Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la
mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo
secreto, le dijo:
—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento
y pienso. Mi discurso no fué más que una _serie no interrumpida_ de
vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra
expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del
buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada...
Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme
se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí
que aplaudían al hombre de dinero, no al _hablista_.
—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era
un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...
—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo _un núcleo_
de dos ó tres, eran más tontos que yo.
—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor
parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y
tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la
sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por
otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero
de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle
vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una
crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.
Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con
que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus
ademanes.
—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se trabó
entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía la
dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición,
el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de
tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido
luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted,
y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole,
depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra
casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido
derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado
con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que polvo. Me
declaro vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr.
D. Francisco, yo no puedo estar aquí.
Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, sujetándole
en el asiento.
—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.
—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he
concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era
usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja
de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un
altar y adorarla.
—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me
dejara capitalizar mis ganancias.
—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le
corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz
más _objetivo_, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad.
¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico,
y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda
fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en
usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante
el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de
teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo
su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque lo
tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y me declaro
el mayor de los mentecatos... (_Levantándose bruscamente._) Debo
retirarme..., abur...
Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.
—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las
manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital...
Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á
usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de
madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia
en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me
resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero
tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á
confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo
contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor.
Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de
mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba
en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde
estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia
natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he
de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr.
D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he
pedido en mi vida, y el último también?
—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy, alarmado del tono patético que
iba tomando su hermano político.
—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. Es
un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me olvidaba
de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la pared del
Oeste.
—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la
seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto
dispendio.
—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un
sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.
—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito;
no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el _llevarte_ á
Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la _clásica_
nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite.
—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los
honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle,
hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted
lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas
sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido
toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo
de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me
da.
—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia,
ó te has propuesto tomarme el pelo, _por decirlo así_. Si no has de
morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado!
yo no habría de reparar...
—Á un muladar, digo.
—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo
_poético_, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?
—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á
mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo
del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo.
Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero.
¡Pobre niño!
—Durmiendo está como un ángel.
—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones
las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de
Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia
propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro
decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de
la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con
tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo
más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas.
Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió
tentando las paredes.