Augusto me persiguen suplicantes y entonces comprendo mi usurpación.
Me apresuro á devolverle su tesoro y juntos ponemos á flote el botecito
blanco que el niño sostiene maravillado del cordel y que salta al
costado de nuestro vapor, sin que jamás una gota de agua penetre
adentro.
Observo la carita de Augusto con su expresión de debilidad en que se
pinta una satisfacción profunda.
Me complace descubrir ese fondo de interrogación doliente que encierra
la mirada de algunos niños, como si temiesen las sorpresas que la vida
les reserva.
De pronto Augusto grita desesperado, ¡qué pena! el cordel se ha desatado
y el botecito queda bogando solo á merced de las olas y, en la distancia
que ya nos separa, se ve cada vez más diminuto, cada vez más ínfimo en
la extensión de las aguas...
La mirada del niño lo sigue con cierta ternura impotente en que se
mezclan el asombro y el desaliento.
¡Qué habría dado yo por tener otro bote con que reemplazar al que ya
solo veíamos de cuando en cuando blanquear un instante sobre la cresta
de una ola para desaparecer después por mucho rato!
Los ojos ávidos y tristes del niño expían ansiosos ese reaparecimiento,
cada vez más tardío del botecito minúsculo en la estela espumosa más y
más ancha que el vapor deja á su paso...
Yo misma, colgada de la ventana de la cámara, sigo ese último é
incierto blanquear de la navecita de madera en la ondulación del agua...
Y cuando desaparece para siempre, Augusto y yo nos miramos en una larga
mirada de comprensión infinita, ya que en diversas formas esta humanidad
lleva el desconsuelo de las cosas irreparables.
En mi pena por el botecito perdido no sabría distinguir si es el
botecito mismo que me entristece, ó si solo me sirve de pretexto para
sentir tantas cosas bellas nutridas al calor de mi corazón, que en un
momento fatal de la vida se han alejado de mí y han desaparecido para
siempre en el revuelto oleaje de los acontecimientos efímeros...
Todos llevamos en el alma el cordel cortado de una ilusión muerta, de un
afecto desconocido, de una presencia alejada...
Y cuando la barquita de Augusto desaparece en la última cresta azul,
despedimos con ella alguna hora hermosa de nuestra vida que se fué para
siempre..., algún encanto del pasado que no tiene ya más derecho de
regreso... El botecito perdido ha encontrado tanta repercusión en mi
alma, tanto eco en los demás, porque todos hemos despedido algo... que
la eternidad entera sería incapaz de devolvernos.
* * * * *
Desde el momento de nuestro embarque en el _Huape_ hasta la llegada á
Llifens, el cuadro tuvo una transformación completa, pasando como las
fisonomías humanas por todas las faces de una crisis de alma intensa,
matizada en las expresiones más hondas, más ricas y más diversas.
A ese primer sonrojo trémulo y palpitante de los rayos del sol que
muere, sigue la majestuosa y lenta extinción del color...
¡Todo va pasando de los rosados, de los violáceos, de los cobres pálidos
á las tonalidades muertas, blanquizcas y secas, pero ese mismo fulgor
postrero que anima todo el cuadro con una vida intensa nos da una
sensación exquisita de delicadeza y de intimidad!
Tras el alto picacho que cobija á Llifens, dos desgarraduras de montaña
abren sus lejanías insondables y muestran la imprevista fantasía de sus
múltiples cadenas de cordillera. En el golfo de Riñinahue aparecen
también los cordones nevados de Rupumeca escalonando sus filetes de
pedrerías y pasando por toda la gama de los tonos azules desvanecidos
en plata...
De esa parte el panorama tiene una extensión ilimitada y abre sobre el
lago una perspectiva de país encantado...
Por el lado izquierdo de Llifens otra partidura de montaña descubre en
magnífica visión siete cadenas de cordilleras dominadas por la cresta
blanca de Choshuenco.
Todo el cajón de Camahue, dilatado en distancias increíbles, da al ojo
la sensación material de lo inconmensurable... y junto con las
cordilleras de la derecha prolongan una doble magia sobre el fondo del
lago...
Nuestra vista rompe por ahí todos los límites y alcanza remotos confines
de fantástica idealidad.
La atenuación de la luz es tan rápida y va dando al cuadro aspectos de
belleza tan fugaces, que cada realidad parece desvanecer la anterior.
Así, en nuestra vida las emociones, en revuelto torbellino, se suceden,
se complican y se desvanecen unas en pos de otras...
A medida que palidece el paisaje, que las montañas pierden su vibración
ardiente, todo entra en un reposo más perfecto, en una pureza más alta,
en una placidez más sublime.
Con la luz parece haberse alejado del cuadro todo lo accidental,
quedando reducido á sus grandes líneas y á sus reflejos más dulces. Lo
que el crepúsculo perdía en brillo, lo ganaba en majestad y en profunda
serenidad.
En esa palidez de la tarde todo se va inmovilizando, se va petrificando
en las rigideces marmóreas de las cosas que entran definitivamente en el
reposo, lejos del ondear de la vida.
Antes de ocultarse en la sombra la naturaleza reviste la más acabada de
las formas y el día concluye en un momento de suprema belleza.
Así como la muerte sabe imprimir á todas las cosas, aún á las más
vulgares un sello augusto, así la tarde al caer sobre el mundo parece
anular todo lo pequeño, acallar todo lo pueril y en ese silencio y en
esa majestad eleva una gran plegaria de paz y de concordia en que las
creaturas todas, conscientes é inconscientes, entramos por un instante
en el curso ascendente de la vida, que ansía, que busca y que clama en
medio de la miseria y de la obscuridad por el Centro Unico, de donde
todas las cosas emanan y á donde todas tienden irresistiblemente!
* * * * *
He hecho la travesía en cubierta con mi amiga, ambas de pie, cogidas por
la solemnidad de esta naturaleza, tan intensamente evocadora en la
quietud del lago dormido, cuyo terso espejo velaban apenas las ráfagas
de aire, convirtiendo su luz en fugitiva sombra.
Las aguas plateadas y lisas palpitaban acariciadas por el viento y
volvían á recobrar su limpidez cristalina... En esta tarde se me ha
revelado la grandeza de la naturaleza y con ella la grandeza de la vida.
Ese algo de trascendental y de permanente que el vivir lleva consigo en
su vaivén y en su caducidad no lo había sentido jamás á tanta hondura
como hoy, en el fulgor mágico y en la lenta descoloración del paisaje.
El brillo y la luz pasaron como pasa la pasión y el acontecimiento
humano por nuestra alma; pero allí queda la naturaleza siempre alzada
esperando en la sombra las auroras próximas, los días futuros y los
siglos venideros...
Todo pasa, la felicidad y la pena, el amor y el odio, y sólo queda el
estado de alma más elevado, más hondo ó más estrecho que esas emociones
han dejado á su paso...
* * * * *
Ya cerca de Llifens los montes aparecen como monstruos de piedra, los
bosques como cavernas tenebrosas.
Solo del lado del poniente la isla del Huape se destaca sobre fondo de
topacio en una última reminiscencia de la luz que se ha extinguido.
Apenas queda una leve claridad para que el mecánico guarde «Elfrida» en
la embocadura del río _Calcurrupe_, pues el lago se suele agitar durante
la noche y las embarcaciones se destrozan al chocar con las piedras ó
con los troncos de árboles de la playa.
Al bajar á tierra me parece salir de una magnífica visión que se ha
desteñido, que se ha esfumado, que se ha idealizado, que se ha hecho
inmaterial ante mis ojos para dejar en mi alma la impresión de una
armonía sobrehumana y de un éxtasis divino....!
* * * * *
El cansancio hace que nos acostemos sin hacer tertulia de sobremesa á
nuestros amables compañeros.
A la mañana siguiente las aves de corral nos despiertan con su vocerío.
Los gansos, las gallinas y los chanchos me dan una impresión de vida
sana y potente. Desde las ventanas de la casa aparece amenazante el
picacho que yo he bautizado con el nombre de Jibraltar. Me dicen que en
la cumbre hay un lago, á pesar de que su extremada altura nos muestra la
cima pequeñísima.
A esa hora de la mañana en que nos encaminamos al baño, hay una
extremada ternura en los campos, los pastos chispean en sus gotas de
rocío y un frío seco y agudo, frío de cordillera cercana, nos azota el
rostro.
La señora Poirier, esposa del señor Montecinos, tipo de mujer tranquila
pero algo cansada por la vida, con ojos de bondad resignada--me acogió
muy amable en su casa. Su hija María Rosa, retrato de la madre joven en
la alegría ingenua de los pocos años, de la pureza y del buen humor, me
hizo compañía durante el paseo.
Esa juventud moral y físicamente sana tiene el encanto de las flores que
guardan en sus pétalos tersos el rocío de la mañana.
La niña con cara redonda y sonrosada, con nariz respingada, boca fresca
y ojos sonrientes, me parece un fruto de la montaña.
La madre y la hija nos acompañan al embarcadero y también Augusto que
quiere hacer la travesía con nosotros en la esperanza de recuperar el
botecito perdido. Se levantó muy temprano ilusionado por la idea de que
el lago hubiera devuelto su presa sobre la playa en el oleaje de la
media noche; pero, nada! esos barquitos de cordel cortado que nos
abandonan en la vida no vuelven jamás.
A veces nos entristece dejar á personas que apenas conocemos... Quizás
presentimos afinidades en que no hemos alcanzado á vibrar con ellas...
Descubrimos tal vez con la fraternidad oculta de un deseo, la viudez de
una ilusión... Y entre los saludos y las frases comunes del código
mundano, las almas se han dicho cosas que los labios no saben
formular....
Me cuenta la señora Poirier los sufrimientos que ha pasado con los niños
enfermos, me descubre una vida triste de abnegación y de sacrificio y á
través de la mirada tranquila palpita la angustia humana que todos por
distintas cosas y en grados diversos llevamos en el alma....
Al partir le estrecho la mano como si la hubiera conocido siempre.
Las simpatías y los afectos viven fuera del tiempo y obedecen á leyes
que no están inscritas en los protocolos.
Nos embarcamos. Montecinos no quiere llevar á los niños porque va á
volver muy tarde. La señora insiste por María Rosa que no ha salido
ayer. Ella fué feliz en su niñez y quiere que sus hijas gocen de la
vida.... Ya llegará el sufrimiento inevitable y si han tenido su parte
de felicidad lo aceptarán mejor.
Augusto ha resuelto no quedarse por ningún motivo y con la agilidad de
un gato trepa al muelle y se mete al vapor.
Sus ojitos tristes de niño débil se acentúan esa mañana, que viene en
ayunas con gran cólera de su padre, que lo amenaza con dejarlo todo el
día sin comer y que acto continuo le corta una rebanada de queso.
Los promontorios de Llifens como monstruos de granito quieren
aplastarnos al dejar la playa, pero pronto quedan atrás y las altas
cordilleras aparecen grandiosas é idealmente lejanas.
El vapor endereza rumbo hacia el golfo de la Mariquina, inmenso cerro
que se levanta á pico sobre el lago en una exuberancia vegetal que no
permite ver un ápice del terreno.
La selva impenetrable que cubre toda la montaña, compuesta de arbustos,
de grandes árboles, de helechos y de enredaderas forma la masa de
verdura más compacta que puede imaginarse.
A la derecha del golfo se levanta soberbia la montaña de Huequecura y al
fondo la configuración valiente de los montes en que se han prendido
cendales de tul, se esfuma en la atmósfera pálida y hace un contraste
violento con la tinta aterciopelada de la vegetación.
Al pie de Huequecura pasa el camino que conduce al puerto mayor de
cordillera «Huabun». La ruta se interna entre las negruras del bosque
hasta traspasar la frontera próxima.
Pasamos muy cerca de tierra admirando el audaz corte á pico de las
montañas tapizadas siempre de plantas, de helechos y de musgos. En
poquísimas partes demasiado pendientes se ven piedras que parecen
labradas en escudos como antiguos trozos de ruinas... dando á la montaña
un carácter de austeridad grave. La impresión de Huequecura en ese
momento de pureza matinal, es el de un monte sagrado, donde germinarán
fuerzas ocultas, presididas por los espíritus protectores que velan
sobre el mundo dirigiendo la combinación de la vida.
La entrada al golfo de la Mariquina es magnífica... Cada vez que el lago
se interna en el seno de la tierra, en el paraíso de la verdura fresca,
en la augusta soledad, da la sensación de un descubrimiento que revela
purezas y encantos imprevistos. Hay en el golfo un aspecto de integridad
virginal, sin sello alguno de vida humana. Es solitario, sin rucas...
sin canoas... sin montones de leña... impregnado en auras de quietud.
Atracamos á tierra y poco después aparecieron dos indios á caballo muy
bien montados y trayendo en las manos truchas recién cogidas y
relucientes como láminas de plata. Pretenden llegar hasta el vapor sin
desmontarse, pero la hondura del agua es grande allí cerca y entonces
vuelven á la orilla, desaparecen con rapidez de flechas en el bosque y
reaparecen por la otra margen.
Montecinos habla con ellos en aquella lengua araucana tan desapacible á
pesar de sus terminaciones llenas y blandas.
En tierra encontramos los grandes árboles que forman el bosque,
distribuídos los grupos en caprichos y en simetrías de gracia rústica y
coqueta.
Al salir del golfo, ya más próximos á la Mariquina que á Huequecura,
admiraba la indescriptible fantasía de las entradas de montañas, la
hermosa delineación de los picachos centrales, cada uno de dibujo
singular diseñados en admirables pinceladas de color, que se funden los
unos en los otros o que se oponen cortándose violentamente.
Mientras más se aproxima _Elfrida_ al costado de la Mariquina elevada
tan soberbiamente en la floresta paradisíaca de su vegetación las
perspectivas se van transformando en variedad abrumadora... Los diversos
perfiles se cambian, según el punto de vista que presentan. Los picos se
deshacen y se rehacen, se descubren nuevas entradas del lago en golfos
inexplorados, otras ensenadas se esconden y se cierran para siempre á
nuestros ojos...
Las penínsulas toman prolongaciones sorpresivas, las cumbres próximas
huyen de nuestra vista y aparecen nuevas cimas lejanas é indomables...
Aquellas vistas son un perpetuo kaleidoskopio que fatiga el cerebro con
su belleza eternamente múltiple en sus infinitas manifestaciones.
Muerta de cansancio y mareada con aquel ondear del agua me entro á la
cámara.
Augusto, con sus ojillos negros saltones, mira en vano las olas azules y
transparentes... Ninguna da noticia del botecito perdido.
Hacemos un _entre-almuerzo_. Don Mauricio saca un precioso puñal para
trinchar el queso y los pollos--puñal cuya delgada hoja damasquina
serviría para enterrarla en el corazón de una odalisca, en el fondo de
un castillo árabe, pero los tiempos son tan vulgares que los más bellos
objetos tienen ahora destinaciones prosaicas.
Se escapa al mismo tiempo del bolsillo del chaleco de don Mauricio una
laboreada bombilla de plata que llevaba prendida en la cadena del reloj.
Entonces nos explica que la lleva siempre consigo en las excursiones,
para los imprevistos, atrasos, pérdidas de caminos, tempestades,
accidentes. Prepara mate en su vaso de cacho calentando agua en
cualquiera fogata. ¡Qué ganas de tomar mate! pero siempre vencida por el
ideal me voy á instalar en cubierta para ver cómo se forma la decoración
de las montañas, una vez que el vapor toma el centro del lago dejando
atrás el picacho de Riñinahue que cierra desde Llifens el lado derecho
del golfo.
Futrón se presenta algo perdido en la bruma, pero en el mismo riquísimo
aterciopelado de toda la vegetación de las márgenes del lago.
La montaña de Huequecura se destaca maravillosa en el riquísimo manto de
sus verduras eternas, dejando correr por su costado el río Camahue.
Pasamos por el boquete que se abre entre el Huape y la isla de Cuncuma.
Otro boquete se descubre entre la Mariquina y la isla de Quilleifa.
Desde aquel punto aparece el pico de Jibraltar con el morro de Riñinahue
construyendo en la perspectiva la decoración ideal del lago.
Aquella titilación del sol sobre las ondas, aquella irradiación vibrante
vuelven á marearme y tengo que tenderme en la cámara, pero no me importa
porque ya he visto á la distancia precisa desprenderse el gran morro del
fondo, colocarse al centro del lago, erguirse en un magnífico _racourci_
que suprime al ojo la extensión de su perfil y que viene á formar
aquella construcción magnífica de atalaya avanzado sobre la
transparencia azul de las aguas, destacándose sobre las cordilleras
esfumadas en sus nieves y en sus vaguedades de ensueño....
Me acuesto. Montecinos sin decaer un punto en su _intarissable verbe
joyeuse_ sigue contando chuscadas y aventuras que todos celebran
estrepitosamente.
Hablan de los indios. A mí me han parecido muy torpes por la dificultad
que ponen en contestar las preguntas, pero se me observa que es solo
astucia para no decir jamás lo que piensan y la prueba es que cuando la
pregunta les conviene la comprenden al punto y no la hacen repetir
jamás.
Tienen muy mala fe, engañan siempre, trabajan para ellos y flojean para
los españoles.
Los agricultores de la región que los emplean para sus faenas de campo
se desesperan de sus picardías....
Esta conversación me hace pensar en el residuo ponzoñoso que ha dejado
en esas almas la crueldad y la injusticia de que han sido víctimas y que
la raza guarda en sus atavismos como reparación á los pasados ultrajes.
Nadie quiere ver que estos defectos son las consecuencias lógicas de
viejas causas y todo se pone en cuenta de salvajismo y de maldad nativa.
Son tan ladrones, añade Montecinos, que en su propia casa le robaron á
Quinchagual su caballo y el de su entenada.... ¿Cómo no se robaron
también á la entenada? pregunto yo. Porque el indio le encuentra más
beneficio á un caballo que á una mujer, responde irónico Montecinos.
Me duermo sin saber más del caballo de Quinchagual y pronto me despierta
una voz que dice: «Puerto Yáñez»; creyendo que debe ser un puerto
hospitalario, levanto mi cabeza desvanecida y veo los embarcaderos que
se escalonan en la ribera á continuación de Puerto Nuevo, y que son:
Puerto San Pedro, Puerto Barrientos y Puerto Yáñez.
Tengo un amigo de ese apellido y me gustaría saber el origen de Puerto
Yáñez para contárselo, digo al señor Figueroa, conocedor de la anécdota
que motivó ese nombre y que me refiere gustoso: El dueño de ese lugar es
muy admirador de don Eliodoro Yáñez, el enemigo jurado del sur....--¿El
enemigo...? le interrumpo atónita. Sí, señora, prosigue el señor
Figueroa convencido, porque ese caballero mató la industria de los
alcoholes que florecía en la región. Un chusco conocedor de la
admiración de que era objeto el señor Yáñez en aquella casa se presentó
allí con un compañero, le hizo creer que era don Eliodoro Yáñez en
persona y el favorecido dueño de casa en agradecimiento por aquella
visita puso á su embarcadero el nombre que nadie le ha quitado más
tarde. El supuesto señor Yáñez estuvo en aquella visita de muy buen
humor; iba como vulgarmente se dice entre _dos luces_, merced á unas
copitas escapadas á la matanza de la industria, con lo que acabó de
congratularse á su antiguo admirador.
Estamos ya muy cerca de Puerto Nuevo á donde vamos á desembarcar. El
señor cura ha venido todo el viaje armado de su escopeta, en persecución
de los pájaros que otros exploradores le dijeron que eran tan numerosos
en el lago.
Hemos divisado muchas garzas reales, pero siempre quedan á mayor
distancia que un tiro de fusil.
Los cerros de Ilahue monótonos y lisos tiran su faja al borde del
horizonte claro cubiertos de magnífica vegetación.
Ya se divisan nuestros caballos al borde de la playa. Llegamos.
El lago Ranco despliega allí su anfiteatro magnífico, redondea su
superficie brillante engastada soberbiamente en las cordilleras del
fondo con aspecto de país de leyenda.
No soñaron sin duda los griegos dentro de la infinita idealidad que los
caracterizó un cuadro más puro de color y de línea, más armónico, que
aquellas formas audazmente delicadas, que aquella tonalidad suavísima
que flota desde el _azur_ radiante hasta los grises pálidos desmayados
en las eternas nieves....
Ese es el escenario de una gran raza porque la naturaleza, que es sabia
en sus combinaciones, no podría haber hecho un mundo de ensueño para la
actual raza chilena insensible, utilitaria y antiestética.
No serán los caducos retoños de la colonia con sus apolillados blasones
ni los advenedizos enriquecidos de ayer los futuros pobladores de este
paraíso, serán nuestros descendientes regenerados en la lucha tiránica
de la vida los que vengan á recoger esta herencia de belleza. Ellos
levantarán aquí sus palacios, crearán su arte, forjarán su personalidad
y yo habré sido la exploradora de un rincón bello de este planeta,
llegado demasiada temprano á una tierra demasiado joven.
Al venir me arrodillé en un arranque de espontánea admiración y ahora me
marcho llevando la seguridad de que aguardan á este país tiempos
grandes, tiempos en que la raza sacudirá la fatalidad indígena que la
agobia, en que desarrollará las inmensas facultades del _yo_ fuera de
las trabas de un fanatismo rancio ó de un racionalismo limitado y
emprenderá el vuelo á las regiones del Ideal.
A nosotros, tristes emisarios de un mundo futuro, nos toca recoger el
desdén y la duda, pero nuestra fe nos da la seguridad de que ningún
esfuerzo es estéril y de que cada uno cosecha lo que siembra. Verdad
profunda para los que creemos en la eternidad de la vida, para los que
esperamos las compensaciones á que todo esfuerzo da derecho....
¡Cuánto me ha hecho soñar ese mundo de los siglos venideros en que mi
conciencia actual se volverá á encontrar con vinculaciones viejas y
espectativas nuevas!
Todas esas ideas me sonreían, mientras las olas corrían fugaces
persiguiéndose y quebrándose al costado del vapor. Sentía entonces con
más íntima fruición los lazos sentimentales que atan de lejos, que unen
á través de los tiempos y que se conservan fuera de todas las
exterioridades!
El seno de esta naturaleza espléndida y pudorosa me hacía entrar en más
íntima comunicación con todo lo que amo por ese sortilegio del mundo
solitario, tan hondamente protector de nuestra intimidad secreta.
En aquel rincón inviolado, se esperaba más, se soñaba mejor y se amaba
con más alto derecho, conferido quizás por la sagrada armonía de las
cosas que salen inmaculadas de las divinas manos.
Hay ciertos amores que tienen en nuestro corazón algo así como títulos
originales, anteriores á nuestra vida y que la naturaleza parece cobijar
amante en su seno dulce.... ¡de madre eterna!
¡Qué evocaciones de recuerdos lejanos hice aquella mañana!
¡Cuántas de esas cosas han salido quizás para siempre de las
posibilidades humanas y por eso mismo viven más intensamente en mi alma!
Han dejado la vida exterior para convertirse en parte integral de mí
misma.... ¡Tierra! Nos aguardan los mozos. Tomamos los caballos y
ascendemos la montaña que forma una bella ensenada cubierta de bosques
sombríos que las márgenes del agua extendidas á ambos lados oprimen en
sus brazos de verdura....
Bajo el follaje de inmensos robles aparece todavía el lago Ranco en
resplandeciente visión.
Es bellísimo todo ese conjunto dominado por el dibujo central de aquella
campana que avanza al medio del lago entre los dos golfos y que diseña
su pirámide cónica en medio de las nieves de las cordilleras que se
extienden á ambos lados oprimiendo la copa azul en prolongado abrazo....
Más arriba de la montaña, cuando ya los robles de la gradiente se
destacan enteros en el esplendor del agua, me parece encontrarme en el
límite del mundo, allí donde comienza el espacio eterno y se nada en el
éter.
Todavía otras visiones fugaces del lago á través del follaje cada vez
más ideal, más lejano, más en visión vaporosa y desaparece para siempre
como se borra un miraje en el cielo.
Hay paisajes que abandonamos como á una persona querida, porque su
fisonomía ó su alma se comunica con nuestra inconsciente intimidad.
Los compañeros vienen muy animosos. Don Mauricio caracolea en su alazán,
el señor cura no recuerda todavía los nudos de la montura. El señor
Figueroa se aleja, es de esas personas que se borran en los tiempos
felices, pero que aparecen en los conflictos.