el comecheu_», me dice Saturno.
Algunos árboles tienen sus troncos enteramente cubiertos de una
enredadera de follaje muy fino y Saturno que es mi diccionario vivo me
dice que se llama _el paulum_. Es un musgo delicadísimo que cae en
guirnaldas y tapiza todo el tronco del árbol hasta las más elevadas
ramas.
Me muestra otro árbol delgado que da una madera muy fina, _el radal_.
Me pasa una flor de ulmo en forma de estrella blanca con finísimos
estambres que forman plumilla leve.
Saturno es un compañero que me ha comprendido.
«El chacao», señora, añade, grita de tres layas, á veces como pito de
máquina, otras ocasiones echa un canto _esparramao_ y también suele
echar un cantito delgadito bien bonito.
Ya no necesito preguntar nada pues, Saturno viene á mi lado y se
anticipa á mis anhelos. Debe creer que tengo la curiosidad en doble
dosis sobre las hijas de Eva.
Y el camino cruza otro bosque, el _Tique_, magnífico en sus follajes
espesos y en sus grandes robles atrevidos.
Es la hora del ocaso, el disco del sol desciende lentamente y aparece
majestuoso entre los árboles. En la diafanidad atmosférica se destacan
las finuras del ramaje y el sólido dibujo de los troncos. Ese fondo de
claridad crepuscular destaca todas las formas con las delicadezas de
líneas de los cakemonos.... El follaje inmóvil por la quietud de la
tarde en un momento de suprema calma tenía la tristeza de las cosas
moribundas....
Algunos arreboles rosados jugueteaban como girones de tul en la copa de
los árboles. Luego desaparece el sol y un leve resplandecimiento marca
el poniente en el laberinto del bosque mudo.
Comenzamos á preguntarnos unos á otros atónitos si los bosques van á
continuar después que se extinga la luz....
La caída del sol en el corazón del bosque reúne á todas sus grandezas el
terror á la obscuridad.
Sabemos que falta mucho camino y la luz decae velozmente....
Don Mauricio que no ha recorrido aquel camino nos alienta sin embargo
con bondad. _No hay ningún cuidado._ ¡Qué bien nos hacen esas personas
que saben transmitirnos su serenidad cuando el ánimo decae!
Bajamos de los caballos en un bosque á que la hora ya avanzada de la
tarde da proporciones colosales.
Se siente una inmensa tristeza de abandono, de desamparo.... Tristeza de
tarde de ruptura sentimental, cuando miramos en torno nuestro y todo en
la vida ha palidecido y ningún horizonte nos solicita y las sombras
cunden con su soledad hostilizante....
No podemos perder un minuto de la luz que va siendo escasa.
La idea de la Pampa abierta bajo la claridad de las estrellas nos halaga
como la esperanza de un oasis verde en el desierto quemante.
Nos intercepta el paso una puerta de trancas que cierra el cercado de
una pequeña casita.
Don Mauricio pide la llave y entramos á la vaquería de _Cairruca_. ¡Dios
mío! la luz desmaya, todo palidece, se descolora, se borra, se pierden
las proporciones y allá en lontananza negrea el bosque y parece
acecharnos como una fiera á su presa.
La voz de don Mauricio se vuelve más entera, más cobijante.--_¡No hay
nada que temer!_ pero yo voy sintiendo la necesidad de mayor protección
y compañía.
Deseo congratularme á Saturno, porque lo siento inteligente y baquiano
en el camino.--¡Saturno!--imploro--no me abandones, ven á mi lado. ¡Mira
que soy tuerta y ya no veo! Saturno incrédulo clava en mis pupilas sus
ojillos burlones de lanceta y dice:--«¿Con ojos tan claritos....?» Sí,
Saturno, con ojos tan claritos.... Pero uno es de vidrio, añade mi
marido, ya que eso de la miopía no entrará en la mollera de Saturno.
La luz es tan débil, tan incierta, que no distinguimos que se nos vienen
encima dos bultos monstruosos. Son dos toros cogidos de los cachos....
Susto horrible: nos parecen gigantes deformes....
Y sin detenernos entramos á esa negrura que divisábamos....
Es el bosque de _Las Cabras_, dicen los guías.--Nadie reconoce el
camino. Las sombras nos envuelven.
Apenas distingo el caballo de mi marido que me precede á un paso.
Tenemos que hablarnos continuamente para saber á quien pertenece el
bulto que está cerca de nosotros.
Es inexpresable el horror de la noche en el bosque. En todo momento
podemos estrellarnos contra un tronco y despedazarnos.
Nunca olvidaré la voz de don Mauricio que nos infundía valor....
Querría detenerme, estrechar una mano cualquiera, me encuentro
abandonada sobre el caballo. Los compañeros me recomiendan que confíe en
su instinto, que suelte la rienda y que me deje ir, pero cuando un
gancho de árbol me pega en la cabeza y me tira de espaldas, comprendo
que el caballo sólo tiene que calcular el espacio en que le cabe el
cuerpo, pero no la altura de su jinete....
Ese ilusorio sendero que los guías siguen en el enmarañamiento negro, se
ve obstruído de improviso por enormes troncos de árboles tendidos en el
suelo.
Nuestros caballos no pueden continuar; la marcha se detiene. Si los
animamos saltan y nos tiran, ¿á dónde?--En aquel limbo los guías echan
pie á tierra y conducen los caballos por la brida.
En la angustia el nombre de _Saturno_ me parece débil y clamo con todas
mis fuerzas: ¡Júpiter! ¡Sálvanos, que perecemos!
Uno de los amigos, sumamente emocionado, baja del caballo.--_Un sacudón,
dice, me sería fatal_; y tiene razón, pues es enfermo.... «Tengo dos
hernias» me agrega en voz baja.
Qué no se confiesa, Dios mío, en un momento de pavor!....
Antes que la luz se fuera yo también embromaba y decía: Señor cura,
confiéseme para que alguna vez pueda comparar el frente y el fondo de
una mujer.... Le aguardan muchas sorpresas....! Pero qué lejos me
encontraba de ese estado de ánimo que tenía todavía en el bosque de los
_Choroyes_ cuando el mismo señor cura maniobraba airoso con su escopeta
y yo prometía la confesión de mis culpas....
¡Para bromas estamos metidos en aquel atolladero! Comprendemos que el
guía ha perdido el camino, pero nadie lo confiesa y cuando mi voz
trémula implora ¡Júpiter! ¿Saldremos de aquí por Dios? Una preciosa voz
admirablemente timbrada, voz de convicción y de firmeza me responde:
_¡Sí señora!_ Conservo como una música en el oído la vibración enérgica
de aquella voz de muchacho....
Lo que contiene más efusión de alma de todo nuestro sér es la voz.
Creaturas antipáticas á los ojos nos cautivan con un bonito acento de
voz y las más lindas personas nos repelen cuando chillan como pitos ó
hablan gangosas....
La voz es el alma; la voz concentra las energías y las ternuras.
En la voz tiemblan todas las delicadezas, se estremecen todas las
pasiones, bullen todas las escorias morales.... La voz alienta,
consuela, mece, arrulla, defiende.... La voz retrae, cansa,
desconcierta, hiere....
La voz de Saturno aquella noche era una estrella conductora....
Cuando á las reiteradas preguntas de mi esposo sobre la dirección del
camino respondía: _¡Sí señor!_ parece que se adueñaba de la potencia
ciega del bosque y que la dominaba con una fuerza secreta.
No me ahorraba por cierto ese consuelo; á cada instante le hablaba para
saber si estaba cerca de mí--y para volver á escuchar ese _Sí señora_
con su sonsonete cantado en la última sílaba.
¿Es el camino Saturno? Y la vibración de su voz se derramaba en la
obscuridad muda y siniestra de la espesura sin fin.
Mi esposo saca su pañuelo para que yo divise algo, pero su blancura
misma se vuelve indistinta.
En la gran confusión uno de los compañeros se desmonta y en vez de tomar
el caballo por la brida lo arriaba para que le mostrase el camino á
riesgo de perderlo para siempre en el bosque y quedarse á pie en la
espesura negra.
¿Qué camino es este? averigua inquieto el señor cura sin avanzar ni
retroceder.
La voz de Saturno trae como una orientación al decir «Sigamos, este es
el camino»;
Mi marido no quiere perderme, me llama á cada instante para que no me
atrase ni un paso y mi nombre á aquella hora en la gran negrura no
resuena con nobleza de patricia romana en ecos de villa clásica sino que
toma una solemnidad triste.
Nuestra comparsa parece partida de malhechores que huyen....
Me dicen que avance y avanzo temblando de destrozarme la
cabeza.--Millones de gigantes están ahí con sus brazos extendidos para
devorarme.
Siento tantas vidas que se agitan en las sombras y que toman actitudes
terribles.
No conozco el terror de la muerte súbita que nos saca violentamente de
una forma de vida á otra sin duda mejor, pero tiemblo de despedazarme el
cuerpo y quedar con el espíritu prendido en un miserable girón de
materia.
Experimento una sensación de pavor que sólo había sentido en las
catacumbas de Roma, en una ocasión en que sola con un Frate y á merced
de su vacilante cerilla, vi entrecruzarse las galerías negras
inexploradas de una excavación reciente que abrían sus múltiples bocas
como fauces de monstruos.
Aquí mismo sentimos mil senderitos negros que se excurren, que se
cruzan, que se ramifican en todas direcciones y que ponen ante mi mente
el problema de la orientación.
¿Qué es la orientación?
Como sabemos entre las huellas inciertas de un camino que ondula en el
bosque, en inmensa extensión, entre aspectos siempre semejantes, sin una
estrella ó un resplandor que marque los puntos cardinales ¿cómo se sabe
entre todos esos senderos cuál es el que nos lleva á nuestro término?
Este obscuro problema pone de manifiesto que la orientación física no
reside en ninguno de nuestros órganos, que es un instinto radicado en
nuestro inconsciente, del mismo modo que la orientación moral no está en
la inteligencia, ni en la razón humana, sino que es el producto de un
guía secreto y familiar con quien contamos absolutamente y que nos lleva
por las inexploradas regiones misteriosas, hasta la gran luz que no
divisan pero que presienten nuestros anhelos.
Soy humanamente tan desorientada como soy moralmente orientada.
Hay un impulso que me lleva por los caminos del alma con una confianza
que me da siempre razón y á la que me es dulce abandonarme.
En cambio yo que soy una sonámbula en la vida humana cuando encuentro
como ahora un hijo del pueblo que á los dieciocho años en tal laberinto
y en tal obscuridad me afirma la voz y con el sendero perdido en el
fragor de los troncos y de la amenazante enramada sabe sin embargo que
encontrará el camino en pocos pasos más, porque tiene seguridad de la
dirección general que lleva.... entonces me pregunto ¿qué misterio de
vida oculta hay en la orientación que nunca había reparado?
Me admira tanto que Saturno en la complicada red de los senderos que no
vemos pueda decir: «_Vamos bien_» y sin embargo no me admira el hallarme
igualmente segura en sendas más tortuosas, en vías mil veces más
misteriosas, como es el mundo espiritual que yo habito sin más estrella
que el sacrificio.
«Renuncia, dice una voz secreta, y habrás puesto el pie en el peldaño
superior de la escala».--«_Deja lo que amas y lo encontrarás más
lejos_», sigue diciendo la misma voz....
¡No tengo más norte, y qué segura me siento....!
Cuando he solido tomar en la vida caminos de atravieso, rutas atrevidas
alejadas de todos los senderos custodiados, he sentido interiormente que
ese camino áspero y pendiente, peligroso y obscuro, es el mío y que debo
explorarlo de grado ó por fuerza.
¡Qué misterioso imán hay en el fondo de nuestras aspiraciones, de
nuestros amores, de nuestros gustos!
Imán que nos atrae, que nos marca un rumbo y que no nos retiene lo
suficiente para producir el reposo.
Saturno perfectamente orientado no vacila un momento en la firmeza de
sus respuestas. Por todas partes nos rodea la negrura compacta que no
rompe la más leve desgarradura de luz.
Nuestras voces se buscan anhelantes como espíritus sin cuerpo que se
agitasen en las sombras.
Las voces más ó menos fuertes ó débiles marcan la distancia ó la
proximidad á que nos encontramos unos de otros.... Cuando una voz se
aleja temblamos por el compañero y lo llamamos angustiados.... Nos
hablamos continuamente y ellos nos llaman sin cesar.... Las voces de
todo un grupo se atenúan, se pierden.... el pánico crece.... han tomado
otro camino.
Nos detenemos á esperarlos hasta que se nos reúnen.
Parecía á veces que Saturno se afianzaba en un sendero, pero después lo
veíamos vacilar, culebrear sin que su voz traicionase con la más leve
inflexión de miedo una desconfianza del rumbo general que seguíamos....
Las voces en aquel silencio del bosque dormido tomaban resonancias de
prisión, ecos cavernosos y fatídicos.... que acababan de atemorizarme.
De pronto encienden un cabito de vela, que Juancho, más prevenido que
Saturno llevaba consigo, y aquella lucecita débil como una candelilla
hace resaltar más el horror de la negrura que nos rodea.
El falso reflejo parece cegar á los caballos, pues la sombra se acentúa
y se hace impenetrable. Aquella luz presta su propia palidez á los
árboles y los hace aparecer monstruosos en sus proporciones fantásticas.
La perpetua oscilación de la llamita, la facilidad y la rapidez con que
se consumía caldeando ya los dedos de Juancho, su extinción próxima sin
ver el término del bosque todo aumentaba la emoción de angustiosa
fatalidad.
Algunos compañeros que no podían marchar á nuestro paso se quedaban
atrás.... teníamos que detenernos para esperarlos y entre tanto la luz
agonizaba....
Nos quejábamos de encadilamiento por culpa de la vela, pero á la vez que
consuelo nos procuraba el ver diseñarse pálidas y amarillentas las ramas
de los árboles como cadáveres de árboles que nos escoltasen en un país
de sombras.
Creía encontrarme más allá de la muerte, almas sin cuerpo conservando
las voces de nuestra personalidad terrena, cruzando una región del
plano astral, donde nos envolviera como fantástica red aquel
enmarañamiento del follaje que no sería entonces más que la forma
ilusoria de las redes materiales que nuestra vida grosera del mundo
hubiera creado á nuestro espíritu en su marcha ascendente....
Y más y más el fragor de la negrura nos envuelve y nos rodea....
La lucecilla se ha quedado atrás y vista así sola y ambulante parece una
alma que penara en las tinieblas.
En todo caso esa vela me figura la escasa fe de ciertas almas que en
materia religiosa apenas saben donde poner el pie, sin luz más que para
ver el suelo allí próximo y careciendo de esas soberbias visiones de
conjunto que constituyen las energías y los heroísmos de las almas que
conocen el camino que recorren y que ven alumbrarse enormes perspectivas
que señalan términos anhelados....
La vela se consume y tenemos que esperar á los atrasados.
...De pronto un ladrido de perro rompe el silencio.... Se anuncia una
casa. I allí mismo se alumbra una ventana, se descubre una fogata.
¡Refugio! Impresión imponderable de alivio.
La casa estaba muy cerca, pero la hemos visto en el último instante
porque la espesura del bosque la ocultaba.
Nos allegamos á la puerta.
Es Pampa Redonda, según dice Saturno.
Pedimos velas con voces que imploran misericordia y una voz de mujer
contesta: «No tenemos ni con que alumbrarnos!»--¡Una vela por Dios!
insistimos todos en coro. «_Solo tengo una vela de cera que les daré_»,
contesta la misma voz mientras otra vocesilla clara de niño, voz de
ángel dice «_Alójense aquí_».
La inocencia siempre es intuitiva y generosa.
Esa voz me recordó otra voz de mujer muy cobijante, muy segura que en
cierta ocasión de obscuridad moral, de incertidumbre y de angustia me
hospedó generosa en su corazón y en su poderoso cerebro....
Hay que continuar andando en el bosque que no concluye y que debiera
llamarse Selva Cerrada en vez de Pampa Redonda, pero siquiera hemos
encontrado una vivienda y se ha calmado nuestra angustia.
Por la orientación de distancia que ha traído la casita se sabe que el
«Aserradero» está todavía muy lejos y así se ve cuán errados de
cálculos andaban los compañeros en cuyo programa la llegada á aquel
sitio estaba marcada para las siete de la tarde ó en todo caso con las
últimas luces.
Saturno no opinaba al oir estos cálculos, pero cuando era interrogado
decía con suficiencia: «_No llegaremos antes de la media noche_».
La vela de cera que nos han dado, da una luz clara y fija y aunque
pequeñita alumbra mucho.
Los bosques se continúan impasibles de silencio y de negrura. Parece que
hemos entrado al país de las sombras infinitas.
¡Cuántas vidas humanas no son más que un camino en eterna sombra!
¡cuántas almas viven sin saber de dónde vienen ni a dónde van!
¡Felices todavía si una fe débil como la lucesilla de nuestra vela se
enciende á su paso, para que los troncos del bosque de la vida no los
destrocen ó los ganchos los opriman en sus brazos duros!
Los árboles toman figuras espantosas con el reflejo de la vela.... las
sombras que se alargan parecen reptiles que huyen á esconderse. Tras de
la visión pálida de las ramas próximas se adivinan otras más tétricas y
luego la negrura insondable y muda en que millares de vidas se agitan
inconscientes.... donde quién sabe cuántos seres nos miran, nos acechan
con sus ojos de ascuas....
Muchos árboles parecen aplastarnos con la vida súbita que toman las
ramas al paso de la luz de nuestra vela.
Otra casita. ¡Qué nuevo alivio el de encontrar vivienda humana en la
espesura del bosque interminable!
Son los _Corrales_. Pedimos más velas, pero la única que nos dieron no
se pudo encender. La mujer que nos recibe dice: «_De aquí vá á salir un
niño con un animal_». Ese niño debe ser un «Baquiano» que conoce el
bosque y que nos conducirá.
--¿Saldrá luego el niño? preguntamos anhelantes--Sí, ya vá.... Y poco
después veíamos partir una sombra que era el muchacho arreando el
animal; sombra que se perdía como una exhalación en la masa intrincada
del bosque. Oíamos el crugir de las hojas, pero no veíamos nada.
En seguida la espesura se abrió por breves momentos y allá en una altura
inmensa aparecieron las estrellas muy pálidas y muy frías como
pertenecientes á otro sistema solar, alejadas de nosotros, pero sin
embargo mirando todavía con sus pupilas trémulas nuestras ansiedades
humanas, antes de perderse definitivamente en las distancias cósmicas.
Qué poco duraban estas apariciones.... las estrellas desaparecían en las
sombras de otro bosque ilimitado y nos envolvían las tinieblas.
En esa fugitiva aparición de las estrellas, las lenguas se desatan.
Conversamos, nos comunicamos nuestros temores y Saturno sin tener que
alentarnos con sus robustos _Sí, señor_, se pone jocoso. «_En las
llanáas se le devuelve el habla que se le había cortao al señor Cura_».
¡Dios mío! salvados!
¡El «Aserradero!» el puerto de salvación; nos bajamos, por supuesto.
En el «Aserradero» nos recibe un alemán que habla con don Mauricio su
endiablada lengua y nos introducen en una especie de fonda.
Las viejas leyendas alemanas describen estas casitas en que se da asilo
al viajero perdido en el bosque.
¡Estamos en salvo! Por el alivio que siento puedo medir el terror
pasado.
Me he convencido de que en la vida no se vive nada en conjunto, sino por
mínimas parcialidades y esta es la razón de que resistamos tantas cosas
sin sucumbir.
Nos dan, no ya velas sino dos faroles que iluminarán regiamente nuestra
comitiva porque el viaje no ha acabado, ni tampoco el bosque, sólo que
desde el «Aserradero» parte por el corazón de la montaña una línea de
madera que es un socavón abierto en la espesura.
Los que hemos estado perdidos y que conocemos ese pavor especial de la
incertidumbre, sentimos ahora qué cosa tan grande es la ruta marcada,
donde no existe el peligro de la elección.
Ahora no hay más que soltar la rienda al caballo, apuntándola apenas lo
preciso para que no tropiece en los durmientes de la línea que no están
terraplenados. No vemos nada, ¿pero qué importa? Nuestros caballos ven.
Aquel socavón negro, en que las estrellas pálidas no penetran, tiene un
delicioso misterio de fragor.
Los faroles iluminan sus paredes vegetales espesas, los árboles se
animan, toman palideces febriles y siluetas espectrales.
Miro hacia atrás y la luz muy lejana, muy incierta, del otro farol que
alumbra á los compañeros atrasados, aumenta el misterio triste pero ya
confiado de la noche.
No puedo dejar de hacer comparaciones. Las vidas orientadas moralmente
como la mía son estas que van por un riel, aunque sea en un socavón
obscuro. No se ve, pero se sabe que es el camino directo para llegar al
término.
Saturno se pone delicioso de buen humor para referir las aventuras del
viaje--«Tanto valor que ha agarrao el señor Cura en los rieles. Allá en
el Tique se atracó á los palos y no quería andar ni recular.--Entonces
no hacía juicio ni á la escopeta ni á la manta, como alla arriba, cuando
estaba claro y chicharreaban los choroyes. El señor Cura reclamaba que
le contestaran en la oscuridad y Juancho allí junto á él se callaba para
que creyera que estaba solo. Su culpa fué de apiarse y no querer que le
pasaran la bestia tirando».
Me imagino que la gente del pueblo, y también muchos necios, miran á los
sacerdotes como desposeídos de cierta hombría que á ellos les envanece
mucho--como si el sacrificio del corazón y la soledad consiguiente no
necesitaran mil veces más valor y más fuerza de voluntad que atravesar
de noche el bosque.
¡Qué hermosa se ve la lucesita en la línea recta y á la gran distancia
que vamos cruzando!
Al concluirse la trocha de madera nos detiene el paso una puerta de
trancas con llave. ¡Qué chasco! Si tendremos que pasar la noche aquí! Me
muero de frío. Saturno me da un chal.
Si hacemos ruido pueden darnos de balazos. Lo mejor es gritar y tanto se
grita que al fin nos abren.
Es el Chacayal. Cerraron la puerta, porque en la tarde habían reunido la
boyada en el potrero.
De allí salimos definitivamente á la luz de las estrellas que nos
parecen luminosas como la luna después de las tinieblas recorridas.
Todavía una hora de marcha y caemos en Río Bueno por una dirección muy
diversa de la que creía que llevábamos....
Vivo eternamente desorientada en el mundo. ¡Cuánto he gozado, Dios mío,
en estos días de íntima comunión con la naturaleza!
Traigo una fatiga y un cansancio cerebral indescriptibles.
Parece que mi cabeza ha sido tenaceada con hierros durante muchos años.
Todas las ideas que me asediaban, todas las imágenes que me hostigaban,
sucediéndose sin tregua, todos los pensamientos que brotaban, todas las
emociones que me agitaban, parecían pedirme albergue, buscar
permanencia, producir vibración.
Todo el espectáculo natural, toda la belleza que había contemplado,
pretendía vivir á través de mí, dejar su imagen en la película
cerebral....
Todos los gérmenes recibidos durante aquellos días querían ser
fecundados y reproducirse....
Toda esa _Vida_ que yo, sér consciente, había atravesado, que había
sentido, que había admirado, me parecía ávida de quedar fija en alguna
parte antes de desaparecer para siempre en el torbellino de las cosas
que mueren.
Y esa lucha entre la naturaleza y el cerebro toma proporciones de ataque
y de defensa que llega á hacerse insoportable.
Más de alguna vez leyendo á ciertos artistas me había parecido descubrir
entre ellos y la vida, entre su cerebro y la naturaleza que pide ser
animada ese mismo combate horrible y despiadado que se traba entre el
hombre y la mujer en la hora pasional, cuando Ella necesita ser amada,
sentir el calor del halago, en su corazón la dulzura del sentimiento, en
sus entrañas el fuego del amor y clama y pide al hombre en su belleza,
en su ternura que la ame, que la reproduzca.... pero esa misma mujer es
pura y hace ciertas reservas á su pudor que el hombre cruel viola y
destroza en la fiebre del deseo.... sin llegar á estremecerla de
felicidad hasta que se entrega plenamente.
Esa misma lucha de la mujer que quiere ser amada y permanecer inviolable
y del hombre que se apodera de ella por encima de todas las
resistencias, es la que yo veo realizarse entre el artista y la vida....
Lucha cruel, lucha terrible porque es el combate de la fuerza contra la
fragilidad, del instinto tímido contra la conciencia audaz.... lucha
desigual en que el elemento femenino es siempre vencido y avasallado.
La naturaleza que allí es esencialmente femenina se entrega por fin al
artista, le da el secreto de su oculta belleza, de su gracia pudorosa y
él la coge, la fecunda, le da vida, la fija en un instante hermoso y la
conserva para siempre.