... IRIS ...
TIERRA
VIRGEN
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Imprenta BARCELONA
Moneda esquina San Antonio
=========Año 1910=========
DEDICATORIA
AL COMPAÑERO ÚNICO DE LOS DÍAS
SOMBRÍOS, DEDICO ESTAS PÁGINAS
ESCRITAS EN LA HORA DE SERE-
NIDAD QUE PRECEDE Á LA TARDE
QUE VA Á COMENZAR..........!
«EL PAISAJE ES UN ESTADO
DE ALMA».
_Amiel._
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TIERRA VIRGEN....
...Partimos de Río Bueno una mañana muy temprano; el puente, el río y
los campos desaparecen en la bruma. Creemos recorrer el espacio en una
nube.
A través de esa neblina, el sol aguarda para hacer su entrada triunfal.
No es un día pálido el que se prepara tras la cortina de tul, es un día
radiante que se vela.
Hace un frío punzante, pero todos estamos valientes. El señor cura que
nos acompaña, parece ir á la conquista de los Santos Lugares. La montura
va despedazada, las correas se sostienen con cañamitos, todo se vuelve
nudos y más nudos en la silla, lo que no obsta á que se sienta jinete.
Don Mauricio, muy ancho en su cabalgadura, va algo grave, como midiendo
de antemano el galope que le aguarda. Un antiguo militar recuerda, en su
gallarda apostura que en otra época, fué jefe de regimiento, pero los
104 kilos no desmienten su peso.
Pronto cruzamos en el camino al señor Figueroa, nuestro invitante, cosa
de que aún no me daba cuenta, y la amabilidad con que le tendí la mano
era más hija de mi buen humor que de deferencia á su persona. Es un
hombre modesto, sério, pequeño, de bigote negro, de cutis muy quebrada,
que guarda los pliegues de todas las contracciones, cosa que he notado
hasta en las personas jóvenes de la comarca. Las arrugas se ahondan en
surcos como si la piel no fuera bastante elástica para contraerse....
Dentro de la armonía á que obedecen todos los detalles, eso podría
significar falta de laxitud en el esfuerzo que supone una preocupación
continua....
Se atraviesan grandes potreros con cierros de trancas de madera. Pasadas
las pampas que parecen muy bonitas á los que miran con ojos de lucro el
terreno rozado por el beneficio que reporta, entramos al camino
ondulado, coqueto y gracioso, con sus grandes robles diseminados en
caprichosas combinaciones.... enlazados en ternuras casi humanas....
aislados en grupos, extendiendo sus ganchos en acogidas francas,
levantándolos en imprecaciones suplicantes....
¡Qué vida profunda hay en la naturaleza! Qué oculto estremecimiento de
energías lleva la savia en su ascensión á través de la materia que
alimenta!
El señor cura ya no habla, se queda atrás, los nudos de las correas le
molestan, el poncho que atravesó sobre la silla resbala á cada instante.
Todas esas pequeñas molestias reemplazan el primer bienestar y dobladas
por el cansancio, de que no son más que la forma sensible, hacen la
caminata pesada y quitan á la visión de las cosas su esplendor primero.
Se atraviesa un bosque sombrío y denso. Los robles levantan sus troncos
gruesos y atrevidos como flechas que se pierden en las nubes y luego se
reúnen, se estrechan, se enlazan y se extienden en formidable masa....
Es aterrorizante el frío de la espesura del bosque, y ese frío unido á
la oscuridad en que apenas se filtran los rayos solares en pincelazos
atrevidos que cortan las sombras, nos produce cierto pavor de majestad
indómita.--Entramos en comunicación con lo que yo llamaría el alma del
bosque y sentimos una impresión de terror á lo grande y á lo esquivo....
Ese misterio que hace el fondo de nuestra vida humana, allí parece
formular su grande incógnita y oprimirnos en su abrazo de hielo.
Todo paisaje para mí es un estado de alma. En cada sitio me parece
encontrar el fondo de un retrato cuya figura sería un alma humana,
colocada en la perspectiva correspondiente al momento de su conciencia
individual.
El bosque en su belleza me traduce el sobrecogimiento de un alma que
siente la inmensidad de la vida y que se desconsuela sin saber de dónde
viene y a dónde va....
Pronto los árboles vuelven á espaciarse; el hombre ha pasado por ahí
armado de hacha y fuego, haciendo estragos, abriendo claros que
desafían aún los viejos robles solitarios erguidos como un reto de la
raza indígena á la civilización....
Los copihues se suspenden de los grandes árboles, se cuelgan de los
ganchos, tiemblan como lágrimas, escalan las altas copas y en un
movimiento de infinita gracia retuercen sus delicados filamentos para
columpiar en el aire sus campanillas rojas.... Otras veces los copihues
mecen sus cálices invertidos ó manchan de gotas de sangre el denso
follaje de los robles.
Los chilcos silvestres también se suspenden de los árboles en manojitos
bellos de tonos morado y rojo en feliz consorcio.
Los helechos forman pirámides de encaje entre los árboles ó se arrastran
lánguidos en tupidos ramos buscando las vertientes de agua cristalina
que brotan entre las piedras. Los bien torneados pinos que sirven para
los árboles de Navidad exhiben su forma piramidal espesa y aterciopelada
como si esperasen las sorpresas de Noel.... Algunos membrillos y
manzanos cargados de frutos, hacen la ilusión del huerto cultivado en
pleno bosque. El calor y el cansancio enmudecen á los compañeros. Don
Mauricio se ha vuelto solemne, casi no se sabe si el señor cura existe;
todos marchamos taciturnos....
--¿Qué árboles son esos que se agrupan magníficos en figuras graciosas?,
pregunto al guía. Son avellanos, laureles, coigües, y más que todo,
robles.... Los boldos, compactos, y de reluciente follaje, se asemejan á
los naranjos. Los arrayanes florecidos de blanco exhalan un perfume
penetrante y seco que parece saturar el pulmón con una esencia de
vida.... Las fucsias silvestres cuelgan como cascabeles de tonos
cardenalicios en la espesura de las plantas.
Aparece otro árbol que no conocía--el tique--tan alto como el roble, tan
fino y delicado de follaje como el laurel, pero de madera inútil.
Gracias á su inutilidad permanece sin ultrajes, mientras sus hermanos,
los robles, están heridos de muerte.... ¡Qué previsora es la naturaleza
para colocar estas nobles bellezas sin objeto en países donde no hay
ojos de artista que las defiendan, y sí, tantas avideces pecuniarias que
las destruyan! Los tiques se salvan por inútiles y yo bendigo esa santa
inutilidad que los conserva para embelesar los ojos....
El cauce del Río Bueno aparece en una quebrada profunda al pie de un
alto cerro cortado á pique. El bosque que cubre las montañas es tan
denso que creeríamos bailar fácilmente sobre las copas de los árboles
como en un tapiz.
Almorzamos en un ranchito; don Cantalicio, el dueño de casa, nos recibe
con jovialidad; sus zapatos son unos pedazos de cuero recogidos con
gareta sobre el pie y le dan un aire de bonachonería que acentúa su
sonrisa necia y su mirar reposado.
¡Qué buen apetito desarrollan las caminatas y qué ricas son las cazuelas
al pie del estribo! Hacemos los honores del salchichón y del jamón crudo
de don Mauricio, con apetito de trapenses.
Ascendemos otro cerro y penetramos en un bosque grandioso. El hielo, la
sombra, el silencio, la esbeltez de los robles que forman techumbre de
colosal elevación, todo eso me parecen el producto de poderes superiores
que nos aplastasen con su grandeza......
De súbito el bosque se aclara por una visión que azulea radiante entre
los troncos rudos. Parécenos haber llegado á un confín del horizonte, á
un término del planeta que toca en el espacio, en la atmósfera diáfana
y transparente.
La montaña declina en pendiente brusca, los altos robles bajan sus
columnatas y los troncos se destacan de la base á la copa en fondo azul
inmaculado...
...¡Es el lago Ranco que se divisa en ideal visión al pie de la montaña!
Aparece como ensueño quimérico una concha azul magníficamente engastada
en los cortes atrevidos de montañas lejanas... Las cordilleras se
muestran en el último fondo, cerrando el lago con su leve encaje de
nieve y de recortes delicadísimos, mientras un gran cerro en forma
cónica avanza al centro de las aguas azules cual centinela destacado
sobre la aérea decoración de las nieves remotas.
Es bella como una alucinación la vista de ese lago azul, embutido en
montañas diáfanas, cuya transparencia atmosférica les da aspecto de
florituras de cristal de Venecia en sus dibujos leves y vaporosos.
El lago Ranco condensa y excede en belleza á todos los lagos de Suiza.
Tiene el color del lago Ginebra eternamente azul, la fantasía del lago
Lucerna en la soberbia entrada de sus golfos, en los avances de sus
penínsulas; pero posee como belleza propia aquella redondez de línea
mantenida dentro de sus mismas ondulaciones, recogiéndose en maravillosa
unidad de conjunto.
La impresión primera podría condensarse en un sentimiento de mundo
joven, de naturaleza vírgen que aguarda una raza.
Así como la belleza griega nos reposa en su quietud, que excluye todo
esfuerzo, toda lucha, la visión del lago nos sumerge en la paz de las
cosas definitivas.
La superficie azul, engastada en su vegetación, en sus montañas, en sus
eternas nieves, nos transmite la serenidad olímpica, la blandura de la
armonía y la beatitud del alma en el éxtasis supremo!
A la gran distancia, el fondo del lago, contemplado desde la margen
poniente, aparece esfumado por la atmósfera en perfecta nitidez de
contornos, sin violencias, sin brusquedad de formas, dentro de una
tonalidad de acuarela desleída en azul, en plata y en gris.
El mundo está tranquilo, la tierra aguarda y confía.
Me arrodillé en tierra, porque la belleza me dobla siempre las rodillas,
y dije por primera vez de mi vida: ¡Viva Chile!
Me parece que no amo á este país, pese á quien pese, y lo digo sin
rubor, porque la peor de las verdades tiene tras de sí toda una lógica
que nos defiende y nos escuda contra la más hermosa de las mentiras.
Me molesta ese peso de fatalidad que oprime á la raza y que los Andes de
Santiago representan con su muro vertical, fuerte y despiadado, que
corta el horizonte como una amenaza.
Aquí, por el contrario, he visto aparecer un mundo venidero, un alma
nueva que transpasará la estrechez de los valles, que saltará las
cumbres y que verá abrirse una tierra prometida.
Hasta esa península que avanza sobre el lago en forma de colosal
campana, me parece el emblema de un tiempo futuro de una era nueva que
va á sonar, marcando épocas mejores. La campana aquella se destaca al
centro mismo del lago, sobre la magnífica decoración de templo antiguo
que le dan las cordilleras alucinantes y leves de la gran lejanía.....
En aquel divino rincón, que parece surgido la víspera del caos,
conservando toda la frescura de una aurora cósmica, de un mundo que no
ha recibido la «flétrissure» del hombre, sobre aquella visión de
encantamiento, un pequeño vapor pintado de blanco, con su cámara
transparente de cristales, nos aguarda para surcarlo.
La misma navecita, en la quietud edénica del lago azul, parece un
anacronismo.
Nos desmontamos en la playa de piedra menuda, acariciada por el oleaje
del agua en cadencia blanda que no alcanza á turbar aquel gran silencio
evocador de una vida por venir...?
El vaporcito «Elfrida», aunque de poco calado, no puede tomarnos en la
playa y de su costado se desprende un bote también blanco, «Teresita»,
que se vara sobre las piedras y nos sirve de puente para entrar á bordo.
Nos creemos exploradores de país de hadas.
Las aguas tienen la transparencia de un cristal purísimo, como nieve
recién fundida en toda la pureza de las cumbres inaccesibles. Las
piedras se diseñan entre vetas de luz y presentan el fondo, que
lentamente se pierde en el espesor de las aguas.
El vapor, blanco como un cisne, rompe con su quilla la tersa superficie
azul y abre un ancho surco que forma á ambos lados un doble borde de
agua en que menudas chispitas de diamantes fulguran al sol. El día es
soberbio, el lago brilla en un esplendor de juventud, en una idealidad
de perspectivas que confinan con las audacias de los sueños.
Las riberas tienen algo de tan frágilmente delicado, de tan vaporoso,
que se vuelven casi irreales con sus montañas nítidas y transparentes,
con sus nieves eternas, esfumadas en el gris plateado de la atmósfera.
No interrumpen la suave curva del lago los golfos que se internan en
misteriosas ensenadas de frescura y de paz, ni las penínsulas que
avanzan sus cabos como proas de buques cubiertas de flores, ni el
capricho de sus islas que se diseminan á distancias varias, que exhiben
formas y tamaños diversos, pequeñas las unas y grandes las otras, bajas
éstas, ó altas aquellas.
La mayor ó menor proximidad de tierra á que nos encontramos diseña, con
más ó menos precisión, la opulenta gama de platas, de azules, de grises
ó de verdes en las riberas y en las montañas.
Las islas próximas tienen en el espesor de su verdura una intensidad
aterciopelada de colorido, las lejanas oscilan entre la sombra y la
luz, y las más distantes, con la interposición de la atmósfera, parecen
rincones velados por un tul.
La ribera que abandonamos con su verdura, con sus bosques que se
suspenden en la montaña, cual inmensas construcciones medioevales,
tremebundas y negras, hace una impresión de realidad humana frente á ese
enorme golfo diáfano con que las montañas remotas estrechan el lago azul
en castísimo abrazo. La playa en que nos hemos embarcado redondea su
línea, dando dulce cabida al lago mientras la inmensa curva lejana pasa
tras de sus extremidades y continúa en ensenadas pequeñas á los
costados.
Entre estas dos márgenes, la oriente y la poniente, hay la diferencia
del ensueño á la realidad: aquí todo es fuerte, intenso, de color, lleno
de relieve y rico en detalles, en formas y matices; allá todo es vasto,
azulado, suave, impreciso....
Las montañas, las cordilleras, las márgenes floridas envuelven el lago
con cierta suavidad casta, con cierta ternura de brazos que se cierran
por vez primera sobre un amor por largo tiempo acariciado. Y las aguas
azules, lisas y brillantes, se dejan coger en ese abrazo de la vida con
no sé qué pudor de belleza que ignora la secreta fuerza de su encanto,
pero que en aquella revelación de lo infinitamente dulce, se estremece
en palpitaciones aceleradas y tímidas.
Solo ahora vengo á darme cuenta de que el Sr. Figueroa, tan modesto, tan
amable, es dueño del vapor que nos conduce y de buena parte de las
márgenes del lago. Verdadero tipo del hombre emprendedor, de aspecto
sereno y de ademán reservado, no impone su presencia sino que la evade.
¡Qué linda travesía! Surgen islas y más islas.... Hay pasajes tan
estrechos entre las mismas islas, que no sabemos cómo el vapor endereza
rumbo hacia allá; pero á medida que nos aproximamos, el boquete se
dilata, se abre, se ensancha como manparas que se corriesen para dar
paso á un cortejo real.
Las lejanías azuladas de las montañas son idealizaciones de ensueños....
El promontorio en forma de campana que avanza sobre el lago tiene un
colorido mucho más denso que las otras montañas teñidas de éter que se
extienden seguidas de sus cordilleras fileteadas de nieve.
¡Cómo sentimos en la paz, en el impenetrable silencio, en la soledad, en
la quietud sonriente, en el esplendor tranquilo de la naturaleza, el
alma virgen que no tiene recuerdos, sino esperanzas, que no ha conocido
el _regret_ de lo irreparable, sino la embriaguez de la promesa!
¡Qué sello de gracia original y de delicadeza ingenua hay en esas
lejanías inciertas, en esos golfos sombríos, en esas ensenadas apacibles
y en esos picachos soberbios!
Tierra joven, por donde no ha pasado el hombre con su fiebre de goces,
con su injusticia cruel, mundo virgen que sonríe á esas primeras
caricias á que no han seguido el triste despertar ó el olvido fatal.
Nos acercamos á una de las más pequeñas islas, de las veinticinco que el
lago contiene. Los árboles diseminados en grupos, ó bien estrechados en
masa de bosque, cortan su negrura, su relieve duro, sus contornos
bruscos, en la diafanidad del aire, del agua y de las montañas
remotas...
Es la isla de las Murtas. Su nombre lo toma de la pequeña fruta que
producen los arbustos de que está enteramente cubierta. Las murtas en
forma de pequeñas bolitas colorean en medio de hojas menudas, oscuras y
relucientes, con ese perfume fuerte, algo seco, pero penetrante, del
arrayán. La fruta es deliciosa, de carne blanca, lechosa, con sabor á
piña.
Entre los mozos y nosotros, hacemos una buena provisión de _murtas_,
cogiendo ramos, ganchos enteros, puesto que sería muy largo desprender
tan solo las bolitas rojas. Falta algo para que concluyan de madurar,
las más están verdes, pero ya los indios han venido á la isla y han
tomado las que estaban en sazón. Con el calor del día y con el mareo
mismo que produce la navegación, las murtas me han parecido suaves y
deliciosas. Comprendo ahora que los más pequeños placeres equivalen á
los grandes goces, según sea nuestra disposición interior.
La austeridad de pureza que se desprende del lago, junto con ese
refinamiento de sensación que da la soledad, nos aprestan para sentir
con mayor intensidad lo espiritual y lo material. Nuestros sentidos y
las cuerdas de nuestra alma se afinan para vibrar profundamente.
Todo en aquella región toma la amplitud y la resonancia del sonido
sobre el agua y del eco en el silencio.
En ningún fruto había encontrado tanto sabor y tanto perfume como en
estas pequeñas murtas silvestres, cogidas en una isla desierta, en
calidad de malezas que crecen descuidadas.
Las aguas muy suaves, muy lisas, hacen un pliegue de raso al ondularse
muellemente, un gran pliegue de seda, ancho, sin quebraduras ni chispas,
con gran irradiación de luz que no ofenden sin embargo la vista en
centellas locas.
Parece que las aguas fueran espesas por su ondulación gruesa y blanda en
toda la amplitud de una suntuosa tela que no puede plegarse y que
redondea sus curvas solemnemente. A veces una ráfaga de aire más vivo
rompe los pliegues anchos, quiebra el agua en pequeñas olitas de
palpitaciones leves, que borran la luz.
La embriaguez del aire, del color, de la forma, el éxtasis de aquella
contemplación apasionada, me agotan, y tengo que tenderme en la cámara
cerrando mis ojos á la belleza.
¡Qué delicioso vacío del cerebro produce el sueño arrancándonos de las
garras de esas ideas que nos clavan sus uñas, que nos solicitan, que nos
persiguen y que quieren perpetuarse en nosotros!
Cuando volví á cubierta, el panorama había cambiado; nos aproximábamos á
aquella fantástica orilla que elevaba sus países de hadas en las
cordilleras tenues. Estábamos al otro lado de las islas, y se abrían
nuevas perspectivas.
Una masa enorme de tierra ondulada, con sus bosques y sus llanuras, con
sus jardines y sus sementeras, se levantaba á flor de agua, allí muy
cerca. Es la isla del _Huape_, ocupada por los indios: esos últimos
descendientes de la raza proscrita.
Los indios se esconden en sitios que habrían envidiado los griegos para
levantar sus templos.
Si el paisaje es un estado de alma, como son todos para mí, este
representa el éxtasis del espíritu que ya reposa en la suprema armonía.
Los amigos, entre tanto, ríen en la cámara. Don Mauricio, con su
gravedad jermánica, mezcla de solemnidad campechana y de ironía amable,
cuenta algunas chuscadas, y el señor cura, repuesto ya del cansancio en
el suave balance del vapor, las celebra con envidiable buen humor.
Por las ventanas de cristal azulea el lago, resplandecen las crestas de
las olas y el espectro solar refleja los colores del iris. Ha
desaparecido la gran campana que avanzaba desde el centro de las
cordilleras y entramos ahora al golfo, que forma por un lado su enorme
península, y por el otro, los cerros de la izquierda, altos y
aterciopelados, que levantan su flora tropical sobre las ondas azules,
transparentes y livianas.
Vamos á desembarcar en Llifens, lugar de baños sulfurosos con aguas que
toman sus vertientes en las cordilleras próximas. El señor Figueroa es
también propietario del establecimiento termal. ¡Cómo crece su figura
pequeña á medida que vemos extenderse su nombre por las riberas
encantadas!
Peñones enormes de cerros, puntas fantásticas que me recuerdan la
configuración de Gibraltar parecen desprenderse de la masa de las
cordilleras y venirse encima de la playa en majestuoso desorden de
erupción volcánica.
Lo audaz y lo imprevisto de las formas que hacen fondo á Llifens,
acusan una revolución cósmica.
Demoramos todavía mucho tiempo en abordar tierra. Vamos muy ligero, y
sin embargo parece que no avanzamos. Sólo cuando logramos detallar los
árboles de la montaña que arroja sus bosques hasta el borde del agua,
nos hacemos la ilusión del arribo.
Las cordilleras, con sus recortes de encaje, con sus lejanías
inaccesibles, desaparecen definitivamente tras la masa cada vez más
monstruosa de las montañas de Llifens. Aquello es triste, selvático y
desconcertante, pero, en cambio, la playa parece un parque artificial en
la espesura, y en la gracia de los grupos de árboles que trepan las
cuestas y bordean los caminitos de cerro.
* * * * *
Nos esperan varias personas en el muellecito de madera, porque el
mecánico, un inglés buen mozo con cara de Cristo, ha hecho silbar varias
veces el pito. Los silbidos parecen haber profanado el silencio bíblico
en que la naturaleza dormida espera la voz de un animador.
Nos tienden manos afectuosas y cordiales para desembarcar. Me presentan
al señor Montecinos, socio del señor Figueroa. Tiene un aspecto
tarambana y bullanguero que revela al hombre lleno de salud y de
energías. El sitio es hospitalario, precioso y tranquilo. En la
serenidad de este rincón de lago la vida ha perdido sin duda su carácter
de lucha: todo da la sensación de la tierra reposante.
El vapor que viene una vez á la semana deja seis días de incomunicación
con el mundo: seis días en que la vida puede seguir el rumbo de nuestra
fantasía: ¡seis días para vivir á nuestro antojo!
¡Cuánto supone para nuestra dicha una semana sin cartas, sin alarmas,
sin angustias, una semana vivida sin que ninguna realidad entorpezca el
vuelo de nuestros ideales, sin que ninguna mala noticia corte el
apacible curso de nuestra vida interior!
Verdad es que en el mundo hay pocos optimistas de esos que creen siempre
con absoluta fe y para quienes las realizaciones tienen la eternidad del
alma y se prolongan en plazos infinitos...
Para mí, todo pensamiento es generador, todo deseo es realizador. Creo
en la soberana omnipotencia de nuestro ser íntimo, y por eso, en la
soledad, cuando ningún estorbo atenúa mi confianza, mi espíritu se
escapa de las humanas limitaciones y se marcha al país de las
posibilidades que ningún tiempo estrecha, y que ninguna muerte
troncha... mundo en que no nos hiere el desengaño ni nos daña la
injusticia.
Los que no piensan así, deben sentirse inquietos en esos sitios
apartados, donde la imaginación agranda los temores. Para ser optimista
es preciso que nuestra Fe sea triunfante, que sepa romper las ligaduras
y saltar los precipicios.
Al desembarcar nos ofrecen ir á tomar una taza de café en el hotel allí
próximo. Tengo ese hambre especial que producen la larga excursión y la
proximidad de la nieve, pero el temor de perder la puesta de sol, me
hace rechazar el ofrecimiento con heroísmo.
Me conducen por el camino de cerro, bajo la techumbre de los árboles.
El lago queda atrás. Desconfío que la vista próxima que se me ofrece sea
mejor que la que hemos dejado.
Subimos algunos pasos más y recuperamos con ventaja la visión del lago
á través de la faja de verdura del bosque que se extiende en la ladera.
Fué una tarde de soledad, de ensueño y de belleza que guardo entre mis
recuerdos más dulces.
Reconozco que nunca me había encontrado en un rincón más solitario, más
confín de mundo, á mil leguas de los aspectos familiares, no ya solo a
mis ojos sino también, á mi pensamiento.
Aquello era el «_nuevo horizonte_» que hemos soñado en alguna hora de
mística desolación.... Si visitamos cualquier lugar en Asia ó en Africa,
hay una descripción que lo ha precedido en nuestra mente, una narración
de viajero artista que ha evocado el sitio y que nos ha robado el
encanto de lo desconocido, que yo siento aquí por primera vez. Alguien
antes que yo ha ido á todas partes y ha dejado una partícula de su
ensueño... Aquí llego y siento la fruición secreta del explorador que
toma posesión de la tierra virgen, del que logra imprimir en una vida el
primer sello que ahonda en la materia intacta.
La atmósfera exhala esa quietud de la tierra inviolada, esa paz que no
ha turbado el viajero, que no ha asechado el artista y que invade el
alma con la grandeza de las fuerzas originales.
Todos los silencios de otras tardes bellas, ceden la preeminencia á este
silencio de templo abandonado, en que las voces vibran con sonoridades
angustas.
Un cortinaje de nubes se recoge sobre el horizonte descubriendo un cielo
celeste pálido que pone una raya de luz al borde de la ribera opuesta.
El sol ya próximo al ocaso, enciende una ruta brillante que atraviesa el
lago del uno al otro confín.
Parece el sendero conductor á un paraíso ignorado que tiende sobre el
agua su puente luminoso haciendo chispear las olas fugitivas.
Hundido el astro, las nubes se filetean de oro. El lago toma un color de
acero bruñido que se corta bruscamente en el verde de las riberas.
Aquella placa metálica, dura y sobria de tonos, con cierta tristeza
desencantada de aspecto, sobre la cual se destaca un árbol de la ribera
enteramente seco extendiendo sus ganchos desnudos y retorcidos, me habla
de los misterios primitivos de la vida increada.
La tarde es la más fugaz entre las cosas fugaces de la vida; sus
aspectos se suceden con tal rapidez que el actual nos hace casi ilusorio
el anterior.
Las aguas se rizan en imperceptible palpitación que borra la tersura
reluciente, y con los últimos reflejos crepusculares toman tintes de
plata, violeta y rosa... Aquellos tonos no eran los de nuestro viejo
planeta, la tierra. ¡Nó! eran matices de un mundo regido por otro
sistema, dentro de condiciones atmosféricas también diversas.
¡Qué deseos de tomar la taza de café! Esa lucha tan desigual y tan
estéril entre la taza de café y la puesta de sol me parece resumir mi
vida entera de defensa al ideal ante las imposiciones prácticas... No
puedo arrancarme al espectáculo. ¡Es tan hermosa la tarde contemplada
desde esta serenidad del mundo joven, cuya soledad me da el encanto de
lo nuevo, de lo desconocido.... Me complace encontrar todavía lugares
donde la pureza original de las cosas no ha sido manchada, donde ninguna
voluntad consciente ha roto la armonía de las fuerzas que siguen la
línea ascendental de la vida.
Creo sentir una tregua en el combate, creo descubrir una visual más
alta que me muestra el término de la estrecha senda escondida....
Dentro de este seno de montaña, frente al lago que redondea
majestuosamente su copa violácea entre las verduras eternas, me siento
en más intima comunión con la vida.
Esas interrogaciones que todos formulamos ante los ideales lejanos y los
pesares próximos, aquí parecen encontrar su respuesta.
El agua, como el aire, el cielo, como la montaña, nos hablan de un
pensamiento que nos conduce, de una potencia infinita en sus recursos de
acción, de una ternura constante y próvida que nos envuelve á todos: los
ínfimos y los grandes, los pequeños y los poderosos.
Esa comunión universal que San Francisco predicó hace varios siglos, ese
reino de Dios á que introdujo á las más humildes creaturas, yo la siento
aquí por primera vez de un modo absoluto, sin exclusiones y sin
injusticias.
La vida es manifestación divina que parte de un centro infinito, que
evoluciona, se desarrolla, se individualiza, cree, espera, ama, y vuelve
al foco de su esencia eterna, no ya como emanación parcial, sino con
vida con conciencia, con fuerzas propias adquiridas en la lucha, en el
dolor y en el sacrificio.
Psyquis ha amado, Psyquis ha sufrido y se ha adueñado de esa esencia
vital que conquista la eternidad por encima de todas las limitaciones de
la materia, de todas las fragilidades de la carne, de todos los
accidentes del tiempo. ¡La divina Psyquis que sentimos palpitar en el
fondo de nosotros mismos, en el seno amable de la naturaleza, en la
amargura de nuestras lágrimas, en la inestabilidad de nuestros goces!...
Quiero irme, pero la fantasmagoría nueva de la magia crepuscular me
retiene siempre.
Los arreboles han tomado tonos de sangre hirviente y tiran una espesa
tela carmesí ribeteada de oro sobre las transparencias opalinas del
cielo.
Y con aquella orgía de colores violentos, se acrecienta la tristeza
desolada del lago, visto siempre á través del esqueleto de un árbol.
Hacia la derecha, las aguas plomizas se escurren siniestras al pie de
montañas con tonos de basalto. Las soledades descoloridas, los fondos
muertos, abren perspectivas tétricas ante la postrera irradiación de la
tarde. Las sombras envuelven ya todas las formas.
Una majestad de misterio se cierne en el paisaje, la naturaleza toma una
expresión severa. Los arreboles sangrientos ponen en el cielo su nota
trágica, como si nuestra vida oscura de acá abajo, encontrase allá
arriba, sus repercusiones atroces.
La solemnidad de este último momento da mayor desolación al lago
virginal y solitario.
Experimento no sé qué pavor de la soledad humana, nostalgia de
afinidades íntimas; me encuentro como separada de la vida que amo, para
entrar en una faz desconocida, de otra existencia que presiento.
* * * * *
Tenía un ensueño que no había podido realizar y que se cumple hoy. ¡Tan
cierto es que nuestra mente posee una virtud fecunda de realización,
cuando al concepto se une el deseo! En mi primer viaje á Suiza, había
soñado habitar uno de esos albergues rústicos que los viajeros de los
siglos pasados encontraban en la Helvecia pastoril--albergues que la
civilización bautizó después con nombres más pomposos: _La Cigogne_, _Le
Lion d’Or_,--pero que yo no descubría en ninguna parte.
He llegado á este mundo, atrasada en un sentido y adelantada en otro.
Por mi temperamento cristiano y doliente debí pertenecer á la lucha
medioeval; por mis ideales, pertenezco á una Grecia venidera, y mientras
tanto vivo en un mundo rancio en sus fórmulas estancadas, nuevo en los
albores de una era que se aproxima... y de que muy pocos entre mis
contemporáneos han tomado la vanguardia.
Dentro de este perpetuo equívoco de épocas que por ignoradas causas
llevo en mi destino, llegué á Suiza cuando los ingleses habían
corrompido el país con su dinero y con su etiqueta.
Aquellos albergues de mi fantasía se habían convertido en el _Hotel
Palace_, _El Kulm_, _Le Beau Rivage_. La Suiza de mis anhelos estaba
profanada.
En vano la Jungfrau levantaba su pirámide blanca y la _Dent du Midi_
ponía su magia en el cielo, pues los trenes, los funiculares, habían
manchado el templo divino, y así, en vez de dormir en Suiza el sueño
dulce de las excursiones, se pasaban los insomnios enervantes de la
orquesta, del baile y de toilette.
Aquí en Llifens, en un rincón de esta tierra, me esperaba la realización
de un ensueño perdido, para probarme que á veces es un error ir á buscar
lejos lo que poseemos tan cerca.
El albergue es un chalet de madera de tres pisos, recién construído.
Los antiguos dueños, siguiendo la tradición utilitaria y antiestética de
nuestra raza, perdieron la incomparable vista del lago por buscar la
proximidad de un arroyuelo.
Todo el carácter chileno se esculpe en ese rasgo que antepone una ínfima
ventaja material á cualquier espectáculo de belleza. Siempre el
crepúsculo sacrificado al café... y todavía los que prefieren el ideal á
la realidad son considerados como desequilibrados, despreciables y
raros... ¡Perdónalos, Señor, que aún no saben que el hombre vive de otra
cosa que de pan!...
El señor Montecinos, socio del señor Figueroa, nuestro invitante, es un
hombre bien plantado, simpático, que respira energías alegres.
Nos introducen á un comedor en que los muros, el servicio y la loza son
relucientes y nuevos.
El señor Montecinos no le da importancia á la lejanía del lago, que yo
lamento, y entonces le cuento que llevo tres meses de privaciones en
casa de Frau Mohr por gozar de la vista del río que tengo ante mi
ventana y que es la más bonita del pueblo.
¡Ah, señor Montecinos! No sólo de pan vive el hombre... ya lo dijo el
Evangelio hace una barbaridad de siglos...
Nuestros cuartos en el segundo piso son deliciosos por su limpieza, por
su hermosa vista á los picachos y sobre todo, son deliciosos de parecido
al _ideal albergue_ que tenía en mi mente de niña.
Apenas el tiempo para la más indispensable toilette, y bajamos al
comedor.
Montecinos hace la réclame constante de Llifens. «_Señores: lo primero,
agua de Llifens_». El agua tiene ese pésimo sabor de las aguas
sulfurosas, pero la bebemos y el apetito confirma la réclame.
Tan buena debe ser la atmósfera que aunque yo detesto que me «_hagan el
artículo_» ahora me divierto y encuentro exquisitas las cosas del
lugar...
Si conociera el señor Montecinos el magnífico surtido de impertinencias
con que regalo al desgraciado que me pondera su artículo, ya comprobaría
qué apaciguante del sistema nervioso es el agua, el aire y la
hospitalidad de su casa.
Sin sobremesa ni nada, á la cama, porque el cansancio es atroz y me
proclama una de esas verdades tristes de que las mujeres nunca acusamos
recibo á nuestro espejo, pero sí á nuestros músculos gastados, á nuestra
fatiga, á nuestras piernas estropeadas! «_Ya no tengo veinte años_...»!
¡Cuánta amargura encierra ese convencimiento tardío!...
Camas riquísimas que dan la sensación del nido, y esa conversación á
velas apagadas que es la gran conversación.
No tenemos fisonomía que componer: hablamos como espíritus, de esos
afectos huérfanos en el mundo; de todo aquello que forma nuestra verdad
inaccesible.
Recuerdos de sucesos que han pasado en la tumba de nuestro corazón,
esperanzas que nadie cobija, sentimientos que nutrimos de nuestra sola
fuerza...
Todo eso murmurado en la obscuridad del cuarto de albergue, donde nada
nos recuerda nuestro ayer ni nuestro mañana, creyéndonos desligados de
todo lazo, viviendo la verdadera y legítima vida de nuestro corazón, con
el porvenir abierto á la esperanza...
¡Qué complicidad encuentro en el ambiente para exteriorizar mi pobre
vida desconocida, sin derechos humanos!
Rezamos con mi amiga unas cuantas oraciones de esas que forman las
invisibles redes que nos ligan á nuestros ausentes, á nuestros amados
proscriptos...
Y siento cómo esa plegaria, esa aspiración de nuestra mente y de nuestro
corazón, nos enlaza á través de la vida espiritual con aquellos de
quienes estamos separados por todas las barreras...
* * * * *
Despierto en Llifens. Las aves de corral rumorean y nos comunican, en
sus vocinglerías, esa apacible existencia animal que reposa
inconsciente.
Me quedo algunos momentos en cama disfrutando de ese bienestar muelle de
las sábanas tibias.
Para salir de nuestro cuarto tenemos que pasar por el de nuestros
compañeros. Se siente mucho ruido de jarros y de botas. No tenemos agua
en el lavatorio y no podemos salir a buscar porque ignoramos en qué
parte de la toilette se encuentran los vecinos.
El señor cura, compadecido de nuestro bloqueo, dentro de esa franca
promiscuidad que autoriza el albergue, penetra a nuestro cuarto
trayéndonos un jarro de agua.
Profunda gratitud, pero, ¡oh desgracia! En el agua, nada tranquilamente
una trucha!
Al verla siento que mi vida se complica con esa otra existencia que yo
no querría destruír.
Toda vida me inspira respeto; me cuesta desprender una flor de su tallo,
tanto como dejar ahogarse á una mosca.
Me parece que suprimir un insecto cualquiera, equivale en el orden
general, á la supresión de otra vida más útil, puesto que las más
ínfimas creaturas van formando parte de una evolución en que lo más
pequeño como lo más grande concurre al concierto universal.
De esta piedad sólo quedan excluídas las lagartijas, las arañas y los
ratones.
Inútilmente me he dicho que bajo de nuestros sentidos existe el universo
de lo pequeño, que talvez oprimimos y despedazamos inconscientes, y que
fuera del alcance de nuestros órganos existe el mundo de lo
inmenso...... que todo es cuestión de punto de vista, ¡inútil! la vida
de la trucha que nada en el jarro tan tranquila como en el lago, me
parece tan respetable como la de un ser más importante.... y me resigno
á lavarme con el agua que le sobra al pecesillo.
A medida que nuestra conciencia de la vida se dilata, nuestras
responsabilidades crecen en igual proporción. Sabemos que con el
pensamiento podemos dañar más profundamente que con las palabras ó con
los actos, sabemos el poder creador del deseo, la energía que lleva
consigo nuestra voluntad y no podríamos emplear nuestras facultades
fuera de los fines elevados sin hacernos reos de traición á la
solidaridad universal de que formamos parte.
Por la ventana entra un aire puro de extremada sutileza, envuelto en ese
aliento vivificante de la naturaleza, emanaciones de arbustos, de
hierbas, olores de lechería, de gallinero, con una fuerza de vida que
llena nuestros pulmones....
El cuadro de aquel rincón de cordillera es fantástico y severo. Todas
las líneas son violentas, convulsionadas, caprichosas; hay cierta
monstruosidad en las formas.
Vamos á los baños por un senderito que serpentea los prados de pasto
tierno hasta el lugar de la vertiente, que queda situada en un rincón
dominado por los cerros, cuya masa levanta muros que vuelven sombrío el
pequeño valle en que está edificado el establecimiento termal.
Es una construcción pequeña, compuesta de varios cuartos, con sus tinas
de cemento cavadas en la misma montaña.
La vertiente hierve y exhala sus bocanadas sulfurosas.
El baño es muy agradable y repone, con sus aguas livianas, de las
fatigas del viaje.
* * * * *
Nos embarcamos para ir á Riñinahue. El vapor toma la dirección del río
Picuin que baja de las cordilleras y desemboca en el lago Ranco.
Se abre á nuestras miradas un magnífico golfo que se presenta en ideal
perspectiva, redondeando su ensenada mientras las montañas se separan y
dejan en descubierto un fondo de cordilleras escalonadas en tres, en
cinco, en siete cadenas antepuestas unas en pos de otras y que degradan
sus matices desde la ruda proximidad hasta el confín eterizado.
Las cadenas de cordilleras diseñan las distancias enormes en sus
recortes, en sus nieves, en sus lontananzas inmateriales.
El inmenso cajón de Rupumeca, escalona allí sus caprichosos cordones,
formando siete planos sucesivos de formas fantásticas que parecen
conducirnos, desde la vida grosera que llevamos, hasta las idealidades
superiores que nos atraen...
Los últimos cordones de montaña, azulados, diáfanos, que aparecen á la
gran distancia, nos presentan como en un miraje, las probabilidades de
sutileza que esperan á la materia misma en su evolución á través del
tiempo.
Las perspectivas abiertas, extendidas en lejanías de ensueño, me
representan esas visiones audaces que se abren á nuestra alma en la
meditación y que toman vida en la observación de las leyes naturales.
¡Cómo lamento ahora no tener mi Kodac para fijar en la película la
combinación idealmente armónica de esa perspectiva que retrocede sus
planos en sucesión magnífica, dilatando los horizontes y dándonos la
sensación casi física de la eternidad en la sucesión de los tiempos!...
Aquel cuadro de belleza serena, de formas suaves, de distancias tan
sensibles al ojo en su misma esquivez de inaccesible lejanía, me hacía
sentir algo del infinito en el tiempo, de la continuidad de todas las
cosas a través de la vida.
Tras de cada muro se levanta otro más alto, tras de cada horizonte, por
inmenso que sea, se despliega otro más grande.... y así la vida se
extiende, se dilata, y prolonga sus posibilidades más allá de nuestros
conceptos humanos. De la visual que poseemos, pende el que logremos
descubrir que todo límite es aparente y no real, y que los espacios se
abren infinitos más allá de cada horizonte material ó moral. Estamos al
frente de la desembocadura del río Picuin que recogió las cenizas de un
volcán en erupción y las llevó en su curso, arrasando todo lo que
encontró á su paso.
Los habitantes del lago cuentan este desastre con cierto sentimiento
trágico, pues ese mismo volcán, con la descomposición del aire, produjo
la muerte del ganado.
El relato de la catástrofe contrasta con la serenidad del golfo azul en
que las cordilleras decoran el fondo como un país soñado.... En esta
mañana de sol, todo sonríe, brilla, irradia y se inmoviliza, en la
quietud apacible de la vida....
Bordeamos las riberas del golfo de Riñinahue que van presentando
perfiles más y más imprevistos de cordilleras, á la vez que exhiben del
otro lado cordones escondidos que se despliegan lentamente.
Costeamos el picacho escarpado que se levanta sobre el lago, como un
desafío de realidad brutal, allí próximo á las suaves ondulaciones de
las montañas, que se esfuman en transparencias de mundos ignorados.
A este gran coloso de Riñinahue, alzado con tan atrevida pujanza,
siguen, en prolongación blanda, los cerros que forman la península de
Llahuape, donde la vegetación recobra todos sus fueros, convirtiéndola
en un vergel, en una masa compacta de verdura que dominan algunos
avellanos y laureles y que platean en toda su extensión los ulmos
floridos--gran jazmín con corola de estambres finísimos como encajes. La
flor del ulmo da la mejor calidad de miel de abeja y esparce en el aire
su perfume de colmena.
¡Qué suaves ensenadas, qué cobijantes recodos tiene Llahuape en la larga
extensión de su costa, que bordeamos de muy cerca!
Tras de esa misma península, el lago se interna en prolongado golfo.
Quise remontar el cerro para descubrir el lago del otro lado, pero me
observaron que la distancia era enorme y que no alcanzaría á llegar en
el tiempo de que disponía. En los lugares donde las proporciones son tan
armónicas, la verdadera noción de la distancia desaparece.
Unas cuantas canoas de indios, varadas sobre las piedras de la playa,
dan al paisaje, una nota humana en su misma rudeza.
Cerca de la orilla, las chispas de sol caen sobre las crestas de las
ondas y forman en el fondo del lago, muy bajo en aquella parte, vetas
cambiantes de luz, que se cruzan en caprichosos enrejados dentro del
agua, que se extienden, que se quiebran, que se doblan como resortes é
iluminan las piedras de abajo en brillante ondulación.
Allí, próxima al lago, aparece una ruca abandonada que pone un sello de
vida en la soledad.
Embarcados nuevamente, costeamos la península. Cada puntilla nos parece
la última, pero pasada una, aparecen otras y otras en inacabable
continuación, hasta ver por fin abrirse el gran golfo de Riñinahue que
extiende sus aguas en dilataciones tristes de naturaleza agreste y
selvática. La verdura de las riberas es enorme. Los cerros se ven
cubiertos por aquel magnífico manto vegetal que brota del lago mismo y
que domina las cumbres. Aquello es paradisíaco, exhuberante, riquísimo.
Es la aparición del mundo joven que conserva la marca de las energías
cósmicas en eterno desafío al esfuerzo humano.
La hermosura del golfo de Riñinahue es melancólica y desolada.
Se interna en atrevido impulso hacia las montañas que aparecen fragosas
é impenetrables, y toma un aspecto de magnífica desolación.
Una grande alma encontraría el decorado de un dolor irreparable, de una
angustia apropiada á los personajes de Miguel Angel; pero á nosotros,
pobres creaturas de un período de transición y de incertidumbres,
aquella tristeza nos aplasta.
La isla de los Chingues brota á flor de agua en esa parte del lago y me
recuerda, en la conformación y en la exhuberancia de la verdura, la
fantasía de los islotes de la bahía de Río Janeiro.
A cierta distancia, la isla semeja una enorme ballena recostada sobre el
lago. Desde más cerca es imponente en su espesura y en lo inaccesible de
sus márgenes, que se elevan bruscamente, manchando con su oscuridad el
azul vivo de las aguas á esa hora del mediodía....
Pasamos entre la península de Llahuape y la isla de los Chingues.
Desde el centro del lago las cordilleras de Rupumeca, presentan faces
nuevas de sus complicadísimas cadenas, muestran otros perfiles, otros
cordones idealmente remotos, evaporados, diafanizados en las lejanías
imprecisas........
* * * * *
Es la tarde en el rincón del lago. Las coloraciones se desvanecen
trémulas, todo se destiñe, la naturaleza parece esfumarse vaporosa como
una visión bella.
Es el momento de más culminante belleza, cuando todas las cosas parecen
llegar al idealismo supremo, alzándose en un ansia de vida mejor, que
traspasa la densidad de la materia como el ardor del espíritu aniquila
el cuerpo y lo transforma.
Entre tantas tardes mágicas de mis recuerdos, ésta del lago Ranco, tan
descolorida, tan sobria de tonos, me parece más elevada, más alta de
expresión, más próxima al mundo sin forma, por la abstracción del color
fuerte y de la línea violenta que se funden en el éter impalpable. Es
cuando he visto á la naturaleza corpórea confinar más profundamente con
el plano espiritual.
La manera cómo vivimos estas cosas en nosotros mismos es tan
imperceptible, que no podemos explicarlas.
Hay algo de íntimo y oculto que habla al espíritu una lengua jamás
profanada por expresión terrestre. La Virgen Naturaleza sigue
insinuándose al alma con esa misma luminosa sencillez con que se
comunicaría al hombre primitivo en el secreto de sus selvas, ante las
viejas constelaciones que no habían recibido la confidencia de los
amores humanos ni servido de aliadas á los crímenes de abajo.
A ratos, yo dejaba de ser alma humana, desligada de lo transitorio, para
revestir mi personalidad de mujer y en aquel templo sublime, ante ese
majestuoso palidecer del lago, evocaba los paraísos terrenos de mis
recuerdos y de mis ensueños....
En aquella augusta soledad que convidaba á las emociones grandes, yo
dejaba vibrar por vez postrera en mi corazón todas las voces bellas que
alguna vez me habían invitado á vivir y todas esas voces amadas y
lejanas evocaban dulcemente las dichas posibles que nunca se realizaron.
La luz desmayaba entre tanto y las sombras intrusas envolvían las cosas.
* * * * *
Los que sentimos en la sangre algunos salvajismos que en determinado
momento se apoderan de nosotros y nos sorprenden--salvajismos que anulan
nuestros refinamientos naturales--llegamos á sospechar que por allá en
el pasado algún atavismo rudo está poniendo en la complicación de
nuestro ser un instinto que el tiempo y el esfuerzo no logran dominar
por completo.
Esta sospecha de araucanismo hace que mire con afecto y con ojeriza á la
raza que si ha dejado un sedimento de fatalidad en el fondo de nuestro
ser moral, también ha dejado energías en nuestra voluntad.
Nunca se me había presentado la ocasión de conocer á los indios en su
primitivo estado, de modo que cuando supe que en la isla del Huape
todavía existían «_indios de verdad_» me encaminé gozosa.
La legendaria raza araucana que luchó con los españoles i que en la
familia indígena representa más genuinamente el territorio no es la que
habita en las islas del lago Ranco.
Aquí hay una raza diversa de indios «_Huilliches_» (chicos y corredores)
que no presentan ese carácter guerrero y altivo de los viejos campeones
históricos.
Cada raza de hombres tiene profunda relación, como el animal y como el
árbol con la tierra que los produce y así los habitantes de esta región,
no pueden tener condiciones de lucha sino de oportunismo y
bienestar.--La naturaleza es demasiado blanda para producir guerreros.
Aquí se encontrarán cultivadores de la tierra, seres pasivos, ágiles y
flexibles.
Mientras más salvaje es una creatura más armonía debe guardar con su
tierra natal, porque tiene el alma colectiva de los animales apenas
consciente en un primer grado de separatividad. Se me ocurre que estos
indios Huilliches en quienes la humanidad destella su primer fulgor
deben asemejarse á la índole del paisaje tranquilo y dulce.
Me vengo haciendo estas reflexiones cuando ya la isla del Huape perfila
su masa, y diseña sus colinas en la pureza radiante del día,
levantándose sobre las ondas azules como una tierra de promisión.
_Elfrida_ silba sus mas estridentes pitos para poner en alarma á los
indios y conseguir que se nos muestren, pero la isla permanece desierta
á nuestros ojos.