Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante,
y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué
sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara
reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos,
la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas
demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los
comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con
fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos,
de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan
Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la
gota gorda, no le dijo más que:
—Colosal, amigo mío, colosal.
Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le gustase.
—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un tercero.
—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se
habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.
—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho
usted...!
—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de
esta le hacemos á usted ministro.
—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto
estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.
—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas,
estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.
De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y
sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:
—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted
á broma; orador y de los grandes...
—Quite usted... por Dios.
—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner
en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy
bien parladas. Mi enhorabuena.
Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además de
pedante, era un consumado histrión, y le dijo:
—¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la
ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como
nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡_La ordinaria_ del mundo entero!
Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.
Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos
golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco
llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no,
no se burlaban, porque en efecto, había hablado _con sentido_, él lo
conocía y se lo declaraba á sí mismo, _eliminando_ la modestia. No se
consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.
Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación.
Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en
la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y
Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la
gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato,
desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de
la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de
plácemes.
—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su esposa.—Bien
sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún en la cuenta
de que tienes mucho talento.
—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera
tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene: el mundo
entero parece que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?
—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo...
señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.
—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora
empezamos... Prepárese.
—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el árbol.
—Mañana hablaremos.
Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante orador,
que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que le
pusiera su _apoteosis_, sino por las reticencias amenazadoras de su
implacable tirana.
Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. Una
ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, y no
se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la mañana
colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole en las
nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su sentido
práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon las visitas
de personajes _propios_ y _extraños_, algún diplomático, Directores
de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, y dos
Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había dicho
cosas _de mucha miga_, y que había logrado _poner los puntos sobre
las íes_. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el Papa,
y hasta el propio Emperador de Alemania. La Iglesia no careció de
representación en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar
al tacaño, el Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre
Respaldiza, y el señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el
vocabulario de la lisonja.
—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los ricos
que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las
clases menesterosas.
Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose en
la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento,
porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba,
asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera
voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso
lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas
entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó
en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva
dentellada daba la gobernadora á sus considerables _líquidos_, que más
bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y
el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le
sepultaba entre sus ruinas.
En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en
diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían
á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como no
le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la familia
Real, y se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á
las oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía
ser más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de
aquel demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo
del hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces
proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento,
tragando una saliva más amarga que la hiel.
—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí á
un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión
de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre
el Nuncio...
Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama gobernadora
que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias difíciles
de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros momentos, al
desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y puñetazos sobre la
mesa habrían infundido pavor en ánimo menos esforzado que el de Cruz.
—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.
—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque,
comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el
moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á
que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte
por unos seis millones nada más?
—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?
—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?
Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que
más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su
avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una
cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper.
Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le
argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de
aquella compra reportaría.
—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo
humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos
contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de
San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me
traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que
me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: _esto matará á aquello_...
Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos
á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y
aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de
corresponder...
—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que
ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...
—Sí, señora... ¿y qué?
—Que sale á subasta su galería.
—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?
—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en
reales museos.
—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto
golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.
—Usted.
—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que
Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y
españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!
—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota.
—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al
Louvre, ó á la _National Gallery_, que pagarán á peso de oro los de
Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y
Van Dick...
—¿Y qué más?
—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del
Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación
es bajísima.
—El _Bajísimo_ ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con
que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo?
—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas
preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las
personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de
hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras;
serás una especie de Médicis...
—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una
cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo.
Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras,
y de la desgracia que le _acarreáis_.
—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el
archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere
comprarlo. ¡Vaya un archivo!
—Como que estará lleno de ratas.
—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas
autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del
Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos,
libros rarísimos...
—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro
también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que
manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á
casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy
ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren
creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y
se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado
su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya
no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me
hubiera secado el _foco_ de las lágrimas.
Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse,
lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan
pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de
la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos
pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le
dijo:
—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, _dilapidar_ mi dinero
estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese,
que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se
ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito...,
quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí!
me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá...
—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos
á comer.
—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te
pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras
á tí...
—¡Brrrr!...
X
Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana
(la del _tantos_ de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á
la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza.
Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no
pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios
de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de
indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que
no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan
fecunda en experimentales enseñanzas.
De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se
convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La
madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con
exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael,
que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales
ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció
el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y
melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba
estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio
espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de
la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa.
Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento,
si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso
á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca
por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina
charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de
libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía
solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en
cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por
la escalera de servicio.
Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la
mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.
—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.
—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías
ver á nadie. _Por lo demás_, yo tenía ganas de verte, y de echar un
párrafo contigo.
—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han
contado muy detalladamente.
—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero
no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre _artista_ de la
_cuenta_ y _razón_, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me
había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante
de tanta gente culta y _facultativa_! Créelo; mientras hablaba, _para
entre mí_ me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.
—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la
barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que
puedan decir otro tanto.
—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro,
rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas.
—Es usted el hombre feliz.
—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás.
No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme
á su natural. La _opinión pública_ me cree dichoso, me envidia, y
no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir _del
Gólgota_, quiero decir, de la _cruz_ de mi casa, ó en otros términos,
un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición
ó del Infierno. _Heme aquí_ atado de pies y manos, obligado á dar
cumplimiento á cuantas ideas _acaricia_ tu hermana, que se ha propuesto
hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la
China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe
más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la
_Papisa Juana_ en figura de señora.
—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es
artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted
maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de
barro, lo amasa...
—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China,
siempre saldré puchero de Alcorcón.
—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!
—Se me figura que sí. Porque verás...
Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que
bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel _momento histórico_, un
grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro
del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar
ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos
de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido
á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al
otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto
en que se veía, de tener que _hacerse con_ un palacio y _la mar de_
pinturas antiguas, _diseminando_ el dinero y privándose del gusto
inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital
fabuloso, que era su _desideratum_, su _bello ideal_, y su _dogma_,
etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo
que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto
considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el
tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se
convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.
—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara
vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted
que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy
próxima la terminación de mis martirios.
Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta
semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de
aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.
—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo
que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero;
como que es usted avaro...
—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de
sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.
—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado.
—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la
imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...
—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es
puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave.
Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me
he equivocado en todo...
—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el
tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque _este cura_, cuando
se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de
guardar la Biblia, y ahora resulta...
—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego
sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica
solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de
la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá
la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con
usted, por razones diversas.
—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo.
—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia
deshonrada, á mis hermanas envilecidas.
—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque
prestaba dinero á interés.
—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde
hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.
—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de _ñales_.
—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana
Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que
usted le inspiraría asco, aversión...
—Pues me parece que... ¡digo!
—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo
que intentaban amansar.
—¡Hombre, tanto como monstruo...!
—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la _papisa
Juana_, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle,
y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para
ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.
—Me parece que no desafino...
—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos
de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores
años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para
los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático,
creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy
común en nuestra sociedad.
—Hombre, hombre...
—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más
que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.
—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría...
Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una
noche... en confianza _de ella para mí_: «Tor, el día que te aborrezca,
me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es
desconocido el adulterio, y lo será siempre.»
—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación.
Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la
Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér
híbrido...
—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.
—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser
en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran
petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta
usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y
la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no
ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér
superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten
en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican,
sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la
Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le
bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito,
y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia
ilustración...
—Eso no, no, Rafaelito.
—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por
lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme
seguir; yo bien sé que...
—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que
soy un bruto... claro, un bruto _sui generis_. Á ganar dinero, eso sí,
¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.
—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero
á montones.
—_Seamos justos_: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince
y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los
paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, _convengamos_ en que
soy un animal.
—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va
identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen
por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de
la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con
la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué
opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del
banquete?»