«_No asoma ningún cholito_» dice desconsolado el mecánico, que es un

gringo con cara de Corazón de Jesús de estampa francesa--aunque la

verdad es que pudo ser más sincero hablando en género femenino.

La isla ya mui próxima parece un gran parque encontrado de súbito en la

extensión del lago. Es muy accidentada de terreno y de forma; tiene

montañas, colinas, planos cultivados, mesetas, bosques, lomajes blandos

y se divisan las rucas á la sombra de árboles legendarios, que habrán

servido de «_junta_» al consejo de las tribus.

En las menudas piedrecillas de la playa hay muchas canoas varadas y una

nos sirve de puente para alcanzar las primeras piedras en seco.--Al

atravesar la canoa observo la tosquedad con que ha sido construída,

horadando apenas un tronco de árbol.

Y más arriba escondidas entre los árboles de la playa hay todo un

astillero de canoas en construcción.

En la tierra firme se me acentúa la impresión de encontrarme en un

parque deliciosamente cultivado. Las praderas compactas de yerba, los

boscajes densos en grupos casi simétricos que alternan con los planos

sembrados, los senderitos que ondulan con tan coqueta flexibilidad en

los lomajes, me hacen la ilusión de una morada principesca.

Las cercas vivas ostentan flores primorosas, que forman racimos de

capullos en tonos mordorées. Los arrayanes floridos, parecen cubiertos

de copos de nieve recién caída.

Subimos por el camino que conduce á la ruca del cacique _Llancumil_,

situada en la falda de la colina, pero á bastante altura sobre el nivel

del lago.

Don Mauricio sufre del corazón y sube con lentitud para evitar la

fatiga. Montecinos alegre y animoso, con toda esa energía que dan las

arterias elásticas, en que la sangre jenerosa circula en ritmo perfecto,

marcha adelante armado de una botella de aguardiente para el cacique,

que nos servirá de introducción y nos abrirá su hospitalidad. Llamamos á

don Mauricio, y como no puede alcanzarnos, Montecinos declara--siempre

preocupado de la _réclame_ de Lliféns--que si no hace una cura de agua

de los Baños no le saldrán del estómago las borras de cerveza que tiene

aconchadas--y sin embargo don Mauricio es tan temperante que sólo toma

chicha de las manzanas de su huerto.

La vista del lago que viene apareciendo a través de los árboles es

maravillosa. ¡Por entre los arcos del ramaje azulean las aguas plácidas

y las montañas aparecen en la idealidad de la distancia, como el

soberbio pórtico de un templo consagrado á la divinidad de la suprema

armonía, de la paz eterna!

No se ve á ningún ser viviente en el cercado de la ruca del cacique;

sólo un jardinillo defendido por una empalizada, muestra la vivienda

habitada.

Penetramos al cercado, admirando aquella vista de tan griega serenidad

que me recuerda á _Corfú_ en el colorido, en lo vaporoso y lo suave de

las formas, en esa risueña quietud en que todas las cosas parecen

estáticas....

No puedo creer que no exista aquí una raza digna de oficiar en tal

santuario el culto de la admiración á la armonía de la estética divina.

La puerta de la ruca está cerrada y nadie nos recibe.--Silencio profundo

en torno nuestro. Quizás los indios están ocupados de sus cosechas allá

en el fondo de la isla y no lograremos verlos.

Montecinos que habla un poco de araucano y que conoce las costumbres de

los indios, comenzó á llamar en «_lenguas_» (dialectos), pero nadie

respondía.

Empujó por fin la puerta de la ruca y en un interior negro, sucio,

ahumado, vimos á dos mujeres acurrucadas, inmóviles á la orilla de una

fogata. Son la mujer y la hija del cacique Llancumil.

Ambas nos miran impasibles y no hacen ni un movimiento. Están cubiertas

por unas mantas ó túnicas que las envuelven de alto á abajo. Tienen

caras achatadas, frentes estrechas, color cobrizo y cabello muy negro,

liso y compacto, peinado en raya con dos apretadas trenzas que caen en

la espalda.

La madre y la hija se asemejan mucho, no con esa semejanza que reside en

los rasgos, sino con la identidad que produce la carencia de expresión y

la falta de individualidad.

Las dos mujeres se parecen como dos piedras, como dos plantas.

Ese algo único é intraducible que hace que la persona de tipo más

semejante al mío no sea yo, ni yo ella, faltaba en esas dos mujeres, que

en edades diversas y con facciones distintas, eran iguales en sus

angostas frentes vacías de pensamiento, en sus ojos desiertos, en sus

bocas frías....

Ningún músculo se contraía en aquellos rostros, ninguna sonrisa asomaba

á sus labios y ninguna centella chispeaba en el fondo de sus ojos

muertos de raza impotente.

Montecinos entró á la ruca armado de su botella como de una oliva de paz

entre tribus enemigas.

¡Qué de reconciliaciones y de olvidos duermen en el fondo de las

botellas!

¡Qué inveterados rencores, qué sordas enemistades, se desvanecen con el

humo del alcohol! ¡cuánto hay de físico en nuestras mismas emociones que

un poco de vino disipa!

La India no quiso aceptar el vaso que le ofrecen; piensa quizás que la

van á envenenar.--Montecinos lo comprende, bebe primero y después le

alarga el vaso. Ella antes de empinarlo, con un gesto de inercia mete

los dedos dentro, esparce unas gotas por el suelo y después bebe un

largo sorbo. Ese signo es una conjuración que hace al «_Calcu_» (brujo).

¡Tras la rudeza de las pretendidas supersticiones cuantas profundas

verdades de naturaleza se ocultan--verdades que descubre la intuición

espontánea de los rústicos y que después confirman los sabios! Qué de

influencias malsanas nos traen ciertas personas--influencias que puede

neutralizar alguna práctica mediante el ejercicio de nuestra voluntad

disciplinada que pone en juego fuerzas contrarias. Ya la ciencia viene

exclareciendo muchos de estos misterios psíquicos y la risa de los

incrédulos va tomando carácter de simple necedad.

La India devuelve el vaso, y se coloca de pie en la puerta de la ruca en

indolente actitud: ni nos observa ni nos habla.

No logramos despertar su curiosidad ni siquiera su atención.--Le somos

totalmente indiferentes.--Mientras menor es el grado de conciencia en

una creatura, mayor es también su dificultad para comunicarse; mientras

menos se sabe, menor número de cosas atraen ó seducen. La facultad

admirativa no puede existir porque la admiración supone conocimiento de

la cosa en sus relaciones con las demás de que es conjunto.

Todos hacen preguntas á la India, pero apenas responde un monosílabo á

la tercera vez que se insiste en una interrogación.--Parece que cada

palabra tarda en caer á aquel cerebro obtuso y cerrado á toda idea. Se

le pregunta cuánto tiempo habita aquella ruca: no responde. Se insiste:

silencio.--Por último contesta que no sabe y cuando ya se ve acosada,

dice que habita allí desde muchos años.

Comprendía la pregunta, pero desconfiaba del objeto, pensando quizás que

querían desalojarla de su vieja morada y con su silencio se daba el

tiempo de rehuir la respuesta.

Todos los recursos que me suministra mi ductilidad nerviosa para crear

entre las gentes que me atraen, la atmósfera armónica, mediante esas

antenas morales que evitan los contactos rudos se estrellaron contra la

India.

Me hice para con ella sencilla, fácil, blanda, poniéndome al diapasón de

su rusticidad.

Traté de penetrar en su ambiente moral, en su estructura indígena...

pero todas mis sensibilidades se estrellaron contra la inercia, contra

la impotencia vibratoria de aquella mujer.

El lago, las piedras, los árboles eran más penetrables que esa creatura

en quien la experiencia terrena ha dejado el estigma de Dios sabe qué

crueldades é injusticias, que la hacen más inaccesible á nosotros que la

naturaleza puramente orgánica.

Sospechando que en el fondo de la última mujer duerme una hija de Eva,

sensible al halago, admiro el jardinillo; pero todo es en vano, la India

no me escucha. Entonces reparo en su manta que la cubre como un saco sin

costura desde el cuello hasta los pies y ahora no más sus labios sin

expresión se plegan levemente y esbozan una sonrisa débil y triste de

niña enferma.

Frente á aquella muestra de raza primitiva colocada como una esfinge en

la puerta de la ruca negra, el lago esplendoroso tiende su concha de

záfiro y las cordilleras decoran el fondo del paisaje con magnificencia

de gloria.

La India me parece entonces la estatua de una fatalidad sometida á todos

los despotismos del destino, frente á la naturaleza libre que dilata sus

horizontes purísimos, en nirvánica quietud, en sublime paz.

Ahora comprendo mejor que la individualidad es una liberación del ser

humano, que mediante sus esfuerzos logra colocarse por encima de las

leyes que lo oprimen, de las pasiones que lo tiranizan, de los pesares

que le acechan.

Una individualidad me dije es lo contrario de esta pobre esclava que

tengo delante, tímida, inerte, sometida á los elementos hostiles,

vencida por las fuerzas naturales.

En sus pupilas aún no se enciende la vida que pugna por romper

ligaduras, por ascender pendientes, por combatir enemigos.

La India se resigna á todo lo que siente más fuerte que ella: sufre, se

inmoviliza y calla. En vano la más ideal visión despliega su belleza,

ella nada ve, nada quiere, nada admira ni nada espera..... Su inercia es

completa, necesitará vivir muchas vidas para llegar al dominio que el

hombre debe tener sobre su medio y sobre los elementos. Se necesitará

mucho tiempo para que esa alma entre en conciencia de los poderes de su

«yo», para que aprenda esa ciencia del sacrificio que es la llave de

nuestras conquistas.

Ninguna creatura humana me había dado por contraste más exacta idea de

lo que constituye la individualidad, o sea esa emancipación completa del

ambiente, ese dominio de las leyes inferiores de nuestra especie, que se

produce por el sometimiento á las superiores. Toda individualidad marca

ese momento en que la conciencia toma posesión de la vida. La

personalidad es el primer grado que conduce á la individualidad y

consiste en comenzar á desprenderse de una masa, de un tipo de raza, de

una mentalidad determinada para entrar á ser «_yo_» con todo lo que la

naturaleza nos ha dado de característico. La individualidad es ese mismo

«_yo_» que se afirma más profundamente en lo que tenemos de único, de

incomunicable y de esencialmente diverso de todos.

Adquirir una personalidad es difícil por las imposiciones de nuestro

temperamento, por las sugestiones del medio, por los intereses humanos

que nos dominan, pero crearse la individualidad es aún más penoso porque

supone la guerra consigo mismo, el dominio de nuestro ser inferior, de

nuestros semejantes que nos oprimen y de toda la vida que pugna por

avasallarnos. Ser «_Uno mismo_», ¡qué enormes victorias supone contra

nuestro corazón, contra nuestras pasiones, contra nuestros prejuicios,

contra nuestra voluntad! Si examinamos nuestra vida entera, tal vez no

encontraremos un solo acto realmente individual. Nuestras virtudes como

nuestras faltas han sido las más veces reflejo de ajena sugestión,

nuestras ideas espejismos inconscientes de otras mentalidades... Si

logramos sustraernos al mundo visible que nos rodea ¿sabemos acaso hasta

qué punto estamos influenciados por el mundo invisible, ya que en los

planos superiores todos los mundos se compenetran?

¡Y sin embargo ser «_uno mismo_» es el solo objeto de la vida, de la

prueba y del dolor!

Pasamos por este mundo de atroces limitaciones sólo para aprender á

encontrarnos á nosotros mismos y en nosotros al centro único de la vida:

¡Dios!

Verdad es que el Evangelio nos ha mostrado un camino tan corto como

sencillo para encontrarnos, y ese camino consiste en darnos, en

renunciarnos, en desprendernos de este «yo» carnal y humano, para que

desentrañemos del abismo de nuestro ser, el alma inmortal eterna y

todopoderosa que duerme en el fondo de nuestra vida inconsciente

esperando la voz que le diga: ¡Levántate y anda!....

Habíamos mandado llamar al Cacique con un «_cholito_» y aguardábamos

allí en la ruca deslumbrados por el paisaje, que el lento declinar del

día hacía cada vez más bello en su serenidad radiante.

Me obceca la idea de la Grecia.

El cuadro tiene una coloración de tonalidad tan delicada, unida á tanta

pureza de líneas que si de súbito encontrase una Venus de Milo, un Apolo

de Belvedère, aquello no me causaría asombro sino satisfacción de

armonía.

Estábamos á bastante altura para no percibir ni siquiera el oleaje de la

playa y en aquel silencio de naturaleza desierta, sin cantos de pájaros

ni ruidos humanos, oimos una nota aguda y vibrante que rasgó la quietud

del lago como una flecha. Nos miramos asombrados ¡nada! Vuelve a sonar

la misma nota aguda.

La India ve nuestro asombro y permanece muda. De pronto don Mauricio

repara en un arco de madera colgado de la ruca y era ese aparato con su

cuerda tendida como un violín el que vibraba cuando soplaba cierto

viento produciendo esa nota extraña. La cuerda es de esparto, planta del

lugar que da una flor semejante al azahar en la forma y en el perfume.

El cacique no viene y nosotros no podremos llegar á pie hasta el centro

de la isla porque es lejos y la tarde cae.

Cuando yo pedía datos sobre la facilidad de ver á los indios, parecía

según lo que me contaban que eran los seres más sumisos y que habría

bastado un mandato para que se reuniesen y celebrasen ante nosotros sus

ceremonias, pero aquí en su ínsula vengo á comprobar que ellos continúan

siendo potencia indómita para nosotros.

Esta altivez conservada en el fondo de una isla perdida en un lago

solitario, sin duda es muy hermosa. Si han sido expulsados de todas

partes, allí donde se han atrincherado como en un último baluarte

continúan siendo fuertes.

Salimos á excursionar acompañados de varios niños que vienen con

nosotros desde Llifens, Augusto, de siete años, pequeñito y flaco, con

unos ojos preguntones y atónitos y Endulia de carita fresca, redonda y

bien recortada, que sonríe mostrando sus dientecitos de ratón.

A través de los bosques y praderas descubrimos á cada paso vistas

ideales en que las colinas se redondean, los árboles se estrechan y el

lago azulea en radiantes lontananzas dominado por la diadema de eternas

nieves que ciñen su frente pura.

Hora de serenidad, de embriaguez y de calma...... que no conocen los

sitios poblados del viejo mundo.

Un gran laurel destaca su silueta arrogante y su ramaje fino sobre el

«_azur_»; grupos de boldos obscuros y relucientes parecen limoneros de

Sorrento vistos á través de la cálida irradiación de las aguas

napolitanas.

La montaña está coronada por grupos de robles que en la diafanidad del

aire diseñan su ramaje en primores de relieve.

Volvemos á la ruca. La India permanece de pié en el umbral. Su actitud

en aquella suprema paz del día que cae, me habla de ese destino que los

antiguos pintaron implacable y ciego cumpliéndose sin piedad. Montecinos

penetró en la ruca, sacó varias de esas mantas tejidas de rabiosos tonos

que ellas fabrican y nos las tendió en el terrado para que nos

sentáramos.

El trabajo es bonito, los colores se alían dentro de su misma violencia.

Alabamos la belleza del trabajo y preguntamos á la India si quería

vendernos algunas mantas. Contestó que no vendía y permaneció inmutable.

Habría querido penetrar en aquella creatura, conocer las ideas vagas de

religión que pueden caber en su mente embrionaria.

Los indios, practican sin duda instintivamente muchas fórmulas

religiosas, rudas si se quiere, pero que en el fondo corresponden á

profundas verdades naturales.

Así por ejemplo cuando, preparan una empresa y quieren tener éxito,

comienzan por hacer un sacrificio y queman un animal--sacrificio que es

la válvula de escape de la fatalidad, que todos presentimos más ó menos

fuerte en torno nuestro... Sabemos de instinto que un sacrificio

voluntario cancela una deuda moral.

A trueque de una concesión espontánea adquirimos un bien que deseamos.

Dentro de esas almas rudas de indios, en quienes impera el instinto sin

«_contrôle_» razonable hay sin duda más penetración de ciertas verdades

espirituales que en los seres civilizados, cuyo desarrollo psíquico no

es suficientemente intenso para descubrir el fondo esencial de las

cosas.

Tendremos que marcharnos sin haber visto en la isla más que á las dos

mujeres impasibles como plantas que extienden sus raíces hacia la

humedad de la vertiente y sus ramas hacia el rayo del sol.. La

conciencia humana ha despuntado apenas en temores, en desconfianzas, en

pequeñas astucias.

Su limbo cerebral no ha sido alumbrado más que por rayos furtivos de

intuición que les han indicado el medio adecuado, pero obscuro de

conjurar las influencias malas y de atraer las buenas.

Habrán comprendido quizás que están bajo el dominio de un Poder

inteligente á quien se teme sin amar, porque no se formula de manera

tangible... porque no llega hasta sus almas circunscrito en un foco de

amor, humanizado en un Cristo, doliente en su carne y en su sangre... Y

todavía me pregunto si ese Poder que en todo caso perciben infinito

dentro de su misma inabordable lejanía, no estará más cerca de la idea

de la divinidad, de Brahma el Incomunicable de los Hindúes que el

pequeño Dios vengativo y arbitrario que se ha creado la mente del último

devoto materializado en una estampa.

El concepto divino que duerme en el fondo de esos seres si no es más

concreto, es tal vez más grande en su propia vaguedad que el de los

fanáticos empequeñecidos que necesitan reducir á Dios á su nivel para

poder alcanzarlo.

Nos vamos del _Huape_ sin haber presenciado ninguna de esas _Juntas_ en

que las tribus se reúnen en torno de un «_Canelo_», árbol sagrado de los

araucanos como de los Huilliches.

Allí una niña escogida, quien sabe dentro de qué reglas que pertenecen á

la ciencia de las leyes mágicas se pone á _romancear_ (decir oraciones)

al rededor del árbol para hacer propicio á Dios en sus súplicas

obteniendo buen tiempo i prosperidad en sus cosechas.

Después hacen parejas cuidando de nivelar los tamaños y giran en rondas

al son de sus trutrucas de madera en torno del canelo lejendario.

Me dicen que el cuadro es muy brillante. Los bailarines llevan trajes de

colores chillones y se aderezan la cabeza con latas y cintajos.

Todo eso no habría alterado la idea de «raza» que me ha dado la India

esposa del cacique con su túnica negra y su silencio de esfinge.

Mientras ella miraba con sus ojos sin alma el lago sonreía en su divina

belleza y las montañas se esfumaban vaporosas en sus transparencias

quiméricas.

Todo vivía, palpitaba, se estremecía y amaba en torno de su

impasibilidad indígena. Y todo ese desbordamiento de la vida feliz

encontraba como una valla en la mirada vacía de sus ojos de animal

resignado, de fiera en reposo...................................

* * * * *

La tarde cae. Tenemos que marcharnos de la isla y tocar con las últimas

luces la playa de Llifens.

En el silencio de la isla que parece desierta se escuchan ahora algunos

cantos aislados de pájaros--bandurrias y tregles--que ponen en el aire

mudo su nota musical. Algunos árboles tienen el tronco cubierto de

enredaderas que caen en festones. Es el _boqui_, me dice Montecinos.

Hermosas flores solferino en apretados capullos _las quinoas_ aparecen

entre los arbustos. Otro árbol el _guagúan_, especie de laurel, levanta

su copa airosa i pinta su follaje obscuro en la transparencia

atmosférica. El picha-picha, árbol que da muy rica madera suave

utilizada generalmente en mangos de herramientas, está cubierto de

esquisitos frutos negros.

Nos marchamos de esta última morada que la invasión civilizada deja á

los indios sin haber visto más que á dos pobres mujeres en primera etapa

humana....................

He tratado de demorarme en la isla todo el tiempo preciso para hacer la

travesía á la hora del crepúsculo.

El crepúsculo de ayer fué muy hermoso en su soledad virginal, pero ahora

necesito recoger esa misma impresión en pleno lago.

Esta tarde tiene una de esas bellezas esquivas que no sabemos traducir

en las palabras porque la sentimos más allá de nosotros mismos en esa

misteriosa región que no dominan nuestros modos de expresión....

Tengo la manía crepuscular; nunca he comprendido ni amado los sitios

sino á la hora del atardecer, como si la naturaleza fuese una ruborosa

que sólo se entregase en tenuidades de luz. He perseguido las tardes de

todos los hemisferios; he visto caer el sol en el desierto, en el mar y

en la montaña, y reconozco que esta tarde es la más hermosa de mi vida

artística.

Al tomar el vapor el centro del lago el sol se ha hundido tras las

montañas del _Huape_. El lago está tranquilo de un azul claro que

confina con el gris. Las montañas muy altas del lado de oriente le hacen

magnífico marco.

Y aquel postrer resplandecimiento del sol que se ha ido, pone en los

cerros todos, en los altos y en los bajos, en los atrevidos y en los

suaves, en los próximos y en los lejanos, dentro de su perfecta

degradación de luz, un rubor súbito, una palpitación ardiente, un

reflejo trémulo....

La naturaleza en aquel momento es una virgen que se sonroja, que

trepida, que lucha y que en una última caricia blanda se entrega á la

invasión de la vida que la apremia, que la solicita y que la inunda en

sus delicias.... Todo en la concha redonda del agua levemente rosada y

en los montes refulgentes de destellos cálidos, todo parece vibrar en

una convulsión suprema que uniera las partes todas del universo, que

fundiera, al agua, al árbol, al monte y al hombre en su perfecta unidad

de origen y de fin. La sutileza de los tonos, la degradación magnífica

de los matices, la tenuidad imperceptible en que se fundían unos en

otros, la sobriedad armónica del color y de la línea hacían que el

paisaje proclamase la unidad absoluta de la vida, la compenetración de

todo cuanto somos en la esencia divina....

Ni una nube que rompiese la uniformidad deliciosa del cielo ni el más

leve arrebol que cortase el cristal transparente del aire, ni una mancha

de verdura que interrumpiese la tonalidad compacta de las montañas. Todo

era liso, puro inmaculado y diáfano....

Estábamos á bastante distancia de las márgenes para que desapareciesen

todos los detalles; sólo se nos presentaba el gran conjunto del cuadro

recogido en una sola mirada y transfigurado por una luz ténue, difusa...

luz de aparición. La tierra parecía a aquella hora despojada de sus

asperezas, de sus brusquedades de piedra, de sus accidentes, de sus

irregularidades y sólo veíamos un mundo de ensueño, de beatitud

estática en que todas las realidades transformadas por un poder mágico,

en que todos los elementos asociados llegan en un instante feliz á la

suprema armonía que todo lo enlaza, que todo lo aplaca, que todo lo

reúne y que todo lo eterniza....

No puedo describir los paisajes, sino por comparaciones de estados

psíquicos.

Si llegara para mí un momento en que todas mis esperanzas fuesen

realidades, en que mis ensueños tomaran forma, mis ideales vida y yo

sintiese una felicidad sin más allá, una dicha sin temor al minuto que

la roba, al mañana que la desvanece y si en aquel estado de alma yo me

prosternase y dijera: «No tengo que creer, no tengo que esperar, porque

amo definitivamente....!» Pues ese era el momento que aquella naturaleza

reflejaba en su delicadeza sutil, en su fulguración ténue, en su unidad

profunda y en su calma divina....

Todo parecía decir una sola palabra tan rara en la tierra. ¡Paz! Paz! y

siempre Paz!

¡Qué dulcemente resuena esa palabra en la soledad de nuestra alma

atormentada aunque sea por el breve espacio de un minuto fugaz!...

¡Qué grato es ver la Paz dibujada en el miraje frágil de una tarde

humana, creer que la Paz existe en el fondo de las cosas, y que vendrá

para cada una de nuestras almas en una hora preciosa de la vida por

venir!...

* * * * *

Augusto, el chico de los ojos tímidos y averiguadores, trae un botecito

de madera en que ha trabajado todo el día de ayer. Examino el juguete y

me admiro de lo bien hecho que está el trabajo; tiene su quilla, su

proa, sus tablas de asiento. Le ha puesto un cordelito y lo amarra con

toda la solidez que sus fuerzas le permiten. No se atreve á cargarlo con

sus caramelos, de miedo que sean muy pesados y lo hundan.

Necesito tomar mis apuntes y no encontrando nada en que apoyar el pliego

de papel el señor cura me pasa el bote.

Tierra virgen · 第 2 / 6 段