otra aspiración que el hartazgo.

En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante,

los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á

purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto

á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los

santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando

ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en

las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede

soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento

de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna;

dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos;

encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la

vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar

de sus fuentes sea opacado por el limo.

En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias,

la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo

infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas,

sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían

las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las

sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su

pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero,

y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos

por aquélla. Así--, resistiéndolos, como las velas al viento--, los

rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es

la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías

propulsoras.

LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL

I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.--II. LOS ESTIGMAS

MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.--III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE

BOTTICELLI.--IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA.

I.--EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.

La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de

los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una

es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su

órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar

espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno

por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda

innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La

ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud

misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los

resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las

clases incultas.

Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que

viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio

social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con

substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia

para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas.

La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de

renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia

aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad

aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que

al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina

percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las

mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no

agitarse por torpes acciones.

Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios,

exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos

poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan

los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede

sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero

en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno.

Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente

suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan

y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles.

Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa,

extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los

prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan

á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma

los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial

involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo

iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la

inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la

atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha

visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un

ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad

que el talento.

Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por

el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como

reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del

conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata

como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del

juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los

creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión

ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más

severa, ó la de sus iguales.

Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de

razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora

parece que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo,

como lo fué otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace

instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad,

incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un

cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen

de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo

no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto á una madona

del Angélico ó á un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran ante

cualquier escaparate donde haya oleografías de bailarinas españolas ó

coroneles americanos.

Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la

más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso,

la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre

de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de

meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y

cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su

ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil

para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos

jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura prodúceles

efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre

centones absurdos; gustan de los más superficiales, de ésos en que nada

podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos

para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental;

ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que

asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición

darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar

no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un

pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal

digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.

Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de

tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria

tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son

la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia

cabeza, renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del

resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad

que en llegar á ella».

Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos,

abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman

ideales á sus prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin

advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón,

opiniones sin juicio. Representan al sentido común desbocado, sin el

freno del buen sentido.

Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de

ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza

la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert,

insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte

tiene en la vida real. Homais y Bournisieu son sus prototipos; es

imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del

boticario librepensador ó la casuística untuosa del eclesiástico

profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser

tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones

para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».

Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana:

resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería,

egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo,

en una escena que á todas luces simboliza el desbordamiento villano

de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores

españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería,

hanse tornado apologistas del grosero Panza, oponiendo su bastardo

sentido práctico á los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien

lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera

un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene

ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el

uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza

y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió

Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el

conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la

evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero:

«asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe

el curso de la vida»; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta

convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo

es cristalino. La moraleja no lo es menos: frente á cada forjador de

ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el

advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de

la rutina.

El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los

pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme

embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los

proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos

equivalentes de un mismo celo dogmatista.

Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena

á serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus

opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que

busca una verdad ó persigue un ideal; los negros queman á Bruno y

Servet, los rojos decapitan á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia

de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el

que la enciende». La tolerancia es virtud suprema en los que piensan.

Es difícil para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo

de equilibrio ante el error de los demás; enseña á soportar esa

consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que

ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar el valor

de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud

propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace

estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce.

Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose

cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la

verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios.

Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que

se negaron á mirar el cielo á través del telescopio, temiendo ver

desbaratados sus errores más firmes.

En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus

prejuicios son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa

ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures

que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio

y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus

cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por

ellos, agradecidos á ese favor.

En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los

rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de

la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden

la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la

complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman

sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y

conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda

opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa;

la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en

todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando

eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes,

conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos

conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu

los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de

no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda

del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que

lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores

hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten

perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se

corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los

clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver

planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen

aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana

vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen

la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si

intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas

elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas

que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar

vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos

les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la

pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace

crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de

hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia

la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos

palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que

se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y

halagan sus prejuicios.

Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos,

como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el

Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á

guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus

calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas,

amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas.

Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los

primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla

y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen

explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno

del cuerpo.

Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas.

Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos

ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia

desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de

Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es

imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos:

trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes

más altas de la física. Galileo.

Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros

conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio»

en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la

curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo

de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la

naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida

entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está

siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es

propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y

encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural.

Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido

común, es decir, un original ó un genio--que en esto se parecen--,

puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y

no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un

audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara

suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la

brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace

girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.

En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á

que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de

perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos

y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la

disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer

en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las

tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus

rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.

II.--LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.

En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del

cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.

Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo

concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo

sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa.

Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos

concebirlo.» (_Pensées_; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no

piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier

hombre satisfecho de su mediocridad.

Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por

adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no

adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta

soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede

atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase

que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio.

El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades

busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica

los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la

Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus

actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la

fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas

vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por

Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades.

Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma

social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en

la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto

de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta

un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente

elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas

pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle.

Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo

á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la

respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos

á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo

ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso.

Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre

la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen

descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la

flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión,

la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso

de los hombres--Sócrates--bailaba.» Esta aguda advertencia de

Montaigne, en los _Ensayos_, mereció una corroboración de Pascal en sus

_Pensamientos_: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles

con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos

sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad.

Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y

divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más

filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que

renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 4 / 19 段