permanece eternamente esculpida en el mármol, en la tela, en el sonido ó
en la palabra!
* * * * *
Cuando se ha vivido unos cuantos días en íntima comunión con la
naturaleza, cuando la vida que ella representa, que ella encierra, nos
ha mecido por breve tiempo en su regazo, sentimos una dilatación
completa de nuestro ser íntimo, sentimos que traspasamos el círculo
material de nuestro cuerpo, el radio de nuestra mente, que nos
ensanchamos en el espacio abierto, que entramos á formar parte de un
todo con el aire, con el agua, con el animal y con la planta.
La tierra y el cielo no quedan fuera sino dentro de nosotros mismos.
Nos incluímos en una fraternidad infinita en que el astro y el insecto
son nuestros hermanos.
Todos vamos formando parte de un inmenso organismo en que cual más, cual
menos concurrimos á un concierto, somos nota de una inmensa sinfonía,
que proclama la verdad, que formula la belleza que realiza la bondad
para constituír en último término la gloria de una manifestación
omnipotente y divina.
Dentro de esta dulce certidumbre nuestras dudas son las momentáneas
sombras de los grandes esplendores, nuestras penas los peldaños de una
ascensión penosa, nuestros amores son las intuiciones de los
complementos que necesitamos, nuestros odios las eliminaciones forzosas
de los obstáculos que nos cierran el paso y nuestra Fe la energía
magnética que nos atrae al Polo de eterna orientación.
La naturaleza es el poema divino, es el único libro en que la vida ha
escrito su decálogo.
La naturaleza es sobre todo la madre de la humanidad.
Vamos á ella confiados de donde quiera que vengamos, á donde quiera que
nos encaminemos y ella nos conducirá sin extravíos de sendas, sin
emboscadas, sin precipicios insalvables al foco de su radiación
infinita: Dios.
La naturaleza sabe hablar al rústico y al refinado, al niño y al viejo,
al dichoso y al triste.
Las mismas palabras le sirven para hacerse entender del francés y del
árabe, del chileno y del hindú.
Lo que dijo á los patriarcas nómades del desierto es lo mismo que está
diciendo á nuestras almas contemporáneas.
Todos los que han contemplado las perspectivas cambiantes del mar, las
palpitaciones de los mundos siderales en la noche callada, los
horizontes grises del desierto, el fragor de las selvas vírgenes, la
audacia de las grandes cordilleras, todos han leído la palabra
_eternidad_ escrita en sus viejas constelaciones, en sus aguas movibles,
en sus piedras rudas y en sus verduras tiernas.
Donde quiera que hayamos vuelto alguna de sus grandes páginas, hemos
sentido vida inmensa, infinita y potente, belleza inagotable y amor
eterno.
El universo entero está movido por el amor que hace germinar las
plantas, anidar á los pájaros, fundirse á dos almas en una y á todos en
Dios.
Cuando hemos paseado nuestros ojos por la tierra ó por el firmamento,
desde nuestra vida pequeña y limitada, hemos sentido siempre en todas
partes la perfección de una obra admirable, que se manifiesta en verdad,
que resplandece en belleza, que se cumple en justicia, que se establece
en armonía y que se difunde eternamente en amor.
Dejemos alguna vez nuestras disensiones de credos de razas y de ideas,
olvidemos las miserias diarias que nos atormentan, las banderas que nos
apartan, los lemas que nos dividen, perdonemos á nuestros ingratos,
aceptemos el ser despreciados ó desconocidos, cerremos nuestros libros,
sumerjámonos en la naturaleza y arrullados en su seno leamos esta sola
palabra que lleva escrita la tierra cansada y el cielo esplendoroso:
«Solo el amor engendra vida, la perpetúa en el tiempo fugaz y la
conquista en la eternidad».
Río Bueno, marzo de 1910.
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