Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal
quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que
á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á
la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto
golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.
—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? _Me inclino á creer_ que no
estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?
—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud.
Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me
da por dormir vestido.
—Hace calor.
—Frío tengo yo.
—Y Pinto, ¿dónde está?
—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.
Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una
pierna sobre otra.
—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?
—Á que venga Pinto para quitarme las botas.
—Te las quitaré yo si quieres.
—_Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido_—dijo Rafael
alargando un pie.
—No es así—observó D. Francisco, con alarde de erudición, sacando la
primera bota.—_De damas_ se dice, no de Reyes.
—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho _de
Reyes_... _Velay_, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.
—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan
augusto... Guasón está el tiempo.
—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia una
sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas,
_vulgo_ prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas,
el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé quién dijo
que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para fecundarse y
poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver... usted que es
tan erudito...
—No sé... Lo que sé es que _esto matará aquello_.
—Como dice Séneca, ¿verdad?
—Hombre, Séneca no... No _tergiverses_...—observó el Marqués sacando la
primera bota.
—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la
humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí,
señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo
que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus
brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y
que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas
de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.
—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco
festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de
plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te
acuestes, y á dormir como un bendito.
—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo á
usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un señor
Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en adelante
seré la misma sumisión, y _la obediencia personificada_, y no daré el
menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas hermanas.
Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud
semejante á la de la maja yacente de Goya.
—Me parece bien. Y ahora... á dormir.
—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha de
ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un
largo sueño.
—Pues te dejo. Ea, buenas noches.
—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya
junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual
el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta imagen
de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes
Santo.
—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?
—No... digo, sí... ahora que me acuerdo... (_Incorporándose._) Se me
olvidó darle un besito á Valentín.
—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós.
Duérmete.
Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde
trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos
de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún
en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había
mandado por una taza de te.
—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto hasta
que veas que está bien dormido.
Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar.
Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando
sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que
próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos
y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven
entrar á Pinto desencajado, sin aliento.
—Señor, señor...
—¿Qué, con mil Biblias?
—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!
Bajaron todos... Estrellado, muerto.
Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.