las virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos,
creando equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los
moralistas: su originalidad está en cambios de tono que modifican las
perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la
mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman
su vehemencia de ideal. Una mediocracia sin ideales,--como un individuo
ó un grupo,--es vil y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos
anhelos de perfección. Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad
como un culto; frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud
desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la
Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente á las
complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del
Individuo dentro de cada sociedad.
Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia,
un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce
habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos
de la historia. Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los
resurgimientos, transmuta ó desorbita. En ese instante remontan su
vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos
y para obras perennes.
En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los
visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la
mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno
sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre
plasmó un concepto más sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa,
cuyo cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados.
Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de
Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan
palabras perceptibles. Dice á los jóvenes que toda brega por un Ideal
es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que nunca hay error en
seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá
á crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe
alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no
vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño
sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus ideales bajo el
palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que conspiran
para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la
Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos.
EL HOMBRE MEDIOCRE
«_Cacciarli i ciel per non esser men belli,
Né le profondo Inferno li riceve..._»
DANTE. _Inferno._ Canto III.
I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»--II. DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.--III.
FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.--IV. LA VULGARIDAD.
I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»
Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza
que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se
uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad
crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase
el rebaño para prepararse al sueño, la remota campana tañe su
aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana claridad lunar
se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su titilación el
firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece
conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que
encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado
á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al
reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas,
un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la
oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas
han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa
hasta el rebaño que apacienta.
La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no
entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo
ó de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente
invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni
venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite
forzoso de su mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los
ajenos una chispa capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede
serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la
ironía de cuantos le invitan á arrebañarse en nombre de ideales que
puede servir, no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres,
sólo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. Para concebir
una perfección es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos
pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven de dogmas que otros les
imponen, esclavos de fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre
del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y de toda cumbre.
Individualmente son hombres que no existen. No inspiran simpatías ni
rencores acentuados. No admiran ni espantan. Sería difícil decidir
qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente no obstan á los
caracteres originales: su existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo
como sombras insubstanciales, temiendo que alguien pueda reprocharles
esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre
la tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y
el gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia:
los más altos placeres son inherentes á proponerse una perfección y
perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen biografía: no vive
el que no deja rastros en las cosas ó en los espíritus. La vida sólo
vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No
ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor
algún ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta
juventud la precedió. La medida justa del hombre está en la duración
de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen
sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se
maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las
dignidades que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los
apetitos del mediocre. Pero hay algo que embellece los placeres y
califica la vida del idealista: la afirmación de la propia personalidad
y la cantidad de hombría aquilatada en la dignificación de nuestro yo.
Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos á una
parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias
de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un
incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen;
pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y vegetan moldeados
por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad exigua
y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua disciplina del pensar
y de la conducta; su existencia es puramente negativa como unidades
sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los que viven y
piensan.
Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre
es áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta
acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado
cuando ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los
caracteres humanos en sensitivos y activos, Ribot comprendió la
necesidad de separar los mediocres, cuya característica es no tener
ninguna: «indiferentes», viven sin que se advierta su existencia. Son
productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación
que reciben, de las personas y las cosas que los rodean. La sociedad
piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No hay líneas
definidas ni en su propia sombra: es una penumbra.
En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como
en el océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud
imperturbable, como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad:
es su destino oponerse al impulso de los originales. Hay en el fondo
de su psicología una espesa pincelada gris. La falta de personalidad
los hace igualmente incapaces de bien y de mal, si de su iniciativa
depende. Desfilan á hurtadillas, inadvertidos, sin aprender ni enseñar,
diluyendo en tedios su insipidez tranquila, vegetando en la sociedad
que ignora su existencia: ceros á la izquierda que nada califican y
para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder á la más
leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y
pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el más leve
céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplio
velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si
irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados
contra un escollo.
Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se
conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho
de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud,
cierto talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se
envanecen de su testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la
firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su
bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los serviles y
los parapocos pavonéanse de honestos, como si la incapacidad del mal
pudiera en caso alguno confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues,
de la buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos
la mediocridad objetivamente, en sus aspectos fundamentales.
Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son
mediocres, á carta cabal, los que no descuellan en ninguna.
Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque
aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos.
Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural,
con tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que
estudiarlos. El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al
psicólogo le es indiferente: observa los caracteres, los describe,
los compara y los clasifica, de igual manera que otros naturalistas
observan fósiles ó mariposas.
Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay
mediocridad; en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre
es el claro-obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos,
por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio no dijo «_áurea
mediocritas_» en el sentido general y absurdo que proclaman los
incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por sus
obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad
y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteció los
goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y de la
miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido
epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio
árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia
llena de preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad
moral, intelectual y de carácter, es digna de respetuoso homenaje,
implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables
menospreció á los poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio á
cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido
del «_áurea mediocritas_» clásico? ¿Por qué ese afán de suprimir
desniveles entre los hombres y las sombras, como si rebajando un poco á
los excelentes y amerengando un poco á los mediocres se amenguaran las
desigualdades creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar
la claridad y la tiniebla, confundiendo en una misma penumbra á los
transparentes y á los opacos.
La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía:
ser original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse
á confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando
la significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas
correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es
colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual,
prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa
insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente
á cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse,
como si fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias
resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado fundamental de
la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos
comunes á todos los hombres: éstos serán siempre tan desiguales como
las olas que erizan la superficie de un Océano.
En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra
lo excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á
lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los
espíritus arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda
telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, velando su
gloria ante la multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las
cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco
escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren
menos entre sí que unos hombres de otros». (_Obras morales_, vol.
3.) Montaigne suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y
tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más
excelente animal está más próximo del hombre menos inteligente, que
éste último de otro hombre grande y excelente». (_Ensayos_, vol. I.
cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, los
psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad humana; ella será en el
porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne.
Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de
su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre
unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por
inferioridades ó excelencias.
Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte
los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco
interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la
pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren
los moralistas; no merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni
la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden
estudiarse. Son los puntales de la mediocridad, constituyen un régimen,
representan un sistema especial de intereses inconmovibles; ellos
subvierten la tabla de los valores morales, falsean nombres, desvirtúan
conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es
lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración una
imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez...
Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su
insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados
de ese impulso que se resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que
es la vida misma, la complicidad del régimen suple muchas lagunas de
sus biografías, disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de
la gloria entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje
mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato y conserva el nombre
del retratista; y cuando sus lacayos le costean un bronce, debajo del
verdín que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, como si
un pudor incontenible lo encendiera internamente.
Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección,
ciegos á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é
insuficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y
el idiota; hay, también, una rica literatura consagrada á estudiar el
genio y el talento, amén de que historia y arte convergen á mantener
su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el
genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre común, el
que nos rodea á millares, el que prospera y se reproduce en el silencio
y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no asombra al observador,
pero su conjunto es omnipotente en ciertos momentos de la historia:
cuando reina el clima de la mediocridad.
Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los
cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de
Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas
mismas de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios
al transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene
la firmeza del que sólo confía en su propia mano para consumar la
obra. ¿Por qué no tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de
autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué
sirve?
La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la
psicología y de la moral.
II.--DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.
La mediocridad es una ausencia de características personales que
permitan distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos
un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir
cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil
genios en un Concilio y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras
la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las
opiniones colectivas.
Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no
existe. No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y
sus cambios opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales,
distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra;
el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir.
Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales
graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos
extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares,
coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos
allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó
dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el
torbellinesco espíritu de Pascal.
Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre
medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado _in medio stat
virtus_. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres
mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio
de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto
de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.
Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis
estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la
«edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el
Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu
humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación,
es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana
sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en
sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal
concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como
una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al
culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente,
de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre--decimos
ahora--es un animal que evoluciona en las edades más recientes del
planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección
en volver á sus formas ancestrales.
El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado
ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos
los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre
equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una
complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir
á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos?
El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con
la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo,
sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y
los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más
los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la
normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia
del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este
grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil,
acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á
todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios,
resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su
mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se
derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y
no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa
equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre
equilibrado y del genio desequilibrado.»
En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre
opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es
capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso
un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran
diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta
presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el
hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores.
Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y
estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus
costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal
doméstico.» _Fruges consumere natus_, que dijo el poeta latino.
Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del
«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía,
ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida
honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus
concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora
todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas
líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine
contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte,
Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un
ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los
dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas
mundanas.