Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanid

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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

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indicadas con _guiones bajos_.

El criterio utilizado para crear la presente versión

electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real

Academia Española vigentes cuando se publicó la edición

de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado

puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la

Real Academia Española.

Es por ello que palabras como _vio_, _fue_, _dio_, por

ejemplo, que en esa época llevaban acento ortográfico,

en esta transcipción aparecen escritas con acento.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de

las mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la

RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben escribirse

con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se trata de

palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se

trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido

corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original

al final, ha sido trasladado al principio.

EL HOMBRE MEDIOCRE

OBRAS DEL MISMO AUTOR

La Psicopatología en el arte.

La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)

La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)

Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)

Patología del lenguaje musical.

Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)

Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)

Criminología. (2.ª edición)

Sociología Argentina. (2.ª edición.)

Principios de Psicología Biológica.

EN PREPARACIÓN

Hombres y cosas de mi tiempo.

JOSÉ INGENIEROS

EL HOMBRE MEDIOCRE

[Ilustración]

RENACIMIENTO

MADRID BUENOS AIRES

Pontejos, 3 Libertad, 170

1913

ES PROPIEDAD

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.--PONTEJOS 3

ÍNDICE

Página

LA MORAL DE LOS IDEALISTAS

I. Las luces del camino.--II. Los visionarios de

la perfección.--III. Los idealistas románticos.--IV.

El idealismo experimental 5

EL HOMBRE MEDIOCRE

I. «¿Áurea mediocritas?»--II. Definición del hombre

mediocre.--III. Función social de la mediocridad.--IV.

La vulgaridad 39

LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL

I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.--II.

Los estigmas mentales de la mediocridad:.--III.

La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.--IV.

El éxito y la gloria 73

LA MEDIOCRIDAD MORAL

I. El hombre honesto.--II. La moral de Tartufo.--III.

Los tránsfugas de la honestidad.--IV. Los

senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.--V.

La santidad 107

LOS CARACTERES MEDIOCRES

I. Hombres y sombras.--II. La domesticación de

los mediocres: Gil Blas de Santillana.--III. La

vanidad y el orgullo.--IV. La dignidad 159

LA ENVIDIA

I. La pasión de los mediocres.--II. Los sacerdotes

del mérito.--III. Los roedores de la gloria.--IV.

Un castigo dantesco 191

LA VEJEZ NIVELADORA

I. Las canas.--II. Etapas de la decadencia.--III.

La bancarrota de los ingenios.--IV. La

psicología de la vejez.--V. La virtud de la

impotencia 215

LA MEDIOCRACIA

I. El clima de la mediocridad.--II. La política de

las piaras.--III. Demagogos y aristarcos: Las

dos fórmulas de la injusticia.--IV. La aristocracia

del mérito: «La justicia en la desigualdad» 235

LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA

I. Las sombras del crepúsculo.--II. El trinomio

mental del arquetipo.--III. La mortaja de la

insignificancia 265

LOS FORJADORES DE IDEALES

I. El clima del genio.--II. El genio pragmático:

Sarmiento.--III. El genio revelador: Ameghino.--IV.

La moral del genio 287

LA MORAL DE LOS IDEALISTAS

I.--LAS LUCES DEL CAMINO--II. LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN--III.

LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS--IV. EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.

I.--LAS LUCES DEL CAMINO.

Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala

hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la

mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua

sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la

dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti quedas

inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño

que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de

tu temperamento. Innumerables signos la revelan--: cuando se te anuda

la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la cruz izada

para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno--; cuando te abstraes en lo

infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne ó un

discurso de Helvecio--; cuando el corazón se te estremece pensando en

la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente,

el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota--; cuando tus

sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima

acorde con tu sentir--; y cuando, en suma, admiras la mente preclara

de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los

héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad

ó de Belleza.

Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente

á una aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con

Dante, reir con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner;

ni enmudecen ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos

esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando á

filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas

sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real.

Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo

sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza

aparte en la humanidad: son idealistas.

El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.

Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo

así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al

perfeccionamiento de la realidad.

Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los

habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado

por un hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de

los individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo

contraste con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la

ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y

calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos

serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros

luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una

infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten ó

simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la peregrinación humana,

la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales.

Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.

Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en

las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un

idealismo experimental que se refiere á los «ideales de perfección»,

incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.

Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente.

Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja.

Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida

nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de

rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran

al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo

al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de

la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la

contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la

imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al

Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse

de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia.

Que, sola, no anda.

La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para

adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita

conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias

adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse

en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza

son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su

imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.

Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal

desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No

son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen

del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas,

accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se

comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese

punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle

la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las

complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período

brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un

perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite

generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados

posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.

Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad

como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista

del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos

posibles que pueblan el espacio y el tiempo.

Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos

predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La

imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes,

elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable

de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son

apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se

empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad.

Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado

y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus

elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en

que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones

naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas

á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se

identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones

anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el

instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se

limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más

exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen

propicios á la perfección.

El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á

perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento

del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que

existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los

seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la

formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser

complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á

las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie

conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera.

Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la

selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto

simples anticipaciones del devenir.

Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los

ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa

jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va

retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho

camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero

el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La

imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia

su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio

sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para

ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad.

Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas

innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto

valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si

son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del

conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar

en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser,

implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra

de progreso.

En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento

tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos

se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine

el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la

realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la

experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe

más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de

la realidad que deviene.

Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de

muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea

los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por

un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener

su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo

consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede

encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando

su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus

esclarecidos.

Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen:

es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta

involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible

en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de

porvenir.

No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia.

La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad

efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta

absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree

sinceramente en él.

Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares

diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga,

que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia

de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces

de vivir hacia ellas.

Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en

nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión,

fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace

del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay

tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y

tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección.

El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que

desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir

que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al

ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se

trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por

sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la

Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista,

al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal

de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que

obstar al esfuerzo similar de los otros.

Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se

refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas

porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen

que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el

sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas»,

aunque el mal uso induzca á ello.

Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas,

porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden

constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel,

Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que

persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de

sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de

belleza ó una original personalidad.

No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende

á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los

fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no

existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para

mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan

magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el

cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo

como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben

iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de

ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón,

que no podía contenerse en ningún vaso.

La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales,

en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan

naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución,

es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras

se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo.

Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no

daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente:

es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de

ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo

mejor.

Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del

arte la Belleza--formas preeminentes de toda excelsitud--no se

concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son

convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás

contradictorias, aunque lo parezca.

Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad,

su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan

sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del

sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que

concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la

imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma.

Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad

practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde

al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los

ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y

marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad

amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien

sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos

perfecciones imperfectas.

Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se

anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la

experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de

ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad

evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de

nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la

mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar

Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua

persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es

una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin

alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite»,

se concibe que podría acercársele más.

Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los

hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia

misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los

viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo

el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave

falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales.

Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado.

Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios

absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es

contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento

y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de

referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen,

palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los

cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo

un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se

forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.

Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas,

momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una

secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada

hombre.

Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran

apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los

apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y

cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir,

entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su

indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora

á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales

mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto

de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la

sombra.

II.--LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN.

Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el

rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos

universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres

desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el

contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio,

la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso

original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los

hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.

El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las

sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia

sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos

elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que

tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus

pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos

hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna

perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad

del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino

de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más

contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de

enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal

son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios,

entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas,

indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los

que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo:

posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre

lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son

cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen

lo mejor de lo peor.

Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El

culto del «hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente,

importa un renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la

rutina y nada crea hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia

sus hipótesis, al arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia

sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad;

los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando

en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres

capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales.

Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo

destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha

paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir

que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin

aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la

inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados

por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les

nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la

inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una

raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa

chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en

hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta

entre sus enemigos más audaces á la ignorancia, madrastra de obstinadas

rutinas.

La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada

perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría

ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en

estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos,

depende de lo mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería

sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado

viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.

En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable.

Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores

audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la

intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo

entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas

son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma:

contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad

parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes

hombres, en los genios mismos si el medio es hostil á sus quimeras,

como es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, informe

bazofia de la humanidad.

Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede

esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es

juventud la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda;

nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la

moral de las mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal

y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay

juventud en los que persiguen con entusiasmo una perfección; por eso

en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de

los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran á la vida sin

afiebrarse por algún ideal; á los que nunca fueron jóvenes, paréceles

descarriada toda soñadora inquietud. Y no se nace joven: hay que

adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere.

Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos

sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador,

aborrecen de todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta

domesticarlos, haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles,

maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo

igualitario pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos:

detesta las diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al

que se aparta en busca de una propia personalidad. El original, el

imaginativo, el creador, atrae sus odios, los busca, los desafía,

sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista

es una viviente afirmación de individualismo, aunque persiga una

quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su

independencia es una reacción hostil á todos los dogmatismos de rebaño.

Concibiéndose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas

quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: «yo sé

quién soy». Viven animados por este afán afirmativo. En sus ideales

cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la

pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad social,

puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre de

marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad.

Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa:

«Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras

vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el gusano

muera y del capullo salga volando la mariposa».

Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su

idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el

pensamiento sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene

firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes. Para

crear una partícula de Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un

esfuerzo original y violento contra alguna rutina ó prejuicio, como

para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo.

Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, si

es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de

los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la exageración

de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su atributo

necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la

hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso

para quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento,

con fe, con desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza

arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos.

Y el artista busca también la suya, porque la Belleza es una verdad

animada por la imaginación, más que por la experiencia. Y el filósofo

la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para

consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es servir á su

propia Verdad. Siempre.

Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz

obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según

predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental

es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los

ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos

afectivos son encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la

imaginación: los ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el

uno á la juventud y el otro á la madurez. El primero es adolescente,

crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, impone y defiende.

El idealista perfecto sería romántico á los veinte años y estoico á

los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el

romanticismo en la edad madura. Lo que al principio le enciende en

pasión debe cristalizarle después en suprema dignidad: ésa es la lógica

de su temperamento.

III.--LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS.

Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables.

Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y

pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran

como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que

la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre

inalcanzado é inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos

los resplandores de la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz;

y Musset quiere amar incesantemente después de haber amado, ofreciendo

su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los románticos

parecen preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito el poder

humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre

atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que

la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista,

como si los nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su

gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones:

entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más intenso

de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por

esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra

todo lo que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus

ideales sin conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor

de la experiencia, agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos

y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la

ternura: con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos

ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal

cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más

saña.

Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra

Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda

mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría

existir jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la

vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos

creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para

ellos un beso de tal mujer vale más que cien tesoros de Golconda.

Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que

la razón ignora»--, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto

irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad

apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las

venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus

protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran

con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo,

por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre

encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos

apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo

ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y

hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas

del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se

confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad

sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los

ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar

la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la

poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los

hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad.

El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor

como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y

es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á

amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de

sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen

la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras

le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un

escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio

ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron;

habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale

un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo

amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn,

Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación

de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta

los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la

conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una

osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas

virtudes del amor.

En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la

mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos

sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en

nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su

amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su

individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar

contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo

que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir.

En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con

los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece,

como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución

francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación

se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y

Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y

seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo

tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética.

En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y

trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con

ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente.

Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad

con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión

abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en

Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.

IV.--EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.

Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena

muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las

lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán

de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos

propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le

tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal

inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por

enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar

la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando

salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta

hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una

gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en

la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus

ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando

advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas,

custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades.

El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo

experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación,

haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á

la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo

apolíneo.

Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia

crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor

no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad

en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más

lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere;

los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese

limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de

los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin

rebajarla.

Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas

definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más

perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y

su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo

clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través

de los siglos.

Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á

la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos,

cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De

allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito,

la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción

exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí

mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso

arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito.

Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión

encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á

los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias

oprobian á sus arquetipos.

El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que

el romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad

organizada, resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin

compromisos. Impórtale menos agredir el mal que consienten los otros

y más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo

depende de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». Son

notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el

sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud.

En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad

social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una sensibilidad

individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas; aquél es

la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta

contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias;

revela energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos

opuestos por el espíritu gregario. El individualista niega el principio

de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera

imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los

partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, sintiéndose

extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las leyes escritas no

han modificado nunca la mediocridad de quienes las admiran ni el

sufrimiento de quienes las aguantan.

Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que

reclutan las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El

digno elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta

siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia

en sí para acrisolarse; éste se ausenta de los demás para zambullirse

en la sombra. El individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo

eleva; sin ideal, es una caída á más bajo nivel que la mediocridad

misma.

En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo

anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por

todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo

de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida

en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los

cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: sus últimos pregoneros

encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los

escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fué lealmente

erigida en sistema después de entonces. El placer--como simple

sensualidad cuantitativa--es absurdo é imprevisor; no puede sustentar

una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser otros.

¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un

egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á

los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite

refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más,

pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias

alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo.

Aristipo refugia la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro

la encumbra en la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél

valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados

sin freno; para éste deben ser elegidos y dignificados por un sello

de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su

creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha y

huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á favor del

primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la

dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite

practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.

En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo

experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud

heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia

más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio

Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con

bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él,

y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la

historia.

La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente

elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más

humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas,

entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma

á los filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y

lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo

demás está subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que

depende de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula

del idealismo experimental.

Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las

resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene

prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo

enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque

los obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no

dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad

de su ambiente sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un

Ideal, vive de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le

impedirá ascender hacia su ensueño.

Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á

participar del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse

no es morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como lo fué en

Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: sólo él

pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más líricas de

Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su estoicismo es más

propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con

él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre

perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus racimos, como

la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros

en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe,

ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia

el encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el

clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral,

sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se

ennoblece. Frente á las burguesías afiebradas por remontar el nivel

del bienestar material,--ignorando que su mayor miseria es la falta

de cultura,--ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto

de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades

descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio,

de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre á

restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que

caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.

El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral · 第 1 / 19 段