En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso

pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una

butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito

no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda

preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas

transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La

fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo

que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna

vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor

sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.

Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su

error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una

suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras

sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el

acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador

mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don

Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de

dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de

frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla

hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí

una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada

más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres.

Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria

secretos.

Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les

rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa

amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los

genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente,

puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la

historia.

La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles

en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico

que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria

es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado

en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura,

suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un

ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: _vitam impendere

vero_.

LA MEDIOCRIDAD MORAL

I. EL HOMBRE HONESTO.--II. LA MORAL DE TARTUFO.--III. LOS TRÁNSFUGAS

DE LA HONESTIDAD.--IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL

CEREBRO.--V. LA SANTIDAD.

I.--EL HOMBRE HONESTO.

La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el

vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas,

abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La

honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al

segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar

la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado

ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario.

Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología

social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales

extinguidas.

Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y

de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene

disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se

puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello

con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es

indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la

virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común

de los mediocres morales.

La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste

activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección

futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El

honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel

moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien

practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal.

Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral

con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan

irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las

aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á

asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le

castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera

sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse.

La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo.

La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es

democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la

virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.

El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha,

toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los

prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las

variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original

de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de

la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga,

eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el

mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por

incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de

los demás equivale á pensar con cabeza ajena.

La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la

honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El

mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el

zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso,

ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una

virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica.

Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol

de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los

corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á

las espinas; los virtuosos saben que es necesario acometer las más

punzantes para coger las flores mejor perfumadas.

El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á

éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los

mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario,

«cordura» y «moral» son los nombres que él reserva á su propia

mediocridad. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el

virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta

calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad...

Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras

de vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con

frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por

simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal.

Enseñan que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser

mejor. Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos

al rebaño, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía

del propio ideal para complicarnos en la merienda ajena.

La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento

moral tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás

virtuoso». La honestidad está al alcance de todos; la virtud es de

pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan

sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe

de ala. La mediocridad moral es una resignación: simple falta de

iniciativa, muchas veces, para practicar el mal.

La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No

hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo

al castigo y el codicioso que las estimula por la esperanza de una

recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con

los prejuicios sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla ante

un peligro es indigno de nombrar la virtud: por ella se arriesgan en

la proscripción ó la miseria. No diremos por eso que el virtuoso es

infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones

espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una

lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El

que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera

pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni

se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con

la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.

Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á

la virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado

el culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más

segura del descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre

se afrenta al superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los

espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad y la firmeza á

fuerza de transigir con el servilismo y la hipocresía.

Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse.

Stendhal reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene

agregar que no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de

los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos

para todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda permanecer

ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' on appelle les honnêtes gens:

c'est hideux», decía Talleyrand, preguntándose qué sería de los

hombres honestos si el interés ó la pasión entraran en juego. Su temor

del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen; son simples

beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. Llaman mérito á

su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero

no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales;

no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan

vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero

no cooperan al común engrandecimiento.

Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres--propia de mentes

rutinarias y de caracteres domesticados--, existe una heráldica moral

cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la

tímida obsecuencia á los prejuicios que paraliza el corazón de los

temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la platitud

sentimental que caracteriza la irrupción de todas las burguesías. La

virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere

en la intención y en las obras. No la hay cuando los actos desmienten

las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso

la mediocridad moral es más nociva en los hombres conspicuos y en las

clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su verdad, el filósofo

que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna, descienden

á la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables que

el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y

del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para

consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección

es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que

revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su

alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la

honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral.

II.--LA MORAL DE TARTUFO.

La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer

los escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación

del mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de coraje para

asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos

mediocres, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles

cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen á inmediaciones de las

ciénagas.

Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo.

Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus

intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el

eslizón. Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos,

vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente

su moral: implica siempre una simulación de la virtud.

Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto

énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el

valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus

acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran

embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban

con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen

un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas

de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el

ropaje social de la mentira.

Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades

que considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta

en su escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento

intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los

sujetos de moralidad indecisa simulan el talento moral, soslayando de

esmerilada virtud su honestidad insípida. Los caracteres hipócritas

ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen

el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios

convencionales.

Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse

de ella mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres

respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría

acercarse á ellos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar

en desprecio la estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide

por la distancia á que se les contempla. Pero el psicólogo reconoce

al hipócrita. Ciertos rasgos distinguen al virtuoso del simulador;

mientras éste es un custodio de los prejuicios que fermentan en su

medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse á ellos.

Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede

ante las arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar

el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de

marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en

aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada

Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su Judas.

La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar

en su honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su

hipocresía es un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan

la moral colectiva. Su culpa está en agitarse dentro de su basta

condición, pretendiendo parodiar á los virtuosos. Chapaleando en los

muladares de la intriga su honestidad se mancilla, rueda al vicio y se

encanalla en pasiones innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos

los rencores. Supone simplemente honesto, como él, á todo santo ó

virtuoso; no descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo,

no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores,

pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades,

desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra,

ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y amor á

los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por

escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el

más cruel de los suplicios. Es su castigo.

El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se

distinguen la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina

lealtad del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia

palabras que son un estigma ó un epitafio; pero su rugido es la luz de

un relámpago fugaz y no deja escorias en su corazón, se desahoga por

un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un

exceso de fuerza plástica cuya función regeneradora cura prontamente

las más hondas heridas y trae el perdón. La juventud tiene entre

sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo

las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud de

borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan

imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la

hipocresía es la tintura de esas canas morales.

Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas.

Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un

hueco armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para

conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las

que afirman el dogma del purgatorio y ofrecen redimir las culpas

por dinero. Su aritmética de ultratumba le permite disfrutar más

tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una

actitud y no un sentimiento, es una mueca que oculta intenciones

malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en

los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los

hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los

mandamientos.

Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones

abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es

el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por

eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del

género, cuya creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos

de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto

á quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda

su familia. Cleanto, un joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo

consigue que Orgon expulse de su hogar á ese mal hijo y se hace legar

sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte de su huésped.

Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna á celebrar con

Tartufo una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. El hipócrita,

creyéndose solo, expone los principios de su casuística perversa; hay

acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas

contabilidades; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la

conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las

doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega:

_En fin votre scrupule est facile à détruire:

Vous êtes assurée ici d'un plein secret,

Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;

Le scandale du monde est ce que fait l'offense

Et ce n'est pas pécher que pécher en silence._

Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco.

La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de

las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta

ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron

virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de

un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está

siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas

religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos

en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección

en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo

apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas

horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta

formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos,

irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer

en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.

El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán

como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los

pasajes pertinentes del _Sartor Resartus_; por ellos admira á Carlyle,

tanto como otros por su culto á _Los héroes_. El respeto de las formas

hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes;

hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus

adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados

á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á

los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices

individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda

animadversión á la verdad.

La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental,

aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una

mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice,

toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando

á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la

cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios

del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como

la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo,

la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha

escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero

jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea

cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la

opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular

á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El

que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la

propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo.

Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la

virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es

mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á

adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de

todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos,

de todos los cómplices de su mediocridad.

El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que

dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta

al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con

mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos

naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo

y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan

las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte

é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su

contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que

le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el

descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede.

Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella.

El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener.

Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar

en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los

envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la

temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de

tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto,

ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica

en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan

de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al

hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de

creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no

tiene por qué ser leal con la mentira.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 6 / 19 段